Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Zoe

Me cambio de ropa para acompañar a mi amiga en sus quehaceres. Su lista de tareas es infinita y a medida que la mañana avanza mis energías se agotan. Jamás hubiera imaginado que producir jabones y aceites esenciales fueran tan extenuante.

Horas después termino sin fuerzas, además de sudorosa y hambrienta.

—¿Qué te pasa? Creo que nunca has estado tanto tiempo sin abrir la boca —comenta Elle al tiempo que se lava las manos en el fregadero de la lavandería.

—Dosificación del esfuerzo —digo, echándola a un lado con un movimiento de cadera. Se ríe mientras sacude los dedos mojados en mi dirección. Me siento tentada a imitarla, pero la felicidad que veo reflejada en su rostro me detiene y me conmueve a la vez. Nunca la he visto tan pletórica.

—Eres una blandengue —dice y esta vez no me contengo. Pongo el dedo en la salida de agua del grifo y dirijo el chorro a su cara.

Se queda boquiabierta y no le salen las palabras cuando me mira sin dar crédito a mi actuación.

—¡Esto es la guerra! —grita divertida, recuperándose del susto.

Acto seguido se abalanza sobre mí y sin darnos cuenta iniciamos una guerra de chorros de agua. Nos olvidamos de todo y volvemos a tener cinco años, época en que la madre de Elle ponía una lona en el césped de su casa para que lo utilizáramos de tobogán.

En esta ocasión no tenemos ni césped ni lona, pero el suelo de la lavandería resbala que es una maravilla y, al igual que en aquel entonces, acabamos despatarradas en el suelo, presas de un ataque de risa e incapaces de levantarnos.

Cuando por fin lo conseguimos, nos encontramos empapadas de pies a cabeza.

—La que hemos liado. —Observo sorprendida cómo hemos dejado el cuarto de la lavadora.

Tras una nueva crisis de risa, conseguimos recuperar la cordura. Y entre las dos devolvemos la lavandería a su estado anterior.

Después nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos. Una vez volvemos a estar presentables bajamos a la cocina para calentar la comida que Elle preparó en la noche anterior. Sin embargo, encontramos la mesa puesta.

En el momento en que Charlotte se percata de nuestra presencia, nos mira de arriba abajo, dejándonos claro que sabe muy bien que hemos cometido una gamberrada.

Elle se pone roja como un tomate y yo pongo cara de no haber roto un plato en la vida.

La mujer sacude la cabeza sin decir nada y luego nos invita a sentarnos a la mesa.

El olor a comida casera invade mi sistema y multiplica mi apetito por mil.

Sin miramientos lleno mi plato a rebosar del suculento guiso de carne con verduras, lo acompaño con una buena rebanada de pan recién hecho.

La ensalada de lechuga y tomate se queda en el centro de la mesa, como un elemento decorativo, nadie la toca.

Devoro con entusiasmo el contenido de mi plato hasta dejarlo limpio ante la atónita mirada de mi amiga. No contenta con la atracada que me he metido entre pecho y espalda, me sirvo una generosa porción de tarta de chocolate.

«Madre mía, nunca pensé que comería tanto sin sentirme culpable».

Por suerte solo estábamos las tres, de lo contrario me hubiera muerto de vergüenza, o quizás no.

Aquí comen por dos o por cuatro, la diferencia reside en que ellos trabajan de sol a sol y pueden permitírselo: tanto Caleb como Liam son puro músculo.

Mi amiga tampoco se queda atrás; después de un año en el rancho, ha conseguido tener un cuerpo saludable y tonificado.

En resumen: o me pongo a trabajar como una mula o no podré repetir el atracón de hoy. De lo contrario, tendré que renovar mi guardarropa con dos tallas más.

«Eso sí que no, definitivamente no».

Pasamos la tarde entre recuerdos nostálgicos, charlas animadas y una saca de veinte kilos de nueces pecanas. Sí, me habéis entendido bien: mientras hablamos, mantenemos las manos ocupadas abriendo nueces. Para cuando nos damos cuenta, ya son las seis. Casi la hora de la cena.

Por fin voy a conocer al misterioso hermano de Caleb, así que me arreglo con esmero.

Quiero causar una buena impresión. He pedido a Elle que me enseñara una foto suya, pero la muy cabrita se ha negado.

Lo único que me dijo fue que no se parece en nada a su prometido y, por consiguiente, a Liam.

Ambos hermanos tienen un parecido considerable, a excepción de los ojos: los de Liam son verdes y los de Caleb grises.

Además, su novio le saca una cabeza a su hermano pequeño.

Quizás sea más parecido a Charlotte, de piel muy blanca y ojos azules. La imagen que se proyecta en mi mente no me gusta. Prefiero los macizos curtidos al sol por el trabajo duro, como Liam o Caleb.

Escucho risas en el pasillo, seguidas por la voz de mi amiga:

—Id bajando. He olvidado mi móvil en la habitación. Ahora mismo voy.

Los pasos se alejan y unos segundos después Elle toca mi puerta antes de entrar.

—¿En qué estás metida? —pregunto con curiosidad al darme cuenta de su sonrisa conspiradora.

—Caleb y Mark no saben que estás aquí, piensan que llegarás mañana. —Ensancha los labios—. He pedido a Liam y a Charlotte que no digan nada.

—¿Siempre ha sido asocial? —pregunto.

Elle hace una mueca indescifrable mientras aparta la mirada. Sé que no va a decir nada, por más que intente ahondar en el tema. Decido aligerar la tensión que se forma en el ambiente.

—¿Acaso es tan feo como Gollum?

—Tanto como Gollum, no —responde y ambas nos partimos de la risa.

—Pobrecito, prometo no mirarle fijamente —bromeo en tanto salimos de la habitación.

Me pide silencio cuando empezamos a bajar las escaleras. Intento contener la risa nerviosa que se apodera de mí a medida que nos acercamos.

Respiro hondo al entrar en el salón comedor, y lo primero que hago, casi por inercia, es buscar a Gollum.

No encuentro nada semejante, al revés. El hombre que está de pie, recostado sobre el mueble bar con una copa cuyo líquido rojizo se asemeja al vermut, es el sueño húmedo de cualquier mujer u hombre de este planeta.

Me recreo con descaro en cada detalle de su fibroso cuerpo. Es alto, diría que ronda el metro noventa, lo corroboro al verlo erguirse. Su pelo es castaño dorado y ligeramente ondulado, y su piel clara empieza a adquirir ese tono curtido por el sol que tanto me gusta.

—Ven, Zoe, deja que te presente a mi cuñado. —El susodicho levanta la mirada y sus dos esferas azules chocan con las mías de color chocolate. Su mandíbula cuadrada y sus labios dibujados a la perfección, unidos a esos ojos hipnóticos, lo convierten en un hombre de lo más sensual y atractivo.

Una corriente eléctrica atraviesa mi cuerpo y casi gimo en voz alta.

«Cómo suelo decir: guapura, nivel Dios».

—Bruja. ¿Cómo has podido ocultarme ese pedazo de tío bueno? —susurro mientras la sigo.

—Mark, te presento a Zoe, una de mis mejores amigas.

—La que tenía que presentarse mañana —dice con un tono de fastidio.

—No, la que tiene las puertas de esta casa abierta para presentarse cuando le dé la gana —contesto y me quedo tan pancha.

El silencio impera en la habitación, nadie parece encontrar la palabra adecuada para romper el hielo.

Miro a mi amiga que sigue a mi lado en busca de apoyo, la pobre tiene las mejillas más rojas que un tomate maduro.

Vuelvo a posar mis ojos en el causante de la incómoda situación e intento entender su actitud.

Pero al ver su mirada desafiante comprendo por qué vive en una cabaña, aislado del mundo: es un maldito misógino.

Un carraspeo al fondo del salón atrae nuestra atención, es Charlotte. La mujer se acerca, acompañada por sus otros dos hijos.

—¡Joder, Mark! Has sido noqueado en el primer round —espeta Liam con sorna.

Mark se endereza y parece dispuesto a rebatir a su hermano, pero Charlotte interviene.

—Mejor pasemos a la mesa que la cena ya está lista. —Me aprieta la mano en señal de disculpa. Intercambia una mirada con Elle antes de dirigirse a la cocina.

Me siento arrepentida por no haberme mordido la lengua. No por el imbécil que tengo sentado justo enfrente, sino por Charlotte, la pobre no sabe dónde meterse.

Miles de preguntas sobrevuelan mi cabeza, todas sin respuesta.

Mi amiga nunca quiso hablarnos de Mark, siempre que preguntábamos por él, nos respondía con evasivas.

Nos dejó construir una idea errónea sobre él, el muy imbécil no es ningún rarito con problemas de autoestima.

No señor, su cuñadito es un hombre amargado, maleducado y guapo a rabiar.

«Vas a tener que darme muchas explicaciones, amiga mía».