Corazón en Sevilla Capítulo 11 — Planes y Promesas
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Capítulo 11 — Planes y Promesas

L as semanas que siguieron transcurrieron con una ligereza que Meera no recordaba haber sentido en mucho tiempo, quizás nunca del todo, ni siquiera antes de Arjun, cuando su vida en Bombay ya empezaba a organizarse alrededor de expectativas ajenas que ella había confundido, durante demasiado tiempo, con deseos propios.

—Si movemos la barra hacia aquí —explicaba Meera, señalando un plano dibujado a mano sobre una de las mesas vacías del restaurante—, ganamos espacio para dos mesas más junto a la ventana, que es la zona que más luz natural recibe por las tardes.

Y si abrimos ese hueco de la pared que da al patio, en lugar de tirarla entera como querías al principio, consigues la sensación de amplitud sin comprometer la estructura de carga.

—¿Y el coste? —preguntó Diego, con la cautela de alguien que llevaba dos años aprendiendo a temerle a esa pregunta más que a cualquier otra.

—Mucho menor de lo que estabas calculando, porque no hay que meter una viga nueva.

Solo hay que reforzar el dintel existente.

—Meera le entregó una lista de materiales, escrita con la letra apretada que Diego ya había aprendido a reconocer como suya—.

Puedo pedirle presupuesto a los mismos contratistas que están trabajando en la casa.

Nos harán mejor precio si contratamos ambas obras juntas.

Diego estudió el plano durante un largo rato, con una expresión que combinaba esperanza y una cautela que todavía no terminaba de disolverse del todo.

—¿De verdad crees que esto puede funcionar?

—Creo que tienes un local con una historia de más de sesenta años, una ubicación privilegiada, y una abuela cuyas recetas la gente de este barrio lleva generaciones echando de menos cuando comen en cualquier otro sitio.

—Meera se sentó frente a él, con una convicción que no dejaba espacio para dudas fingidas—.

Lo único que necesitabas era alguien que te ayudara a mostrar todo eso, en lugar de intentar competir con la terraza escandinava de Elena copiando lo que ella hace mejor que tú.

—Eso —dijo Diego, con una sonrisa lenta— es exactamente lo que necesitaba escuchar desde hace dos años, y nadie se había molestado en decírmelo tan directamente.

Los domingos se convirtieron, casi sin que ninguno de los dos lo planeara conscientemente, en el día del mercado.

Salían temprano, antes de que el calor de mediodía hiciera insoportable caminar entre los puestos, y recorrían juntos los pasillos del mercado de Triana, donde Diego conocía a la mayoría de los vendedores por su nombre de pila y Meera, poco a poco, empezaba a distinguir sin ayuda las variedades de jamón, los quesos curados de los frescos, y el pescado que merecía la pena de aquel que Diego descartaba con un simple gesto de cabeza.

—Ese atún no está fresco —le susurraba él, guiándola con suavidad hacia otro puesto—. Fíjate en los ojos. Si están hundidos u opacos, pasa de largo.

—¿Cuándo aprendiste todo esto?

—Cuando tenía nueve años y mi abuela decidió que, si iba a criarnos a Carlos y a mí sola con un restaurante como único ingreso, más nos valía aprender a comprar bien desde niños.

—Diego sopesó un melón entre las manos, olfateándolo con la concentración de quien ha hecho ese gesto miles de veces—.

Este está en su punto. Mañana lo pondremos en el gazpacho.

Volvían a casa cargados de bolsas, y las tardes de domingo se convirtieron, con la misma naturalidad silenciosa, en tardes de cocinar juntos en la cocina del restaurante, después del cierre, con Diego enseñándole a Meera los secretos de un salmorejo que, según él, "no se puede aprender de un libro, solo de ver cómo lo hace alguien que ya lo lleva haciendo toda la vida".

—Más despacio con el ajo —corrigió él una tarde, observando cómo Meera picaba con más entusiasmo que técnica—. No es una venganza personal contra el diente de ajo. Es comida, no una ejecución.

—Estoy aprendiendo.

—Lo estás haciendo bien —dijo Diego, acercándose por detrás para corregirle la posición de la mano en el cuchillo, con una cercanía que ninguno de los dos consideraba ya necesario disimular—. Mucho mejor que la primera vez que intentaste pedir "una persona" en lugar de una mesa.

—Eso fue hace meses, Diego. Deja de recordármelo.

—Nunca. Es mi anécdota favorita sobre ti.

Meera le dio un golpecito con el codo, riendo, y la tarde continuó así, entre bromas privadas y el olor del tomate y el pan mezclándose en la cocina caliente, con una domesticidad que a ninguno de los dos, meses atrás, se le hubiera ocurrido imaginar como posible.

—Así que es oficial —dijo Priya, una noche, con la pantalla del móvil iluminándole la cara desde su habitación en Bombay—. El guitarrista y tú sois pareja de verdad, con cocina compartida y mercado de los domingos y todo.

—No lo hemos anunciado formalmente ni nada parecido.

—Meera, me estás contando que le enseñas arquitectura y él te enseña a distinguir el atún fresco, y que os besasteis en una azotea con la Giralda de fondo. Eso no necesita anuncio formal. Eso es directamente el clímax de una película que yo pagaría por ver en el cine.

Meera se rió, sintiendo el calor familiar de la vergüenza subiéndole a las mejillas incluso a través de la pantalla.

—Es más complicado que eso. Todavía no sabemos qué va a pasar con la herencia legal de la casa. Y mi contrato con Ortega termina en unas semanas.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

—No lo sé todavía —admitió Meera—. Pero por primera vez en mucho tiempo, Priya, no tengo tanto miedo de no saberlo.

Aquella misma semana, Carlos, que llevaba días observando a su hermano tararear canciones mientras revisaba los libros de contabilidad —algo que, según él mismo señaló varias veces, no había ocurrido jamás en dos años de crisis financiera—, decidió hacer pública su opinión sobre el asunto durante la cena familiar de los jueves.

—Quiero proponer un brindis —anunció, levantando su copa de vino con una solemnidad exagerada que hizo reír a Lucía antes incluso de que terminara la frase—.

Por mi hermano, que ha pasado de ser el hombre más triste de Santa Cruz a alguien que sonríe sin motivo aparente mientras hace inventario.

Y por Meera, que ha conseguido en tres meses lo que Elena no consiguió en cinco años de relación: que Diego deje de tratar este restaurante como una condena y empiece a tratarlo como lo que siempre debió ser.

—Carlos —protestó Diego, aunque sin verdadera molestia en la voz.

—Déjame terminar, que la abuela está de acuerdo conmigo, ¿verdad, abuela?

—Completamente —confirmó Lucía, levantando también su copa—. Aunque yo lo habría dicho con menos dramatismo.

—Por Meera y Diego —terminó Carlos, chocando su copa contra la de ambos, mientras Meera, sonrojada pero genuinamente feliz, sentía que aquella mesa, con aquella familia que no era técnicamente la suya, había empezado a parecerse peligrosamente a un hogar.

Fue Ortega quien, sin saberlo del todo, añadió la última pieza de esperanza a aquellas semanas ya cargadas de ella.

Meera lo visitó un martes por la mañana para entregarle el informe de avance del tercer mes, y el hombre, después de revisarlo con su meticulosidad habitual, se recostó en su silla con una expresión pensativa que Meera ya había aprendido a interpretar como el preludio de algo importante.

—El trabajo va bien —dijo—. Mejor de lo que esperaba, para ser sincero. Y hay algo que quiero comentarle, aunque todavía no es oficial.

—Le escucho.

—La familia heredera ha estado reconsiderando la venta inmediata.

Con la posible complicación legal del vínculo con los Alvarez, y con el valor histórico que ha ido saliendo a la luz durante esta restauración, algunos de ellos han sugerido convertir la propiedad en un espacio cultural, en lugar de venderla al primer comprador privado que aparezca.

Museo, centro de eventos, algo por el estilo.

—¿Y eso qué significaría para el proyecto?

—Significaría, si sigue adelante, que necesitarían a alguien con su perfil durante bastante más tiempo del que originalmente se contempló.

Meses, probablemente. Quizás más. —Ortega la observó con una atención que sugería que había notado más de lo que decía en voz alta—.

No es una oferta formal todavía, señorita Kapoor.

Pero si tuviera que apostar, diría que se lo van a proponer pronto, y que sería sensato que empezara a considerar si es algo que le interesaría aceptar.

Meera salió de aquel despacho con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de esperanza y vértigo que no había sentido desde que aterrizó en Sevilla cuatro meses atrás, cargando con el peso de una traición que ahora, sorprendentemente, sentía cada vez más lejana.

Se lo contó a Diego esa misma noche, en la azotea del restaurante, que se había convertido, sin planearlo, en el lugar donde ambos compartían las noticias que de verdad importaban.

—Podría quedarme más tiempo —dijo, todavía procesando la posibilidad en voz alta—. Meses, quizás. Ortega no lo ha confirmado, pero...

—Meera. —Diego la interrumpió, con una expresión que Meera no le había visto antes, algo entre la incredulidad y una alegría que apenas conseguía contener—. Eso es... eso sería...

No terminó la frase. En lugar de eso, se quedó mirándola un largo momento, con la ciudad iluminada a su espalda y una expresión que parecía estar decidiendo, en tiempo real, si decir en voz alta algo que llevaba semanas rondándole por dentro.

—Te quiero —dijo finalmente, con una simplicidad que desarmó a Meera por completo—.

No sé si es demasiado pronto para decirlo, ni si estás lista para escucharlo después de todo lo que pasaste con Arjun, pero llevo días queriendo decírtelo y no quiero seguir esperando el momento perfecto, porque a lo mejor no existe.

Meera sintió que el corazón le daba un vuelco que no tenía nada que ver con el vértigo de las últimas noticias de Ortega, sino con algo mucho más simple y, a la vez, mucho más aterrador: la certeza tranquila de que ella también lo sentía, sin reservas, sin la sombra de comparaciones con nada que hubiera vivido antes.

—Yo también te quiero, Diego —dijo, y las palabras le salieron con una facilidad que la sorprendió incluso a ella misma—. Y no, no es demasiado pronto. Creo que llevo queriendo decírtelo desde la noche del tablao, solo que no sabía todavía cómo hacerlo sin tener miedo.

Diego sonrió, esa sonrisa lenta y genuina que Meera había aprendido a reconocer como la más honesta de todas las que tenía, y la atrajo hacia sí, abrazándola bajo el cielo estrellado de Sevilla con la certeza compartida de que, fuera cual fuera el camino que tomaran a partir de ahora —la herencia, el contrato de Ortega, el futuro incierto de dos vidas que apenas cuatro meses atrás ni siquiera se conocían—, lo enfrentarían juntos, sin miedo, sin silencios innecesarios, y sin ninguna de las dudas que casi los habían separado semanas atrás.