Capítulo 3
Zoe
El ambiente en casa es insoportable, ya no veo la hora de largarme al rancho.
Si sigo aquí todavía es porque no tengo el vestuario adecuado para la vida en el campo.
Pretendo disfrutar de esta experiencia a tope, y si tengo que tirarme al barro o subirme a un árbol, quiero hacerlo sin contemplaciones.
Motivo por el cual he quedado con Phoebe esta tarde: ella me ayudará con mi nuevo guardarropa.
—¿Puedo entrar? —pregunta Cristian desde el otro lado de la puerta.
—Claro, pasa —contesto sin pensar demasiado.
Aunque si viene a sermonearme le diré que se ponga a la cola.
Tanto nuestra madre como Jeremy lo han intentado esta mañana, pero les cerré la puerta en las narices.
Por suerte, Bruce está de viaje, de lo contrario también tendría que lidiar con su sarcasmo ácido.
—Hablabas en serio cuando dijiste que te ibas de vacaciones al rancho de tu amiga —constata al ver una de mis maletas abierta sobre la cama.
—Muy en serio, y si vienes a echarme la bronca puedes irte por donde has venido. —Sonríe y se mete las manos en los bolsillos delanteros del pantalón.
—De eso ya se encargan los demás. Yo —me observa dubitativo— solo he venido a decirte que admiro tu coraje. Quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites.
Lo miro con la boca abierta, nunca pensé que fuera capaz de posicionarse de mi lado. Ahora mismo soy la oveja negra de la familia y todo aquel que me brinde su apoyo será considerado un traidor.
—No les sentará bien que me apoyes. Lo sabes, ¿verdad?
—Efectivamente, pero eres mi hermanita pequeña y te quiero mucho. —Un nudo se me forma en la garganta y me lanzo hacia él. Cristian saca las manos de los bolsillos y me recibe con los brazos abiertos.
—Yo también te quiero. En realidad, siempre fuiste mi preferido —confieso.
—Será porque he pasado media vida ocultando a nuestros padres tus travesuras.
Me acurruco en su pecho y disfruto de sus palabras, de su cariño. Llevaba tanto tiempo sin recibir un abrazo tan sincero que ya no me acordaba de lo reconfortante que era.
—¿Por qué permites que te controlen? —pregunto al darme cuenta de que esa no es la vida que hubiera escogido si tuviese elección.
—Mi camino ya está trazado y no hay vuelta atrás, pequeña. Sin embargo, el tuyo aún está por escribir y espero que seas lo suficiente fuerte para luchar por tus sueños. —Me besa en la frente—. Debo volver al despacho. Tengo una reunión importante.
Lo veo salir de la habitación sin ser capaz de emitir ningún sonido.
Lo que acaba de pasar me descuadra por completo.
Siempre pensé que Cristian era feliz, de mis tres hermanos es el más cariñoso y espontáneo.
Aunque si echo la vista atrás puedo apreciar un cambio importante en su manera de comportarse y vestirse.
Antes de entrar a trabajar en el despacho tenía un aspecto de motero hípster, llevaba el pelo recogido en un moño, botas Harley Davidson y vaqueros ajustados.
Tenía trece años en esa época y él veintidós; mis amigas hacían cola para dormir en mi casa, solo para admirarlo —las comisuras de mis labios se curvan hacia arriba—.
Además, era el único que hacía frente a nuestro padre, solía salirse con la suya en la mayoría de las ocasiones.
«¿Qué te ha pasado, Cristian?». Me pregunto mientras termino de arreglarme.
«Ojalá vuelvas a encontrar tu camino, nadie se merece vivir a medias».
Por fin ha llegado el momento de perder de vista a mis familiares.
Aunque debo reconocer que los muy puñeteros se me han adelantado.
Ayer decidieron marcharse al club de campo, por casualidad, este fin de semana tenían una reunión social ineludible.
Se han ido sin despedirse, dándole incluso el sábado libre al personal del servicio.
Dejándome claro el lugar que me corresponde si no sigo sus directrices.
Cristian ha sido el único en acercarse a la mansión White. Se presentó temprano e incluso me preparó el desayuno. Desde la charla que tuvimos en mi habitación nos hemos unido mucho más.
Pero hubiera sido todo un detalle que se hubiese marchado después de ayudarme con el equipaje.
Phoebe, que también vino a despedirse tuvo que comerse el marrón.
Entre las dos conseguimos bajar a la planta baja las cinco maletas XXL que he necesitado para transportar mis pertenencias y el material con el que ayudaré a mi amiga con la boda.
—A exagerada no te gana nadie —se queja Phoebe trayéndome al presente—. Tendrás que cambiar de vestuario por lo menos cuatro veces al día para que puedas lucir todos los modelitos que llevas.
—¿Quién es la exagerada ahora? —bromeo, sacándole la lengua.
—Madre mía, cómo pesan las condenadas. —A pesar de sus protestas sigue ayudándome hasta que metemos la última de las maletas en el SUV—. Yo que tú las sacaría de una en una y en días alternos, de lo contrario pensarán que te mudas al rancho.
—Anda, petarda, deja de quejarte y dame un abrazo. —Extiendo los brazos invitándola a cobijarse en ellos.
—Te voy a echar de menos, loquita —confiesa—. Ojalá pudiera irme con vosotras un par de días.
Le hacía mucha ilusión participar en los preparativos de la boda de Elle, sin embargo, la llamaron para realizar las prácticas en una importante agencia publicitaria neoyorquina. El sueño de su vida hecho realidad.
—Ya lo sé, pero es por una buena causa. Déjales con la boca abierta, nena.
—Prometo intentarlo —dice mientras se mete en su coche—. Nos vemos a finales de agosto —añade antes de poner su vehículo en marcha.
Yo también me pongo al volante y tras introducir las coordenadas en el GPS, me incorporo al tráfico.
Milla a milla me alejo de Austin. Mi ciudad querida, tan vibrante y moderna.
Al contrario del tópico que el imaginario colectivo espera encontrar en la capital, aquí no verás ni coches con cuernos ni sombreros de cowboy y mucho menos botas de vaquero para ir a la oficina.
En cambio, encontrarás barberías hípsters, moda alternativa y coctelerías con inspiración mexicana.
Ni el intenso calor texano nos quita las ganas de salir de marcha.
«No hace falta que te pongas nostálgica. Siempre podrás escabullirte del rancho».
Conecto mi Smartphone a través del Bluetooth . En unos segundos el aplastante silencio es sustituido por la voz envolvente de Nash Blackwood. La canción We Don't Need to Be Perfect es mi preferida de su último álbum.
El camino se me hace corto y sin darme cuenta llego a mi destino. Liam se acerca a recibirme; es un chico muy atractivo, qué pena que a mí me gusten más maduritos.
—Hola, guapo.
—Hola, preciosa. Me alegro de que estés aquí —dice con una sonrisa genuina.
—Creo que lo vamos a pasar muy bien en estas vacaciones. —Le guiño el ojo en señal de complicidad.
—Para eso tendrás que convencer a tu amiga de que me libere de la promesa que le hice.
—¿Qué promesa?
—La de mantener mis manos alejadas de ti, además de tratarte como a una hermana pequeña —musita al ver que Elle y su madre se acercan.
—Nooo. ¿De verdad te dijo eso?
—Palabra por palabra —responde con un susurro casi inaudible.
—Qué ganas tenía de que llegaras —proclama mi amiga al tiempo que nos fundimos en un cálido abrazo.
—Y yo de llegar. He comprado una lencería monísima para tu noche de bodas y me muero por enseñártela.
—Oye, eso suena interesante. Me apunto —dice Liam, con guasa.
—Interesante es la colleja que te vas a llevar como no te largues de aquí pitando —amenaza Charlotte con la mano preparada.
Liam no se queda para comprobarlo y huye como un niño pequeño al que le pillan en una travesura. Las tres nos miramos y estallamos en una sonora carcajada.
—Bienvenida a mi hogar —dice, tras superar el ataque de risa.
—Gracias, Charlotte. —Tomo sus manos y las estrecho entre las mías con suavidad—. ¿Qué tal te encuentras? —pregunto, a sabiendas de que acaba de salir de un fuerte brote de artritis reumatoide.
—Mejor, lo peor ya ha pasado —dice sin que la alegría llegue a sus ojos.
—Ven, te ayudo con el equipaje —ofrece Elle y, antes de que pueda decir nada, se acerca al maletero del coche. Me encojo de hombros al ver su cara de asombro.
Después de su fallido intento de sacar una de las maletas decide pedir a uno de los vaqueros que las suba a la segunda planta. A la habitación que ocupaba antes de liarse con Caleb.
—¿Dónde está ese futuro marido tuyo?
—Ha salido temprano con Mark. —Sus ojos brillan al mencionar a su amado—. Estarán de vuelta para la cena.
«¿Algún día encontraré a quien amar con tanta intensidad?». Me pregunto, pero sé que es poco probable, por lo menos a corto y medio plazo. Me encanta mi vida, libre y sin ataduras.
—Por fin conoceré al hermano ermitaño. Empezaba a pensar que me tomabais el pelo.
—Lo que pasa es que mi hijo es muy reservado. A ver si tenemos suerte y se queda a cenar.
—Presiento que se quedará —informa Elle en tono misterioso.
—Pasemos al comedor para que te sirva un desayuno como Dios manda. —Charlotte me indica el camino con un gesto de su mano—. Tengo bollo de canela y café recién pasado —añade entusiasmada.
Se me hace la boca agua, la bollería casera que prepara es deliciosa. Pena que mi hermano se la haya adelantado.
—Gracias, Charlotte, Cristian me ha atiborrado de comida antes de salir.
—Entonces os dejo para que Elle te ayude a instalarte. Cualquier cosa que necesite solo tienes que decir.
Agradezco su hospitalidad y una vez la vemos abandonar el salón nos dirigimos a la escalera que conduce a la segunda planta.
—Tu suegra es encantadora —comento en cuanto entramos en la habitación.
—Sí que lo es. Es como una segunda madre para mí.
—Me alegro por ti, amiga. De lo contrario, tendríamos que pasar las vacaciones confabulando para librarnos de ella. —De broma me llevo las manos al cuello en un gesto de estrangulamiento.
—¡Madre mía, cómo echaba de menos tus locuras!
Nos ponemos al día con el cotilleo entretanto abro una de las maletas, la de los regalos.
Elle se pone colorada al ver la lencería de encaje que he comprado para su noche de bodas.
A Caleb se le van a salir los ojos de las órbitas cuando la vea enfundada en uno de esos modelitos.
También le he comprado crema corporal comestible.
—¿Te gustan? —pregunto entusiasmada.
—Me encantan, gracias. —Se detiene en unas prendas más que en otras—.
Para serte sincera no entiendo muy bien para qué sirve esa pieza.
—Sostiene en alto un body de Victoria's Secret que está compuesto por tiras decoradas con pedrerías.
Una preciosidad en azul marino que no deja nada a la imaginación.
Le enseño el catálogo que he traído por si necesitábamos realizar más pedidos y casi le da un patatús.
—¡Ni loca me pongo esa… esa cosa! —exclama mientras mueve la cabeza de un lado a otro para reforzar su negativa—. Imagínate qué horror, una mata de vello en medio de dos tiras. Ni hablar, está descartado.
—¿¡Mata de vello!?, eso sí que es un horror. Tendrás que depilarte, todo, de arriba abajo.
—Empiezo a arrepentirme. Entre tú y Charlotte me vais a volver loca —dice en tono serio.
A pesar de su protesta y de su cara enfurruñada sé que en el fondo está encantada con tanta atención. Y más cuando vea el resultado de todos los tratamientos de belleza que tengo organizados para su gran día. Sonrío y meto todos sus regalos en una gran bolsa de papel. Sé que los va a usar.