Corazón en Sevilla Capítulo 4 — Proximidad Forzada
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Capítulo 4 — Proximidad Forzada

O rtega tardó dos días en poder recibirla, y cuando finalmente Meera consiguió sentarse frente a él en su despacho, con la fotografía protegida entre dos hojas de papel de calco, notó que el hombre tardaba más de lo habitual en reaccionar.

—Villalta y Alvarez —leyó él en voz alta, dándole la vuelta a la fotografía con cuidado—. Interesante.

—¿Sabía algo de esto? —preguntó Meera, sin poder disimular del todo la impaciencia.

—No, en absoluto. El expediente de la propiedad no menciona ningún vínculo con otra familia.

—Ortega se recostó en su silla, pensativo—.

Pero no me sorprende del todo. Esta ciudad tiene esa costumbre: los documentos oficiales cuentan una versión de la historia, y las paredes, cuando se abren, cuentan otra completamente distinta.

—¿Qué hago con esto?

—Lo que yo haría —dijo Ortega, devolviéndole la fotografía— es preguntarle directamente a quien lleva el apellido Alvarez en esta calle.

Su vecino conoce la historia oral de este barrio mejor que cualquier archivo que yo pueda conseguirle, y si hay algún vínculo legítimo entre ambas familias, más vale que lo sepamos antes de continuar con la restauración, no después.

No quiero sorpresas con los herederos a mitad de obra.

Meera se quedó mirando la fotografía un momento, sopesando la idea de tener que sentarse con Diego, con quien apenas había cruzado palabra en días, y pedirle ayuda con algo tan personal como la historia de su propia familia.

—¿No hay otra alternativa? ¿Algún historiador local, algún archivo diocesano?

—Los hay —concedió Ortega—, y tardarán semanas en responderle, si es que responden. Usted tiene dieciocho semanas, señorita Kapoor, y ya ha empezado a gastarlas.

No era, entendió Meera, una sugerencia. Era, con la cortesía habitual de Ortega, una instrucción.

Salió del despacho con la fotografía guardada de nuevo entre sus hojas de papel de calco, sopesando cómo plantear la conversación sin que sonara ni demasiado formal ni demasiado personal.

Llevaba días evitando cualquier contacto directo con Diego más allá de un saludo breve al cruzarse por la plaza, y ahora se veía obligada a presentarse en su restaurante pidiéndole, prácticamente, que la ayudara a hurgar en la historia de su propia familia.

No era la situación que habría elegido, pero tampoco tenía muchas alternativas si quería mantener el proyecto dentro del plazo que Ortega le había recordado con tanta precisión.

Diego escuchó la propuesta de pie en la puerta de su restaurante, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la reticencia, mientras Meera le explicaba, con más formalidad de la que hubiera usado con cualquier otra persona, el hallazgo de la fotografía y la sugerencia de Ortega.

—¿Y quiere que yo le ayude a investigar esto? —preguntó él, cuando ella terminó—. ¿Después de que la última vez que hablamos me cerrara la puerta en la cara, prácticamente?

—No te cerré la puerta en la cara —dijo Meera, aunque el rubor que le subió al cuello desmentía un poco la firmeza de la frase—. Y esto no es algo personal. Es profesional. Necesito saber si mi restauración tiene alguna implicación legal con tu familia.

Diego la observó un momento, con esa mirada evaluadora que Meera empezaba a reconocer también en él, no solo en su abuela.

—¿Puedo verla? —preguntó finalmente.

Meera le entregó la fotografía. Diego la sostuvo con un cuidado que contradecía la brusquedad de su tono anterior, estudiando los rostros con una concentración que fue borrando, poco a poco, la reticencia de su expresión.

—Este de aquí —dijo, señalar a un hombre mayor en el centro de la imagen— podría ser mi bisabuelo. Tenía esa misma forma de fruncir el ceño en todas las fotos que quedan de él, según mi abuela.

—¿Tu abuela sabrá algo más?

—Si lo sabe, no me lo ha contado nunca. —Diego le devolvió la fotografía, aunque su tono, ahora, era menos cortante—.

Pero puedo preguntarle. Y si de verdad quieres investigar esto en serio, hay un archivo parroquial a quince minutos de aquí que probablemente tenga registros de bautizos y bodas de esa época.

Yo he estado allí antes, para un trabajo de la universidad, hace años.

—¿Me ayudarías? —preguntó Meera, sorprendida de que la conversación hubiera girado hacia la colaboración con tanta rapidez.

Diego se quedó callado un segundo, y Meera pudo ver, casi físicamente, cómo sopesaba la decisión.

—Con una condición —dijo finalmente.

—¿Cuál?

—Que la próxima vez que diga algo mal en español, me lo digas directamente en lugar de convertirlo en un funeral de tres días.

Meera sintió que se le escapaba una risa breve, casi contra su voluntad.

—Trato hecho —dijo—. Con una condición mía también.

—¿Cuál?

—Que si vuelves a hacer un chiste sobre mi español, te asegures de que yo entienda que es un chiste.

Diego asintió, con algo parecido a un alivio genuino cruzándole el rostro.

—Trato hecho.

El archivo parroquial resultó ser una habitación pequeña detrás de una iglesia de piedra ennegreció por siglos de humo de velas, gestionada por un sacerdote mayor que pareció encantado de tener visitantes interesados en algo que no fuera turismo religioso.

Los libros de registro, encuadernados en cuero agrietado, ocupaban estanterías que llegaban hasta el techo, organizados por décadas con una lógica que solo el propio sacerdote parecía comprender del todo.

—Décadas de 1950 —anunció Diego, sacando un volumen pesado de la estantería más alta con la familiaridad de quien ya había hecho aquel gesto antes—. Si hay un registro de boda entre un Villalta y un Alvarez, estará aquí.

Pasaron la tarde inclinados sobre las páginas amarillentas, descifrando una caligrafía antigua que combinaba abreviaturas eclesiásticas con un latín que ni siquiera Diego dominaba del todo.

El padre Ignacio, el sacerdote a cargo del archivo, se acercaba cada cierto tiempo a comentar algún detalle sobre las familias que aparecían en los registros, con la memoria selectiva de quien lleva cuarenta años oyendo confesiones y sabe exactamente qué historias puede contar y cuáles debe guardarse.

—Los Villalta tenían tierras hacia el sur, si mal no recuerdo —comentó el sacerdote en un momento, asomándose por encima del hombro de Meera—. Y los Alvarez, si la memoria no me falla, eran gente de oficio. Panaderos, o quizá herreros. No family de tierras, en cualquier caso.

—¿Eso importaría para un matrimonio en esa época? —preguntó Meera.

—Importaba para todo en esa época —respondió el padre Ignacio, con una media sonrisa que sugería que había visto suficientes registros como para intuir los dramas familiares detrás de cada tinta desvaída—.

Un matrimonio entre una familia de tierras y una de oficio no siempre se celebraba con la bendición de todos los parientes.

Diego y Meera intercambiaron una mirada breve, la misma pregunta formándose en ambos sin necesidad de decirla en voz alta: si aquel matrimonio de 1931 había sido, de algún modo, un problema para alguna de las dos familias, ¿qué relación guardaba eso con la casa que Meera había heredado?

—Esto dice... —Meera entrecerró los ojos sobre una entrada concreta— "Matrimonium inter..." algo, y luego dos apellidos que no consigo leer.

Diego se inclinó sobre el libro, tan cerca que Meera pudo notar el olor a especias de cocina que parecía haberse instalado permanentemente en su ropa.

—"Matrimonium inter Isabel Villalta et Rafael Alvarez" —leyó él, tras un momento—. Mil novecientos treinta y uno.

Meera se quedó mirando la entrada, sintiendo el peso extraño de la coincidencia —o no coincidencia— asentarse sobre ella.

—Entonces sí hay un vínculo real.

—Eso parece. —Diego se recostó en la silla, pasándose una mano por el pelo—. Isabel Villalta. Podría ser la hermana de quien le dejó la casa a tu tía abuela, o su tía, o... no sé, habría que seguir el árbol genealógico completo para saberlo con certeza.

—¿Y Rafael Alvarez?

—Ese nombre lo he oído antes —dijo Diego, despacio, como si estuviera desenterrando un recuerdo de una conversación de hace años—.

Mi abuela lo mencionó una vez. Creo que era el hermano de mi bisabuelo.

Pero hasta ahora nunca había pensado en él como algo más que un nombre suelto en una conversación familiar, de esas que se dicen una vez en una comida y luego se olvidan.

Meera anotó los datos en su cuaderno, consciente de que Diego seguía mirando la entrada del registro con una expresión pensativa que no había tenido antes de entrar en aquel archivo.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Sí. Es solo raro —dijo él—. Llevo toda la vida oyendo hablar de esta calle como si la conociera de memoria, y resulta que hay un capítulo entero que nadie me contó.

—Bienvenido al club —dijo Meera, con una media sonrisa—. Yo llevo una semana entera sintiéndome así con cada pared de esa casa.

Antes de marcharse, Diego pidió al padre Ignacio una copia fotografiada de la entrada del registro, y el sacerdote, tras rebuscar en un cajón, les entregó también un pequeño mapa parroquial de la década de 1930, dibujado a mano, que mostraba la distribución de las principales familias del barrio en aquella época.

La casa Villalta aparecía marcada con una cruz pequeña, y a apenas dos calles, en la misma dirección donde hoy se levantaba el restaurante de Diego, otra cruz idéntica señalaba lo que el mapa identificaba, en una letra apretada, como "Panadería Alvarez".

—Dos calles —dijo Meera, siguiendo la distancia con el dedo—. Siempre han estado así de cerca, ¿no? Tu familia y la mía... quiero decir, la de la casa.

—Eso parece —respondió Diego, doblando el mapa con cuidado antes de guardarlo en su bolsillo—. Puede que esta calle lleve juntando a estas dos familias más tiempo del que ninguno de los dos imaginaba.

Volvieron caminando hacia la plaza cuando ya empezaba a caer la tarde, con las notas de Meera llenas de nombres, fechas y preguntas todavía sin responder.

Al pasar frente al restaurante de diseño escandinavo dos calles antes de llegar a El Rincón de Lucía, Elena salió a recoger unas sillas de la terraza y los vio pasar juntos, hablando con una familiaridad que, días atrás, no habría existido entre ellos.

—Vaya, qué bien acompañado vas últimamente —dijo Elena, con un tono ligero que no engañó a Diego ni por un segundo.

—Es un tema de trabajo —respondió él, sin detenerse del todo.

—Ya, claro. —Elena sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos—. Dale recuerdos a tu abuela. Y ten cuidado con eso del patio; no querrás que se complique más de lo necesario.

Diego no respondió, y siguió caminando junto a Meera con una tensión nueva en los hombros que ella notó, aunque no comentó nada al respecto.

—¿Todo bien? —preguntó Meera, unos metros más allá, cuando el silencio empezó a resultar más pesado que incómodo.

—Sí —dijo Diego, aunque el tono no terminaba de convencerla—. Elena y yo tenemos... una historia complicada. Fuimos pareja hace tiempo. Ahora somos vecinos de negocio, que es una forma más incómoda de decir lo mismo.

—No tienes que explicarme nada.

—Lo sé. Pero prefiero que lo oigas de mí antes que de alguien más en esta calle, porque te aseguro que alguien más te lo va a contar tarde o temprano. —Se encogió de hombros, con un gesto que buscaba restarle peso al asunto sin conseguirlo del todo—. Es agua pasada. Casi siempre.

Meera no supo qué responder a eso, así que no dijo nada, y ambos siguieron caminando el resto del trayecto en un silencio que, esta vez, no le pareció incómodo en absoluto.

Ya frente a la puerta de la casa Villalta, con la luz de la tarde tiñendo la plaza de un naranja polvoriento, Meera repasó sus notas una última vez antes de despedirse.

—Gracias por hoy —dijo—. En serio. No esperaba que fueras a tomártelo tan en serio.

—Soy sevillano —respondió Diego, con fingida solemnidad—. Nos tomamos la historia de nuestras calles más en serio que la declaración de la renta.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Como por qué tardaste diez minutos discutiendo con el cura sobre si esa mancha del libro era una "V" o una "B".

—¡Era claramente una "V"! —protestó Diego, aunque la risa ya se le escapaba—. El padre Ignacio necesita gafas nuevas.

—Dijiste "es obbio" en lugar de "obvio" —señaló Meera, incapaz de contener la risa—. Delante del cura. Dos veces.

Diego se quedó momentáneamente sin palabras, y luego soltó una carcajada genuina, la primera que Meera le había oído desde que se conocían.

—Vale, eso... —dijo, todavía riendo— eso sí que ha sido gracioso. Y esta vez sí que puedes reírte.

—Ya lo estoy haciendo —respondió Meera, y por primera vez en varios días, la risa entre ambos no dejó ningún silencio incómodo detrás, sino la sensación extrañamente cómoda de una tregua recién firmada.

—Entonces, ¿seguimos con esto? —preguntó Diego, cuando la risa se apagó lo suficiente para poder hablar con normalidad—. Lo del árbol genealógico, quiero decir. Todavía no sabemos qué relación tenía Isabel Villalta con tu tía abuela, ni por qué nadie en mi familia mencionó jamás ese apellido.

—Deberíamos —dijo Meera—. Aunque solo sea para que Ortega deje de recordarme cuántas semanas me quedan cada vez que hablamos.

—¿Cuántas te quedan?

—Menos de las que tenía la semana pasada, que es más o menos lo único que sé con certeza.

Diego sonrió, un gesto más tranquilo que los anteriores, sin la cautela que había mantenido en cada conversación desde el episodio de la cerradura rota.

—Mi abuela seguramente sabe más de lo que deja ver —dijo—. Le preguntaré esta noche, aunque te aviso que sacarle información quiere decir tomarse un café con ella durante al menos una hora, escuchando historias que no tienen nada que ver con lo que le has preguntado.

—Puedo con una hora de café —respondió Meera—. He sobrevivido a cosas peores esta semana.

—Eso —dijo Diego, ya dando media vuelta hacia el restaurante— habrá que verlo.