Capítulo 2
Mark
Cinco años atrás…
Me miro en el espejo y ajusto la corbata por enésima vez.
Nunca me he sentido tan nervioso como en este momento.
Solo el recuerdo de la pasión desenfrenada que compartí con Amanda esta mañana consigue evitar que deje a mis suegros y a mi familia plantados en el restaurante.
Deseo que toda esta pantomima se termine de una vez por todas.
Si dependiera de mí, hubiera llevado a Amanda a Las Vegas y nos hubiéramos intercambiado los votos delante de un capellán disfrazado de Elvis en una de las más de cien capillas veinticuatro horas disponibles en la Ciudad del Pecado.
El ruido de una puerta abriéndose provoca que cambie el rumbo de mi mirada. Sonrío al ver entrar a la mujer más deslumbrante del mundo. Ella se unirá a mí en matrimonio dentro de una semana y espero que sea para toda la vida.
—Estás preciosa, cariño. —Se acerca sin pronunciar palabra y la tensión de su rostro se me contagia—. ¿Te encuentras bien?
Se detiene delante de mí, aún sin abrir la boca. Me coge la mano derecha con la palma hacia arriba y noto el tacto de un pequeño objeto metálico. Intrigado me libero de su agarre y me quedo sorprendido al ver que es su anillo de compromiso.
—¿Qué le ha pasado? Puedo pedir al joyero que lo ajuste si te ha quedado grande —sugiero al tener en cuenta que ha perdido peso en el último mes. El estrés por los preparativos de la boda nos pasa factura.
—No voy a casarme contigo. Creía estar preparada para el tipo de vida que me ofreces, pero me he dado cuenta de que necesito mucho más.
Sus palabras taladran mi cerebro e intento asimilarlas, sin conseguirlo. Tiene que ser un puto chiste.
—Si es una broma, te advierto que no tiene ninguna gracia. —Quiero pensar que es una tomadura de pelo. Sin embargo, desde que la vi entrar por la puerta, supe que algo no andaba bien.
—No es ninguna broma. Me marcho a Dubái pasado mañana.
—Estás loca, llevamos meses organizando la boda. Tanto nuestras familias como nuestros amigos han invertido tiempo y dinero en los preparativos. No puedes posponerlo porque te dé la gana. Ellos se merecen respeto —digo agarrándome a un halo de esperanza.
—Creo que aún no lo has entendido. No habrá boda, ni en una semana, ni en un mes, ni nunca.
—¿Qué disparate acabas de decir, Amanda? Esta misma mañana gritabas lo mucho que me amabas mientras te corrías entre mis brazos. ¿Qué cojones ha pasado desde entonces?
—Mi jefe se ha dado cuenta de que soy el amor de su vida. —Sonríe con suficiencia—. Y, como comprenderás, no puedo dejar escapar esta oportunidad. Me ha pedido que me vaya a vivir con él, y lo he aceptado.
El mundo deja de girar durante un instante y un dolor agudo me rasga el pecho.
Siento como miles de cuchillos afilados se retuercen con saña en mi cavidad torácica.
Mis fosas nasales se dilatan y la respiración se me hace pesada, parece que me encuentro en el tramo final de un maratón.
A medida que consigo normalizar la entrada de aire en mis pulmones empiezo a ser consciente de la situación a la que me enfrento y una rabia cegadora me domina.
—¿Tu jefe? ¿El magnate del petróleo que tiene edad para ser tu abuelo?
—vocifero a punto de echar espuma por la boca—.
Así que de eso se trata, Amanda. Prefieres cambiar todo lo que tenemos por una billetera más abultada.
—Deshago el nudo de la corbata, que empieza a apretarme como una soga al cuello—.
Dios, cómo he podido estar tan ciego. Me alegra que hayas dejado caer la máscara antes de la boda. Las mujeres como tú me dan asco.
Empieza a reír como una desquiciada.
—No me ofendes con tus palabras. Puedo entender que para un ranchero pueblerino que no conoce vida más allá de estas tierras sea difícil aceptar que el mundo ahí fuera es mucho más fascinante que el mugido de una vaca o el nacimiento de un ternero —dice con sorna—.
Somos muy diferentes, nunca debí salir contigo.
—En esto coincidimos. De saber que eras una zorra mercenaria jamás te hubiera tocado ni con un palo —suelto parte del rencor que me envenena la sangre—. Ahora fuera de mi vista.
No espero su reacción y, antes de que pueda rebatirme, la arrastro fuera de mi habitación. En cuanto sus pies traspasan el umbral, cierro la puerta con un violento portazo que retumba en toda la casa.
Pego la espalda en la puerta y cierro los ojos.
Mi cuerpo empieza a temblar al ser consciente de mi realidad.
¿Cómo voy a decir a todos mis conocidos que Amanda me abandonó por otro más rico?
¡Muchísimo más rico!, me digo a mí mismo mientras dejo que mi cuerpo se deslice por la madera hasta tocar el suelo.
El móvil empieza a sonar en el interior del traje, lo cojo y veo que es mi hermano, Caleb.
Seguro que llama para echarme la bronca, odia que le hagan esperar.
Además, no soporta a los padres de Amanda, creo que tampoco le gusta mi prometida; ¡no, mi ex!
Me corrijo al tiempo que trago el nudo que se forma en mi garganta.
Duele, duele demasiado.
El aparato vibra en mi mano, le he quitado el sonido. En esta ocasión la llamada pertenece a mi madre, no la contesto. Ahora mismo me veo incapaz de dar explicaciones.
Me levanto del suelo, cojo la cartera y las llaves del coche y me marcho sin rumbo.
Solo quiero que la mano que me oprime el pecho deje de apretar y me permita respirar con normalidad.
Conduzco unos cuarenta minutos y me detengo en el primer garito que encuentro por la carretera.
El sitio es cutre y la clientela poco recomendable, no me importa lo más mínimo.
Quizás una buena pelea consiga aplacar la pena que me corroe por dentro.
Camino decidido bajo las miradas hostiles y me acerco a la barra.
Una camarera con las tetas casi al aire se acerca y le pido la bebida más alcohólica que tenga disponible.
Minutos después la chica se acerca con una botella de la versión original del tequila más fuerte del mundo, «La piedra que muerde».
Un eslogan muy apropiado para sus setenta y cinco grados de alcohol.
—Es lo más fuerte que tengo. —Me sirve una dosis en un vaso de chupito—. Mi primo me lo trae de México —añade de forma sugerente.
Hace rato que la camarera me cerró el grifo. Pero sigo insistiendo, a sabiendas de que me encuentro en un estado deplorable. Solo me detendré cuando mi cerebro se apague y lo sucedido caiga en el olvido.
—No te voy a servir nada más —contesta ante mi empecinamiento—. Apenas te mantienes de pie.
Saco tres de los grandes de la cartera, y la botella a medio terminar vuelve a aparecer ante mis ojos. Me apodero de ella cual tesoro valioso, y no la suelto hasta que la imagen de la mujer que me rompió el corazón en mil pedazos se desvanece de mi mente.
A partir de ese momento todo se vuelve confuso. Lo siguiente que recuerdo es el olor a sangre y el sonido de las ambulancias que surcan las calles a toda pastilla. Intento moverme, pero, me inyectan un líquido a través de la vía intravenosa sujeta al dorso de la mano. Vuelvo a desconectarme.
La próxima vez que despierto llevo unas esposas en la muñeca derecha, estas van atadas a la cama.
El pánico me invade al no ser capaz de acordarme de nada.
La enfermera que trastea de un lado a otro me da una pista de lo que ha pasado y las escayolas que llevo en la pierna y en el brazo izquierdo confirman mis suposiciones.
Pero lo que más me impacta es ver a un policía apostado delante de la puerta.
El agente me mira de forma amenazante cada vez que la asistente médica se acerca, lo que provoca que cada célula de mi cuerpo tiemble de ansiedad.
Sea lo que sea que he provocado debe de ser muy grave para que me traten como a un delincuente peligroso.
La respuesta no tarda en llegar y al ser conocedor de los hechos deseo estar muerto.
De no ser porque estoy postrado y encadenado a una cama, yo mismo pondría fin a mi mísera vida.
El desconsuelo que siento por ser el responsable del fatídico accidente de tráfico que segó la vida de un chaval de dieciocho años me hace olvidar todo lo demás.
Amanda y la no boda dejan de tener importancia.
Mi pena no es nada comparada a la de la familia del chico.
Deprimido y atormentado por la culpa, acepto todos los cargos que se me imputan y accedo a la condena que consideren oportuna.
Mi familia no se da por vencida y, desoyendo mis deseos, contrata a los mejores abogados del país.
Impotente y apático, me dejo arrastrar por los acontecimientos.
Nada más me importa, estoy muerto en vida y mi destino me trae sin cuidado.
Momento actual…
Tengo el cuerpo empapado en sudor, he tenido otra pesadilla.
Me llevo la mano a la garganta, la noto seca y dolorida; otra vez grito mientras duermo.
El corazón martillea con fuerza en mi pecho y puedo escuchar el latido de la sangre al bombear en mis venas.
Todavía siento la inquietud que me ha provocado el mal sueño, las fotos del cuerpo de Kevin destrozado por el accidente, que el abogado de su familia enseñó en el juzgado, siguen intactas en mi memoria.
Solo de pensarlo, un escalofrío me recorre de arriba abajo.
Si no me bastara con revivir lo sucedido una y otra vez, aun siendo inocente, ahora también debo enfrentarme a Amanda. Esta ha vuelto para joderme la vida.
La voz de Caleb me libera de mi tormento.
—Me voy al rancho de Randy a echar un vistazo a ese purasangre que ha puesto en venta. ¿Quieres acompañarme? —pregunta al detenerse delante de mi cama. Ese es el inconveniente de vivir en una cabaña destartalada y sin cerrojo, uno no tiene privacidad.
Debí reforzar la cerradura después de la última visita sorpresa de la arpía de mi ex.
—Si no te importa esperar. Como ves, me acabo de despertar —contesto al tiempo que me levanto de mi incómodo sofá cama.