Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Zoe

—Despierta, perezosa.

—Mmm… —Siento como unas manos me sacuden con impaciencia mientras lucho por abrir los ojos.

—Anda, levántate. Tengo que dar de comer a las gallinas y prometiste acompañarme.

—¿Eh?

Busco en mi mente el momento exacto en que le hice esa absurda promesa. La respuesta surge en medio de la niebla del sueño que aún me retiene.

—Ve, ve delante. Ya te seguiré dentro de un rato.

Oigo una tosecita, parece disimular una risa ronca y masculina. Doy la espalda a mis visitantes y disfruto de la sensación placentera que me provoca la somnolencia.

—¡Dios mío! —El grito asustado de Elle y el roce de una tela suave sobre mis nalgas desnudas casi me saca de mi letargo—. Mejor la dejamos dormir.

Escucho murmullos, el clic de la puerta al cerrarse, risas y luego unos pasos que se alejan por el pasillo.

«Espera un momento. Elle no estaba sola. ¡Jolines! Caleb acaba de verme el trasero».

Me despierto de golpe ante la incómoda constatación.

De una patada aparto la sábana y me dirijo al cuarto de baño.

Nada como una ducha para despertar los sentidos.

Con las pilas cargadas y deseosa de disfrutar de un día en el campo, elijo mi modelito: unos pantalones vaqueros cortos, una camisa de cuadros roja —que anudo para dejar la cintura al descubierto— y unas botas cowboy de caña media en color marrón.

Ato mi pelo en una cola de caballo y a continuación miro el resultado en el espejo de pie, que se encuentra en una esquina de la habitación.

«Perfecto».

Salgo al pasillo con una sonrisa en los labios, el incidente con el casi marido de Elle se ha quedado en el olvido. Además, con lo enamorado que está, lo mismo le da ver mis nalgas que las de un oso peludo.

Mi sonrisa se apaga al comprobar que la persona que comparte el desayuno con Elle no es Caleb. Les doy los buenos días sin esconder mi malestar.

Mi amiga me contesta con la boca llena y Mark articula una palabra ininteligible mientras se levanta de la mesa y se pone su sombrero.

—El trabajo me espera —justifica su salida precipitada a la vez que me mira de arriba abajo con señal de desaprobación. Acto seguido se gira sobre sus talones y sale por la puerta que da acceso al patio trasero.

—¿Cuál es el problema de ese gilipollas conmigo? ¿Acaso le pasa algo a mi ropa? —pregunto indignada por su comportamiento. Con lo feliz que estaba antes de verle el careto.

—A tu ropa no le pasa nada, te ves divina. El problema es que estás condenadamente sexy —asegura y la miro sin comprender dónde radica el problema.

—¿Acaso eso está prohibido?

—No, claro que no. Pero estás en un rancho lleno de vaqueros que pasan el día en el campo, entre animales polvorientos y peludos.

Cuando te vean pulular por los alrededores se creerán que eres un ángel, mejor dicho, una diablesa.

Y harán cola en la puerta para comprobar si eres real o una alucinación provocada por el exceso de sol. —Suelta una carcajada burlona.

—Qué graciosilla te has puesto esta mañana.

—Hablo en serio. Vas a revolucionar el rancho, aunque será divertido ver cómo Mark espanta a todos los admiradores que revolotearán a tu alrededor.

—Dudo mucho que Mark se proclame mi defensor, está claro que no me soporta —admitirlo me molesta más de lo que debería—. Pero como se acerque a mí con pose de macho alfa, le corto las pelotas.

«Las corto y las echo a los lobos o las gallinas, o lo que sea que haya por aquí para que las devore de un bocado».

Mi amiga me mira con pesar, sé que le tiene mucho aprecio.

—Siento lo sucedido ayer y estoy segura de que Mark también lo hace. Dale una oportunidad, te prometo que merecerá la pena.

—Tú y yo tenemos mucho de qué hablar. Me has ocultado información y me has hecho pensar que tu cuñado era un pobre y solitario hombre necesitado de…

—Shhh… Ya hablaremos de eso en otro momento.

—Más te vale.

—Bueno, cambiemos de tema. ¿Cuál es tu problema con la ropa interior? Porque debo informarte que te hemos visto el trasero en todo su esplendor. —Arruga la nariz de forma graciosa y me parto de la risa.

—Estoy segura de que tu cowboy ni se ha dado cuenta.

—Te aseguro que sí se ha dado cuenta, por poco no se le salen los ojos de las órbitas —asegura en un tono que no puedo descifrar.

—No estarás celosa, ¿verdad? Sabes que Caleb está loco por ti.

—Si Caleb mirara las posaderas de otra mujer como Mark ha mirado las tuyas, te prometo que le arranco los ojos.

—¡Joder!, ¿me quieres decir qué el misógino ese me ha visto el culo?

—Sí, incluso ha ladeado la cabeza, creo que quería ver más allá. —Se divierte de lo lindo a mi costa.

Una ola de calor recorre mi cuerpo, saber que la visión de mi generoso trasero desnudo se quedó registrada en su memoria me llena de satisfacción, entre otras cosas.

—Bien, así tendrá material para hacerse una paja, porque con lo rancio que es dudo que alguna mujer se le acerque.

—Dios —se tapa los oídos—, fingiré que no te he escuchado.

—No sé por qué te pones así, ¿acaso nunca has hecho manualidades mientras piensas en un tío bueno?

«Yo lo hago siempre que puedo. Ayer, sin ir más lejos, con un cowboy de ojos tan azules como el mar del Caribe. Aunque en mi imaginación, el dichoso vaquero tenía un carácter mucho más maleable».

—Deja de decir sandeces y date prisa. —Señala la tostada y los huevos revueltos que llenan mi plato, aún sin tocar—. Tengo mucho trabajo esperándome en el huerto.

—¿No tenías que dar de comer a las gallinas primero?

—Mark se ha encargado. Ya sabes que se vuelven agresivas cuando no le dan de comer a su hora.

Suelto un bufido al escuchar ese nombre en su boca, lo pronuncia con tanto cariño que no puedo evitar sentir un aguijonazo de celos. Engullo lo que queda de desayuno ante la mirada impaciente de mi amiga.

Elle se toma en serio el trabajo de horticultora, da gusto ver lo frondoso que se ha puesto el huerto.

Observo su rutina con curiosidad, lo primero que hace es colocarse unos guantes de piel.

Al instante y sin que pueda evitarlo miro mis uñas de un largo considerable y descarto la posibilidad de prestarle mi ayuda.

—¿Te puedo ayudar? —pregunto por inercia.

Señala con el dedo a unos cestos de plástico, como los que se usan en las vendimias, me pide que coja uno.

Lo hago encantada y acto seguido la sigo hasta la zona del huerto dedicada a las hierbas aromáticas y medicinales.

En su afán por ayudar a Charlotte con su enfermedad, se convirtió en una experta en medicina natural, conoce todo sobre las propiedades curativas de las plantas.

Así es mi amiga, una persona con un gran corazón y con una capacidad de entrega excepcional.

Sonrío al verla tan feliz, nadie se lo merece tanto como ella.

—Acércame la tijera de podar, ¿quieres? —extiende la mano desde su incómoda posición en cuclillas. Es increíble que pueda estar así tantas horas seguidas.

Me acerco a la carretilla y rebusco entre las herramientas con cuidado; tendré que cortarme las uñas si quiero disfrutar de la vida en el campo. Constato sin mucho entusiasmo.

—¿No hay ningún sitio donde sentarse? —Miro de un lado a otro al tiempo que le paso las tijeras.

—¡Claro que sí!, por allí está —apunta con el dedo a ninguna parte—, de paso enciendes la tele y el aire acondicionado —se burla.

—Creo que pasas demasiado tiempo con Liam, listilla.

Pondero si sentarme a su lado, pero lo descarto en cuanto veo un movimiento sospechoso entre el follaje esparcido por el suelo. Lo último que quiero es tener el trasero lleno de ronchas.

El huerto ocupa una buena porción de terreno y descarto estar de pie durante todo el tiempo que dure su tarea. Seguro que Liam me puede conseguir un taburete bajo de madera; incluso traeré uno a mi amiga. Estoy segura de que esa postura en cuclillas a la larga puede ser perjudicial para la salud.

—Ahora mismo vuelvo —informo y me dirijo a los establos. Donde Liam me dijo que lo buscara si necesitaba ayuda.

Tomo el camino equivocado y acabo en el corral donde un toro de proporciones descomunales me mira con cara de pocos amigos.

«Madre mía, me lo encuentro en medio del campo y me hago pis encima».

Fascinada con la bestia me acerco a cámara lenta.

El corazón me late fuerte contra las costillas, la adrenalina galopa por mis venas y, aun así, no me detengo.

Camino paso a paso hasta situarme delante de los listones de madera que nos separa.

Parecen tan frágiles comparado con el animal que tengo al otro lado.

—No es prudente que te acerques tanto. Los toros son animales territoriales, si decide embestirte te aseguro que esas tablas no servirían de nada —vaticina Mark justo a mi espalda, lo que provoca que pegue un salto hacia atrás.

Estaba tan absorta que no me he dado cuenta de su presencia.

Presencia imposible de ignorar ahora que me sujeta con firmeza por la cintura.

Siento como sus dedos me queman la piel y, sin que pueda evitar, un cosquilleo me recorre de arriba abajo.

La reacción de mi cuerpo a su contacto me irrita; en realidad, lo que me irrita es la forma fría y distante con la que suele mirarme.

—Acercarse por la espalda de manera sigilosa tampoco es muy prudente —espeto sin moverme un ápice.

—No puedo estar más de acuerdo. Lo mejor es mantenerse bien alejado —contraataca. Hace rato que la conversación dejó de girar en torno al imponente animal.

A pesar de las altas temperaturas que marcan el final de la primavera texana siento como un frío helador me congela las entrañas al notar la ausencia de sus manos sobre mi cintura.

Me giro con la intención de poner los puntos sobre las íes, pero pierdo cualquier capacidad de razonamiento al encontrarme con su mirada azul, tan tormentosa y profunda como un inmenso abismo, y a la vez, suave y dulce como la miel.

Dos mundos coexistiendo en el mismo tiempo y espacio.

«¿Qué hay detrás de tanta frialdad? ¿Quién eres en realidad, Mark? ¿Por qué me tratas con tanta indiferencia?», me pregunto al no encontrar el valor para verbalizarlo. La verdad es que valor no me falta, lo que temo es no soportar la respuesta.

Un sonido estridente y aterrador me libera del embrujo que me mantenía atada a él, a sus ojos.

Me giro para comprobar lo sucedido y veo al enorme animal pegar cabezazos contra el corral; de forma instintiva me escondo detrás de Mark, usándole de escudo ante la descomunal mole de color rojizo de una tonelada.

Por suerte dos vaqueros se acercan con unas varas largas y conducen a la bestia a otro compartimento. Aliviada salgo de mi escondite.

—Nunca le des la espalda a un toro —amonesta con firmeza antes de que nuestras miradas vuelvan a engancharse.

Intento evitarlo, pero una fuerza gravitatoria me mantiene atada a su alrededor. Como el Sol y la Tierra que se atraen mutuamente. Mis dedos pican ante la necesidad de tocarlo, es desconcertante e inesperado.

—¿Qué haces aquí?  —pregunta al romper la conexión.

Parpadeo un par de veces para ordenar las ideas.

—Eh… Busco a Liam. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo? —Frunce el ceño y me mira con evidente disgusto.

«¿Y ahora qué le pasa a ese hombre? ¿Sufrirá un trastorno de la personalidad?».

—Ha ido al pueblo. —Se acerca con paso felino—. ¿Por qué le buscas? —pregunta en tono acusatorio.

—¿Y a ti qué te importa? —contesto airada, antes de darle la espalda para regresar al huerto.

Maldito cowboy bipolar. ¿Por qué tenías que ser tan sexy? —mascullo desde una distancia prudencial.