Capítulo 8 — La Traición
E lena esperó tres días antes de decir nada, no porque necesitara ese tiempo para confirmar los detalles —el padre Ignacio le había dado más que suficiente—, sino porque sabía, con la paciencia de quien lleva años estudiando a la misma persona, que el momento importaba tanto como la información.
Encontró a Diego solo, cerca del mediodía, revisando unas facturas en la terraza vacía de El Rincón de Lucía antes de que llegara el servicio de la comida.
Se sentó frente a él sin pedir permiso, con dos cafés que había traído del bar de la esquina, uno de los cuales dejó sobre la mesa de Diego como quien ofrece una tregua que nadie ha pedido todavía.
—Tenemos que hablar del patio —dijo, sin rodeos.
—Elena, ya hemos hablado del patio. La respuesta sigue siendo no.
—Esta vez es distinto. —Elena dio un sorbo a su café, dejando que el silencio se estirara lo justo para resultar incómodo—. ¿Sabes que tu vecina y tú estuvisteis en el archivo parroquial la semana pasada, revisando registros de matrimonios de hace un siglo?
Diego levantó la vista de las facturas, con una cautela que Elena reconoció de inmediato como el principio de la grieta que necesitaba.
—¿Cómo sabes eso?
—El padre Ignacio no es precisamente una tumba, Diego, ya lo sabes.
Lo mencionó como quien cuenta una anécdota simpática.
—Elena se inclinó ligeramente hacia adelante—.
Un matrimonio entre una Villalta y un Alvarez, en 1931.
Tu propio bisabuelo, según dicen. ¿Y tú no sabías nada de esto hasta que ella te lo enseñó?
—Lo encontramos juntos —dijo Diego, aunque algo en su voz ya empezaba a sonar menos seguro que un momento antes—. Fue ella quien encontró las fotografías en la casa. Me lo contó de inmediato.
—¿De inmediato? —Elena arqueó una ceja, con una expresión que sugería una duda cuidadosamente sembrada—.
Porque, según tengo entendido, lleva más de una semana con esos documentos, y ha estado rara, distante, evitando ciertas conversaciones contigo.
¿Te ha contado ya lo que significa exactamente ese matrimonio?
¿Que tu familia podría tener, en teoría, algún derecho sobre esa casa que ella está a punto de vender al mejor postor?
Diego se quedó callado, con las facturas olvidadas bajo la mano, mientras algo frío empezaba a instalársele en el pecho.
—No sé de qué estás hablando.
—Estoy hablando de que una arquitecta llega a Sevilla con dieciocho semanas para restaurar y vender una casa lo más rápido posible, encuentra un documento que sugiere que la propiedad podría no ser tan limpiamente suya como pensaba, y decide no contártelo, a ti, precisamente a ti, cuya familia aparece mencionada en ese mismo documento.
—Elena se recostó en la silla, dejando que las palabras hicieran su trabajo—.
Yo solo digo que, si fuera tú, querría saber por qué alguien elige guardar silencio sobre algo así.
A menos que le convenga más resolverlo todo, tranquilamente, antes de que tú puedas hacer valer cualquier derecho que pudiera existir.
—Meera no es así.
Pero incluso mientras lo decía, Diego sintió la duda instalándose, pequeña pero persistente, alimentada por los propios recuerdos de los últimos días: la distancia repentina de Meera, su evasiva "todavía las estoy ordenando", la promesa de contarle algo "cuando tenga algo claro" que nunca terminaba de llegar.
—Espero que tengas razón —dijo Elena, levantándose con el café todavía en la mano—. De verdad lo espero, Diego. Solo... pregúntale directamente qué dice ese documento. Y fíjate en cuánto tarda en responder sin rodeos.
Se marchó calle abajo, dejando a Diego solo en la terraza vacía, con el café frío frente a él y una sensación incómoda creciéndole en el estómago que no lograba, por más que lo intentara, hacer callar del todo.
Diego no fue a buscar a Meera esa tarde, ni la siguiente mañana.
Se dijo a sí mismo que estaba ocupado, que el restaurante necesitaba atención, que no tenía sentido precipitarse antes de pensarlo con claridad.
Pero la verdad, la que no quería admitirse del todo, era que tenía miedo de lo que pudiera confirmar si preguntaba directamente.
Fue Carlos quien, sin saberlo, terminó de empujarlo hacia la conversación que llevaba dos días evitando.
—¿Has hablado con Meera? —preguntó su hermano, la segunda noche, mientras cerraban juntos—. Lleva días sin pasar por aquí a la hora de siempre.
—No.
—¿Por qué no?
Diego se quedó callado un momento, apilando vasos con más cuidado del necesario.
—Elena me contó algo —dijo finalmente—. Sobre los documentos que Meera encontró. Sobre lo del matrimonio de 1931.
Carlos frunció el ceño.
—¿Y qué tiene eso que ver con Elena?
—Que según ella, esos documentos podrían significar que nuestra familia tiene algún derecho sobre la casa Villalta. Y que Meera lo sabe desde hace más de una semana y no me ha dicho nada.
—Espera. —Carlos dejó la caja de vasos sobre el mostrador—. ¿Y tú te crees eso? ¿Que viene de Elena?
—No sé qué creer, Carlos. Por eso necesito hablar con ella.
—Pues habla con ella entonces. Directamente. No dejes que Elena te meta en la cabeza una historia entera antes de que la propia Meera tenga oportunidad de contarte la suya.
Era, pensó Diego más tarde, exactamente el consejo correcto. Lo que hizo, sin embargo, cuando finalmente cruzó el patio hacia la casa Villalta esa misma noche, fue algo bastante distinto.
—Necesito preguntarte algo —dijo Diego, de pie en el vestíbulo a medio restaurar, con un tono que Meera no le había oído usar nunca antes, ni siquiera durante el episodio de la cerradura.
—Claro. —Meera dejó a un lado el rollo de planos que estaba revisando, notando de inmediato que algo en la postura de Diego había cambiado—. ¿Qué pasa?
—¿Qué decía exactamente el documento del matrimonio de 1931? El completo. No la versión resumida que me diste hace unos días.
Meera sintió que el estómago se le encogía, la misma sensación fría y conocida de estar a punto de ser descubierta en algo que nunca había querido ocultar realmente, solo posponer.
—Diego, iba a contártelo. Estaba esperando a tener el cuadro completo antes de...
—¿Antes de qué? —la interrumpió él, con una brusquedad que no era propia de él, y que pareció sorprenderlo incluso a sí mismo—. ¿Antes de vender la casa? ¿Antes de que fuera demasiado tarde para que mi familia dijera nada al respecto?
—¿Qué? No, Diego, no es eso en absoluto...
—Porque eso es exactamente lo que parece, Meera. Que encontraste algo que podría implicar que mi familia tiene algún derecho sobre esa casa, y decidiste guardártelo, mientras seguías adelante con los planes de restaurarla y venderla lo antes posible.
—¡Eso no es justo! —Meera sintió que la voz se le quebraba, entre la sorpresa y algo más profundo, más viejo, que reconoció con una claridad dolorosa: la misma sensación exacta de Bombay, de enterarse de que la gente a su alrededor decidía qué merecía saber y qué no—.
He pasado los últimos días intentando entender qué significa realmente ese documento antes de asustarte con algo que ni yo misma tenía claro.
No te lo oculté para protegerme, Diego. Lo estaba procesando.
—¿Procesando durante más de una semana? —La voz de Diego, aunque más baja ahora, seguía cargada de una herida que Meera podía ver, casi físicamente, endureciéndole la expresión—. Meera, esto no es un detalle menor. Es la historia de mi propia familia, y me he enterado por Elena antes que por ti.
Aquello la golpeó con una fuerza que no esperaba.
—¿Elena te lo contó?
—Elena me lo contó, sí. Y créeme que ha sido una conversación bastante incómoda descubrir que la persona con la que... —se detuvo, sin terminar la frase, como si no confiara en las palabras que venían después— que alguien en quien confiaba sabía algo tan importante y prefirió guardárselo.
—Diego, escúchame. —Meera dio un paso hacia él, con las manos abiertas en un gesto que buscaba, desesperadamente, algo de la calma que ambos habían perdido de golpe—.
No estaba ocultándotelo por interés. Estaba asustada.
Asustada de que esto complicara todo entre nosotros justo cuando...
—se detuvo, incapaz de terminar la frase con la misma honestidad brutal que hubiera querido—. Iba a contártelo. Te lo juro.
—Eso es lo que dicen siempre las personas que ocultan algo —dijo Diego, y en cuanto las palabras salieron de su boca, algo en su propia expresión sugirió que se arrepentía de haberlas dicho, pero ya no había manera de retirarlas del aire entre ambos.
El silencio que siguió fue el tipo de silencio que Meera conocía demasiado bien: el mismo que se había instalado entre ella y Arjun en los días posteriores a descubrir la verdad, cuando cada palabra parecía una trampa y cada explicación sonaba, de antemano, a excusa fabricada.
—Vale —dijo ella finalmente, con una voz que se esforzaba por sonar más firme de lo que se sentía—. Si eso es lo que piensas de mí, no tiene sentido que siga explicándome.
—No he dicho que piense eso.
—Lo has insinuado bastante claramente.
Diego abrió la boca para responder, pero no encontró nada que decir que no sonara, incluso para él mismo, a una excusa a medio construir.
Se quedó allí, en el vestíbulo a medio restaurar, con la sensación incómoda de haber dicho más de lo que quería y menos de lo que necesitaba, y finalmente, sin encontrar mejor salida, dio media vuelta hacia la puerta.
—Necesito pensar —dijo, sin mirarla—. Y creo que tú también.
Se marchó sin esperar respuesta, dejando a Meera sola en medio del vestíbulo a oscuras, rodeada de planos, escombros y la certeza fría de que, una vez más, había confiado en alguien y ese alguien había decidido, en el primer momento de duda real, creer lo peor de ella antes de escuchar toda la historia.
Lucía se enteró esa misma noche, no porque nadie fuera a contárselo directamente, sino porque conocía a su nieto lo suficiente como para reconocer, en la forma en que cerró la puerta del restaurante con más fuerza de la necesaria, que algo había ido mal.
—¿Qué has hecho? —preguntó, entrando en la cocina sin anunciarse, con la autoridad de quien no necesita permiso para entrar en su propia casa aunque ya no viva en ella.
—Nada, abuela. Estoy cansado, eso es todo.
—No me mientas, Diego Alvarez. Te conozco desde que naciste y sé perfectamente cuándo esa cara significa cansancio y cuándo significa que has hecho algo de lo que ya te estás arrepintiendo.
Diego, incapaz de sostener la mirada de su abuela, terminó contándole, con frases entrecortadas y evidente vergüenza, la conversación con Elena y la discusión posterior con Meera.
Lucía lo escuchó en silencio, con los brazos cruzados y una expresión que se iba endureciendo progresivamente a medida que el relato avanzaba.
—Así que Elena te contó una historia a medias —dijo finalmente—, y en lugar de preguntarle a Meera con la mente abierta, entraste en esa casa a acusarla como si ya hubieras decidido de antemano que era culpable de algo.
—No fue exactamente así.
—Fue exactamente así, y lo sabes. —Lucía negó con la cabeza, con una decepción que dolía más que cualquier grito—.
Diego, esa chica lleva tres meses lejos de su familia, en un país que apenas entiende, reconstruyendo no solo una casa sino su propia confianza después de que alguien a quien quería la traicionara de la peor manera posible.
Y tú, la primera vez que Elena te susurra algo al oído, decides creerle a ella antes que dejar hablar a Meera.
—No sabía qué pensar, abuela.
—Pues deberías haber pensado en quién te ha dado motivos reales para confiar en ella estos meses, y quién solo te ha dado motivos para dudar de todo el mundo a su alrededor.
—Lucía suspiró, con un cansancio que parecía llevar más peso del que la propia conversación justificaba—. Voy a hablar con ella.
—Abuela, no hace falta que...
—No te lo estoy preguntando.
Lucía cruzó el patio compartido esa misma noche, encontrando a Meera sentada en el mismo sillón de siempre, con la mirada fija en el techo agrietado y una maleta —Diego notaría después, cuando su abuela se lo contara— apoyada contra la pared, todavía cerrada, pero visiblemente sacada de donde había estado guardada desde su llegada.
—No hace falta que digas nada —dijo Lucía, sentándose frente a ella sin que nadie la invitara—. Ya sé lo que pasó. Y quiero que sepas que mi nieto se ha comportado como un idiota.
—No hace falta que lo defiendas ni que lo critiques por mí —dijo Meera, con una voz cansada que ya no se molestaba en disimular del todo—. Solo necesito ordenar mis pensamientos.
—¿Por eso está esa maleta ahí?
Meera no respondió de inmediato, y aquel silencio le dijo a Lucía más de lo que cualquier explicación hubiera podido decirle.
—No voy a pedirte que te quedes si de verdad quieres irte —dijo la anciana finalmente, con una suavidad que sorprendió a Meera después de la firmeza de sus primeras palabras—.
Pero antes de que tomes cualquier decisión esta noche, quiero que sepas algo: mi nieto no dudó de ti porque de verdad piense que eres capaz de algo así.
Dudó porque tiene miedo, un miedo viejo, de esos que se instalan en una persona desde niño y no se van nunca del todo.
Eso no lo excusa. Pero quizás lo explique.
Meera se quedó mirando sus propias manos un largo rato, sin ofrecer ninguna respuesta que Lucía pudiera llevarse de vuelta.
—Necesito dormir —dijo finalmente—. Mañana pensaré con más claridad.
Lucía asintió, se levantó con el esfuerzo lento de sus años, y se detuvo un momento en la puerta antes de marcharse.
—Piensa bien, hija —dijo—. Pero piensa despacio. Las decisiones que se toman con la maleta ya abierta rara vez son las que uno querría haber tomado con la cabeza fría.
Se marchó, dejando a Meera sola con el eco de sus palabras y la maleta todavía apoyada contra la pared, mientras en su móvil, sin que nadie lo supiera todavía, ya tenía abierta media docena de pestañas con vuelos de vuelta a Bombay para la semana siguiente.