Capítulo 6 — La Tablao
—N o puedes vivir en Sevilla un mes entero sin haber visto flamenco de verdad —anunció Lucía, apareciendo en la puerta de la casa Villalta una tarde con la autoridad de quien no está pidiendo permiso, sino informando de un hecho ya decidido—.
Y no me refiero a esos espectáculos para turistas con entrada de cuarenta euros y sangría aguada.
Me refiero al tablao de verdad, el de Encarna, donde va la gente del barrio.
—Abuela, Meera tiene trabajo —protestó Diego, que había llegado a media conversación cargando una caja de vino para el restaurante.
—Y tú tienes guitarra, y hace meses que no tocas allí. No me digas que también eso es por trabajo.
Diego no tuvo una respuesta rápida para eso, lo cual, Meera empezaba a notar, era la forma en que Lucía solía ganar todas sus discusiones: no con argumentos, sino con silencios que su nieto no sabía cómo llenar.
—¿Tocas la guitarra? —preguntó Meera, genuinamente sorprendida—. Nunca lo habías mencionado.
—No es gran cosa —dijo Diego, con una incomodidad que a Meera le pareció casi entrañable, considerando lo poco que solía costarle hablar de cualquier otra cosa—. Toco de vez en cuando, para los amigos de mi abuela. Nada serio.
—Nada serio, dice —repitió Lucía, poniendo los ojos en blanco—. El chico tocaba en el tablao dos noches por semana hasta que el restaurante empezó a quitarle todas las horas del día. Encarna todavía le guarda un sitio en el cartel, por si acaso.
—Abuela.
—Está decidido —cortó Lucía, con la satisfacción de quien considera zanjado un asunto—. Esta noche. Y tú vas a tocar, aunque solo sea una pieza, porque estoy cansada de decirle a la gente que mi nieto es guitarrista y que nadie lo haya visto en meses.
El tablao de Encarna resultó ser un local pequeño, casi escondido, al final de una calle tan estrecha que Meera dudó, al principio, de que aquello pudiera ser la entrada correcta.
Dentro, apenas cabían treinta personas, sentadas en sillas de madera desgastadas alrededor de un escenario minúsculo, con las paredes cubiertas de fotografías antiguas de bailaoras y guitarristas que llevaban décadas actuando en aquel mismo rincón.
No había focos de colores ni humo artificial, solo una luz cálida y algo desigual que dejaba las esquinas del local en penumbra, y un silencio expectante que se rompió en cuanto una mujer mayor, vestida de negro, se sentó en una silla junto al escenario con un cante que parecía nacerle de algún lugar más profundo que la garganta.
Meera, que no sabía muy bien qué esperar, sintió que el sonido le atravesaba el pecho de una manera que ninguna descripción previa la había preparado para sentir.
No era el espectáculo colorido y turístico que había imaginado; era algo más crudo, más doloroso, casi incómodo de presenciar por lo desnudo de la emoción.
—¿Estás bien? —susurró Diego, notando su expresión.
—No sé qué estoy sintiendo —admitió ella, sin apartar la vista del escenario—. Es como si estuviera escuchando algo que no debería estar viendo.
—Eso es exactamente lo que es el cante jondo —dijo Diego, con una seriedad que Meera no le había visto antes—. No está pensado para ser bonito. Está pensado para ser verdad.
Cuando el guitarrista de esa noche —un hombre mayor, amigo de Lucía desde hacía décadas— terminó su primera serie de piezas, se levantó del taburete y buscó con la mirada entre el público hasta encontrar a Diego.
—Vaya, vaya —dijo el hombre, con una sonrisa amplia—. Miren quién ha decidido honrarnos con su presencia después de tanto tiempo. Encarna, tráele la guitarra buena antes de que se arrepienta.
Diego intentó protestar, pero entre Lucía, que ya lo empujaba suavemente hacia el escenario, y el resto del público, que había empezado a aplaudir con la familiaridad de quien conocía bien aquella dinámica, no le quedó mucho margen para negarse.
—¿Siempre es así? —preguntó Meera, inclinándose hacia Lucía mientras Diego se dirigía hacia el escenario con una resignación que no parecía del todo genuina.
—Siempre —confirmó Lucía, con evidente satisfacción—. Se hace de rogar cada vez, y cada vez termina tocando de todos modos. Lo lleva en la sangre, aunque él prefiera fingir que no.
—¿Por qué dejó de venir tanto?
Lucía se quedó callada un momento, observando a su nieto ajustar la posición de la guitarra sobre el regazo.
—Porque cuando el restaurante empezó a ir mal, decidió que no tenía derecho a disfrutar de nada mientras hubiera facturas sin pagar —dijo finalmente, con una honestidad que sorprendió a Meera por su franqueza—.
Es un chico bueno, pero se castiga demasiado a sí mismo.
Siempre ha sido así, desde que era pequeño.
Meera lo vio sentarse en el taburete con la guitarra apoyada contra el cuerpo, con una postura distinta a la que le había visto en la cocina o discutiendo con Carlos: más quieta, más concentrada, como si algo en él se acomodara en su sitio exacto en cuanto tenía el instrumento entre las manos.
Tocó algo lento al principio, una serie de notas que se enredaban unas con otras sin prisa, y Meera, que no entendía de técnica ni de compases flamencos, entendió sin embargo que aquello no era la interpretación mecánica de alguien que toca por obligación familiar.
Había algo íntimo en la forma en que Diego cerraba los ojos en ciertos pasajes, en cómo su expresión cambiaba con cada variación de ritmo, como si estuviera contando algo que no podía —o no quería— decir con palabras.
Cuando terminó, el aplauso fue genuino, cálido, del tipo que solo se da entre gente que conoce a quien está en el escenario desde hace años.
Diego buscó a Meera entre el público casi de inmediato, y ella descubrió que no sabía cómo describir con palabras lo que acababa de presenciar, así que simplemente sonrió, con una intensidad que esperaba que él supiera interpretar correctamente.
—Ha sido... —empezó ella, cuando Diego volvió a sentarse a su lado.
—No hace falta que digas nada —dijo él, aunque el modo en que la miraba sugería que sí quería saber, y mucho, lo que ella había estado a punto de decir.
—Ha sido precioso, Diego. En serio.
Él no respondió inmediatamente, pero algo en su postura se relajó, como si aquella frase hubiera resuelto una duda que llevaba cargando desde antes de subir al escenario.
Salieron del tablao pasada la medianoche, caminando despacio por calles ya vacías, con el eco de la música todavía resonándoles en los oídos.
El aire nocturno se había enfriado lo suficiente para hacer agradable caminar, y ninguno de los dos parecía tener prisa por llegar a ningún sitio en concreto.
—Hacía meses que no tocaba así —dijo Diego, en algún punto del camino—. Con ganas, quiero decir. Últimamente cuando lo hacía era más por compromiso con mi abuela que por otra cosa.
—¿Y esta noche?
—Esta noche tenía a alguien nuevo escuchando —dijo él, y aunque el tono era ligero, había algo debajo de las palabras que ninguno de los dos se atrevió a nombrar directamente.
Se detuvieron frente a un cruce de calles, bajo la luz amarillenta de una farola antigua, y Meera se dio cuenta de que ambos habían dejado de caminar sin haberlo decidido conscientemente.
Diego la miraba con una atención que ella sintió en la piel de los brazos, en la respiración que se le volvió, de pronto, más consciente de sí misma.
—Meera —dijo él, con una voz más baja que la que había usado en toda la noche.
Ella no respondió, pero tampoco se movió, y por un segundo el espacio entre ambos pareció reducirse sin que ninguno de los dos diera un paso deliberado, como si la distancia se cerrara por su propia inercia.
Fue entonces cuando una voz, unos metros más allá, rompió el momento con la precisión incómoda de quien no sabe —o sabe perfectamente— que está interrumpiendo algo.
—¡Diego! Qué casualidad, ¿verdad?
Elena caminaba hacia ellos desde la dirección opuesta, con una amiga a su lado y una copa de vino todavía en la mano, evidentemente de vuelta de alguna cena en el barrio.
Se detuvo a poca distancia, con una sonrisa que no terminaba de alcanzarle los ojos, mirando alternativamente a Diego y a Meera con una atención que no se molestaba en disimular del todo.
—Elena —dijo Diego, dando un paso atrás casi imperceptible, aunque suficiente para que Meera notara el cambio en la distancia entre ambos—. No sabía que vivías por esta zona.
—No vivo, pero cené cerca. —Elena se cruzó de brazos, con la copa todavía en la mano—. ¿Venís del tablao de Encarna? Hacía siglos que no te veía tocar allí.
—Sí, bueno. Mi abuela insistió.
—Tu abuela siempre insiste en las cosas correctas —dijo Elena, con un tono que Meera no supo interpretar del todo, aunque le pareció, por la forma en que Diego se removió incómodo, que llevaba más peso del que las palabras por sí solas sugerían.
La conversación se estiró unos minutos más, cortés pero tensa.
Elena preguntó por el restaurante, por la reforma, por la abuela, con la clase de interés que parecía genuino y calculated a la vez, y en un momento, sin que viniera del todo a cuento, mencionó que su socio había vuelto a preguntar por "lo del patio", como si quisiera dejar constancia de que el tema seguía vivo incluso en mitad de un encuentro casual en la calle.
—Ya hablaremos de eso otro día —dijo Diego, con un tono que cerraba la conversación de forma bastante definitiva.
—Cuando quieras —respondió Elena, encogiéndose de hombros con una ligereza que no engañó a nadie—. No hay prisa. Bueno, la hay, pero no hoy.
Se despidió con un gesto hacia Meera que fue cortés sin llegar a ser cálido, y continuó calle abajo con su amiga, dejando tras de sí un silencio que a Diego y Meera les costó un buen rato romper.
Diego y Meera se quedaron de pie en el mismo cruce donde habían estado un momento antes, pero algo en el aire entre ellos había cambiado, como si la interrupción hubiera devuelto a ambos, de golpe, a una versión más cautelosa de sí mismos.
—Perdona eso —dijo Diego, reanudando la caminata—. Esta calle es demasiado pequeña a veces.
—No pasa nada —dijo Meera, aunque no del todo convencida de sus propias palabras.
Caminaron el resto del trayecto en un silencio distinto al de antes: no incómodo exactamente, pero sí más consciente, como si ambos hubieran retrocedido un paso desde el borde de algo que ninguno de los dos había terminado de nombrar.
Ya en la casa Villalta, sola, Meera se sentó en el único sillón utilizable del salón principal y se quedó mirando el techo agrietado durante un buen rato, sin poder concentrarse en nada más que en la sensación todavía instalada en el pecho: el peso de la música, la cercanía de Diego bajo la farola, la certeza incómoda de que algo en ella había empezado a desear cosas que no había planeado desear cuando aceptó aquel encargo.
No era prudente, se dijo. Había llegado a Sevilla huyendo precisamente de este tipo de vulnerabilidad, del tipo de confianza que se entrega a alguien y que después puede convertirse en la peor clase de herida.
Y sin embargo, ahí estaba, revivendo cada segundo de aquella noche con una atención que no lograba controlar por mucho que se lo propusiera.
Sacó el teléfono, con la idea vaga de escribirle algo a Priya, pero se detuvo antes de teclear la primera palabra, sin saber todavía cómo explicar, ni siquiera a sí misma, lo que estaba empezando a sentir.
Dejó el teléfono sobre la mesa, sin escribir nada, y se quedó un rato más sentada en la oscuridad, escuchando los sonidos de la casa vieja asentarse a su alrededor, preguntándose cuánto tiempo más podría seguir llamando a aquello "solo trabajo" antes de que la propia palabra empezara a sonarle falsa incluso dentro de su cabeza.