Capítulo 14 — La Tormenta
L a tormenta llegó sin el aviso que los pronósticos habían prometido, cargada de un viento que empezó a levantar polvo y hojas sueltas por la plaza pasadas las seis de la tarde, y que en menos de una hora se había transformado en una lluvia torrencial que golpeaba los tejados de Santa Cruz con una violencia poco habitual para aquella época del año.
Meera estaba en la casa Villalta, terminando de revisar el trabajo del día con el jefe de obra, cuando el primer crujido llegó desde el ala este, el mismo sector cuya techumbre llevaba semanas reforzándose poco a poco, con un cronograma cuidadoso que no había contemplado, entre sus muchas variables, una tormenta de aquella intensidad.
—Esa parte todavía no está sellada del todo —dijo el jefe de obra, con el ceño fruncido mirando hacia el techo—. Íbamos a terminar la impermeabilización la semana que viene.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que entre agua de verdad?
—Con esta lluvia, señorita Kapoor, ya está entrando.
Meera subió corriendo por la escalera de servicio hasta el ala este, y lo que encontró la hizo sentir que el suelo se le movía bajo los pies de una forma completamente distinta a cualquier otra crisis de las últimas semanas: el agua se filtraba ya por varios puntos del techo recién reforzado, formando charcos oscuros sobre el suelo de madera original que llevaban meses restaurando con un cuidado casi obsesivo, y una de las lonas protectoras, mal asegurada contra el viento, se había desprendido por completo, dejando expuesta una sección entera de la estructura.
—Necesito lonas nuevas, cubos, todo lo que tengamos —gritó Meera, ya moviéndose hacia el almacén de materiales—. Y necesito más manos. Ahora mismo.
El jefe de obra hizo una llamada apresurada a los dos trabajadores que todavía no se habían marchado, pero incluso mientras Meera empezaba a organizar la respuesta de emergencia, era evidente que aquellas manos no serían suficientes para contener el daño en una casa de aquel tamaño, con una tormenta de aquella magnitud golpeando sin señales de amainar.
Diego lo supo por Carlos, que había salido a recoger las sillas de la terraza antes de que el viento las convirtiera en proyectiles, y que había visto, a través de la lluvia ya intensa, las luces de emergencia encendidas en la casa Villalta y varias siluetas moviéndose con urgencia entre los pisos superiores.
—Algo va mal en la casa de Meera —dijo, entrando empapado en la cocina del restaurante—. Se ve mucho movimiento, y con esta tormenta, no creo que sea buena señal.
Diego no lo pensó dos veces. Cogió el impermeable más cercano, ignorando la protesta de Carlos sobre el estado del restaurante durante la tormenta, y cruzó el patio compartido corriendo, con la lluvia calándolo hasta los huesos en los pocos segundos que tardó en llegar a la puerta trasera de la casa Villalta.
Encontró a Meera en el ala este, subida a una escalera inestable, intentando asegurar una lona sobre la sección expuesta del techo mientras el agua le empapaba el pelo y la ropa, con una determinación que no dejaba espacio para pensar en su propia seguridad.
—¡Meera, baja de ahí! —gritó Diego, por encima del ruido de la lluvia golpeando contra las ventanas rotas.
—¡No puedo, si no aseguramos esto ahora, perdemos toda la sección de vigas originales!
—¡Te vas a caer!
—¡Entonces sube y ayúdame, en lugar de gritarme desde abajo!
Diego subió sin discutir más, sosteniendo la escalera primero, y después, cuando Meera consiguió pasarle uno de los extremos de la lona, trabajando junto a ella para asegurar el material contra el viento que amenazaba con arrancárselo de las manos a cada ráfaga.
Trabajaron así durante casi una hora, moviéndose entre las distintas secciones del ala este, colocando cubos bajo las filtraciones más urgentes, reforzando con tablones improvisados los puntos donde la lona no bastaba, gritándose instrucciones por encima del ruido de la tormenta con una coordinación que no dejaba espacio, en aquel momento, para la distancia que había existido entre ambos durante los últimos días.
—¡Ese cubo ya está lleno! —gritó Meera, señalando hacia un rincón.
—¡Voy!
—¡Diego, cuidado con esa viga, se está astillando!
Él se apartó justo a tiempo, esquivando un fragmento de madera que cayó con un crujido seco desde una sección del techo que finalmente había cedido bajo el peso combinado del agua y el viento.
Cuando la lluvia por fin empezó a amainar, pasada la medianoche, el ala este había sobrevivido —maltrecha, con daños que tardarían semanas en repararse, pero sobrevivido—, y Diego y Meera se dejaron caer, agotados, sobre los escalones de la escalera principal, empapados de pies a cabeza, con las manos llenas de raspaduras y astillas que ninguno de los dos había notado hasta aquel momento de calma relativa.
—Vamos a tener que rehacer buena parte del trabajo de las últimas dos semanas —dijo Meera, mirando hacia el ala este con una mezcla de cansancio y frustración—. El presupuesto se va a resentir. Ortega no va a estar contento.
—Pero la estructura aguantó —dijo Diego, con una voz igual de cansada—. Eso es lo que importa esta noche. Lo demás se arregla con tiempo y dinero.
Se quedaron en silencio un momento, escuchando el sonido de la lluvia debilitándose contra los cristales, y Meera, mirando de reojo a Diego, empapado, exhausto, con una astilla clavada en el dorso de la mano que no parecía haber notado todavía, sintió que la distancia de los últimos días se le hacía, de repente, insoportable.
—Diego, tengo que decirte algo, y no puedo seguir esperando el momento perfecto, porque probablemente no exista.
—Meera, ahora mismo estamos los dos agotados y...
—Acepté la extensión del proyecto —dijo ella, sin dejarle terminar—. Llamé a Ortega hace dos días. Voy a quedarme en Sevilla al menos un año más, quizás más, para supervisar la conversión de esta casa en espacio cultural.
Diego se giró hacia ella, con una expresión que la lluvia y el cansancio no lograban del todo ocultar.
—¿Cuándo ibas a contármelo?
—Estaba buscando la forma correcta de hacerlo.
Quería que fuera algo más que unas palabras más, después de todo lo que dijiste sobre necesitar hechos y no promesas.
—Meera se limpió el agua de la cara con el dorso de la mano, sintiendo que la vulnerabilidad de decir aquello en voz alta, en aquel estado, era mayor que cualquier otra confesión que hubiera hecho hasta entonces—.
No acepté quedarme por ti, Diego. Acepté quedarme porque esta ciudad, esta casa, esta gente, se han convertido en algo que quiero de verdad, con o sin ti en la ecuación.
Pero sería mentira si dijera que tú no formas parte, y una parte muy grande, de por qué esta decisión me pareció tan fácil de tomar en cuanto la posibilidad se presentó.
Diego se quedó callado un largo momento, procesando aquello con una intensidad que Meera no interrumpió, dejando que el silencio hiciera su trabajo sin llenarlo con más justificaciones.
—Llevo días teniendo miedo de una cosa —dijo finalmente Diego, con una voz baja, casi perdida bajo el sonido residual de la lluvia—.
De que, en el fondo, yo fuera solo parte de una fase, algo que forma parte de tu recuperación después de Arjun, y que en cuanto encontraras tu equilibrio otra vez, decidieras que no me necesitabas de la misma manera.
—Diego, eso es exactamente al revés de lo que siento.
—Lo sé, ahora que lo dices así. —Se pasó una mano por el pelo empapado, con un gesto cansado—.
Pero el miedo no siempre escucha a la lógica, Meera.
Y esta semana, viendo a ese hombre sentado frente a ti, todo ese miedo viejo que llevo cargando desde que tenía nueve años decidió que tenía razón, aunque no la tuviera.
—Tu abuela me contó lo de tus padres. Lo del martes cualquiera, sin despedida.
Algo en la expresión de Diego se suavizó, apenas, al escuchar aquello.
—¿Te lo contó ella?
—Me ayudó a entender por qué reaccionaste como reaccionaste.
No te disculpa del todo, pero sí lo explica.
—Meera le tomó la mano, la misma que tenía la astilla clavada, con un cuidado que contrastaba con el cansancio físico de ambos—.
Diego, no puedo prometerte que nunca voy a irme, porque nadie puede prometer eso de verdad, y sería injusto que te dijera algo así solo para tranquilizarte.
Pero puedo prometerte que, mientras esté aquí, voy a estar aquí de verdad, sin un pie en la puerta esperando la próxima salida fácil.
—Eso es todo lo que puedo pedir, supongo —dijo Diego, apretando su mano—. Aunque sigue dándome miedo. Creo que siempre me va a dar un poco de miedo, sin importar cuánto confíe en ti.
—Puedo con eso —dijo Meera—. Mientras no dejemos que el miedo decida por nosotros la próxima vez que algo se complique.
No resolvieron todo aquella noche, sentados en los escalones empapados de una casa que acababa de sobrevivir, a duras penas, a la peor tormenta de la temporada.
Quedaban conversaciones pendientes, heridas que necesitarían más tiempo del que una sola noche de crisis compartida podía ofrecer, y ambos lo sabían sin necesidad de decirlo en voz alta.
Pero cuando finalmente se levantaron, entumecidos y exhaustos, con la lluvia reducida a una llovizna suave que apenas se sentía ya sobre la piel, Diego insistió en acompañarla el corto trayecto hasta la puerta de la casa que hacía las veces, todavía, de hogar improvisado para Meera.
Caminaron despacio por la plaza casi vacía, con las farolas reflejándose en los charcos que la tormenta había dejado a su paso, y en algún punto del trayecto, sin que ninguno de los dos lo decidiera de forma consciente, sus manos volvieron a encontrarse, entrelazándose con la misma naturalidad que habían tenido la noche de la Feria, aunque esta vez con algo más frágil debajo, algo que todavía necesitaba tiempo para sanar del todo.
—Esto no arregla todo —dijo Diego, deteniéndose frente a la puerta, con la lluvia formando un halo tenue alrededor de la única farola encendida de la plaza.
—Lo sé —respondió Meera—. Pero es un principio.
—Es un principio —confirmó él, llevándose la mano de ella, todavía entrelazada con la suya, a los labios en un gesto breve, casi solemne—. Buenas noches, Meera.
—Buenas noches, Diego.
Él se marchó de vuelta hacia el restaurante, empapado, cansado, pero con algo en los hombros más ligero de lo que había tenido durante toda la última semana, y Meera se quedó un momento más en el umbral, viéndolo alejarse bajo la llovizna, sintiendo que aquella noche, con toda su destrucción y su urgencia, había conseguido lo que días enteros de conversaciones cuidadosas no habían logrado del todo: devolverles, aunque fuera de forma frágil e incompleta, el terreno común sobre el que ambos todavía querían seguir construyendo algo.