Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Treinta y nueve
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Treinta y nueve

El olor a ambientador de pino barato y a tapicería gastada del taxi era lo más real que había sentido en seis años.

Fuera de las ventanillas, el Madrid de siempre seguía su curso, ajeno a que mi universo se había convertido en un campo de escombros en menos de doce horas.

Víctor dormía profundamente apoyado en mi regazo, ignorando que el hombre al que llamaba papá era, en realidad, el arquitecto de nuestra desgracia.

Miré por el cristal, viendo difuminarse los edificios de la Castellana.

Javier me había mantenido en una jaula de oro, alimentándome a diario con la mentira de que le debía la vida.

«Me sentí culpable», había dicho. Como si la culpa fuera una moneda de cambio válida para comprar una esposa y un hijo de alquiler.

Me revolvía el estómago recordar cada beso, cada cena formal, cada «gracias» sincero que le había dedicado al miserable que había pagado para que me destrozaran en aquel callejón.

Y luego estaba Damián.

Damián, que me había empujado a decir la verdad ante el juez, negándome ese abrazo que tanto necesitaba para no romperme.

Ahora lo entendía todo: no me estaba rechazando a mí; estaba rechazando mi dependencia.

Quería que dejara de ser la pobre víctima de Javier para convertirme en la mujer que recordaba quién la había sacado de la oscuridad.

Con el traqueteo del taxi de fondo, los recuerdos por fin encajaban. El olor dulzón de su piel, la fuerza de unos brazos que no me sostenían por lástima, sino con urgencia desesperada. No fue Javier el que llegó primero a salvarme. Fue Damián.

—¿A dónde la llevo, señora? —preguntó el taxista, cruzando miradas por el retrovisor.

Dudé un segundo. La mansión estaba a mi nombre.

Lo más lógico era recoger nuestras cosas, hacer un par de maletas rápidas e irnos a un hotel neutral antes de que anocheciera.

Ya no sentía miedo. Ya estaba todo sobre la mesa.

Le di la dirección y dejé que el taxi nos plantara frente a las puertas de hierro de lo que había sido mi santuario y mi cárcel durante seis años.

Entramos en silencio. Llevé a Víctor directo a su cuarto para que siguiera durmiendo y saqué el teléfono.

Se acabó la Valeria asustada que vivía de favores. Yo era médica, científica; me había ganado mi puesto en la dirección. Era la dueña del cincuenta por ciento de BioVida y MoFarma, y era la madre de un niño que merecía una vida limpia de secretos.

Paso uno: blindaje letal. No iba a usar a los estirados abogados de los Blackwood. Llamé a Jasmine. Su familia amasó una fortuna con negocios que rozaban los grises legales, pero gracias a eso, conocían a los tiburones más despiadados de cada sector.

—Jasmine —dije en cuanto descolgó—. Necesito al penalista más agresivo y sin escrúpulos que tengas en tu agenda. Quiero los papeles del divorcio encima de mi mesa hoy mismo y una orden de alejamiento inmediata contra Javier.

Hubo un microsegundo de silencio al otro lado. No me pidió detalles, solo fue directa:

—Te mando el contacto ahora mismo. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado en el juzgado?

—Os lo contaré todo luego, chicas. Ha pasado algo muy fuerte. Ha confesado. Pero ahora necesito actuar rápido.

Fingí entereza. Se me daba bien.

Paso dos: el trono empresarial. BioVida y MoFarma no eran de Javier.

Eran mías y de Damián. Mañana a primera hora me sentaría en mi despacho y exigiría una auditoría interna de cada céntimo que mi todavía marido hubiera tocado.

Si intentaba usar liquidez de la empresa para tapar el agujero de los cincuenta y un millones de la subasta, me encargaría personalmente de que se hundiera en la miseria.

El silencio de la mansión se volvió pesado, casi asfixiante. Tras la tormenta en la clínica y la asquerosa confesión de Javier, las paredes que antes me cobijaban ahora parecían mirarme con hostilidad. Desi no estaba y la casa se sentía inmensa y hueca.

Tenía el móvil sobre la colcha de mi habitación, con la pantalla iluminada mostrando reservas de hoteles céntricos. Metía mi ropa a presión en una maleta de cabina, con las manos todavía temblando por la adrenalina. El plan era sacar a Víctor de su cuarto en diez minutos y desaparecer.

Estaba cerrando la cremallera de la bolsa cuando un golpe seco, metálico y contundente, retumbó desde la habitación de mi hijo.

Se me paró el corazón.

No era el sonido inofensivo de un juguete cayendo; era el impacto de algo pesado, muy pesado, chocando contra la madera. Me quedé congelada junto a la cama, con los pulmones ardiendo por la falta de aire.

—¿Víctor? —susurré en un hilo de voz—. ¿Cariño, estás bien?

Nadie contestó.

Salí al pasillo corriendo, sintiendo el pulso en la garganta. Empujé la puerta de su cuarto de golpe. La cama estaba revuelta y su peluche favorito yacía abandonado en la alfombra… pero él no estaba. El vacío de aquella estancia me golpeó con la fuerza de un misil.

—¡Víctor! ¡Víctor, por favor, contéstame!

Entonces la escuché.

Una risa tétrica, distorsionada, que parecía colarse por las rendijas del aire acondicionado. No era un sonido humano; era una burla macabra que me erizó el vello de la nuca y me encogió el estómago.

Avancé por el pasillo hacia el ala principal, guiada por puro instinto de supervivencia. La puerta del despacho de Javier estaba entreabierta. Una luz amarilla y parpadeante se filtraba hacia el pasillo. Entré con los puños cerrados, dispuesta a matar si alguien había tocado a mi hijo.

La imagen que encontré me dejó paralizada.

Javier estaba tirado en el suelo, junto a su escritorio de caoba.

No quedaba rastro del hombre que horas antes controlaba mi destino.

Tenía el rostro reventado a golpes, la camisa de marca hecha jirones y un charco de sangre espesa extendiéndose alrededor de su cabeza.

Sus ojos miraban al vacío, medio abiertos, y de sus labios solo escapaba un silbido agónico y ahogado.

El pánico real, ese que te avisa de que el tablero ha saltado por los aires y ya no controlas nada, me devoró por completo.

Me tiré de rodillas a su lado, manchándome las manos.

—¡¿Dónde está mi hijo?! —le grité, zarandeándolo por la solapa rota—. ¡Javier, mírame, joder! ¡¿A quién se lo han llevado?!

Solo emitió un quejido húmedo. Hizo un esfuerzo sobrehumano, levantó un dedo tembloroso y manchado de rojo, y señaló hacia las escaleras que bajaban al piso inferior. Su brazo cayó desplomado al instante.

No dudé ni un segundo.

Me puse en pie y bajé los peldaños de mármol de dos en dos, a punto de tropezar. Respiraba tan rápido que sentía agujas en el pecho. Mis ojos escaneaban cada maldito rincón: el salón gigante, el comedor a oscuras, la zona de paso.

—¡Víctor! ¡Víctor! —suplicaba a gritos, con las lágrimas emborronándome la vista.

Llegué a la cocina. La puerta corredera estaba abierta. El frío de las baldosas me subió por las pantorrillas mientras avanzaba despacio hacia la isla central. La puerta de la nevera industrial estaba abierta de par en par, proyectando un resplandor azulado y enfermizo sobre los muebles de acero.

Escuché un goteo.

Me asomé al borde de la encimera, buscando a la desesperada cualquier rastro de mi niño.

¡PLAM!

Un impacto salvaje estalló en la base de mi cráneo.

El mundo se fracturó en mil esquirlas de luz cegadora. Mis rodillas fallaron y el suelo de piedra me rompió el labio al caer a plomo. El sabor metálico de mi propia sangre inundó mi boca de golpe.

Luché por mantener los ojos abiertos. Antes de que la negrura total me arrastrara, distinguí una silueta alta recortada contra la luz azulada de la nevera.

No era Javier.

Tampoco era Damián.

Lo último que percibí antes de hundirme en el abismo fue el susurro de esa misma risa distorsionada, rozándome el oído con aliento frío:

—Jaque mate, pequeña Blackwood. La verdadera partida acaba de empezar.