Cuarenta
El despertar no trajo alivio; fue una segunda colisión contra la pesadilla.
El dolor en la base del cráneo ya no era una explosión blanca, sino un latido rítmico y punzante que marcaba los segundos de mi consciencia recuperada.
Intenté llevarme la mano a la cabeza, pero un tirón brusco me cortó el movimiento.
Estaba atada. Sentí el plástico duro de unas bridas cortándome las muñecas detrás de la espalda.
Estaba sentada en una silla de madera. Intenté mover las piernas; los tobillos también estaban sujetos.
La mansión, la Guardia Civil, la confesión de Javier… todo se había desintegrado para dar paso a esta negrura absoluta.
No sabía dónde estaba. El aire era denso, viciado por el olor a humedad y a óxido viejo, un hedor metálico que me provocaba arcadas. La oscuridad era tan densa que parecía succionar el sonido de mi propia respiración.
De pronto, un viejo televisor de tubo parpadeó a unos metros. No mostraba imagen, solo una pantalla azul parpadeante, buscando una señal muerta. Pero esa poca luz fue suficiente para iluminar el infierno en el que estaba atrapada.
Era un sótano macabro: paredes de ladrillo descascarillado con pintadas asquerosas, ganchos colgados del techo y estructuras de hierro que parecían jaulas.
Lo que me bloqueó el pecho fue la mesa a mi derecha, iluminada por el televisor: alicates quirúrgicos, cuchillas oxidadas, cables y jeringuillas enormes.
No eran herramientas de trabajo. Eran instrumentos de tortura.
El pánico me paralizó por completo. Y no fue por mí ni por el dolor de cabeza.
¿Mi hijo? ¿Dónde estaba mi niño?
La ansiedad me oprimió la garganta. La oscuridad, la impotencia de estar inmovilizada, el frío del plástico cortándome la piel…
todo disparó el trauma. Mi cerebro me arrastró seis años atrás, a aquel callejón oscuro y asqueroso de Madrid.
El miedo atroz de aquella noche me devoró de nuevo.
En aquel momento Damián me salvó. Pero ahora, ¿quién iba a sacarme de allí?
El silencio sepulcral se rompió. No fue un grito. Fue un sonido rítmico, calculado y elegante.
Tac. Tac. Tac.
Tacones de aguja. El sonido rebotaba en el hormigón, acercándose con una tranquilidad depredadora.
Una puerta de chapa metálica se abrió al fondo, dejando pasar un rayo de luz amarilla que proyectó una sombra alargada en el suelo.
La silueta se recortó contra la claridad, mostrando un vestido que desentonaba por completo con el óxido del sótano.
Lentejuelas doradas.
Mojo Jojo había bajado a su laboratorio.
La luz de la pantalla iluminó su cara. Candela estaba de pie, con una sonrisa desquiciada de puro triunfo. Sus tacones resonaron mientras acortaba la distancia, saboreando mi terror a cada paso.
—Valeria, nena —dijo. Su voz aguda rebotó en las paredes—.
Me dijiste que a los villanos no se les teme; se les pisa.
Pero se te olvidó un pequeño detalle: para ganar la partida, tienes que asegurarte de que el villano no tiene el control absoluto del tablero.
Y yo, querida… yo soy la que tiene todas las putas piezas ahora mismo.
Me quedé mirándola, muda del shock.
Las bridas me cortaban la circulación, pero el dolor no era nada comparado con el nudo gélido de mi estómago.
Con la luz azulada del televisor, las lentejuelas de su vestido parecían las escamas de una víbora.
Ya no había rastro de la mujer superficial, tonta y chillona que se paseaba por las galas.
Ahora solo había una psicópata fría y calculadora.
—¿Qué estás haciendo? —logré escupir, con la garganta seca como lija—. ¡Dime por qué estoy aquí! ¿Dónde está mi hijo? ¡Sácame de esta maldita silla ahora mismo!
Candela soltó una carcajada limpia y cristalina. Se acercó contoneándose, deteniéndose a un milímetro de mí. Me obligó a levantar la barbilla con la punta de una uña afilada y roja. Sus ojos, que siempre me habían parecido vacíos, rebosaban una inteligencia perversa.
—Es normal que no entiendas nada. Es lo que tiene ser una cría ingenua —dijo, usando un tono de compasión falsa que me revolvió el estómago—.
Todos te miran y ven a la gran médica científica, a la mujer capaz de dirigir dos empresas.
Pero pareces lista y no eres más que una estúpida que se ha dejado engañar por todos los putos Blackwood durante seis años.
Se apartó unos pasos, abriendo los brazos como si estuviera dando un discurso en un teatro.
—En cambio, mírame a mí. Todos pensáis que soy la rubia tonta, el accesorio de leopardo de las fiestas. He dejado que lo penséis porque es comodísimo manipular a la gente cuando creen que no tienes más de dos neuronas. Yo parezco una niña tonta, nena, pero soy el puto cerebro de la operación.
—¡¿Dónde está mi hijo?! —grité, tirando de las bridas con desesperación, sintiendo cómo el plástico me cortaba la piel—. ¡Si le tocas un solo pelo te juro que te mato!
—¡Ay, por favor, relájate! —me interrumpió con un bufido—. Está estupendamente. Mejor de lo que ha estado nunca en esa puta mansión llena de engaños.
Sacó un mando a distancia de su bolso de lentejuelas. Con un clic, la pantalla azul cambió a una imagen nítida de cámara de seguridad.
Se me cortó la respiración.
Era una habitación infantil, con alfombras suaves y juguetes. Y allí estaba él. Mi pequeño. Sentado en el suelo, apilando piezas de madera, ajeno por completo al infierno en el que estaba su madre.
Pero lo que me arrancó un gemido de puro terror fue el hombre sentado frente a él. Estaba de espaldas, vestido con un traje gris, pasándole piezas de madera a Víctor con una paciencia letal. No le conocía de nada.
—¿Quién es ese? —susurré, ahogada en pánico—. ¿Qué le va a hacer?
Candela se inclinó sobre mí. Me llegó su aliento a menta y ginebra.
—Ese hombre va a cuidar muy bien de tu hijo —dijo, sonriendo—. Solo llamará a la policía cuando le avise, diciendo que ha encontrado a un niño asustado en un polígono abandonado… exactamente en la misma nave donde encontrarán el cadáver de su madre.
Sentí cada palabra como una paliza.
—Verás, Valeria… mi vida no ha sido de color de rosa. Sí, he tenido dinero, pero nunca tuve lo que importaba. Mi madre solo quería comprar bolsos en Serrano, y mi padre solo quería tirarse a cualquier amiga de mi madre.
Se cruzó de brazos, paseándose por el cuarto.
—De pequeña veraneaba con los Blackwood. Adela, la madre de Damián, era increíble. Cuidaba de Javier, de África y de mí como si fuéramos suyas. Su muerte nos destrozó a todos, pero nos unió más.
Su tono se elevó, cargado de un resentimiento antiguo.
—Cuando llegaron las hormonas, yo no podía mirar a otro lado.
Amaba a Damián más que a mi propia vida.
Nadie le conoce mejor que yo. Pero él no me hacía ni puto caso; solo le importaba el ajedrez y los libros.
En cambio, su idiota hermano mayor siempre iba detrás de mí lamiéndome las botas, así que lo usé. Javier era demasiado manipulable.
Se apoyó contra la mesa de herramientas, clavando sus ojos en mí.
—Sabíamos que tu madre tenía secretos con el viejo Alejandro.
Sabíamos que, si alguna vez le pasaba algo, te dejaría la dirección de un piso en Madrid que Alejandro pagaba a escondidas.
A esa misma casa fuiste a llamar tú cuando llegaste sola a la capital, y nadie te abrió.
¿Adivinas por qué? Yo me encargué de que el casero cambiara la cerradura.
La frialdad en su mirada me daba escalofríos.
—Mi padre siempre ha estado obsesionado con fusionar nuestra empresa con el imperio Blackwood. Si me casaba con uno de ellos, lo lográbamos. Y yo solo quería a Damián. Pero entonces Javier encontró tu foto. Descubrimos la casa, tu existencia, y supe que había que quitarte de en medio.
Se echó a reír con desprecio.
—El pobre Javier se pensaba que había contratado a unos amigos míos para darte un sustito. Qué ingenuo. Una persona con mi dinero tiene muchos contactos. Contraté a tres exconvictos. Les pagué mil putos euros a cada uno y les dije que te destrozaran en aquel callejón. Les di vía libre.
Respiró hondo, indignada por el recuerdo.
—Por otro lado, esa misma noche, Damián acababa de graduarse en bachillerato.
¿Qué mejor manera de amarrarle que quedándome embarazada?
Mi plan era distraer al inútil de Desi, echarle algo en la copa a Damián y metérmelo en mi cama.
Pero el viejo Alejandro lo descubrió y se llevó a Damián a rastras.
Su rostro se deformó por el asco y la envidia.
—Qué casualidad de mierda que acabara huyendo por la calle de tu puto callejón, que te salvara y que encima acabaseis follando. De esa noche salió tu hijo.
Hizo una pausa dramática, acercándose para escupirme la verdad a la cara.
—Ese niño tenía que haber sido mío.
El miedo me quemaba la sangre, pero mi cabeza de científica empezó a funcionar a toda máquina. Tenía que ganar tiempo. Hacer que siguiera largando mientras la brida de mi mano derecha cedía un poco.
—Bueno, pues todos tus superplanes fueron una basura —le solté, torciendo los labios ensangrentados en una sonrisa burlona y provocadora—. El niño es mío. Y Damián, también. Todo tu trabajo para acabar siendo la invitada de segunda.
El comentario le dio de lleno en el ego. Candela cruzó la cara con un bofetón que me hizo ver las estrellas. El sabor a sangre volvió a llenarme la boca, pero no bajé la vista.
—Puta estúpida… —gruñó, perdiendo los estribos—.
No estás en posición de reírte. Vas a desaparecer de la faz de la tierra.
Y yo seré la dulce amiga de la infancia que cuidará del niño huérfano y consolará al padre destrozado.
Damián y yo reconstruiremos la familia. Y, con el tiempo, todo el imperio será nuestro.
Me reí. No fue forzado. Fue una risa cruda, cargada de odio y desprecio absoluto.
—¿De verdad? ¿En serio te crees esa película? ¿Crees que un hombre que jamás te miró, te va a querer ahora? Te da asco y no va a dejar que te acerques ni a cien metros de nosotros.
La rabia le desfiguró la cara por completo. Ahora era una hiena lista para desgarrar.
—Lo hará —susurró, con un odio letal—. Pero la pena es que tú no vas a estar viva para verlo, reina.
Y entonces, con una tranquilidad que me heló el alma, se giró hacia la mesa de metal. Elegió unos alicates largos y afilados, y caminó despacio hacia mí, enseñando los dientes en una sonrisa macabra.