Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Cuarenta y dos
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Cuarenta y dos

Damián

He aplicado tus correcciones: he incluido a Desi como aliado clave junto a Henry para encontrar la pista tecnológica del GPS; he cambiado "los ojos" de Víctor por "inteligencia", ya que el niño tiene los ojos de los Blackwood; he arreglado el tema de la camisa blanca (de Damián); he unificado el apodo como " Queen " y he limpiado todas esas expresiones que sonaban mecánicas o en tercera persona.

​Aquí tienes el clímax final, desde los ojos de Damián. Prepara los pañuelos:

​Sentí que el tiempo se estiraba como una goma a punto de romperse.

Cada segundo que marcaba el reloj del despacho era una puñalada.

Llevábamos casi cuarenta y cinco minutos esperando; la adrenalina me quemaba las venas y sentía que las paredes de la mansión se me echaban encima.

Quería patear las putas calles de Madrid yo mismo, entrar en cada local, reventar cada puerta hasta que los nudillos me sangraran si eso significaba encontrarlos.

​África me ponía las manos en los hombros, intentando que me centrara, susurrándome palabras de calma que mi cerebro era incapaz de procesar. Para ella era una pesadilla; para mí, era el final absoluto de mi existencia si no llegaba a tiempo.

​Hasta que, por fin, Henry y Desi entraron en el vestíbulo. Desi traía un portátil abierto y sudaba a mares, pero en sus ojos brillaba la chispa del objetivo fijado.

—Tenemos la localización, señor —dijo Desi, tecleando rápido—. He cruzado el último pago de la tarjeta secundaria de Candela con el mapa de peajes que me ha pasado Henry. Está en una puta nave industrial abandonada en la A-4.

​Esa frase me supo a gloria. Fue como si de repente el oxígeno volviera a entrar en mis pulmones. Henry comenzó a dar órdenes por el pinganillo, mandando equipos de seguridad a distribuirse y coordinando el asalto. Pero yo no podía esperar.

Salí corriendo, bajando las escaleras de tres en tres, y me metí en mi coche. Henry se subió en el asiento del copiloto; era mi sombra fiel, el único que sabía que en mi estado era capaz de cometer cualquier atrocidad.

​Arranqué el motor, que rugió con la misma violencia que me destrozaba por dentro. Mientras salía quemando rueda por el camino de grava, apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

No pensaba en Apex, ni en los cincuenta millones, ni siquiera en Javier, que se había quedado desangrándose en el despacho. Solo rezaba. Yo, que nunca había creído en nada, rezaba a gritos en silencio para que me permitieran no llegar tarde a la única vida que me importaba.

​El aire dentro de la nave industrial era una mezcla rancia de aceite de motor y desesperación. Henry y yo intercambiamos una mirada rápida al cruzar el umbral con las armas desenfundadas. No necesitábamos hablar; nuestros años en Boston nos habían dado una sincronía letal.

—Divídete —le ordené, con la voz cargada de veneno puro—. Tú ve a por el niño. Yo voy a por ella.

​Henry asintió y desapareció por el ala norte de la nave con la agilidad de una sombra.

Avanzaba solo por un pasillo largo, flanqueado por puertas metálicas oxidadas, cuando un sonido desgarrador me congeló la sangre.

Un grito. El grito ahogado de Valeria.

​Seguí el sonido corriendo con la Beretta en alto, mandando a la mierda cualquier rastro de precaución táctica. Al final del pasillo, una puerta de acero estaba entreabierta, dejando escapar un resplandor azul. La reventé de una patada con toda la furia que llevaba acumulada en el pecho.

​Lo que vi me cortó la respiración.

Valeria estaba atada a una silla de madera en mitad de un sótano que parecía un quirófano macabro.

Tenía la cabeza caída, el pelo rubio empapado en sudor y la ropa rasgada.

Un hilo de sangre bajaba por su mejilla.

Las muñecas, sujetas por bridas de plástico, estaban en carne viva de tanto forcejear.

​—¡Valeria! —rugí.

Pero antes de dar un paso, el clic del seguro de un arma me detuvo en seco.

Candela emergió de las sombras detrás de la silla. Su vestido de lentejuelas doradas estaba sucio y sus ojos eran dos pozos de locura pura. Lloraba desconsoladamente, con el rímel negro resbalando por sus mejillas, mientras apoyaba el cañón de una pistola directamente en la cabeza de mi mujer.

​—¡Quieto! ¡No des ni un puto paso más! —chilló. La voz se le rompía por la histeria—. ¡Mírala bien! ¡Todo esto es por tu puta culpa, Damián! Si me hubieras mirado una sola vez como la miras a ella…

—Candela, baja el arma —pedí, bajando la mía muy despacio. Sentía un terror que nunca había experimentado en mi vida; no por mí, sino por la mujer que apenas respiraba frente a mí—. Esto no tiene por qué acabar así.

​—¡Te amo! —gritó, sacudida por un sollozo violento—. ¡Solo quería que me vieras! ¡He hecho todo esto por ti! He movido el puto mundo para que volvieras a mis brazos y siempre la eliges a ella.

Tuve que actuar. Mi cabeza de estratega tomó el control por encima del pánico. Guardé la pistola en la parte de atrás de mi pantalón y levanté las manos, dando un paso muy lento. Suavicé la mirada hasta que solo quedó esa devoción falsa que ella llevaba años suplicando ver.

​—Tienes razón, Candela —susurré, bajando el tono a esa frecuencia seductora que sabía que la desestabilizaba—. Siempre has estado ahí, cuidándome en la sombra. Perdóname por haber sido un ciego de mierda todos estos años.

Ella parpadeó, confundida. Bajó ligeramente el arma, mirándome con una esperanza patética y completamente enferma.

—¿Lo dices en serio? —preguntó, hipando como una niña pequeña.

—Lo digo en serio. Ven aquí.

​Me acerqué hasta quedar a un centímetro de su cuerpo. Ella soltó la pistola, que cayó al suelo con un golpe sordo, y se lanzó a mis brazos, sollozando contra mi pecho. La rodeé con un brazo, pegándola a mí mientras calculaba mi siguiente movimiento.

Pero Candela estaba desquiciada. Noté cómo su mano derecha se deslizaba hacia su espalda, buscando algo oculto en el vestido. Vi el destello del filo de un bisturí.

​No le di tiempo.

Saqué mi Beretta , me aparté con un giro brusco y le disparé directo al pecho antes de que pudiera alzar el brazo. El estallido fue seco y definitivo. Su cuerpo cayó a plomo contra el hormigón y las lentejuelas se tiñeron de rojo al instante. No llegó ni a gritar.

​Ignoré el cadáver. Me tiré de rodillas frente a Valeria, sacando mi navaja táctica para cortar las bridas de un tajo.

Su cuerpo, lánguido y roto, se desplomó hacia delante.

La atrapé en el aire, amortiguando la caída contra mi pecho, y nos dejé caer juntos al suelo con una delicadeza que contrastaba con toda la carnicería del sótano.

​—¡Señor! ¡Tengo a Víctor! —el grito de Henry resonó desde el umbral—. ¡Está a salvo! ¡Desi ya lo ha metido en el coche!

—¡Llama a una puta ambulancia! —rugí, sin apartar la vista del rostro pálido de Valeria—. ¡Rápido!

​Me quedé a solas con ella en mitad de aquel búnker asqueroso. Valeria intentaba coger aire, pero cada bocanada era un silbido agónico que me partía el alma en mil pedazos. Apreté mi camisa blanca de esmoquin contra una herida profunda que tenía en el costado, intentando frenar la sangre.

—Shhh, mi amor, no intentes hablar —le supliqué en un susurro—. Quédate conmigo. Mírame, Valeria. Por favor, abre los ojos y mírame.

​Le aparté un mechón de pelo ensangrentado de la frente con los dedos temblorosos. No podía dejar que cerrara los ojos. No ahora que el tablero por fin era nuestro.

—Escúchame bien, Queen —mi voz se quebró por completo, y mis lágrimas cayeron sobre sus mejillas sucias—.

Eres la mujer más valiente que he conocido en mi vida.

He pasado seis años en la puta nieve de Boston forjando un imperio de la nada solo para ser digno de volver a por ti.

He quemado mi alma solo por la esperanza de volver a ver cómo sonreías. Eres mi principio y mi final.

​Sus labios temblaron, intentando decir algo, pero solo escapó un quejido sordo. Le agarré la mano manchada de sangre y me la llevé a los labios, besándole los nudillos con desesperación.

—No te vas a ir. Te lo prohíbo —continué, llorando abiertamente contra su piel—.

Tenemos una vida entera que recuperar. Víctor nos está esperando fuera; tiene tu inteligencia y tu fuerza, y yo…

yo solo soy un hombre que no sabe cómo respirar si tú no estás para guiarme.

Eres mi libertad, joder. Aguanta un poco más…

quédate en mi luz. Te amo más de lo que esta familia de mierda podrá explicar jamás. Te amo por encima de todo.

​La apreté contra mí con todas mis fuerzas, intentando pasarle mi propio pulso, mi propia vida, a través del contacto. En mitad de esa nave industrial, rodeado de muerte y óxido, Valeria era lo único puro que me quedaba en el mundo.

Y mientras las sirenas de las ambulancias empezaban a aullar a lo lejos en la noche de Madrid, le juré al universo que, si ella salía de esta, este rey no volvería a soltar la mano de su reina jamás.