Capítulo 13 — La Decisión
E ncontró a Arjun donde había dicho que estaría, en la terraza de un hotel pequeño cerca de la catedral, con una copa de vino que apenas había tocado y una expresión expectante que se transformó, en cuanto vio la cara de Meera, en algo más cauteloso.
—Meera. No esperaba que vinieras tan pronto.
—No quiero alargar esto más de lo necesario —dijo ella, sentándose frente a él sin pedir permiso, con una determinación que le había costado toda la noche anterior reunir—. Arjun, gracias por venir hasta aquí, y sé que probablemente te costó mucho hacerlo. Pero la respuesta es no.
Él se quedó callado un momento, procesando la firmeza con la que ella había pronunciado aquellas palabras, tan distinta de la confusión que había mostrado el día anterior en el restaurante.
—Ni siquiera lo has pensado con calma.
—Sí lo he pensado. Toda la noche, de hecho.
—Meera respiró hondo, sintiendo que cada palabra le costaba menos esfuerzo del que había anticipado, como si llevara meses ensayando aquella conversación sin saberlo—.
Y la verdad, Arjun, es que la respuesta ya la tenía clara antes incluso de que aterrizaras en Sevilla.
Lo que pasó ayer no fue confusión sobre lo que siento por ti.
Fue confusión sobre cómo decirte esto sin hacerte más daño del necesario, y eso, ahora me doy cuenta, fue un error, porque terminó haciendo daño a alguien que no se lo merecía.
—¿El del restaurante?
—Se llama Diego, y sí. —Meera lo miró directamente, sin la vacilación que la había caracterizado en conversaciones similares meses atrás, cuando todavía se descubría a sí misma intentando adivinar qué versión de la verdad resultaría menos incómoda para todos—.
Y no, Arjun, no voy a fingir que esto no tiene que ver con él, porque sería mentirte, y ya hemos tenido suficiente de eso entre los dos.
—Seis años, Meera. ¿De verdad vas a tirarlos por la borda por alguien que conoces desde hace unos meses?
—No los estoy tirando por la borda. Los estoy dejando donde pertenecen: en el pasado.
—Meera sintió, mientras lo decía, una claridad que no había experimentado durante toda la crisis de las últimas semanas, la certeza tranquila de estar diciendo, por fin, exactamente lo que necesitaba decir—.
Lo que pasó entre nosotros me destrozó, Arjun.
Y he pasado los últimos tres meses reconstruiéndome pieza por pieza, en una ciudad que ni siquiera conocía, sin la ayuda de nadie que me debiera una explicación.
No voy a deshacer ese trabajo solo porque hayas decidido, después de meses de silencio, que quieres intentarlo de nuevo.
—Entonces esto es definitivo.
—Es definitivo —confirmó ella—. Espero de verdad que la terapia te ayude, Arjun. Lo digo en serio. Pero no puedo ser yo quien compruebe si el cambio es real.
Arjun se quedó mirando su copa de vino durante un largo rato, y cuando finalmente levantó la vista, algo en su expresión sugería que, en algún nivel, había sabido desde el principio cuál sería la respuesta, aunque hubiera cruzado medio mundo con la esperanza de equivocarse.
—Espero que seas feliz, Meera. De verdad.
—Gracias —dijo ella, y por primera vez en meses, lo dijo sin ninguna sombra de duda ni resentimiento cargando las palabras.
Se marchó de aquella terraza con una ligereza extraña instalándosele en el pecho, la sensación física de haber cerrado, por fin, una puerta que llevaba tres meses entreabierta sin que ella misma lo admitiera del todo.
El problema, descubrió esa misma tarde, fue que cerrar la puerta con Arjun no significaba automáticamente que Diego estuviera dispuesto a escuchar que lo había hecho.
—Necesito hablar contigo —le dijo, encontrándolo en la cocina del restaurante, donde llevaba dos días refugiándose detrás de un trabajo que, sospechaba Meera, no necesitaba tanta atención como Diego le estaba dedicando.
—Estoy en mitad del servicio, Meera.
—No lo estás. Son las cinco de la tarde y el restaurante está vacío.
Diego no tuvo una respuesta rápida para eso, y el silencio que siguió confirmó lo que Meera ya sospechaba: no era el trabajo lo que lo mantenía alejado, sino una decisión deliberada de mantener la distancia hasta sentirse preparado para lo que fuera que ella tuviera que decirle.
—Le dije que no —dijo Meera, sin rodeos—. A Arjun. Le dije que no quiero volver con él, que lo nuestro terminó hace tres meses y que no voy a deshacerlo ahora. Se ha ido esta tarde, de vuelta a Bombay.
—Vale —dijo Diego, con una neutralidad que a Meera le resultó más dolorosa que cualquier reproche directo—. Me alegro de que hayas aclarado las cosas.
—Diego, eso no es todo lo que quiero decir.
—Meera, en serio, no hace falta que...
—Sí hace falta —lo interrumpió ella, con una firmeza que no había planeado usar pero que le salió de forma natural—.
Porque llevas dos días tratándome como si fuera una amenaza que necesitas mantener a distancia, y no entiendo qué he hecho exactamente para merecer eso, más allá de que un hombre de mi pasado apareciera sin que yo lo invitara.
—No es solo eso. —Diego dejó por fin lo que estaba haciendo, apoyándose contra la encimera con una expresión cansada que Meera no le había visto desde los peores días de la discusión por los documentos—.
Es que llevo días dándole vueltas a algo que no consigo quitarme de la cabeza: que en algún momento, quizás no ahora, quizás dentro de un año, algo o alguien de tu vida anterior va a volver a aparecer, y yo voy a tener que preguntarme otra vez si soy suficiente, o si solo soy la persona que estaba disponible mientras tú decidías qué hacer con el resto de tu vida.
—Diego, eso no es justo.
—Puede que no lo sea. Pero es lo que siento, y no sé cómo dejar de sentirlo solo porque tú me digas que ya has tomado una decisión.
Meera se quedó callada, sintiendo que aquella conversación tocaba algo más profundo que el episodio con Arjun, algo que necesitaba tiempo y algo más que palabras para resolverse del todo.
—Necesito pensar en cómo demostrarte esto —dijo finalmente—. Porque tienes razón: decírtelo no basta. Voy a tener que encontrar otra manera.
Diego no respondió a eso, pero tampoco se apartó cuando ella, antes de marcharse, le tocó brevemente el brazo, un gesto pequeño que ninguno de los dos supo, en aquel momento, si serviría de algo.
Fue Lucía quien, esa misma noche, encontró a Meera sentada en el patio de la casa Villalta, con las piernas cruzadas sobre las baldosas todavía sin restaurar y una expresión perdida que la anciana reconoció de inmediato.
—Diego me ha contado lo de esta tarde —dijo Lucía, sentándose junto a ella con el cuidado lento de sus años—. Bueno, me ha contado una versión resumida, que es su forma habitual de contarme las cosas que más le duelen.
—Le dije que no a Arjun, Lucía. De forma clara, definitiva. No sé qué más puedo hacer.
—Puedes entender por qué eso no es suficiente para él, aunque debería serlo —dijo Lucía, con una paciencia que Meera había aprendido a valorar en las últimas semanas como una de las cualidades más valiosas de aquella mujer—.
Diego tenía nueve años cuando sus padres murieron en aquella carretera.
Un martes cualquiera, sin despedida, sin ninguna advertencia de que aquel día sería distinto a cualquier otro.
Y desde entonces, hija, ese chico ha vivido con una certeza instalada muy adentro: que las personas que quiere pueden desaparecer sin previo aviso, sin importar cuánto las quiera él a ellas.
—Lo sé. Me lo contó él mismo, hace semanas.
—Contarlo y entenderlo del todo son cosas distintas —dijo Lucía—.
Cuando ese hombre apareció en la puerta de tu casa, lo que Diego sintió no fue solo celos, aunque probablemente también los hubiera.
Fue el miedo más viejo que tiene, el que lleva veintidós años cargando: que en cualquier momento, sin ninguna advertencia previa, la persona que quiere va a desaparecer de su vida, igual que desaparecieron sus padres.
Meera se quedó mirando las estrellas que empezaban a asomarse sobre el patio, sintiendo el peso de aquellas palabras asentarse en un lugar profundo de su propio entendimiento.
—¿Y qué hago con eso, Lucía? No puedo prometerle que nunca voy a irme. Nadie puede prometer eso de verdad.
—No —concedió la anciana—. Pero puedes demostrarle, con hechos y no solo con palabras, que tu vida ya no está organizada alrededor de la posibilidad de volver a Bombay.
Las palabras, hija, son baratas. Diego ha oído demasiadas palabras bonitas en su vida que después no se sostuvieron con nada.
Lo que necesita ver es una decisión que le demuestre que has elegido quedarte, no porque las cosas en tu vida anterior hayan salido mal, sino porque de verdad quieres construir algo aquí.
Aquellas palabras se quedaron dando vueltas en la cabeza de Meera mucho después de que Lucía se marchara, mezclándose con el recuerdo de la conversación con Ortega semanas atrás, la posibilidad todavía no confirmada de que el proyecto se extendiera, de que la casa se convirtiera en algo más que una simple restauración con fecha de caducidad.
Llamó a Ortega a primera hora de la mañana siguiente, antes incluso de que hubiera terminado su café, con una determinación que no le dejó espacio a la duda.
—Señor Ortega, necesito hablar con usted sobre la posible extensión del proyecto que mencionó hace unas semanas.
—Ah, señorita Kapoor. Precisamente iba a llamarla hoy. La familia ha confirmado que quiere estudiar seriamente la opción del espacio cultural. Necesitarían a alguien durante al menos un año más, quizás más, para supervisar tanto la restauración final como la adaptación del espacio a su nuevo uso.
—Acepto —dijo Meera, sin dejar que la respuesta se le escapara con ninguna vacilación—. Quiero quedarme, señor Ortega. Quiero encargarme de este proyecto hasta el final, sea lo que sea que ese final termine significando.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio de alguien que no esperaba una respuesta tan inmediata.
—Me alegra oír eso, señorita Kapoor. Le enviaré los términos del nuevo contrato esta misma semana.
—Ortega hizo una pausa, y cuando continuó, su tono adquirió un matiz que Meera no le había escuchado nunca antes, algo parecido a la aprobación personal más allá de lo estrictamente profesional—.
Si me permite decirlo, ha sido un placer verla trabajar estos meses.
Sevilla puede ser una ciudad difícil de entender al principio, pero también sabe recompensar a quienes deciden quedarse el tiempo suficiente para comprenderla.
Meera colgó el teléfono con las manos ligeramente temblorosas, no de miedo, sino de la magnitud tranquila de lo que acababa de decidir: un año más, quizás más, en aquella ciudad que cuatro meses atrás le había parecido simplemente un lugar de huida, y que ahora, sin que ella lo hubiera planeado del todo, se había convertido en algo que se atrevía a llamar, por primera vez en voz alta, un hogar.
Ahora solo le quedaba encontrar la forma de contárselo a Diego.