Capítulo 2 #2
—De acuerdo. Voy a preparar el desayuno entretanto. —No suelo comer nada antes de la salida del sol, pero el rancho está a unas cuatro horas de aquí y sé que mi hermano no se detendrá para desayunar.
La ducha está en el exterior, cerca del porche trasero. Tras coger todo lo necesario, cruzo la cabaña sin preocuparme por mi desnudez. Los cuatro años que he estado encarcelado han servido para eliminar todo rastro de pudor de mi sistema.
Oliendo a limpio y mucho más presentable, me siento a la mesa, donde Caleb me espera con una humeante taza de café.
—Mis dotes culinarias no van más allá de unos huevos revueltos y tostadas un pelín quemadas —dice con un tono avergonzado mientras me sirve las dos rebanadas de pan con los bordes carbonizados.
Cojo un cuchillo y raspo la costra negra, luego unto mantequilla y mermelada. El sabor no es agradable. Sin embargo, tras mi experiencia entre rejas soy capaz de ingerir cualquier alimento, tengo un estómago de acero.
—Tienes cara de quien no durmió bien.
Desde que he vuelto a casa no hemos hablado del tema, por mucho que haya insistido.
Tanto él como mi hermano pequeño, Liam, orbitan a mi alrededor, protegiéndome de mí mismo.
Al salir de la cárcel, un año atrás, me encontraba en un estado lamentable y sé que ambos temían por mi vida; razones no les faltaban.
El suicidio era una constante en mi cabeza.
De no ser por la confesión de Elle, la prometida de Caleb, es muy probable que hubiera puesto fin a mi existencia.
Su presencia en mi vida fue como un milagro. Justo cuando me ahogaba en un pozo sin fondo, ella apareció para rescatarme. Nadie lo sabe, es un secreto que compartimos y prometimos llevar a la tumba.
Resulta que mi ángel —así me refiero a ella— estaba presente en el momento del accidente.
Y aunque también se encontraba en un lamentable estado de embriaguez, pudo ver cómo el verdadero responsable de la tragedia huía del siniestro.
A veces siento una necesidad imperiosa de contratar a un investigador privado para que encuentre al cabrón que me destrozó la vida; no solo la mía, la de Elle y del pobre chaval que murió en el acto.
Pero para eso tendría que faltar a mi promesa.
—¿Quieres hablar de ello? —insiste al no conseguir ninguna reacción de mi parte.
«Quizás sea hora de dar el primer paso».
—Gracias —digo mirándole a los ojos.
—De nada. Las tostadas quemadas son mi especialidad —contesta con un aire de suficiencia. Caleb es un buen tipo, un pelín engreído, pero leal hasta la muerte.
—Por protegerme en la cárcel —digo tras apurar lo que quedaba de los huevos revueltos.
—¿Cómo te has enterado? Me dijeron que no te darías cuenta.
—Nadie me lo ha contado. Pero después de estar metido dentro de aquel agujero durante cuatro años sin que nadie me rompiera el culo ni me rajara de arriba abajo con una navaja improvisada, supuse que compraste mi protección.
—Dios mío, Mark. Siento no haber conseguido librarte de la condena. He contratado al mejor abogado del país.
—Lo sé y te lo agradezco; de lo contrario, me habrían caído muchos más.
Aunque merecía el castigo, jamás debí coger el coche en el estado que me encontraba —asentimos con la mirada—.
Te devolveré todo el dinero que has gastado, sé que tuviste que posponer las mejorías que tenías previstas para el rancho.
—Ni hablar. Hubieras hecho lo mismo por mí —afirma rotundo, se levanta y se pone el sombrero—. Es mejor que nos vayamos o se nos adelantará la competencia.
Recojo la mesa y meto los cacharros sucios en el fregadero. Acto seguido le sigo. Una vez acomodado en el asiento del copiloto vuelvo a la carga.
—Deja que te devuelva al menos la parte que has gastado de tu cuenta personal. Te vas a casar y ese dinero os vendrá bien. ¿No has pensado en tener tu propia casa?
«Si mi madre se entera de lo que acabo de sugerir, me saca la piel a tiras».
Se queda callado y durante un rato, parece que solo le interesa la carretera.
—Sí, he barajado la posibilidad, solo que no sé cómo planteársela a nuestra madre —responde con el ceño fruncido.
—¡Joder! Te compadezco. Charlotte no te lo va a poner fácil, y conociéndola bien, hará lo posible y lo imposible para impedírtelo.
—Lo sé, se ha encariñado mucho con Elle y no va a querer que la aparte de su lado.
—Has tenido suerte, hermano, Elle es una chica estupenda. Sé que serás muy feliz.
Comento con la intención de relajar el ambiente; consigo todo lo contrario. Su semblante cada vez es más sombrío.
—¿Qué pasa, Caleb? No estás seguro de lo que sientes por Elle.
—No, no es eso. La amo con toda mi alma, pero sé que me oculta algo relacionado con su pasado.
Me quedo frío con sus palabras; Elle es una chica muy expresiva y es fácil encontrar la verdad en su mirada. No puedo evitar sentirme culpable: yo la convencí para que no le dijera nada, quizás sea demasiada carga para alguien tan sensible y con un corazón tan puro como el suyo.
—Hermano, todos tenemos un pasado y a veces es mejor no removerlo.
—Tienes razón. Confío en que algún día decida compartir esa carga conmigo.