Capítulo 7 #2
Los Cuarto de Milla son una raza obediente, fácil de entrenar y de conducir. Además, tienen una gran inteligencia, lo que les permite tomar sus propias decisiones a la hora de guiar el ganado y encontrar reses descarriadas. El paralelismo me saca una sonrisa.
Atila no tarda en localizarla fuera de los caminos rurales que cruzan nuestras tierras; como me lo esperaba.
La muy imprudente cabalga desenfrenada a través del boscaje, en dirección al arroyo.
Reduzco la marcha y me adentro entre el follaje de forma silenciosa.
No tardo en encontrarla, está junto a la orilla.
Tiene los pies metidos en el agua y los pantalones remangados hasta las rodillas.
La zona es poco profunda y apenas le cubre los tobillos.
Los rayos de sol que se filtran entre las ramas de los árboles confieren al paisaje un halo mágico.
El panorama es reconfortante y me trae recuerdos del pasado, de una época en que miraba el mundo con una inocencia pura y trasparente, libre del cinismo adquirido a lo largo de la vida.
Me mantengo oculto mientras miro embobado como la corriente del arroyo le acaricia la piel, sonrío al ver como coge pequeños guijarros con los dedos de los pies para lanzarlos al otro lado de la orilla. Se ve tan bonita, tan serena, casi irreal.
—¿Esperas una invitación para hacer acto de presencia? —pregunta sin mirar en mi dirección.
—Creía que estaba siendo sigiloso.
Salgo de mi escondite y tiro de las riendas con suavidad. Atila me sigue con interés, deteniéndose en la orilla para beber agua. Una vez saciada su sed se va junto al caballo de Zoe, en busca de sombra y hierba fresca.
—Tanto como un elefante en una cacharrería —se burla mientras hace otro lanzamiento.
Me descalzo y después de doblar el bajo de los vaqueros me uno a ella. La sensación del agua masajeándome los pies es relajante y refrescante. Intento participar en su juego, sin mucho éxito. Me lo explica con la naturalidad de una verdadera experta.
—Enhorabuena, Zoe, ya puedes participar en las próximas olimpiadas de lanzamiento de guijarros con los dedos de los pies. —Su risa cantarina y profunda vibra a través de cada poro de mi piel.
—Me encanta este lugar, cada vez que quiero aclarar las ideas me vengo aquí —confiesa con entusiasmo, aunque su voz oculta un deje de melancolía.
¿Qué podría perturbar alguien como Zoe? Dudo que conozca la verdadera cara del dolor, esa que te desgarra por dentro y te rompe en mil pedazos.
—De pequeño solía venir aquí con mis hermanos, cazábamos aves acuáticas y codornices con tirachinas. —Los recuerdos invaden mi mente—. Bueno, Liam se dedicaba a cazarnos —añado y, sin darme cuenta me llevo la mano a la cicatriz oculta justo en el borde del cuero cabelludo.
—Me hubiera gustado verlo. —Suelta una sonora carcajada—. El pequeño Liam persiguiendo a sus hermanos mayores con un arma asesina en las manos.
—Te burlas, ¿eh? Pues en una ocasión casi me mata. —Cojo su mano y me la llevo a la frente—. Cinco puntos y litros y litros de sangre derramada.
—Pobrecito. —La caricia de sus dedos me hace estremecer—. Debió de ser toda una aventura haberse criado en un sitio así.
—Ni te lo imaginas. Éramos unos trastos y no había día en que no llegábamos a casa escacharrados.
Sus dedos abandonan mi piel y por un instante me siento tentado a impedírselo. ¿Qué pasaría si lo hiciera? Sé que no le soy indiferente, a pesar de mis constantes desplantes. Su mirada descarada y sensual no deja dudas, le atraigo tanto como ella me atrae a mí.
—¿Siempre supiste que querías ser ranchero? —pregunta antes de sentarse en el suelo, cerca de la orilla.
—Sí, desde que a los cuatro años me regalaron mi primer sombrero y me subieron al lomo de una vaquilla.
—Me siento a su lado—. Nunca fui un buen estudiante.
En realidad, creo que está en la sangre, ninguno de los tres lo fuimos.
Pero mi padre tenía claro que los conocimientos eran importantes para triunfar en el campo y nos obligó a escoger una carrera que nos pudiera ayudar en el manejo del ganado.
—Muy inteligente por parte de tu padre. ¿Qué elegiste?
—Me saqué un grado en Agronegocios. Y hubiera hecho una especialización en ganadería extensiva si mi padre no se hubiera enfermado de forma repentina.
—No puedo imaginar lo difícil que debió ser para vosotros.
—No fue fácil. Sabíamos que se estaba muriendo, pero no podíamos hacer nada para evitarlo.
Tuvimos que prometerle mantener las tierras de nuestros antepasados en la familia, solo entonces descansó.
—«Si siguiera con vida, se hubiera muerto de un disgusto al presenciar mi debacle», pienso—.
Basta de hablar de mí. Háblame de tu vida en Austin —sugiero—.
¿Creo haber entendido que estudias Derecho?
—Llevo el peso de cuatro generaciones de abogados en la familia. Así que no me quedó más remedio que seguir con la tradición.
—Por cómo hablas, parece que no disfrutas con tu elección. —Contengo la respiración al sentir su muslo rozar el mío al adoptar la postura de loto.
—La odio con todas mis fuerzas —confiesa—.
Solo accedí a seguir los pasos que mi padre estipuló para mí porque pensé que en algún momento sentiría el despertar de los genes que supuestamente vienen incorporados en todos los miembros de mi familia.
Pero resulta que no los tengo; soy la oveja negra, o lo seré cuando no retome mis estudios a finales de agosto.
—¿Piensas abandonar? Es una decisión muy importante.
—Lo sé, pero no puedo seguir con una carrera que no me ilusiona, que no me hace feliz.
Quizás ese haya sido el motivo que la llevó a refugiarse en ese paraje oculto y solitario. La miro de soslayo y por primera vez detecto cierta vulnerabilidad en su semblante. Las ganas de abrazarla crecen en mi interior y necesito un ejercicio de contención para no sucumbir a la tentación.
—¿Qué opina tu familia? —Pienso en mis hermanos. Ellos seguro me apoyarían en una decisión de ese calibre.
—Ellos creen que es una decisión pasajera, que pronto recuperaré el juicio. —Frunce la nariz disgustada—. Por lo menos cuento con el apoyo de Cristian.
La mención del nombre de otro hombre me pone en alerta. ¿Será su novio? Sería demasiado bueno para ser verdad que una mujer como ella: preciosa, inteligente y divertida, estuviera sola. Sé que no tengo derecho a sentirme molesto, aun así, la idea me disgusta sobremanera.
—Bien, contar con el apoyo de la pareja en estos momentos es reconfortante —digo para ocultar mi malestar.
Su risa cristalina se mezcla con los sonidos del bosquecillo que nos rodea, suena como música para mis oídos. La miro fascinado y confuso al mismo tiempo.
—¿Qué te hizo tanta gracia? —Deja de sonreír y me mira con tal intensidad que por un instante creo ver a través de sus ojos.
—Cristian es mi hermano —estira las piernas y se acerca aún más a mí—, no hay nadie en mi vida, Mark.
El mundo se detiene en este instante y a cámara lenta veo como se muerde el labio inferior antes de acariciarlo con la lengua. Es más de lo que puedo soportar. Sin pensarlo cojo su rostro entre mis manos y trazo el contorno de su suculenta boca con el dedo pulgar.
—Te voy a besar, Zoe.
—No pondré ninguna objeción al respecto —ronronea mientras vuelve a morderse el labio.
La cojo de la cintura y la coloco a horcajadas sobre mis muslos, nuestros sexos se rozan y la lujuria contenida sale a flote.
La sujeto de la coleta con firmeza y tiro hacia atrás, exponiendo su cuello para mi disfrute.
Dejo un reguero de besos y mordiscos que van desde la clavícula hasta el maxilar.
Cuando por fin mis labios se unen con los suyos y siento el sabor dulce de su lengua contra la mía, suelto un rugido agónico, nunca necesité tanto a alguien como a ella en ese mismo instante.
Le desato la coleta mientras saqueo su boca con un hambre voraz. La he deseado desde la distancia durante estas dos semanas y tenerla restregándose sobre mi miembro parece irreal. Quizás sea un sueño, como los muchos que he tenido a lo largo de esos últimos años.
—Necesito más… —Abre los botones de mi camisa—. Necesito sentirte, Mark.
Se deshace de su camiseta, del sujetador de encaje negro y, deja sus senos perfectos al alcance de mi boca.
Sus pezones color canela me reclaman, sin perder el tiempo me llevo uno a la boca, entretanto masajeo el otro entre mis dedos.
Lo lamo, lo mordisqueo y lo chupo con frenesí, desplazo la boca de uno a otro hasta llevarla al límite.
Sus gemidos son tan intensos que temo correrme en los pantalones.
—Oh, Dios mío —exclama, contorneándose sobre mi pene, cada vez más dolorido por la restricción de los vaqueros.
La alzo por la cintura lo justo para desabrocharme el cinturón y, en cuanto lo consigo, noto sus manos en la cremallera del pantalón. El suave roce de sus dedos me hace estremecer; demasiado tiempo de abstinencia.
Meto una mano en el bolsillo trasero de los vaqueros y me congelo al no encontrar la cartera. «Pues claro que no la tienes, pedazo de imbécil; y, aunque la llevaras encima, no encontrarías lo que buscas».
Todo mi cuerpo se tensa y la realidad explota en mi cara. No puedo seguir con eso sin antes contarle que estuve en la cárcel. La aparto con más brusquedad de la que me hubiera gustado y me levanto.
—Eso es un error, un grandísimo error. —Recoloco mi ropa y me voy.