Corazón Herido (Cowboy 2)
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Capítulo 1
Zoe
Solo necesité poner un pie fuera de la cama para saber que mi día iba a ser un completo desastre.
Para empezar, me desperté tarde; luego me tropecé con la alfombra y me astillé una uña al intentar evitar la caída.
Después de un baño revitalizante, cuando voy a secarme el pelo, el secador se sobrecalienta e impregna el aire con un fuerte olor a quemado.
Frustrada, me hago una coleta alta. Lo último que quiero es aparecer en el despacho de mi padre con el cabello erizado como un puercoespín.
Me visto con una falda de tubo negra que se adhiere a mis curvas como un guante, la combino con una camisa satinada de doble puño en color verde botella y unas sandalias de tiras cruzadas con tacón de aguja.
El maquillaje lo llevo en tonos suaves y discretos, muy distintos a los que suelo llevar de forma habitual.
Pero la situación lo requiere, tengo una reunión con mi padre y lo más inteligente es mantenerlo contento.
Lo molesto de pertenecer a una reconocida familia de abogados son las expectativas.
Mis hermanos Jeremy, de treinta y nueve años; Bruce, de treinta y siete; y Cristian, de treinta y tres, junto con mi padre, Paul White, son socios de uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad.
Justo eso es lo que esperan de mí: que mantenga el nombre de la familia en lo más alto del podio.
Cuando me gradué de la preparatoria no tenía ni idea del camino a seguir, así que me dejé llevar por las pretensiones familiares y me licencié en Administración y Dirección de Empresas .
En su momento, me pareció lo más sensato, tendría mi futuro asegurado.
Luego, la presión aumentó y tuve que prepararme para aprobar el LSAT, entrar en una buena universidad para estudiar Derecho era un requisito obligatorio para el gran abogado Paul White.
Lo conseguí a base de esfuerzo y cierta influencia paterna, por más que me duela admitirlo.
De eso hace un año y, durante este periodo, tuve la esperanza de que el gen de la abogacía que llevo en la sangre se manifestara, sin embargo, no sucedió.
Al contrario, cada día tengo más claro que odio esa profesión.
—Zoe, vas a llegar tarde —dice mi madre al irrumpir en mi habitación.
Que la puerta estuviera cerrada no es ningún impedimento para Beatrice, quien entra sin más, saltándose las normas de la buena educación.
—Ya salgo. —Ignoro su mirada de reprobación, a ella no le gusta que resalte mis atributos. Seguro que desearía que fuera como las hijas de sus amigas: delgadas, estiradas y con un palo metido por… ya sabéis por dónde—. ¿Acaso sabes por qué me ha citado en el despacho?
—Tu padre no me lo ha querido decir —contesta con firmeza, parece decir la verdad—. Supongo que tendrá que ver con tu carrera —añade al mirar su reloj con impaciencia.
Me despido con un leve asentimiento y me marcho de la habitación con un mal presagio.
Mis calificaciones están a años luz de los estándares exigidos por mi familia.
Aunque esperaba mantenerlas en secreto sospecho que algún lameculos de mi padre se ha chivado, él los tiene a patadas, en todas partes.
Antes de arrancar el coche envío un mensaje al grupo de «Las chicas son guerreras».
Chicas, deseadme suerte.
Estoy a punto de ser torturada por la inquisición.
Elle
¿Qué dices?
Phoebe
¿A quién has cabreado esta vez?
Creo que mi padre está al
tanto de mis calificaciones.
Elle
¿Tan mal te ha ido?
Mejor no contesto. Si no tenéis noticias mías
es porque me han dado de comer a los peces.
Elle
Seguro que no será para tanto.
Eres un pelín exagerada.
Ya os contaré, si sobrevivo. Besos.
Phoebe
No dejes que te pisoteen.
Phoebe es una guerrera y siempre está dispuesta a luchar en contra de los poderosos.
Si ella estuviera en mi lugar, ya hubiera mandado al diablo la carrera de Derecho junto con mis adorables parientes.
No me malinterpretéis, los quiero, solo que no percibimos el mundo de la misma manera.
Para ellos, la abogacía viene antes que todo lo demás.
Aparco en el área reservada a los funcionarios del bufete. Atravieso el patio con paso decidido y entro en el edificio acristalado situado en el corazón de Austin; una zona inmejorable con vistas al lago Town Lake, un brazo del río Colorado que divide el centro en dos.
White me espera impaciente mientras consulta la hora en la pantalla de su iPhone.
—Llegas con retraso —dice con voz severa—. Estaba a punto de reprogramar mi próxima cita.
—Aquí estoy, ya no necesitarás cambiar tus planes —replico.
—Vámonos o a nuestro padre le dará un infarto. —Lo sigo sin protestar, de los tres es el más flexible.
El despacho de Paul está al final del pasillo, es el más grande de todos y cuenta con su propia sala de reuniones, además de un baño descomunal, bañera de hidromasaje incluida.
Tengo que aclarar que la bañera ya venía incorporada en el edificio; mi padre es demasiado encorsetado para permitirse disfrutar de placeres tan mundanos durante la jornada laboral.
Su secretaria, una mujer entrada en años que trabaja a su lado desde que heredó el despacho de Anthony White, mi abuelo, nos acompaña hasta la puerta con su simpatía habitual.
—¿Preparada? —pregunta Cristian.
—¿Debería estarlo? —inquiero, a sabiendas de que no habrá respuesta.
La puerta se abre y por un instante me entran ganas de dar media vuelta y huir despavorida.
Cristian parece intuir mis intenciones, porque se acerca a mí y coloca su mano en mi espalda, alentándome a dar el primer paso.
Lo hago, aunque al ver la mirada reprobatoria de mi familia vuelvo a sentir el impulso de darme a la fuga.
—La puntualidad es un valor que solo poseen las personas con un sentido moral y ético acentuado. Espero que lo desarrolles antes de acabar la carrera.
Las palabras de mi padre me dejan fuera de combate durante unos segundos. Ya debería estar acostumbrada; no es la primera vez que me suelta una de sus frasecitas lapidarias, ni será la última.
Soy una chica que disfruta de los placeres de la vida; acostarme tarde y dormir todo lo que mi cuerpo necesita es un buen ejemplo, una costumbre incompatible con la puntualidad si estoy de vacaciones.
Mucho me temo que ni a base de palos cumpliré con sus expectativas.
—Hola, papá. Buenos días a ti también. —Sonrío para ocultar los nervios que me consumen—. Jeremy, Bruce.
—Papá tiene razón, Zoe. Nuestra firma posee un prestigio que debes mantener.
—Mi cuerpo se tensa ante el discurso barato de Jeremy, un abogado penalista a quien le da igual defender a asesinos, traficantes o violadores, sean culpables o inocentes.
Solo le importa que puedan pagar sus estratosféricos honorarios.
Ese es uno de los puntos de fricción con mi familia.
Yo sería incapaz de defender a alguien que fuera culpable, sin importar el tipo de delito.
En cambio, ellos se mueven en el ámbito de la ética jurídica, la cual establece que defender a un «culpable» no implica ser cómplice, sino cumplir con la obligación legal de proporcionar una defensa técnica efectiva.
Además, mi familia quiere ganadores: arrogantes y despiadados. Quieren que el adversario se estremezca con el solo eco de sus nombres.
Da igual que me especialice en Derecho Constitucional, Penal, Administrativo, entre otros; el resultado será el mismo. Jamás estaré a la altura, jamás actuaré como ellos.
—Siéntate, hija —indica mi padre antes que pueda abrir la boca para contestar a mi hermano—. Te he citado aquí para que me expliques por qué has tenido unas notas tan mediocres. —Me acerca un folio con mis calificaciones—. Eso es inaceptable para un White —añade en tono severo.
—Todos los miembros de nuestra familia se han graduado magna cum laude o summa cum laude —espeta Bruce para provocarme—. Tenemos el listón muy alto, hermanita, tienes que ponerte las pilas —agrega con un amago de sonrisa.
Las ganas de gritar a los cuatro vientos que la carrera de Derecho es una puta mierda crecen dentro de mí.
—Estoy esperando, Zoe. Y no me vengas con excusas —exige mi padre.
Lo miro sin saber qué decir, la verdad no le va a gustar, aunque posponer la situación no hará que se solucione. Al revés, estoy segura de que mis calificaciones empeorarán aún más en el siguiente curso.
—Creo que no tengo el perfil adecuado para ejercer esta profesión —declaro con la intención de tantear el terreno.
—No digas tonterías. El Derecho corre por nuestras venas desde hace cuatro generaciones.
El problema está en que te hemos consentido demasiado.
—Se levanta furioso y empieza a andar de un lado a otro—.
Pero eso se ha acabado. A partir de hoy trabajarás en el despacho como lo hicieron tus hermanos en sus inicios.
Sabía que mi contestación no le agradaría, y eso que fui prudente. A ver cómo encaja lo que diré a continuación:
—No va a ser posible, papá. Lo siento muchísimo —me disculpo mientras pongo cara de pena para que mi negación sea más llevadera—. Mi amiga se casa y me iré de vacaciones a Wimberley para ayudarla con los preparativos. —Improviso apresurada al ver como su cara empieza a ponerse colorada.
El color rojo de su rostro se intensifica a medida que pasan los segundos, hasta ponerse escarlata. Creo ver el humo salir de sus fosas nasales, como un dragón a punto de escupir fuego. Solo lo he visto así de furioso cuando empotré mi coche nuevo en el garaje.
Mis hermanos también me miran con desaprobación.
«Madre mía, me van a despellejar viva».
—¿Cuál de ellas? La rarita o la activista —pregunta Jeremy, dejándome con la boca abierta. Nunca lo he visto hablar así de nadie—. No deberías juntarte con esas fracasadas.
—¿Desde cuándo eres tan cínico? —Echo chispas—. No hace falta que conteste, ya me sé la respuesta. Estás así desde que te has comprometido con esa escritora de pacotilla que se cree merecedora del premio Nobel de Literatura.
—No le faltes al respeto a tu hermano, Zoe. —Sale en defensa de su hijo predilecto.
—No pienso consentir que insulte a mis amigas.
Desde que he puesto un pie en el despacho, Jeremy no ha dejado de lanzarme pullas —protesto mientras me levanto de la silla—.
He sido paciente y he intentado adaptarme a tus expectativas, papá.
—Lo miro fijamente a los ojos. Ha llegado el momento de poner fin a este tormento—.
Debo reconocer que fue un gran error seguir vuestros pasos.
No me gusta la carrera de Derecho y cada día que pasa le cojo más manía.
Lo más inteligente es dejarlo lo antes posible.
Me siento liberada tras soltar lastre. Aunque por la reacción que veo reflejada en sus caras, casi me arrepiento de poner las cartas sobre la mesa.
—Esto es inaceptable. No voy a permitir que abandones la carrera —asegura mi padre.
Escucho toda clase de reproches en la siguiente media hora.
Aun así, me mantengo firme. Me ha costado mucho dar este paso, y ahora que lo he hecho no pienso volver atrás, por más que me chantajeen o me echen en cara la buena vida que llevo gracias al negocio familiar.
Mi futuro profesional me pertenece y nadie va a interferir en mis decisiones, ya no.
Una vez en la calle envío un mensaje al grupo de «Las chicas son guerreras».
Elle, necesito una cama blandita y
un plato de comida caliente.
A cambio te ayudo con los preparativos de la boda.
Solté una mentirijilla a mi padre, sin embargo, dado el rumbo de los acontecimientos, lo mejor es desaparecer por una larga temporada.
Phoebe
Te han puesto de patitas en la calle,
ja, ja, ja. Tengo un sofá cama disponible.
Serás cabrona. Tú lo que tienes es una
cama de tortura. La última vez que dormí
en tu casa amanecí con los muelles
incrustados en la espalda.
Elle
¿Te han echado de casa?
No me lo puedo creer.
No me han echado.
Pero necesito perder de vista
a mi adorable familia.
Elle
Por supuesto que acepto el trato.
Solo tienes que prometerme que
frenarás a Charlotte y a mi madre.
Phoebe
Qué ilusa eres, Elle.
Ya te veo con un vestido blanco,
velo kilométrico y trescientos invitados.
Hago el camino de vuelta a casa inmersa en un mar de sensaciones contradictorias. A pesar de conocer bien a mi familia, en el fondo albergaba la esperanza de encontrar un resquicio de comprensión.
Cualquier persona que me conozca lo más mínimo sabe que no tengo madera de abogada. ¿Por qué no son capaces de ver más allá de sus intereses? ¿Acaso les importo tan poco que les da igual mi felicidad? Me pican los ojos y la vitalidad que siempre me acompaña se desinfla como un globo.
Empiezo a sentirme inútil y desubicada. Nunca supe lo que me motivaba, me dejé llevar con la esperanza de encontrar el camino. Pero eso nunca llegó y ahora me siento perdida. ¿Qué puñetas voy a hacer con mi vida? No hay nada que me llame la atención.
«Deja de victimizarte. Eres guapa, inteligente, sexy y poderosa», me digo en voz alta.
No voy a consentir que nadie me amargue la existencia. Iré a ayudar a mi amiga con su boda y mientras tanto aprovecharé la tranquilidad del campo para reflexionar sobre mi futuro. Y si no les gusta la decisión que tome, ¡que les den por saco!