Corazón en Sevilla Capítulo 7 — El Secreto de la Casa
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Capítulo 7 — El Secreto de la Casa

E l árbol genealógico, tal como Diego lo había advertido, resultó ser mucho más complicado de reconstruir de lo que un solo café con Lucía podía resolver.

Después de tres tardes de visitas al archivo parroquial, dos llamadas a un primo lejano de Lucía que vivía en Cádiz y llevaba, según ella, "la memoria de la familia metida en la cabeza como si fuera un archivo del ayuntamiento", y una tarde entera revisando escrituras notariales polvorientas que Ortega le había hecho llegar a regañadientes, Meera empezaba por fin a entender la forma completa del árbol.

Era su bisabuelo.

Meera se quedó mirando el documento —una partida de nacimiento amarillenta, con una caligrafía apretada que le había costado media hora descifrar— durante un buen rato, sintiendo que el suelo bajo sus certezas se movía apenas unos centímetros, lo suficiente para resultar inquietante.

Si Rafael Alvarez era el bisabuelo de Diego, e Isabel Villalta era la tía de la bisabuela de Meera, entonces la casa palacio no había llegado a la familia Villalta por una simple línea de herencia limpia y directa.

Había pasado, en algún momento de la década de 1930, por las manos de un matrimonio mixto entre ambas familias, un matrimonio que —a juzgar por la ausencia total de cualquier mención en los registros oficiales de la propiedad— alguien se había esforzado mucho, en algún momento de la historia, por borrar del papel.

—Esto no tiene sentido —murmuró Meera, hablando sola en el salón vacío de la casa Villalta, con los documentos extendidos sobre una mesa improvisada hecha de dos caballetes y una tabla—.

Si Isabel y Rafael estuvieron casados, y la casa era de los Villalta, ¿por qué nunca pasó al nombre de Alvarez?

¿Y por qué nadie, en noventa años, mencionó jamás que hubo un matrimonio entre ambas familias?

No tenía respuesta todavía, pero tenía una sospecha incómoda instalándosele en el pecho: si el matrimonio se había anulado, o si Isabel había muerto joven, o si había pasado cualquier otra cosa que hubiera dejado a los Alvarez fuera de una herencia a la que —dependiendo de cómo se mirara— podrían haber tenido algún derecho, entonces la casa que Meera estaba restaurando para venderla en el mercado, siguiendo instrucciones estrictas de Ortega y de la familia, quizás no fuera tan limpiamente suya como todos habían asumido hasta entonces.

Y si eso era cierto, contárselo a Diego dejaba de ser una simple cuestión de curiosidad histórica compartida entre dos personas que empezaban a quererse.

Se convertía en algo mucho más peligroso: la posibilidad de que la familia de Diego tuviera un reclamo legítimo sobre la casa, justo cuando Meera había empezado, sin planearlo, a sentir que aquel rincón de Sevilla —y el hombre que vivía al otro lado de aquel patio compartido— significaban para ella mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

—¿Estás bien? —preguntó Diego esa misma tarde, encontrándola sentada en el escalón de la entrada de la casa Villalta con la mirada perdida en algún punto de la plaza que no correspondía a nada en particular.

—Sí. Cansada, nada más.

No era del todo mentira. Pero tampoco era, ni de lejos, toda la verdad, y Meera lo sabía mientras lo decía, con esa incomodidad específica de quien elige callar algo que probablemente no debería callar.

—Llevas dos días rarísima —dijo Diego, sentándose a su lado sin que ella lo invitara, con la naturalidad de quien ya ha dejado de pedir permiso para ciertas cosas—. Menos habladora que de costumbre, y eso ya es decir bastante, porque tampoco es que hables por los codos normalmente.

—Gracias por el cumplido.

—Lo digo con cariño. —Se quedó un momento callado, estudiándola de reojo—. ¿Es por lo del árbol genealógico? ¿Encontraste algo que no esperabas?

Meera sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco, esa sensación incómoda de estar a un paso de que la descubrieran en algo que ni siquiera había decidido todavía si iba a ocultar o no.

—Encontré varias cosas —dijo, con cuidado—. Todavía las estoy... ordenando. Cuando tenga algo claro, te lo cuento. Te lo prometo.

Diego asintió, aunque algo en su expresión sugería que la respuesta no lo había convencido del todo.

—Vale —dijo, sin insistir más—. Solo dime si necesitas ayuda. No tienes que cargar con todo esto tú sola, ¿sabes? Sea lo que sea que hayas encontrado, es tan de mi familia como de la tuya, por lo que parece.

Aquella frase —dicha con toda la buena fe del mundo, sin la más mínima sospecha de lo que realmente implicaba— fue lo que terminó de convencer a Meera de que necesitaba, con urgencia, hablar con alguien que no estuviera directamente involucrado en el asunto.

—A ver si lo entiendo bien —dijo Priya esa noche, con el rostro iluminado por la pantalla del móvil en la penumbra de su habitación en Bombay—.

Encontraste un documento que sugiere que la familia del chico del que te estás enamorando podría, en teoría, reclamar parte de la casa que se supone que tienes que restaurar y vender. ¿Es eso?

—Más o menos.

—Meera. Eso no es "más o menos". Eso es una trama entera de telenovela.

—No ayudas.

—No estoy intentando ayudar, estoy intentando entender la magnitud del problema.

—Priya se acomodó en su silla, con la taza de té olvidada a un lado—.

Espera. Volvamos un momento a la parte donde dijiste "el chico del que me estoy enamorando", porque yo no recuerdo que hubiéramos llegado oficialmente a ese punto en ninguna de nuestras conversaciones anteriores.

Meera sintió que el calor le subía a las mejillas, incluso a través de una pantalla, a más de nueve mil kilómetros de distancia.

—No dije eso.

—Lo dijiste literalmente hace diez segundos.

—Fue un lapsus.

—Fue la verdad saliéndote sin permiso, que es distinto —dijo Priya, con esa sonrisa suya que Meera conocía desde la universidad, la que aparecía cada vez que estaba a punto de tener razón sobre algo que Meera todavía no había admitido—.

Vamos, cuéntame. ¿Qué pasa con el guitarrista de la sonrisa fácil?

Meera se quedó callada un momento, jugando con el borde deshilachado de un cojín que había rescatado del ático de la casa Villalta y que todavía olía vagamente a naftalina.

—Pasa que tengo miedo —dijo finalmente, en voz baja—.

Pasa que cada día que estoy aquí siento que me importa más de lo que debería, y una parte de mí sigue esperando el momento en que descubra que todo esto también es mentira, como con Arjun.

Que en cualquier momento va a aparecer alguien, o algo, que me demuestre que otra vez estaba viendo lo que quería ver en lugar de lo que realmente había.

—Diego no es Arjun.

—Lo sé. Lógicamente, lo sé. —Meera se pasó una mano por la cara, cansada—.

Pero el miedo no funciona con lógica, Priya.

Y ahora tengo, literalmente en mis manos, un documento que podría hacer que Diego dejara de confiar en mí de la noche a la mañana, si piensa que le he ocultado algo importante sobre su propia familia.

Y no sé si contárselo ahora, cuando apenas estoy empezando a entenderlo yo misma, o esperar a tener el cuadro completo, o...

no sé. No sé qué hacer, y odio no saber qué hacer.

Priya la observó un largo momento, con una expresión más suave de la que solía usar cuando bromeaba.

—Mi consejo, si lo quieres, que sospecho que no —dijo—, es que se lo cuentes pronto.

No porque sea fácil, sino porque los secretos a medias tienen la costumbre de pudrirse si los dejas guardados demasiado tiempo, y tú ya sabes de primera mano lo que se siente cuando alguien decide que no es asunto tuyo saber la verdad sobre tu propia vida.

Aquello le dolió, de una forma limpia y necesaria, como cuando alguien aprieta exactamente el punto que más falta hacía apretar.

—Se lo diré —dijo Meera, más para comprometerse consigo misma que para tranquilizar a Priya—. Cuando tenga algo más concreto que un árbol genealógico a medio dibujar. Se lo diré.

—Bien —dijo Priya—. Y Meera... por lo que vale, viniendo de alguien que te conoce desde hace quince años: mereces que esto salga bien. Aunque sea aterrador. Especialmente porque es aterrador.

Los días siguientes transcurrieron en una especie de tregua incómoda que ninguno de los dos nombró directamente.

Diego seguía apareciendo cada tarde para revisar el avance de la reforma del restaurante con Meera, seguía bromeando con la misma facilidad de siempre, pero había algo nuevo en la forma en que la observaba cuando creía que ella no se daba cuenta: una preocupación callada, del tipo que no sabe bien cómo formularse en pregunta sin sonar entrometida.

—¿Hice algo? —le preguntó finalmente a Carlos, una noche, mientras cerraban el restaurante juntos—. En serio. Porque llevo días con la sensación de que Meera está aquí, pero no del todo aquí, como si tuviera la cabeza en otra parte cada vez que hablamos.

—A lo mejor tiene la cabeza en otra parte porque tiene una casa entera que restaurar en cuatro meses, Diego. No todo tiene que ver contigo.

—Ya lo sé. Es solo que... —Diego se pasó una mano por el pelo, buscando las palabras—. No sé. Es una sensación. Como si estuviera cargando con algo que no quiere contarme todavía.

Carlos dejó de apilar sillas un momento y miró a su hermano con una atención poco habitual en él.

—¿Y si es así? —preguntó—. ¿Qué harías?

—No lo sé —admitió Diego—. Esperar, supongo. Y confiar en que, cuando esté lista, me lo cuente.

—Mira tú, qué maduro te has vuelto de repente —dijo Carlos, aunque sin la burla habitual en la voz—. Antes, con Elena, no esperabas nada. Preguntabas directamente, aunque no te gustara la respuesta.

Diego no respondió a eso enseiguida, dándole vueltas a la comparación con una incomodidad que prefería no examinar demasiado de cerca.

—Con Elena era distinto —dijo finalmente—. Con Meera... no sé cómo explicarlo. Con Meera tengo la sensación de que si empujo demasiado rápido, se cierra como una puerta. Prefiero esperar a que ella decida abrirla sola.

—Eso —dijo Carlos, volviendo a las sillas— suena sospechosamente a estar enamorado, hermano.

Diego no lo negó. Tampoco lo confirmó. Simplemente siguió cerrando la caja registradora, con una media sonrisa que Carlos decidió, sabiamente, no comentar en voz alta.

Fue Elena quien encontró el hilo del que tirar, aunque no por accidente exactamente, sino por la clase de casualidad que solo ocurre cuando alguien lleva semanas prestando más atención de la necesaria a los movimientos de sus vecinos.

Había ido al archivo parroquial esa misma semana, por un asunto administrativo relacionado con la licencia de su propio restaurante, y el padre Ignacio, que no tenía ninguna razón para sospechar que aquello pudiera ser información delicada, mencionó de pasada, mientras buscaba unos papeles, que la arquitecta de la casa Villalta y el joven Alvarez habían pasado varias tardes revisando registros antiguos de matrimonios.

—Qué cosa más curiosa, ¿no? —comentó el sacerdote, con la inocencia de quien no imagina el peso que sus palabras podrían llegar a tener—. Resulta que sus familias estuvieron emparentadas hace casi un siglo. Un matrimonio entre una Villalta y un Alvarez, en 1931. El bisabuelo del chico, nada menos.

Elena se quedó muy quieta, con la solicitud a medio firmar entre las manos.

—¿Un matrimonio? —repitió, con un tono cuidadosamente neutro—. Qué interesante. ¿Y qué pasó con esa rama de la familia? ¿Hay algún registro de qué ocurrió después?

—Ah, eso ya no lo sé —dijo el padre Ignacio, encogiéndose de hombros—. Ellos se llevaron una copia y siguieron investigando por su cuenta, con un mapa antiguo de la parroquia. Cosas de historiadores aficionados, supongo.

Elena firmó el resto de la solicitud con una calma que no reflejaba en absoluto lo que ocurría dentro de su cabeza, donde una idea empezaba a tomar forma con la rapidez de quien ha esperado, sin saberlo del todo, exactamente una oportunidad como aquella.

Un matrimonio entre las dos familias. Una casa que iba a salir al mercado en pocos meses. Y un socio, el suyo, que llevaba semanas insistiendo en que el patio de El Rincón de Lucía —el mismo patio compartido con la casa Villalta— valía mucho más de lo que Diego parecía dispuesto a admitir.

Si existía algún vínculo legal real entre ambas propiedades, algo que ni siquiera Diego supiera todavía con certeza, aquello podía cambiarlo todo.

Y Elena, que llevaba dos años viendo cómo El Rincón de Lucía se hundía lentamente mientras su propio restaurante prosperaba a dos calles de distancia, no estaba dispuesta a dejar pasar la posibilidad de que aquel hilo, tirado en el momento adecuado, pudiera deshacer algo más que un simple malentendido de origen histórico.

Salió del archivo parroquial con la solicitud firmada bajo el brazo y una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que no tenía absolutamente nada que ver con el trámite que acababa de resolver.