Cuarenta y uno
Damián
—Señor, deberíamos movernos —la voz de Henry sonó a mis espaldas, profesional y plana como de costumbre.
No le contesté. Me subí al coche de alquiler y arranqué sin rumbo fijo. Necesitaba quemar la adrenalina, o quizás necesitaba quemarme a mí mismo. Acabé aparcado en un mirador oscuro a las afueras de Madrid, con una botella de whisky abierta sobre el asiento del copiloto.
«Confía en el peón», le había dicho. Pero ahora mismo me sentía como un cobarde.
En la comisaría, cuando Valeria se acercó a mí buscando refugio tras conocer la verdad del puto callejón, mi primer instinto fue estrecharla contra mi pecho y no soltarla nunca.
Quería pedirle perdón por cada silencio, por cada desplante, por haber permitido que ese imbécil de mi hermano la tocara durante seis años mientras yo construía mi imperio.
Pero me alejé. Me alejé porque sabía que, si la abrazaba, si sentía el calor de su cuerpo contra el mío, me derrumbaría.
Y necesitaba ser de piedra para terminar de destruir a Javier.
—Te quiero, Valeria —susurré contra el cristal empañado del coche, con las palabras quemándome la garganta—. Te quiero y nunca te lo dije. Ni una sola puta vez.
Cerré los ojos y mi mente voló a Boston.
Recordé las noches de invierno en las que el frío me calaba los huesos hasta el alma.
Allí forjé mi imperio desde la nada absoluta.
Apex Biopharma no nació de la ambición empresarial; nació de la pura rabia.
Cada patente que compraba, cada acuerdo multimillonario que cerraba, era un paso más para poder volver a Madrid y rescatarla de la tumba que mi padre y mi hermano le habían cavado.
Nunca hubo nadie más. En esos seis largos años, ninguna mujer cruzó el umbral de mi cama ni rozó mi corazón.
¿Cómo iban a hacerlo, si mis ojos solo buscaban ese cabello rubio y esa mirada color miel en cada rostro desconocido?
Mi corazón le pertenecía a mi reina desde la noche del callejón, incluso cuando ella me odiaba.
El timbre estridente de mi teléfono rompió el silencio del coche. Era África.
—¿Qué pasa, prima? —dije, intentando que mi voz no sonara tan rota como me sentía por dentro.
—¡Damián! ¡Por favor! —el grito al otro lado era puro pánico, un chillido de terror absoluto que me erizó el vello de la nuca—. Algo va muy mal. Valeria no me coge el teléfono, no ha aparecido por el hotel que había reservado… así que he venido a la mansión y… ¡joder, es una carnicería!
Me puse recto en el asiento de golpe. Sentí cómo el vaso de whisky se derramaba sobre mis pantalones, pero no me importó.
—¡Habla, África! ¿Dónde está Valeria?
—¡No lo sé! He entrado y he encontrado a Javi tirado en el suelo de su despacho… le han dado una paliza de muerte, apenas respira. Pero Valeria no está. Y Víctor… Víctor tampoco. La casa está abierta, hay señales de lucha en la cocina, hay sangre… ¡Se los han llevado, Damián!
El mundo se volvió negro por un segundo. La botella de cristal cayó al suelo del coche, rompiéndose en mil pedazos. El aire se volvió fuego en mis pulmones.
—Quédate ahí. Llama a Henry ahora mismo y dile que envíe a todo el equipo de seguridad táctica —mi voz salió en esa frecuencia letal que solo usaba cuando estaba dispuesto a matar a alguien—. Voy para allá.
Colgué y pisé el acelerador a fondo, haciendo que el motor rugiera como una bestia rabiosa.
Iba a quemar Madrid bloque a bloque. Iba a demostrarle al mundo por qué los Blackwood éramos temidos, pero, sobre todo, iba a demostrarle a quien fuera que tuviera a mi familia que el rey no juega limpio cuando le quitan lo único que da sentido a su corona.
—Aguanta —rugí contra el volante, sorteando coches por la autopista a doscientos por hora—. Aguanta, mi vida. Porque si os tocan un solo pelo, el puto infierno les va a parecer un parque de juegos comparado con lo que les voy a hacer.
El rugido del motor se apagó de golpe al frenar frente a la escalinata de la mansión. El silencio que me recibió fue mil veces más violento. Crucé el umbral como un huracán, ignorando el aire viciado de una casa que olía a derrota y a sangre fresca.
—¡Damián! ¡Menos mal que has llegado! —África corrió hacia mí en el vestíbulo. Tenía el vestido manchado de sangre y las manos temblorosas. Estaba en shock absoluto, señalando hacia el despacho con los ojos desorbitados.
No perdí tiempo en palabras. Llevé la mano a la parte baja de mi espalda y saqué la Beretta 9mm que me había acompañado durante mis años más oscuros y solitarios en Estados Unidos.
El peso del metal frío era lo único que me mantenía anclado a la realidad.
En Boston aprendí a las malas que la diplomacia termina en el segundo en que tocan a tu sangre.
Ya no era un empresario; era un padre al que le acababan de quitar su sol.
Abrí la puerta del despacho de una patada.
Javier estaba hecho un puto guiñapo humano sobre la alfombra persa.
Alguien se había ensañado con él: tenía el pómulo reventado, un hilo de sangre espesa saliéndole de la boca y la mirada completamente perdida.
Al verme entrar, intentó incorporarse apoyándose en los codos, pero el cañón de mi pistola se incrustó en su frente antes de que pudiera articular palabra.
—Dime ahora mismo dónde está mi mujer —mi voz no sonaba humana; era una frecuencia baja y mortal—. Dime a quién se la has vendido o te juro por la memoria de nuestro padre que esta alfombra será lo último que veas.
Javier soltó un sollozo desgarrador. Fue un sonido patético que me revolvió las entrañas. Empezó a llorar como un niño, y las lágrimas se mezclaron con la sangre de su rostro.
—No lo sé… te lo juro por Dios… no lo sé —gimió, apretando los ojos—. ¡Yo no quería que le pasara nada! ¡A ella no!
—¡Me has tenido engañado seis años! —le grité, hundiendo más el cañón en su sien—. ¡Has usado a mi hijo como escudo para tapar tu cobardía! ¡Habla de una puta vez!
—¡La quiero! —bramó, derrumbándose por completo—.
No como pareja… no sé si alguna vez supe quererla bien…
pero le tengo cariño, Damián. Siento muchísimo lo que ocurrió aquel día en el callejón…
era un crío, un estúpido egoísta con miedo de que me quitara la herencia…
solo quería darle un susto, te juro que no sabía que esos tres animales le harían aquello… ¡Perdóname, por favor!
Le propiné un golpe seco con la culata del arma en la mandíbula, asqueado de sus lamentos cobardes.
—¡Me importa una mierda tu perdón! ¡Quiero a Valeria y quiero a Víctor! —lo agarré de la solapa ensangrentada, levantándolo del suelo a pulso—. ¿Quién ha entrado aquí? ¿Quién cojones se los ha llevado mientras tú estabas tirado llorando como un perro?
Parpadeó varias veces, intentando enfocarme a través de la hinchazón de sus ojos. El pánico a que le volara la cabeza pareció despejarle la mente por un milisegundo.
—Candela… —susurró, con un hilo de voz—. Estaba obsesionada contigo… me decía que tú nunca volverías a Estados Unidos, que Valeria sobraba en la ecuación… Ella conocía los códigos de seguridad de la casa. Siempre ha estado ahí, observándonos…
Sentí un escalofrío helado recorriéndome la columna. Candela. Nunca se había cansado de que la rechazara en el pasado. Y ahora la puta loca se había metido con lo único que yo quería en el mundo.
—Henry —dije por el pinganillo. Mi voz era puro hielo—.
Quiero cada puto paso que Candela ha dado en las últimas cuarenta y ocho horas.
Cuentas bancarias, llamadas, GPS del coche, propiedades a nombre de su padre que no figuren en el registro público.
Todo. Si ha comprado una botella de agua, quiero saber en qué gasolinera.
—Entendido, señor —Henry ya estaba tecleando en su dispositivo de encriptación al otro lado de la línea—. En diez minutos le mando el mapa de calor de sus dispositivos.
Miré a mi hermano una última vez. El asco que sentía iba mucho más allá del odio. Era lástima pura. Se iba a quedar pudriéndose solo en su imperio de cincuenta y un millones de euros de deuda, sangrando sobre una alfombra cara, sin mujer, sin hijo y sin honor.
—Si les pasa algo —le advertí en un susurro oscuro, antes de darle la espalda—, reza a Dios para que la policía te encuentre antes que yo.
Salí a la noche madrileña, sintiendo cómo la rabia ciega se convertía en una brújula de precisión absoluta. El papel del peón se había terminado. El rey estaba en las calles, y esta vez no iba a haber jaque.
Iba a haber una demolición total.