Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Mark

Sé que la amiga de Elle la va a ayudar con los preparativos de la boda, como también sé que se va a hospedar en el rancho.

Por eso llevo días preparándome para tolerar que una desconocida merodee por todas partes.

Pero con lo que no cuento es con que la muy descarada se presente un día antes.

Su presencia me pilla desprevenido y no puedo controlar mis palabras.

A decir verdad, es la reacción de mi cuerpo al verla entrar en el salón lo que me descoloca.

Siento cómo un rayo me atraviesa, certero y fulminante.

Al instante mi instinto de conservación se activa y proyecta la imagen de Amanda en mi cabeza.

Lo tomo como una advertencia, como un recordatorio de lo que ese tipo de mujer, tan moderna y sofisticada puede causar en un hombre como yo: pueblerino y acostumbrado a la simplicidad de la vida en el campo.

Estas palabras hirientes fueron dichas por mi ex y se quedaron grabadas a fuego en mi mente.

Durante un tiempo me sentí miserable por no ser el hombre que ella necesitaba.

Luego me di cuenta de que no tenía motivos para avergonzarme de mis raíces, de lo que soy.

Amanda sí, por más guapa que fuera, está podrida por dentro.

La risa melodiosa de Zoe atrae mi atención sacándome de mis cavilaciones.

Se la ve feliz rodeada de los míos, y por más que me moleste su presencia sé que debo disculparme por mi grosería.

Apenas la conozco y no soy quién para prejuzgarla.

Pero cada vez que su mirada se cruza con la mía un sentimiento desconocido se agita en mi interior.

Y para empeorar mi situación, su cuerpo, tan jodidamente sexy, me atrae como una maldita polilla a la luz.

Reconocer la atracción que ejerce sobre mí me desquicia.

Ya he pagado un precio muy alto por ser débil, no pienso volver a cometer el mismo error.

—Deja de mirarla así, parece que estás a punto de estrangularla —masculla Caleb.

—Quizás sea mejor que me vaya. —Uso la servilleta de pantalla para que nadie me escuche.

—Ni se te ocurra. La situación ya es demasiado tensa, no la empeores.

Aguanto como puedo sin abrir la boca lo que dura la cena, nada más terminar me retiro a la cabaña. Necesito estar en soledad.

Vuelvo a mi refugio sin poder quitar a Zoe de la cabeza.

Sus ojos, su boca, su sonrisa llena de promesas pecaminosas me vuelven loco —joder—, maldigo al patear un terrón que se deshace en mil pedazos.

Tengo que echar un polvo, llevo demasiado tiempo a dos velas.

Cinco años, dos meses y nueve días, para ser más preciso.

Esa necesidad de compañía femenina, de sentir un cuerpo suave y curvilíneo entre mis brazos, de follar duro hasta perder el sentido, lleva demasiado tiempo creciendo en mi interior, pero nunca ha sido tan doloroso como esta noche.

Zoe despertó una parte de mí que estaba adormecida y me aterra.

Va más allá del deseo reprimido, me hace sentir vulnerable.

Me hace querer ser el hombre que un día fui y eso no me lo puedo permitir.

Jamás volveré a dar a una mujer el poder de destruirme.

Estoy tan perdido en mis pensamientos que no veo el coche de Amanda aparcado en un lateral de la cabaña, hasta que es demasiado tarde.

—¿Qué haces aquí? Te dejé claro que no quería volver a verte.

—Tsk, tsk, tsk. Estas no son maneras de recibir una visita —protesta en un tono meloso.

—La cárcel cambia a las personas, ¿sabes?

—digo de forma pausada—. Ya no soy aquel hombre educado y compasivo que conociste, Amanda —doy un paso para acortar la distancia que nos separa mientras la miro con dureza—.

Es mejor que te vayas, o no respondo —amenazo, aun a sabiendas de que sería incapaz de causarle daño físico.

Solo quiero que se vaya, que desaparezca de mi vida y me deje en paz de una vez por todas. Por un instante, al ver el miedo reflejado en sus ojos, creo haber conseguido mi objetivo. Pero, solo fue un espejismo, al siguiente parpadeo, sus pupilas se dilatan y revelan otra clase de sentimiento.

—Pues el cambio te ha sentado de maravilla, antes eras un auténtico coñazo —desliza sus dedos de uñas afiladas sobre mi cuello y atrae mi rostro hacia el suyo—. ¿Por qué no me enseñas todo lo malo que puedes ser? —Captura mi labio inferior entre sus dientes.

Siento como el corazón martillea dentro de mi pecho, la ira y la lujuria galopan por mis venas mientras prenden fuego en cada célula de mi cuerpo.

Paralizado veo como desliza la tela de su ajustado vestido por sus muslos hasta situarlo en su estilizada cintura, no lleva bragas. Me tenso al ver cómo abre las piernas y se mete los dedos entre sus pliegues. Mi cabeza da vueltas y por un instante me siento incapaz de reaccionar.

—Ves cómo me pones cachonda. —Saca su mano empapada por la excitación y la acerca a mi cara, a mis fosas nasales—. Quiero que saborees cada gota de mi deseo por ti, después quiero que me folles duro, una y otra vez, hasta que me hagas gritar de placer.

Su discursito de ninfomaníaca consigue sacarme de mi estupor.

—No te follaría ni que fueras la última mujer sobre la faz de la tierra. —La agarro por los hombros y la aparto a un lado—. Vete de aquí, Amanda. Me das asco. —Dejo patente en cada palabra el desprecio que su presencia me provoca.

Suelta una carcajada mientras se baja el vestido con un provocativo contoneo de caderas.

—Tu polla dice lo contrario. —Mira mi entrepierna lamiéndose los labios—. Me deseas tanto como yo te deseo a ti. Olvidemos el pasado, volvamos a ser la pareja perfecta.

—Cállate y desaparece de mi vista. Eres lo peor que me ha pasado en la vida.

—No dejes que el rencor hable por ti. Yo soy tu única opción, ninguna mujer de buena familia se va a acercar a un expresidiario —dice con saña—. Mi paciencia tiene un límite, cariño. Espero encontrarte más receptivo la próxima vez que venga.

—¡Más receptivo, dices! Estás para que te encierren en un manicomio. —Me acerco de forma amenazante, obligándola a retroceder—. Escúchame bien, la próxima vez que pongas un pie aquí, te recibiré con la escopeta —vocifero fuera de control.

Amanda se ríe y se mete en el coche. Ignora mi advertencia.

No espero a ver cómo arranca y entro en la cabaña con un portazo que hace temblar hasta los cimientos.

Me dejo caer en el sofá cama y, solo respiro aliviado en el momento que oigo su vehículo alejándose.

Cierro los ojos, abatido, llevo demasiado tiempo en la lucha por recuperar mi vida.

No puedo permitir que esa bruja se me acerque, debo encontrar una manera de alejarla.

Su presencia me afecta de una forma enfermiza.

Me estremezco con solo recordar la necesidad apremiante que sentí por sucumbir al deseo que su cuerpo provocó en el mío. Estoy asqueado conmigo mismo por mi debilidad. ¿Cómo puedo siquiera pensar en follarme a esa psicópata desquiciada? Pego un salto al escuchar un sonoro estruendo.

«Dios, lo que acaba de pasar no puede ser verdad».

Proclamo en voz alta al ver la vieja puerta de la cabaña tirada sobre el polvoriento suelo del porche.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que ese sitio dejó de ser mi refugio de paz desde hace tiempo.

Además, con la presencia de Amanda, ya no es seguro.

La conozco muy bien y sé que va a volver, una y otra vez, hasta conseguir su objetivo.

«Antes me pego un tiro».

Sin perder tiempo empiezo a meter un par de mudas de ropa en mi desgastada mochila. Me siento un cobarde por huir de esa manera, pero la presencia de mi ex me perturba y me confunde más de lo que me gustaría admitir.

Llego al rancho alrededor de las once, por suerte todas las luces ya están apagadas.

Con la excepción de las del exterior que funcionan por sensor de movimientos y se encienden a mi paso.

Escucho ruidos procedentes de la cocina y me acerco con la esperanza de que sea Caleb. Necesito desahogarme con alguien.

—Madre, ¿qué haces despierta? ¿Te encuentras bien?

—Sí, solo he venido a por un vaso de leche. —Y a por una onza de chocolate. Sonrío al ver como la esconde—. Creía que te habías ido.

—La cabaña ya no es habitable. —Le enseño la mochila—. Mañana recogeré el resto de mis pertenencias.

—Ya era hora, hijo. Tu lugar está aquí, con los que te queremos. —Desliza sus dedos por mi mejilla. Cierro los ojos y disfruto de su caricia, el recuerdo de esa dulce sensación fue lo que me mantuvo con vida en la cárcel—. Todo saldrá bien, Mark.

—Te debo una disculpa por mi comportamiento en la cena. —Desvío la mirada avergonzado.

—A quien tienes que pedir disculpas es a Zoe —replica de forma enigmática—. Intenta llevarte bien con ella, hazlo por Elle.

—Veré lo que puedo hacer. —Miento de forma descarada. Llevarme bien con Zoe no entra en mis planes. Más bien pienso ignorarla todo lo posible.

—Así me gusta. —Deposito un beso en su frente y observo como abandona la cocina con pasos lentos e inseguros. El último brote de artritis reumatoide que sufrió fue muy agresivo.

Agarro una botella de agua del frigorífico y me dirijo a la habitación. No tengo ninguna pizca de sueño, solo espero que el mullido cochón me ayude a dormir como un tronco. Mañana será un día complicado y necesito todas mis facultades para salir indemne.

Nada más alcanzo el pasillo me percato de mi mala suerte, la habitación de Zoe está justo enfrente de la mía.

Camino de puntillas, lo último que me apetece después del encontronazo con Amanda es enfrentarme a esa desquiciante mujer.

Sujeto el pomo de la puerta con firmeza, y justo cuando voy a girarlo, escucho un suave zumbido seguido de unos ruiditos parecidos a los gemidos sexuales.

«La madre que la parió».

Casi grito ante la imagen que se forma en mi cabeza. Sabía que no me equivocaba, esa mujer es un peligro para mi paz mental.

Tras unos tortuosos segundos consigo por fin girar el pomo de la puerta.

Una vez dentro de la habitación suelto la mochila en el suelo y me dejo caer sobre la cama con un ruido seco.

Cierro los ojos e intento vaciar mi mente de la misma forma que solía hacer en la cárcel, cuando la culpa, la soledad y el miedo entraban a devorarme el cerebro como un banco de pirañas hambrientas.

Mis intentos son estériles, ninguna técnica de evasión consigue arrancar de mi cabeza la imagen de Zoe tocándose mientras se deshace en gemidos y grititos de puro placer.

«¡Joder, joder! Estoy jodido, bien jodido».

Creo que no fue buena idea venir aquí, quizás deba desaparecer durante una temporada.

Deja de pensar sandeces, Mark, es solo una mujer, no una vampiresa con poderes sobrenaturales.

Puedes con ella, como también puedes con la psicópata de tu ex.

Me reprendo a mí mismo. De un momento a otro mi vida se ha convertido en un culebrón mexicano.

Sintiéndome agotado me levanto, cojo los cojines decorativos que Charlotte insiste en mantener sobre mi cama y los arrojo al aire.

Luego, saco la colcha y me dirijo al baño; una ducha es todo lo que necesito.

Apoyo las manos contra las baldosas y dejo que el agua templada golpee mis hombros con la fuerza adecuada para eliminar la tensión.

Más relajado y sin ser del todo consciente de mis movimientos cierro el puño alrededor de mi miembro y noto como este palpita entre mis dedos.

El deseo contenido sale a la superficie y esta vez permito que tome el control.

Con los ojos cerrados visualizo a Zoe, su precioso pelo castaño oscuro, sus ojos color chocolate, su boca de labios gruesos y rosados, sus curvas generosas...

Pienso que es ella quien me toca y la sola idea me provoca una brutal erección, mi pene parece una barra de acero, duro como una roca.

Dejo que la fantasía siga su curso y deslizo mi miembro entre sus labios entreabiertos.

Su boca se cierra alrededor de mi glande, su lengua traviesa lame y saborea mi esencia.

Apoyo el antebrazo en la pared de azulejos que tengo frente a mí y muevo mi mano con movimientos frenéticos, arriba abajo una y otra vez.

La imagen de Zoe se materializa en el aire vaporoso.

Me observa, con las pupilas dilatadas y las mejillas sonrosadas por el deseo.

No puedo evitarlo y dejo que el orgasmo me golpee con fuerza.

Un chorro de semen sale disparado y aterriza en la pared de azulejos.

Mi pene se sacude de manera salvaje hasta liberar la última gota.

Permanezco un rato con los ojos cerrados, todo mi cuerpo tiembla tras lo que acaba de ocurrir.

Una vez recupero las fuerzas, limpio el desastre que he provocado, me seco con rapidez y me meto desnudo en la cama. Entierro la cabeza en la almohada mientras dejo que el sueño se apodere de mí.

Ya me ocuparé de analizar lo sucedido más tarde, mucho más tarde.