Capítulo 10 — La Verdad
V olvieron de la Feria pasadas las tres de la madrugada, con los pies doloridos, la ropa oliendo a fritanga y farolillos, y una sensación entre ambos que ninguno de los dos se atrevía todavía a llamar por su nombre completo, aunque los dos la sintieran latir con la misma intensidad.
—Deberíamos dormir —dijo Diego, deteniéndose frente a la puerta de la casa Villalta, sin soltar del todo la mano de Meera.
—Deberíamos —coincidió ella, sin hacer ademán alguno de entrar.
Ninguno de los dos se movió durante un buen rato, hasta que Diego, con una sonrisa cansada, se llevó la mano de Meera a los labios en un gesto breve, casi antiguo, y se despidió con la promesa de volver al día siguiente para terminar, con calma y sin interrupciones, la conversación que la música y el baile habían dejado a medias.
Diego cumplió esa promesa a la mañana siguiente, apareciendo en la casa Villalta con dos cafés y una expresión decidida que Meera reconoció de inmediato como la de alguien que llevaba toda la noche ensayando lo que quería decir.
—Quiero que me cuentes todo —dijo, sentándose frente a ella en los caballetes que hacían las veces de mesa—. Desde el principio. Sin resúmenes, sin protegerme de nada. Creo que los dos nos merecemos esa versión completa, después de todo lo que ha pasado.
Y Meera se lo contó todo, con una calma que no había podido reunir en mitad de la Feria: cómo había encontrado la partida de nacimiento en las escrituras que Ortega le había hecho llegar, cómo había reconstruido, documento a documento, la relación exacta entre Isabel Villalta y Rafael Alvarez, cómo había pasado noches enteras dándole vueltas a la posibilidad de que aquel matrimonio de 1931 complicara no solo la restauración, sino cualquier cosa que pudiera estar empezando a crecer entre ambos.
—Y no te lo dije antes porque tenía miedo de exactamente lo que pasó —terminó ella—.
De que la información, a medio construir, sonara peor de lo que era, y de que tú, con ese miedo tuyo a que la gente desaparezca sin explicación, terminaras interpretando mi silencio como el principio de una traición.
—Lo interpreté así de todas formas —dijo Diego, con una honestidad que le costaba visiblemente pronunciar—. Y lo siento. De verdad, Meera. No solo por haber dudado de ti, sino por no haberte dado el espacio para explicarte antes de decidir, en mi cabeza, que ya sabía toda la historia.
—Los dos cometimos errores.
—Los míos pesan más —insistió él—. Tú tenías miedo de una conversación difícil. Yo tuve miedo de confiar, y elegí creer lo peor antes que arriesgarme. Esas no son la misma cosa.
Meera no discutió aquello, pero tampoco dejó que la conversación se convirtiera en una competición de quién merecía cargar con más culpa.
—Lo importante ahora —dijo, tomando su mano por encima de los caballetes— es qué hacemos con lo que sabemos.
Ortega va a consultarlo con un abogado especializado en herencias.
Puede que no signifique nada legalmente, dado que han pasado casi cien años.
Puede que sí. Pero sea lo que sea, quiero que lo enfrentemos juntos, no como algo que decido yo sola y te comunico después.
—Juntos —repitió Diego, como probando la palabra—. Me gusta cómo suena eso.
Fue esa misma tarde cuando Lucía, que llevaba días observando la reconciliación con la satisfacción discreta de quien considera que su intervención en la Feria había producido exactamente el resultado esperado, decidió que había llegado el momento de contar la historia completa.
Los convocó a ambos en El Rincón de Lucía , después del cierre, con una botella de vino que reservaba, según explicó, "para ocasiones que merecen la pena", y un álbum de fotografías tan antiguo que las tapas de cuero se habían agrietado en varios puntos.
—Isabel Villalta era mi tía abuela —empezó Lucía, abriendo el álbum con un cuidado casi reverente—.
La hermana mayor de mi abuela, que en paz descanse.
Y Rafael Alvarez, mi bisabuelo, trabajaba en la panadería que su familia tenía a dos calles de la casa Villalta, la misma que aparece marcada en ese mapa parroquial que encontrasteis.
—Entonces la historia es cierta —dijo Meera, inclinándose sobre el álbum.
—Es cierta, y es más triste de lo que probablemente imagináis.
—Lucía pasó una página, deteniéndose en una fotografía en blanco y negro de una joven de mirada seria, vestida con la elegancia sobria de otra época—.
Isabel se enamoró de Rafael cuando ambos eran apenas unos veinteañeros, en una época en la que una Villalta, hija de terratenientes, no se casaba con el hijo de un panadero sin que ambas familias pusieran el grito en el cielo.
Se casaron de todas formas, en 1931, contra la voluntad expresa del padre de Isabel.
—¿Y qué pasó después? —preguntó Diego, aunque algo en su voz sugería que ya intuía que la respuesta no sería sencilla.
—El padre de Isabel la desheredó formalmente, aunque nunca llegó a quitarle del todo el cariño, según contaban las historias familiares. La pareja vivió feliz, por lo que sé, durante casi veinte años, en una casa pequeña cerca de la panadería. Tuvieron dos hijos. Uno de ellos fue mi abuelo.
Lucía pasó otra página, deteniéndose en una fotografía de una pareja mayor, sonriendo frente a lo que Meera reconoció, con un pequeño sobresalto, como el mismo patio de la casa Villalta, aunque décadas más joven.
—Isabel murió en 1958, de una enfermedad que en aquella época nadie sabía nombrar bien —continuó Lucía—.
Y aquí es donde la historia se complica de verdad.
Antes de morir, dejó una carta pidiendo que, si algún día la familia Villalta recuperaba contacto con los Alvarez, se reconociera el vínculo entre ambas familias de alguna manera.
Nunca sabremos si esa carta llegó realmente a manos de sus sobrinos, o si simplemente decidieron ignorarla.
Lo que sí sé es que, después de su muerte, cualquier mención pública del matrimonio desapareció casi por completo de los registros familiares de los Villalta.
Como si alguien hubiera decidido, con mucho esfuerzo, que era mejor pretender que aquello nunca había ocurrido.
—La fotografía que encontré en la pared —dijo Meera, entendiendo de golpe—. La de 1958. "Villalta y Alvarez, primavera de 1958." Es del funeral de Isabel.
—Probablemente —confirmó Lucía—. Alguien la escondió allí, dentro de la pared, en lugar de destruirla del todo. Como si no pudiera soportar borrar completamente la historia, pero tampoco se atreviera a dejarla a la vista de cualquiera.
El silencio que siguió tuvo el peso particular de las historias que llevan demasiado tiempo enterradas, y Meera, mirando la fotografía de la joven pareja sonriendo en un patio que ella misma estaba, casi un siglo después, reconstruyendo piedra por piedra, sintió que algo en aquella coincidencia le apretaba el pecho de una forma que no supo, al principio, nombrar del todo.
—Es como si la casa hubiera estado esperando —dijo finalmente, en voz baja.
—A lo mejor lo estaba —dijo Lucía, cerrando el álbum con suavidad—. Las casas viejas tienen esa costumbre. Guardan las historias que la gente prefiere olvidar, hasta que llega alguien dispuesto a escucharlas.
Aquella noche, después de que Lucía se marchara y Carlos cerrara la cocina, Diego llevó a Meera por una escalera estrecha hasta la azotea del restaurante, un espacio pequeño, con macetas de geranios en las esquinas y una vista que se abría sobre los tejados de tejas rojizas del barrio de Santa Cruz hasta la silueta iluminada de la Giralda, recortada contra el cielo nocturno.
—Vengo aquí cuando necesito pensar —dijo Diego, apoyándose en el pretil bajo—. Mi abuela no sabe que subo, o finge no saberlo, que es su forma particular de darme intimidad sin admitirlo directamente.
—Es precioso —dijo Meera, acercándose a la baranda, dejando que la brisa nocturna, ya más fresca que durante el día, le apartara el pelo de la cara.
Se quedaron en silencio un rato, contemplando la ciudad extenderse ante ellos, con las luces de las farolas dibujando el trazado irregular de calles que Meera, cuatro meses atrás, no habría sabido nombrar ni en un mapa.
—¿Sabes lo que pienso? —dijo Diego finalmente, girándose hacia ella—.
Pienso que Isabel y Rafael tuvieron razón en arriesgarse, incluso sabiendo lo que les iba a costar.
Casi cien años después, seguimos hablando de ellos, de su historia, de lo que se atrevieron a construir contra todo pronóstico. Eso tiene que significar algo.
—¿Estás comparándonos con tus bisabuelos?
—Puede que sí —admitió él, con media sonrisa—. Aunque espero que a nosotros no nos cueste tanto como a ellos. Ya hemos tenido bastante drama para una sola historia de amor, ¿no crees?
Meera se rió, una risa suave que se perdió en el aire nocturno, y por un momento, mirando a Diego bajo la luz plateada de la luna, sintió que todas las precauciones que había traído consigo desde Bombay —el miedo a confiar, la vigilancia constante contra cualquier señal de traición, la costumbre agotadora de esperar siempre lo peor— empezaban a parecerle, por primera vez en meses, innecesarias.
—Diego —dijo, y algo en la forma en que pronunció su nombre hizo que él se acercara, despacio, sin prisa, como si ambos entendieran que aquel momento merecía tomarse su tiempo.
—Meera.
—Creo que quiero dejar de tener miedo de esto.
—Yo también —dijo él, con una voz que apenas era un susurro—. Llevo semanas queriendo dejar de tener miedo, y no he sabido cómo, hasta ahora.
Fue Diego quien cerró la distancia final, con una suavidad que contrastaba con la intensidad de todo lo que había estado creciendo entre ambos durante semanas, y Meera, en lugar de apartarse, en lugar de calcular todas las formas en que aquello podría salir mal, simplemente se dejó llevar por el momento, con una certeza tranquila que no había sentido en mucho tiempo.
El beso fue breve al principio, casi tímido, como si ambos necesitaran confirmar que aquello era real antes de permitirse profundizar en él. Cuando finalmente se separaron, Diego apoyó la frente contra la de ella, con una sonrisa que Meera sintió más que vio en la oscuridad.
—Llevaba queriendo hacer eso desde la noche del tablao —admitió él.
—Yo también llevaba queriendo que lo hicieras —respondió Meera, con una risa suave que le salió del pecho sin esfuerzo alguno.
Se quedaron así un largo rato, abrazados en la azotea, con la ciudad extendiéndose silenciosa a su alrededor y la certeza compartida de que algo fundamental acababa de cambiar entre ambos, algo que ninguno de los dos tenía ya intención de negar o posponer.
—Hay algo más que deberíamos hablar —dijo Meera finalmente, cuando ambos se sentaron en el suelo de la azotea, con las espaldas apoyadas contra el pretil y las manos todavía entrelazadas—.
El restaurante. Sé que llevas meses luchando con las deudas, y no quiero que sigas cargando con eso solo, ahora que... bueno, ahora que somos esto que somos.
—¿Y qué propones?
—Que lo enfrentemos juntos. Yo tengo formación en diseño de espacios, contactos con contratistas, y probablemente pueda ayudarte a repensar la distribución del restaurante para que atraiga más clientela sin que tengas que vender nada que te importe.
Y en cuanto a la casa Villalta, sea lo que sea lo que descubra el abogado de Ortega sobre la herencia, prefiero que lo enfrentemos sabiendo la verdad completa antes que escondiéndonos de ella, como hizo tu familia con la historia de Isabel y Rafael.
Diego se quedó mirándola un momento, con una expresión que combinaba gratitud y algo más profundo, más difícil de nombrar con una sola palabra.
—Juntos, entonces —dijo, apretando su mano—. El restaurante, la casa, la herencia legal, lo que sea que venga después. Ya no quiero seguir haciendo esto solo, Meera. Y creo que tú tampoco quieres seguir haciéndolo sola.
—No quiero —confirmó ella, apoyando la cabeza en su hombro, mientras la Giralda seguía iluminada a lo lejos, testigo silenciosa de una promesa que ninguno de los dos tenía intención de romper.