Capítulo 12 — La Sombra del Pasado
M eera estaba revisando unas muestras de pintura para la fachada de la casa Villalta, sentada en el escalón de la entrada con el sol de media mañana calentándole la espalda, cuando una voz que no esperaba volver a escuchar en muchos meses la llamó por su nombre completo, con el mismo acento de Bombay que llevaba tres meses sin oír en boca de nadie que no fuera Priya, a través de una pantalla.
—Meera Kapoor.
Se giró, y el mundo pareció detenerse un instante alrededor de ella.
Arjun estaba de pie en medio de la plaza, con una maleta de ruedas junto a él y una expresión que combinaba nerviosismo genuino con la seguridad calculada de quien ha ensayado un discurso durante todo el vuelo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, poniéndose de pie con las muestras de pintura todavía en la mano, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies dejaba de parecer tan firme como un momento antes.
—Necesitaba verte. —Arjun dio un paso hacia ella, deteniéndose a una distancia prudente cuando notó que Meera no se movía en absoluto para acortarla—.
Sé que esto es una locura. Sé que no tenía derecho a presentarme así, sin avisar, pero llevo semanas intentando llamarte y nunca contestas, y necesitaba decirte esto en persona.
—No contesto porque no tengo nada que decirte, Arjun.
—Yo sí tengo cosas que decirte. —Su voz adquirió un tono más suave, más vulnerable de lo que Meera recordaba haberle escuchado nunca durante los seis años que habían estado juntos—.
He cambiado, Meera. He pasado los últimos meses en terapia, entendiendo por qué hice lo que hice, y necesito que sepas que fue el error más grande de mi vida.
Quiero recuperarte. Quiero que volvamos a intentarlo, si me das la oportunidad.
Meera sintió una mezcla confusa de emociones que no esperaba sentir: rabia, sí, pero también, incómodamente, un eco distante de la persona que había sido antes de Sevilla, la que había pasado años construyendo su vida alrededor de aquel hombre y de las expectativas de todos los que los rodeaban.
—No puedes simplemente aparecer en otro continente y esperar que todo lo que pasó se borre porque hayas ido a terapia —dijo, con una firmeza que le costó reunir más de lo que hubiera querido admitir.
—No espero que se borre. Espero una oportunidad para demostrarte que puedo ser mejor.
—Arjun miró a su alrededor, hacia la plaza, hacia la casa a medio restaurar—.
Priya me contó dónde estabas. Sé que no debería haberle sacado la información así, y ella se enfadó mucho conmigo por hacerlo, pero necesitaba intentarlo, Meera.
Nos merecemos al menos una conversación de verdad, después de seis años juntos.
Meera se quedó callada un momento, debatiéndose entre la necesidad de cerrarle la puerta de inmediato y una parte de ella, la más cansada, que sentía que le debía, quizás, la cortesía mínima de una conversación antes de negarse del todo.
—Una conversación —dijo finalmente—. Nada más. Y después te vas.
Se sentaron en una de las mesas de El Rincón de Lucía , porque era el único lugar cercano donde Meera podía pensar con algo de claridad, aunque en cuanto entraron, sintió una punzada de incomodidad al notar que aquel espacio, tan cargado de recuerdos recientes con Diego, se veía ahora invadido por una conversación que pertenecía enteramente a su vida anterior.
—Nunca dejé de quererte —dijo Arjun, una vez sentados, con las manos entrelazadas sobre la mesa en un gesto que Meera reconoció de tantas otras conversaciones difíciles entre ambos—.
Lo que pasó con Priyanka fue... no tengo excusa, Meera.
Fue una debilidad estúpida y cobarde, y he pasado meses arrepintiéndome de cada día que te hice creer que todo estaba bien mientras yo destruía todo por dentro.
—¿Y por qué ahora? ¿Por qué no viniste hace tres meses, si de verdad has estado arrepentido todo este tiempo?
—Porque necesitaba estar seguro de que había cambiado de verdad antes de pedirte que confiaras en mí otra vez.
No quería aparecer con las mismas promesas vacías de siempre.
—Arjun la miró con una intensidad que, meses atrás, habría bastado para desarmarla por completo—.
Nuestras familias siguen preguntando cuándo vamos a arreglar esto, Meera.
Todo el mundo en Bombay sigue esperando que volvamos, que esto haya sido solo un mal momento en una historia mucho más larga.
Aquella frase, más que cualquier otra cosa, fue la que terminó de despejar la confusión inicial de Meera.
—Ese es exactamente el problema, Arjun. Siempre fuiste tú, o nuestras familias, o lo que todo el mundo esperaba de nosotros. Nunca fui yo, decidiendo lo que realmente quería.
—Meera...
—Necesito tiempo para pensar en esto con calma —dijo ella, interrumpiéndolo, sintiendo que la conversación empezaba a agotarle una energía que ya no quería seguir gastando en algo que, en el fondo, sabía que tenía la respuesta clara desde el primer segundo—.
No puedo darte una respuesta ahora mismo, en mitad de un restaurante, con jet lag y sin haberlo procesado.
Fue en ese preciso momento cuando Diego entró por la puerta trasera, cargando una caja de vino para la barra, y se detuvo en seco al ver a Meera sentada frente a un hombre desconocido, con las manos de este último todavía extendidas sobre la mesa en un gesto que, desde la distancia y sin contexto, parecía mucho más íntimo de lo que realmente era.
Meera no lo vio entrar de inmediato, absorta como estaba en la conversación, y para cuando levantó la vista y encontró la mirada de Diego desde el otro extremo del restaurante, algo en su expresión ya se había cerrado, como una puerta que se cierra sin dar tiempo a que nadie explique nada antes.
—Diego —dijo ella, poniéndose de pie de inmediato—. Este es Arjun. Es... es alguien de Bombay. Justo estábamos...
—No hace falta que me lo expliques —dijo Diego, con una voz cuidadosamente neutra que a Meera le resultó, de inmediato, mucho más preocupante que cualquier grito—. Solo venía a dejar esto. Seguid con lo vuestro.
—Diego, espera.
Pero él ya había dejado la caja sobre la barra y estaba desapareciendo de nuevo hacia la cocina, con una rapidez que dejaba claro que no tenía ninguna intención de quedarse a escuchar explicaciones que, en aquel momento, Meera ni siquiera sabía cómo empezar a dar sin que sonaran, incluso a sus propios oídos, insuficientes.
—¿Ese es el motivo por el que no me contestas al teléfono? —preguntó Arjun, con un tono que Meera no supo si interpretar como celos genuinos o simple curiosidad calculada.
—Eso no es asunto tuyo, Arjun.
—Tienes razón. No lo es. —Se levantó, recogiendo su chaqueta con un gesto lento, como si todavía esperara que ella lo detuviera—.
Me quedaré unos días en un hotel cerca de la catedral.
No voy a presionarte, Meera. Pero espero que pienses en lo que hemos construido juntos antes de decidir nada de forma precipitada.
Se marchó, dejando a Meera de pie en medio del restaurante, con la sensación incómoda de que la situación se le había escapado de las manos en cuestión de minutos, sin que ella hubiera tenido ocasión real de controlar ninguna de las dos conversaciones que acababan de suceder casi simultáneamente.
Diego no salió de la cocina el resto de la tarde, ni siquiera cuando Carlos, extrañado por el silencio inusual de su hermano, se asomó a preguntarle si necesitaba ayuda con algo.
—Estoy bien —dijo Diego, sin levantar la vista de la tabla de cortar, con más fuerza de la necesaria en cada golpe del cuchillo.
—No lo pareces.
—Carlos, en serio, estoy bien.
Carlos, que conocía a su hermano lo suficiente como para reconocer cuándo insistir servía de algo y cuándo solo empeoraba las cosas, se marchó sin añadir nada más, aunque la preocupación no se le borró del rostro en toda la tarde.
Fue esa misma noche, cerrando el restaurante solo, cuando Diego recibió un mensaje de Elena que no había pedido ni esperado, pero que, en su estado actual, aterrizó con más peso del que merecía.
"Me han dicho que ha llegado un hombre de la India preguntando por Meera. ¿Todo bien? Espero que sí."
Diego se quedó mirando el mensaje un largo rato, sintiendo la misma sensación fría que había sentido semanas atrás, cuando Elena le había plantado la primera duda sobre los documentos de la herencia.
Sabía, racionalmente, que no debía darle ningún peso a nada que viniera de ella.
Y sin embargo, la pregunta ya estaba formulada en su cabeza, alimentada por lo que había visto esa misma tarde: Meera, sentada frente a un hombre que claramente formaba parte de su vida anterior, con las manos de ambos demasiado cerca sobre la mesa para su gusto.
No respondió al mensaje de Elena. Pero tampoco consiguió, por más que lo intentó, dejar de darle vueltas a la imagen durante el resto de la noche.
Meera intentó hablar con él al día siguiente, presentándose en el restaurante antes de la hora de apertura, cuando sabía que Diego solía estar solo preparando el servicio.
—Diego, necesitamos hablar de ayer.
—No hay nada que hablar —dijo él, sin dejar de picar verduras, con una calma que Meera reconoció como la más peligrosa de todas las versiones de Diego que había conocido hasta entonces: no la ira abierta, sino la distancia cuidadosamente construida —.
Tienes derecho a hablar con quien quieras.
No tengo ningún derecho a decirte lo contrario.
—Arjun es mi ex prometido. Vino sin avisar, sin que yo se lo pidiera, y le dejé claro que necesitaba tiempo para pensar en lo que me estaba proponiendo.
Diego dejó el cuchillo sobre la tabla, mirándola por primera vez desde que había empezado la conversación.
—¿Tiempo para pensar en qué, exactamente?
—En si quiero volver con él —dijo Meera, y en cuanto lo dijo en voz alta, entendió lo mal que sonaba, aunque la verdad completa fuera mucho más simple de lo que aquellas palabras sugerían—. Diego, eso no significa que...
—No hace falta que sigas —la interrumpió él, con una voz que se esforzaba, visiblemente, por mantenerse calmada—. Lo entiendo, Meera. Llevas seis años con ese hombre. Yo llevo apenas unos meses en tu vida. Es normal que algo así te haga replantearte las cosas.
—No es eso lo que está pasando.
—Puede que no lo sea. O puede que sí, y todavía no hayas terminado de admitirlo del todo.
—Diego retomó el cuchillo, con una determinación que Meera reconoció como una forma de terminar la conversación sin tener que decir nada más—.
Necesito preparar el servicio. Hablamos en otro momento, cuando ambos tengamos las cosas más claras.
Meera se quedó de pie en la cocina, sintiendo que las palabras que necesitaba decir —que Arjun no significaba nada para ella, que la respuesta a su pregunta ya la tenía clara desde el primer segundo, que lo único que necesitaba pensar era cómo decírselo a él sin que sonara a excusa apresurada— se le quedaban atascadas en la garganta, incapaces de abrirse paso a través de la distancia que Diego, sin gritar ni una sola vez, había levantado entre ambos con una eficacia devastadora.
Salió del restaurante sin conseguir decir nada más, con la sensación incómoda y familiar de estar perdiendo algo importante sin haber tenido, todavía, la oportunidad real de luchar por conservarlo.