Corazón en Sevilla Capítulo 9 — La Feria de Abril
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Capítulo 9 — La Feria de Abril

N o reservó el vuelo.

Se quedó mirando la pantalla del móvil hasta pasada la medianoche, con seis pestañas abiertas y los dedos suspendidos sobre la opción de pago más barata, hasta que el cansancio pudo más que la determinación, y se quedó dormida en el sillón con el teléfono todavía encendido sobre el pecho.

A la mañana siguiente, con la luz del día entrando por los postigos rotos y la cabeza algo más despejada, Meera cerró las pestañas una por una, no porque hubiera decidido perdonar nada todavía, sino porque comprendió, con esa claridad fría que solo llega después de dormir mal, que huir de Sevilla en mitad de la noche no resolvería nada que no hubiera intentado resolver ya en Bombay, huyendo de allí de la misma manera exacta.

Guardó la maleta de nuevo en el armario, sin deshacerla del todo, como un recordatorio silencioso de que la opción seguía existiendo, aunque hubiera decidido, por el momento, no usarla.

—Vas a venir a la Feria —anunció Lucía, cuatro días después, plantada en la puerta de la casa Villalta con una bolsa de tela colgada del brazo y la misma autoridad de siempre, la que no admitía discusión aunque formulara sus órdenes como preguntas.

—Lucía, no estoy segura de que sea buena idea.

—No te he preguntado si es buena idea. Te he dicho que vas a venir.

—Entró sin esperar invitación, dejando la bolsa sobre la mesa de caballetes—.

Sevilla entera se detiene una semana al año para esto, y no pienso permitir que la única persona nueva que ha llegado a esta calle en años se quede encerrada en una casa a medio construir compadeciéndose de sí misma.

—No me estoy compadeciendo de mí misma.

—Un poco sí —dijo Lucía, sin malicia, abriendo la bolsa y sacando de ella un vestido de volantes en un tono verde botella con lunares blancos, cuidadosamente doblado—.

Esto era mío, hace más años de los que quiero admitir.

Le he metido un dobladillo y he soltado un poco la cintura. Te va a quedar bien.

Meera se quedó mirando el vestido, sin saber muy bien qué decir.

—Lucía, no puedo aceptar esto.

—No te lo estoy regalando, te lo estoy prestando.

Devuélvemelo cuando te lo quites, si tanto te preocupa la propiedad de las cosas.

—Algo en el tono de la anciana se suavizó, apenas—.

Ven a la Feria, Meera. No por Diego, si no quieres.

Ven por ti. Sevilla se merece que la veas así, aunque sea una vez, antes de decidir si quieres irte de verdad.

Fue esa última frase, más que cualquier otra cosa, la que terminó de convencer a Meera.

Aceptó el vestido con una mezcla de gratitud y aprensión, y no le preguntó a Lucía si Diego sabría que ella también iba a estar allí, porque sospechaba, con una certeza incómoda, que la respuesta habría sido una evasiva demasiado cuidadosamente construida para resultar convincente.

El real de la Feria se extendía a las afueras de la ciudad como un pueblo temporal levantado de la nada: cientos de casetas de lona rayada en blanco y verde, blanco y rojo, blanco y azul, alineadas en calles anchas iluminadas por hileras de farolillos de papel que se mecían con la brisa nocturna.

El aire olía a fritanga, a manzanilla, a caballo y a azahar, todo mezclado en una densidad que a Meera le resultó, desde el primer momento, casi abrumadora.

Mujeres y niñas de todas las edades caminaban entre las casetas con vestidos de volantes en cada color imaginable, los hombres con trajes cortos y sombreros de ala ancha, y de vez en cuando un grupo a caballo avanzaba despacio entre la multitud, con jinetes que saludaban a conocidos desde lo alto de las monturas con una familiaridad que sugería que aquello, para ellos, era tan cotidiano como caminar por su propia calle.

Meera avanzaba con el vestido verde de Lucía ajustándose de forma extraña alrededor de las caderas, sintiéndose, en igual medida, ridícula y extrañamente en su sitio, cuando lo vio.

Diego estaba de pie junto a una de las casetas, con Carlos a su lado y una copa de manzanilla sin tocar en la mano, y su expresión, al verla, se transformó de una manera que Meera no supo interpretar del todo al principio: sorpresa, sí, pero también algo más profundo, algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

—Estás... —empezó él, acercándose despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento.

—Puedes decir que parezco disfrazada. Lo sé.

—Iba a decir que estás preciosa —dijo Diego, y la sinceridad simple con la que lo dijo hizo que Meera sintiera el calor subiéndole a las mejillas de una forma que no tenía nada que ver con el calor nocturno de abril—.

Mi abuela te ha prestado ese vestido, ¿verdad? Lo reconozco de fotografías antiguas.

—Insistió mucho. Y cuando tu abuela insiste, he aprendido que discutir es una pérdida de tiempo.

Una sonrisa breve, casi involuntaria, cruzó el rostro de Diego antes de que la incomodidad de los últimos días volviera a instalarse entre ambos, más pesada ahora por el contraste con la ligereza del momento anterior.

—Meera, sobre lo que pasó...

—No hace falta que lo hagamos ahora —dijo ella, aunque sin apartarse—. Hay demasiada gente, demasiada música, demasiado de todo. No quiero que la primera conversación de verdad que tengamos en días sea a gritos entre dos casetas.

—Tienes razón. —Diego se pasó una mano por el pelo, con un gesto nervioso que Meera reconoció de otras ocasiones—. ¿Podemos... caminar? Solo caminar. No prometo tener las palabras correctas todavía, pero puedo intentar encontrarlas mientras andamos.

Meera asintió, y ambos se apartaron de la caseta, dejando a Carlos observándolos marchar con una expresión que oscilaba entre el alivio y la cautela de quien no quiere hacerse ilusiones demasiado pronto.

Caminaron entre las casetas durante un buen rato, sin rumbo fijo, dejando que el ruido de la fiesta llenara los silencios que ninguno de los dos sabía todavía cómo romper con palabras propias.

—Lo siento —dijo Diego finalmente, cuando llegaron a una zona más tranquila, cerca de los establos donde descansaban algunos caballos entre actuación y actuación—. Debería haber empezado por ahí hace días, en lugar de dejar que el orgullo me lo impidiera.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque admitir que me equivoqué significaba admitir también por qué me equivoqué —dijo él, con una honestidad que a Meera le pareció costosa, casi física—. Y eso es más difícil de decir en voz alta.

—¿Por qué te equivocaste, entonces?

Diego se quedó callado un momento, mirando a los caballos con una atención que parecía más una forma de organizar sus propios pensamientos que un verdadero interés por los animales.

—Porque llevo toda la vida esperando que la gente que quiero desaparezca sin previo aviso —dijo finalmente—.

Mis padres se fueron un martes cualquiera, sin despedida, sin nada.

Y desde entonces, una parte de mí sigue esperando la próxima desaparición, sigue buscando señales de que va a pasar otra vez, aunque sepa, racionalmente, que no todo el mundo se va de la misma manera.

—Diego...

—Deja que termine, por favor. —Respiró hondo—.

Cuando Elena me dijo lo del documento, lo que en realidad escuché no fue "Meera te ha ocultado algo".

Escuché "Meera también se va a ir, y esta es la prueba de que nunca pensó quedarse de verdad".

Y en lugar de preguntarte, decidí creer la versión que ya llevaba semanas temiendo, porque de alguna manera retorcida, confirmar el miedo dolía menos que arriesgarme a confiar y equivocarme otra vez.

Meera sintió que algo se le aflojaba en el pecho, una tensión que llevaba días cargando sin saber exactamente cómo nombrarla.

—Yo no te oculté nada por interés, Diego. Te lo oculté porque tenía miedo de que, si te contaba algo tan grande antes de entenderlo yo misma, terminaras pensando exactamente lo que terminaste pensando de todas formas. Es una ironía bastante cruel, ahora que lo pienso.

—¿Qué decía finalmente el documento completo?

—Que Isabel Villalta era la hermana mayor de mi bisabuela, sangre directa de mi propia familia. Y que Rafael Alvarez no era el hermano de tu bisabuelo, como pensabas.

Diego la miró, esperando el resto.

—Era tu bisabuelo —dijo Meera—. Directamente.

Se quedó en silencio un momento, procesando la información con una expresión que combinaba sorpresa genuina con algo más difícil de nombrar.

—Entonces mi familia y la tuya... —empezó él.

—Estuvieron unidas mucho más de cerca de lo que ninguno de los dos imaginaba —terminó Meera—.

Y no sé todavía qué implica eso legalmente para la casa.

Puede que nada. Puede que algo. Ortega tendrá que revisarlo con un abogado especializado en herencias antiguas.

Pero eso, Diego, es exactamente lo que necesitaba entender antes de contártelo: no quería llegar a ti con miedo y especulación a medio construir. Quería llegar con algo sólido.

—Debí confiar en que ese era el motivo —dijo Diego, con una voz baja, cargada de un arrepentimiento que sonaba genuino—. En lugar de asumir lo peor.

—Debiste —confirmó ella, sin suavizar la palabra, aunque tampoco con la dureza de días atrás—. Pero entiendo un poco mejor por qué no lo hiciste. Eso no arregla lo que pasó. Pero ayuda a entenderlo.

Fue en ese momento, con la conversación apenas empezando a encontrar un terreno más estable, cuando Elena apareció entre las casetas cercanas, con un vestido de lunares rojo intenso y una expresión que, al ver a Diego y Meera caminando juntos, se tensó apenas un instante antes de recomponerse en una sonrisa calculada.

—Vaya, qué bonito veros reconciliados —dijo, acercándose con la copa de manzanilla en la mano—. Aunque me pregunto si ya has tenido oportunidad, Diego, de hablar con un abogado sobre lo del patio. Ahora que sabemos que las cosas son un poco más complicadas de lo que parecían.

—Elena, no es el momento.

—Solo digo que, dadas las circunstancias, mi socio estaría dispuesto a hacer una oferta bastante generosa por esa parte del terreno, antes de que cualquier lío legal con la herencia lo complique todo para siempre.

—Elena. —La voz de Carlos, que había llegado tras ella sin que nadie lo notara, cortó la conversación con una firmeza poco habitual en él—. Ya está bien.

—¿Perdona?

—Que ya está bien —repitió Carlos, colocándose junto a su hermano—.

Llevas semanas metiendo cizaña entre estos dos por el patio, primero con lo de la investigación histórica y ahora con esto.

Y lo peor es que ni siquiera lo disimulas con cariño, lo haces con esa sonrisa de negocios que se te pone cuando hueles una oportunidad.

—No sé de qué estás hablando, Carlos.

—Sabes exactamente de qué hablo. Fuiste tú quien le contó a Diego una versión retorcida de lo del documento, ¿verdad? Justo cuando más te convenía que dudara de Meera.

Elena se quedó callada un momento de más, y aquel silencio, más que cualquier negación, confirmó lo que Carlos acababa de decir en voz alta delante de ambos.

—Solo estaba siendo sincera con un amigo —dijo finalmente, con menos convicción de la que había mostrado hasta entonces.

—Eras sincera con la parte que te convenía —dijo Diego, encontrando por fin las palabras—.

Elena, lo nuestro terminó hace tiempo, y lo entiendo, entiendo que sea raro seguir siendo vecinos de negocio.

Pero esto ya no es sobre el restaurante ni sobre el patio.

Es sobre alguien a quien quiero, y no voy a permitir que sigas usando la historia de mi familia como una herramienta de negociación.

Elena abrió la boca para responder, pero no encontró nada que decir que no sonara, incluso para ella misma, a una excusa a medio construir. Se marchó entre las casetas sin despedirse, con la copa de manzanilla todavía en la mano y la espalda más tensa de lo que había estado al llegar.

—Gracias —dijo Diego, volviéndose hacia su hermano.

—Para eso estamos los hermanos —respondió Carlos, con una sonrisa que aligeraba, apenas, la tensión del momento—. Ahora, si me disculpáis, hay una caseta con rebujito esperándome y no pienso perderme la actuación de las nueve.

Se marchó, dejando a Diego y Meera de nuevo a solas, con la música de una caseta cercana empezando a sonar más fuerte, un ritmo de sevillanas que hacía que la gente a su alrededor empezara a moverse casi sin decidirlo conscientemente.

—¿Bailas? —preguntó Diego, tendiéndole la mano con una sonrisa que combinaba nerviosismo genuino con algo más cálido debajo.

—No tengo ni idea de cómo se baila esto.

—Nadie la tiene la primera vez. Se aprende con los pies, no con la cabeza.

Meera dudó un instante, mirando su mano tendida, y luego, con una decisión que sintió crecer desde algún lugar más profundo que la simple cortesía, la tomó.

Diego la guio hacia el espacio abierto frente a la caseta, donde otras parejas ya se movían al ritmo de la música, y aunque los primeros pasos de Meera fueron torpes, inseguros, con más pisotones de los que hubiera querido admitir, Diego la sostuvo con una paciencia que ella empezaba a reconocer como parte fundamental de quién era él: la misma paciencia con la que había abierto una cerradura rota, la misma con la que le había enseñado palabras nuevas noche tras noche.

—Lo estás haciendo bien —dijo él, cerca de su oído, mientras giraban despacio entre el resto de bailarines.

—Estás mintiendo.

—Un poco. Pero lo estás haciendo mejor de lo que crees.

Meera se rió, una risa genuina que le salió del pecho sin pensarlo, y por un momento, envuelta en la música, las luces de los farolillos y la cercanía de Diego, sintió que las últimas semanas de miedo, sospecha y silencio se aflojaban un poco, no del todo, no de una vez, pero lo suficiente para permitirse disfrutar de aquel instante sin calcular todas las formas en que podría salir mal.

Cuando la canción terminó, ninguno de los dos se apartó de inmediato. Se quedaron así, más cerca de lo que la música exigía, con las manos todavía entrelazadas y las miradas sostenidas con una intensidad que ninguno de los dos se molestó en disimular esta vez.

—Meera —dijo Diego, con la misma voz baja que había usado bajo la farola, la noche del tablao, antes de que Elena los interrumpiera.

Esta vez, no había nadie más en la calle para interrumpirlos.

—Diego —respondió ella, y en la forma en que pronunció su nombre había algo que ambos entendieron sin necesidad de traducción alguna, en ningún idioma.

No se besaron todavía. Pero se quedaron allí, entre la música y los farolillos, con las manos entrelazadas y las paredes que ambos habían levantado durante semanas empezando, por fin, a resquebrajarse en algo que se parecía, cada vez más, a la confianza.