Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Mark

—El que se acerque o mire más de la cuenta a la mujer que está hospedada en la casa principal puede pasar por el despacho para firmar el finiquito. ¿He sido claro?

Miro a cada uno de los trabajadores del rancho y me sorprende la prontitud con la que agachan la cabeza en señal de asentimiento.

En otra época, en una situación similar, escucharía risas mal disimuladas y cachondeo de los más veteranos.

Me doy cuenta del motivo de tanta sumisión y, duele…

duele llevar la etiqueta de expresidiario.

Aunque nadie lo comente y todos finjan que no ocurrió, sé que en el fondo me han juzgado y condenado; y lo peor, me temen, como acabo de comprobar.

—Bien, me alegro de que hayáis entendido el mensaje —digo al ocultar mi malestar.

Por lo menos he conseguido lo que quería: mantenerlos centrados en sus labores y a salvo del peligro.

Lucas, un chico de veinte años, casi fue aplastado por el caballo que acabamos de comprar, el animal es temperamental y hay que tener todos los sentidos en alerta al manejarlo.

El pobre no los tenía, miraba embobado a Zoe, a su culo, para ser más preciso.

Mientras ella se alejaba con paso firme y refunfuñando como una niña mimada.

De eso hace ya una semana y la situación se ha agravado, motivo que me llevó a tomar esa drástica solución.

«No seas hipócrita, te fastidia que sea simpática con todos menos contigo».

Pego una patada a una bellota que encuentro en el suelo al salir del barracón que utilizan los vaqueros para comer y tomarse un descanso.

Sabía que Zoe me iba a traer dolor de cabeza, lo supe desde que la vi por primera vez.

Y no me he equivocado, a cada día que pasa la tengo más metida bajo la piel, la noto en cada nervio, en cada célula de mi cuerpo.

No tengo suficiente con verla en cada rincón del rancho, la sueño cada condenada noche.

—A mí no me engañas, muchacho —afirma Diego, capataz del rancho y nuestro hombre de confianza.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos que no me di cuenta de que compartíamos la sombra del frondoso roble centenario—, has puesto los ojitos en la señorita Zoe y quieres mantenerla alejada de la competencia.

—¿¡Qué dices!? Estás perdiendo facultades, amigo mío —protesto en tono serio, aunque no puedo ocultar un amago de sonrisa.

Él me conoce como nadie, me vio crecer—.

Solo quiero evitar problemas, esa chica lleva un cartel de neón en la frente con el rótulo de: material explosivo. Lo mejor es mantenerse alejado.

—Ya, cada cual ve lo que quiere o lo que necesita. Yo, por ejemplo, veo a una chica educada, cariñosa, llena de vida y que solo quiere encontrar su lugar en el mundo —apoya la mano en mi hombro y me da un suave apretón—. No te cierres, muchacho, la vida es más simple de lo que parece.

Las palabras de Diego dan vueltas en mi cabeza en tanto me dirijo a la casa principal; la madre de Elle llegó está mañana y quiero darle la bienvenida como se merece.

Antes me doy una ducha en los servicios que tenemos al lado del cobertizo, Charlotte lo mandó construir cuando mi padre aún estaba vivo, tanto él como nosotros estábamos obligados a asearnos antes de ponernos a la mesa.

De lo contrario nos enviaba a los barracones, junto a los demás vaqueros.

Desde que mi tentación personificada se instaló en el rancho, me siento tentado a no compartir las comidas con mi familia.

Sin embargo, durante los cuatro años que pasé encerrado, era lo que más ansiaba: disfrutar de momentos de unión y complicidad, de risas y peleas sin importancia.

Ya perdí demasiado tiempo aislado en la cabaña, compadeciéndome de mí mismo.

Me desnudo sin preocupación, nadie usa los baños además de mis hermanos y yo.

En la cárcel utilizábamos las duchas comunes y, durante los primeros meses lo pasé muy mal.

Luego el pudor por mi desnudez pasó a un segundo plano para dar paso a una realidad aterradora, que, aunque no experimenté en carne propia, la presencié demasiadas veces para poder olvidarla.

Aún tengo pesadillas en las que paso de ser un mero espectador forzado a presenciar todo tipo de vejaciones, a ser la víctima.

Se supone que el sistema penitenciario tiene como fin primordial devolver a la sociedad seres humanos arrepentidos y reeducados.

Lo considero una misión casi imposible; allí dentro te quiebran, te corrompen, te transforman.

Es muy difícil mantener la cordura y la esencia impoluta.

Solo unos pocos privilegiados como yo, con pasta para comprar protección, lo consiguen.

Aparto los recuerdos a un rincón inaccesible de mi cerebro y me ducho apresurado. Casi es la hora de la comida y me gusta ser puntual, más aún, con una madre experta en distribuir collejas a diestro y siniestro. Y eso que tiene un rango de movimiento limitado por la artritis.

Siento la presencia de alguien a mi espalda. Envuelvo la toalla más abajo de mi cintura y me giro.

—¿Qué haces aquí? —inquiero con el corazón a galope en el pecho.

—No te tapes, disfruto del espectáculo —anuncia la muy descarada, con esa mirada pícara que me calienta la sangre.

—¿A qué has venido, Zoe? —vuelvo a preguntar con más aspereza de la que deseaba.

Si soy sincero conmigo mismo, necesito que se marche antes de que sea demasiado tarde.

—Me ha enviado tu madre. Como tardabas, quería saber si vas a comer con nosotros.

—En eso estaba antes de que invadieras mi privacidad.

—Solo te he devuelto el favor. —Se apoya en el umbral de la puerta, con una clara intención de quedarse—.

Entraste en mi habitación sin ser invitado y me viste el trasero; ahora estamos a la par.

Bueno, casi, te tapaste demasiado rápido y no me dio tiempo de apreciarlo como me gustaría.

¿Podrías quitarte la toalla y darte la vuelta?

La miro con la boca abierta, sin dar crédito a sus palabras. Si cierta parte de mi cuerpo no tuviera que bombear más sangre de la necesaria seguro que estaría partiéndome de la risa. Zoe es una criatura deliciosamente sorprendente, por eso debo mantener la guardia en alto.

—¿Qué? No sé porque pones esa cara. Tienes un trasero muy apetitoso; redondito, prieto…

—Por Dios, Zoe, ¿siempre dices lo que se te pasa por la cabeza? No, no hace falta que contestes —digo apresurado por miedo a su respuesta—. Anda, vete, o no llegaré nunca.

Por un instante parece dudar y mientras lo hace contengo la respiración.

Estoy al borde del abismo, a un paso de sucumbir a la tentación.

Por fin se va y puedo respirar aliviado, aunque cierta parte de mi cuerpo hubiera dado la vida por que se quedara.

La hubiera empotrado contra la pared y la hubiera hecho mía hasta que gritara mi nombre, hasta que se corriera duro.

Otra semana que sobrevivo a los encantos de Zoe.

Aunque no es tarea fácil, observarla desde la distancia, escuchar su risa contagiosa, ver cómo se lleva bien con todos me lanza al abismo del que lucho por salir.

Hubiera sido más fácil si ella fuera la mujer mimada y superficial que parecía ser al principio.

Sin embargo, a cada día que pasa descubro que detrás de esa figura estilosa y sexy como el infierno, esconde una chica generosa, divertida, inteligente, dulce.

Verla soplar la rodilla de la hija pequeña de uno de los vaqueros mientras le limpiaba la herida me robó el corazón.

A veces tengo ganas de acercarme, de limar asperezas, pero las cicatrices que llevo en el alma son demasiado profundas.

Además, somos de mundos muy distintos. Ella tiene un futuro brillante por delante en la gran ciudad, y yo solo soy un expresidiario con una mochila emocional demasiado pesada sobre la espalda.

A pesar de no ser el causante de la muerte de Kevin, ante la sociedad siempre seré culpable.

Desde el último encontronazo en la ducha, intento no coincidir con ella, principalmente si estamos a solas.

Es más seguro para mi tranquilidad mental.

Sin embargo, el universo parece no estar de acuerdo y nada más entro en las caballerizas veo como ensilla uno de los caballos bajo la atenta supervisión de Diego.

Está preciosa, con las mejillas sonrosadas y el pelo recogido en una coleta.

Lleva unos pantalones de montar que se adhieren como un guante a sus generosas curvas.

«Intento apartar la vista, me es imposible. Puto infierno».

—¿Adónde crees que vas? —pregunto de forma impulsiva.

Me sonríe en respuesta mientras con una agilidad inesperada, asegura un pie en el estribo y con solo el impulso de sus piernas se sube a la montura. Parece una verdadera amazona, cualquiera pensaría que lleva haciéndolo toda su vida.

Impotente veo como sale a galope sin siguiera mirar en mi dirección.

—Tranquilo, monta desde los ocho años; clases de equitación. Ya sabes, cosas de ricos.

—No conoce los alrededores y puede ser peligroso que vaya sola.

—Le he dicho que no fuera campo a través y que se mantuviera en el camino. —Sigue con sus quehaceres sin ser consciente de mi creciente inquietud.

—Mejor la acompaño, tiende a meterse en problemas.

—Ya tardabas, muchacho. Ahí tienes tu caballo ensillado —apunta a su casilla, y en efecto, Atila, un Cuarto de Milla de color alazán claro me espera listo para salir a galope.

No me detengo a analizar mis acciones ni las consecuencias que puede ocasionar, solo monto y espoleo al animal.

Este responde con eficiencia y tranquilidad; es un caballo sensible y tratable al que le encanta estar rodeado de personas y que estén pendientes de él, lo opuesto a su dueño.

Atila es un bello ejemplar, tiene la velocidad de sus ancestros de sangre caliente, y la estabilidad de los caballos de sangre fría.

—Eso es amigo, cabalga veloz, alcánzala —le pido en voz alta con la certeza de ser atendido.