Corazón en Sevilla Capítulo 5 — Lecciones de Español
31%

Capítulo 5 — Lecciones de Español

L a propuesta llegó de la manera menos romántica posible: en mitad de una discusión sobre presupuestos, con una calculadora entre ambos y una lista de contratistas que ninguno de los dos terminaba de entender del todo.

—Si de verdad quieres que el restaurante sobreviva a la reforma que tienes en la cabeza —le dijo Meera a Diego, señalando un boceto que había garabateado en un cuaderno mientras esperaban que hirviera el café en la trastienda—, vas a necesitar a alguien que sepa de distribución de espacios.

Esa pared que quieres tirar es de carga.

No puedes quitarla sin meter una viga antes.

—¿Y tú sabes de eso?

—Es literalmente mi trabajo, Diego.

Él se quedó mirando el boceto un momento más, y luego, con la misma facilidad con la que unos días antes había ofrecido su ayuda en el archivo parroquial, dijo:

—Trato. Tú me ayudas con esto, y yo te enseño español de verdad. No la aplicación del móvil, que por lo que he visto te ha enseñado a pedir "una persona" en lugar de una mesa, sino español de calle, del que realmente vas a necesitar si piensas quedarte más de estas dieciocho semanas.

—¿Lecciones de español a cambio de arquitectura gratis? Me parece un trato bastante desigual a tu favor.

—Considéralo un descuento por vecindad —dijo Diego, ya sirviendo el café—. Además, mi abuela estará encantada. Lleva días diciendo que necesitas practicar más y quejarte menos de tus errores.

Empezaron esa misma tarde, sentados en una de las mesas vacías del restaurante después del cierre, con un cuaderno entre los dos y un vaso de vino tinto que Diego insistió en servir "para que el cerebro se relaje, que así se aprende mejor, es ciencia".

—Vale —dijo él, escribiendo una lista de palabras—. Empecemos por las que más problemas te dan. "Embarazada" no significa "avergonzada". Significa "embarazada", como de bebé.

—Eso ya lo sé —protestó Meera, aunque el rubor que le subió a las mejillas sugería que quizás no lo había sabido hasta ese preciso momento del pasado, en una conversación con Ortega que prefería no recordar en detalle.

—¿Lo dijiste alguna vez?

—No hablemos de eso.

Diego se rió, apuntando algo más en el cuaderno.

—Anotado. "Embarazada" va en la lista de palabras prohibidas hasta nuevo aviso. Siguiente: "Constipado".

—Eso es fácil. Significa resfriado, no estreñido.

—Vaya, sí que has hecho los deberes.

—Aprendo de mis errores —dijo Meera—. Normally después de cometerlos delante de alguien.

Siguieron así durante casi una hora, alternando palabras engañosas con expresiones coloquiales que ninguna aplicación de móvil enseñaba jamás.

—"Vale" —dijo Diego en un momento, escribiéndolo en el cuaderno con letras grandes—. Esta la vas a usar más que cualquier otra palabra del idioma. Sirve para todo. Para decir que sí, para decir que entiendes, para rellenar un silencio incómodo.

—¿Y "venga"?

—Lo mismo, pero con más energía. "Venga" es como decir "vamos" pero también "de acuerdo" y también, dependiendo del tono, "no me lo puedo creer".

—Eso no es un idioma, eso es un truco de magia.

—Bienvenida a España —dijo Diego, sirviéndose un poco más de vino—. Aquí una sola palabra puede significar cinco cosas distintas, y se supone que tienes que adivinar cuál por el contexto y el tono de voz.

—¿Y cómo se supone que yo, que llevo dos meses aprendiendo con una aplicación, voy a distinguir eso?

—Con tiempo. Y con paciencia. Y, sobre todo, sin miedo a equivocarte delante de la gente.

Ese es tu problema, ¿sabes? No es que tu español sea malo.

Es que te congelas en cuanto crees que has dicho algo mal, y entonces sí que suena raro, porque te quedas a mitad de frase con cara de estar reviviendo un trauma.

Meera abrió la boca para protestar, pero se dio cuenta, con cierta incomodidad, de que probablemente tenía razón.

—Vale —dijo, usando la palabra recién aprendida a propósito—. Lo intentaré. Menos pánico, más vergüenza controlada.

—Esa es la actitud —dijo Diego, chocando su vaso contra el de ella en un brindis improvisado.

Fue en algún punto de la conversación, entre risas y correcciones, cuando Diego preguntó, con un tono más suave que el que había usado hasta entonces:

—¿Puedo preguntarte algo que no tiene nada que ver con el español?

—Depende de la pregunta.

—¿Por qué Sevilla? De entre todos los sitios del mundo donde una arquitecta podría aceptar un encargo de restauración, ¿por qué aquí, tan lejos de todo lo que conoces?

Meera giró el vaso de vino entre los dedos un momento, decidiendo cuánto quería contar.

—Porque necesitaba estar en un sitio donde nadie supiera nada de mí —dijo finalmente—.

Estuve prometida. Hasta hace tres meses, para ser exactos.

Arjun y yo llevábamos juntos desde la universidad, todo el mundo en Bombay esperaba la boda desde hacía años, y entonces, un mes antes de la fecha, descubrí que llevaba meses viéndose con otra persona.

No de forma discreta, además. Medio círculo de amigos lo sabía antes que yo.

—Lo siento —dijo Diego, y no sonó a frase hecha.

—La parte más humillante no fue perderlo a él —continuó Meera, sorprendida de lo fácil que le resultaba, de repente, decir aquello en voz alta—.

Fue darme cuenta de que todos a mi alrededor sabían la verdad y decidieron que no era asunto suyo decírmelo.

Así que cuando llegó esta oferta de trabajo, la acepté antes de pensarlo dos veces.

Necesitaba un sitio donde mi historia no me precediera a cada esquina.

—¿Y lo has conseguido?

—Un poco —dijo ella, con media sonrisa—. Aunque ahora tu abuela sabe más de mi vida que la mayoría de mis amigos de Bombay, así que no sé si el plan está funcionando del todo bien.

Diego se rió, pero enseguida su expresión se volvió más seria, más medida, como si estuviera decidiendo si compartir algo a cambio.

—Yo perdí a mis padres cuando tenía nueve años —dijo, sin preámbulo, mirando el vaso de vino en lugar de a ella—. Accidente de coche, en la carretera de Huelva. Mi abuela nos crió a Carlos y a mí desde entonces, prácticamente sola, con este restaurante como único ingreso.

—Diego...

—No te lo cuento para que me tengas lástima —se apresuró a aclarar—. Te lo cuento porque... no sé. Porque tú me has contado lo tuyo, y me pareció raro guardarme lo mío como si fuera un secreto de estado.

Se quedó callado un momento, girando el vaso entre los dedos con la misma vacilación con la que Meera había girado el suyo minutos antes.

—Durante mucho tiempo no hablé de esto con casi nadie —continuó—.

Ni siquiera con Elena, cuando estábamos juntos, más allá de lo básico.

Es raro, ¿sabes? Llevo media vida sirviendo mesas a gente que conoce toda mi historia sin que yo se la haya contado nunca directamente, porque en un barrio como este las historias circulan solas.

Así que a veces no sé ni cómo se cuenta esto en voz alta, porque nunca he tenido que hacerlo desde el principio.

—Pues lo estás haciendo bien —dijo Meera, con suavidad.

—Gracias. —Diego esbozó una sonrisa breve—.

Además, así entiendes por qué me pongo tan nervioso con los números del restaurante.

No es solo un negocio. Es literalmente lo único que mi abuela consiguió sacar adelante después de perderlo casi todo, y si lo pierdo yo ahora, será como perderla a ella otra vez, en cierto modo.

Meera no dijo nada durante un momento, dejando que el peso de la confesión se asentara entre ambos sin intentar llenarlo con palabras vacías.

—Por eso no quieres vender el patio —dijo finalmente, entendiendo de golpe una pieza que llevaba días sin encajar del todo.

—Por eso no quiero vender nada de esta casa —confirmó Diego—. Aunque a veces no sé si es sensatez o solo terquedad disfrazada de sentimentalismo.

—Puede ser las dos cosas a la vez —dijo Meera—. No son excluyentes.

Diego sonrió, un gesto cansado pero genuino.

—Eso es lo más sevillano que has dicho desde que llegaste.

—¿Por decir que dos cosas contradictorias pueden ser verdad al mismo tiempo?

—Por aceptar la contradicción sin intentar resolverla enseida. Aquí vivimos así todo el tiempo. Mi abuela dice que Sevilla entera funciona a base de cosas que no deberían tener sentido y aun así lo tienen.

—Entonces encajo mejor de lo que pensaba.

—Puede ser —dijo Diego, y por un momento ninguno de los dos añadió nada más, dejando que el silencio se instalara con la misma comodidad que ya empezaba a ser habitual entre ellos cuando no tenían nada urgente que decirse.

Las lecciones continuaron durante los días siguientes, casi siempre después del cierre del restaurante, con el cuaderno de vocabulario creciendo entre anotaciones serias y bromas privadas que solo ellos dos entendían.

Diego resultó ser, para sorpresa de Meera, un profesor bastante peor de lo que había anticipado en materias que no fueran puramente prácticas: cuando ella le pedía que le explicara alguna regla gramatical con más detalle, él solía encogerse de hombros y decir "no sé por qué es así, simplemente es así", una respuesta que a Meera, acostumbrada a entender los sistemas antes de aplicarlos, le resultaba profundamente frustrante.

—Eso no me sirve —protestó una tarde, cuando Diego fue incapaz de explicarle por qué el subjuntivo aparecía en una frase y no en otra prácticamente idéntica—. Necesito una regla, Diego, no un encogimiento de hombros.

—No hay regla. O si la hay, no la sé. Yo hablo así porque suena bien, no porque haya estudiado por qué suena bien.

—Eres un desastre como profesor.

—Nunca dije que fuera profesor. Dije que te enseñaría español de calle, y el español de calle no viene con manual de instrucciones.

Meera se rió, más divertida que frustrada, y anotó la frase problemática en su cuaderno con un signo de interrogación al lado, decidida a preguntárselo más tarde al padre Ignacio, que al menos parecía tener paciencia para las reglas que Diego ignoraba sin remordimiento alguno.

Meera, a cambio, empezó a dedicar las tardes libres a revisar los planos del restaurante, señalando qué muros podían moverse y cuáles debían quedarse exactamente donde estaban, hasta que Diego bromeó con que estaba "pagando las clases de español con intereses altísimos".

Fue Carlos quien, una noche, entró en la cocina y encontró a su hermano practicando en voz baja una frase que Meera le había enseñado esa misma tarde, repitiéndola con la concentración de quien intenta grabarse algo en la memoria antes de que se le escape.

—¿Qué haces? —preguntó Carlos, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa que anunciaba problemas.

—Nada —dijo Diego, demasiado rápido.

—¿Practicando inglés para la vecina?

—Son lecciones de español para ella, no de inglés para mí.

—Ya, claro —dijo Carlos, sin ocultar en absoluto lo poco que le creía—.

Llevas toda la semana quedándote después del cierre "para las lecciones", y hoy te he pillado murmurando solo en la cocina como un adolescente antes de un examen.

Dime la verdad, hermano: ¿estás practicando español, o estás practicando otra cosa?

—Cállate y ve a cerrar la caja.

—Eso no es un "no" —canturreó Carlos, apoyándose contra la encimera con los brazos cruzados, disfrutando visiblemente del momento—.

Mira, no me malinterpretes, me alegro. Llevas dos años sin mirar a nadie que no sea una factura o un proveedor.

Es agradable verte de buen humor por una vez, aunque sea a costa de que te dé vergüenza admitirlo.

—No me da vergüenza nada. Solo le estoy enseñando español porque ella me está ayudando con la reforma. Es un intercambio.

—Un intercambio muy largo, para ser solo gramática.

—Carlos.

—Vale, vale —dijo su hermano, levantando las manos en señal de rendición, aunque la sonrisa no le desapareció del rostro—.

Solo digo que espero que la reforma de este sitio salga tan bien como parece que te está yendo con las clases particulares.

Y que si algún día decides admitir en voz alta lo que ya es bastante obvio para el resto de la familia, la abuela probablemente se ponga a llorar de la emoción.

—Buenas noches, Carlos.

—Buenas noches, profesor de español.

Carlos se marchó, todavía riendo por lo bajo, y Diego se quedó solo en la cocina, revisando por tercera vez el cuaderno de vocabulario y deteniéndose más tiempo del necesario en la última página, donde Meera había escrito, junto a una lista de verbos irregulares, una nota al margen que decía simplemente: "Gracias por esto. En serio."

No supo, mientras cerraba el cuaderno y apagaba las luces de la cocina, si aquella frase se refería solo a las lecciones de español, o a algo un poco más grande que ninguno de los dos había nombrado todavía en voz alta.