Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

El despertar de la Reina

Voz: África

El olor a antiséptico y el pitido rítmico del monitor cardíaco se han convertido en la banda sonora de nuestras vidas durante los últimos cinco días.

Yo siempre he sido la de los vestidos llamativos, las risas altas y el drama por un tacón roto, pero entrar en la Unidad de Cuidados Intensivos me ha recordado que el verdadero drama no tiene ni una pizca de glamur.

Aquí estamos, las Supernenas al pie del cañón, aunque una de nosotras siga luchando por volver.

Jasmine y yo nos turnamos para que el pasillo nunca esté vacío.

Ella es la roca, la que organiza los turnos de comida y mantiene a los abogados a raya; yo soy la que se encarga de que el mundo de Víctor siga teniendo colores.

No ha sido fácil explicarle a un niño de cinco años por qué su madre duerme tanto, pero entre cuentos y dibujos hemos logrado que no pierda esa chispa que tanto se parece a la de Damián.

A través del cristal de la habitación, la imagen me encoge el corazón cada vez que la miro.

Valeria está pálida, casi translúcida, rodeada de cables que parecen querer succionar el poco aire que le queda.

Los médicos hablan con términos que suenan a sentencia de muerte, pero que hemos aprendido a repetir como un mantra: traumatismo craneoencefálico severo con hematoma epidural que requirió drenaje de urgencia, laceraciones profundas en las muñecas, contusiones múltiples y shock hipovolémico.

Como si su cuerpo hubiera decidido apagarse cuando el dolor fue demasiado.

Y luego está él. Damián.

Si alguien me hubiera dicho hace unas semanas que el hombre más estricto y controlado que conozco se pasaría cinco putos días sin cambiarse de ropa ni salir de un hospital, me habría reído en su cara.

Pero ahí está. No se ha movido de esa silla de plástico ni una sola hora.

No come si Jasmine o yo no le obligamos, y no duerme más que cabezadas de diez minutos apoyado en el borde de la cama, sujetándole la mano como si su propio pulso fuera lo único que mantiene a Valeria atada a este mundo.

—Deberías descansar, primo —le susurré ayer cuando entré a llevarle un café amargo—. Henry está fuera, nosotras estamos aquí. Vete a casa a ducharte un momento.

Levantó la vista y vi algo que me dio escalofríos: no era el hombre de negocios implacable ni el ejecutor que liquidó a Candela; era un hombre quebrado por el amor. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre, rodeados de ojeras moradas.

—No la voy a dejar sola otra vez —respondió. Su voz parecía lija raspando madera—. Ya perdí seis años. No voy a perder ni un segundo más del resto de mi vida.

Esta mañana, el ambiente en la habitación ha cambiado. Jasmine estaba fuera con Víctor, dándole el desayuno en la cafetería, y yo me había quedado arreglando unas flores frescas cuando el pitido del monitor empezó a acelerarse de golpe.

Me quedé de piedra. Damián se puso en pie de un salto, apretando la mano de Valeria con ambas manos.

—¿Valeria? ¿Queen? —le suplicó. Su voz temblaba de pura desesperación.

Primero fue un leve movimiento de los dedos.

Luego, un quejido ronco, casi imperceptible.

Y finalmente, bajo esos párpados que habían estado sellados por el coma, vi el destello miel.

Valeria abrió los ojos. Desorientada, asustada, recorriendo la habitación blanca hasta que su mirada aterrizó en la de Damián.

No hicieron falta palabras. Él se inclinó sobre ella, besándole la frente con una reverencia que me hizo un nudo en la garganta. Valeria intentó decir algo, pero él le puso un dedo en los labios, sonriendo por primera vez en una eternidad.

—Ya estás en casa —le susurró.

Las horas que siguieron al primer parpadeo fueron una coreografía lenta y milagrosa. El equipo médico entró en tromba, ajustando goteros y comprobando reflejos, pero para Damián el resto del hospital no existía. Seguía anclado a su mano como si soltarla significara dejarla caer de nuevo al abismo.

Pasaron un par de horas hasta que Valeria pudo mantenerse despierta más de diez minutos seguidos.

Su voz era apenas un hilo rasposo, una sombra de la mujer que siempre tenía una respuesta firme para todo, pero sus ojos buscaban a Damián con una urgencia que me obligaba a apartar la vista para no invadir algo tan íntimo.

Me quedé en un rincón de la habitación, fingiendo que ordenaba las tarjetas de ánimo que Jasmine había traído. Observaba cómo él le humedecía los labios con una gasa, cómo le susurraba cosas al oído que hacían que ella, a pesar del dolor y las vendas, esbozara una mínima sonrisa.

Tuve un momento de envidia de esos que duelen bonito.

Yo, que siempre he saltado de flor en flor y he rehuido el compromiso, jamás he conocido algo así.

He tenido amantes y rollos, pero nunca he visto a un hombre mirar a una mujer como si ella fuera el aire que necesita para no asfixiarse.

Era un amor incondicional, una devoción pura que iba más allá del deseo, de los Blackwood y de los millones.

La miraba con una mezcla de arrepentimiento por los años perdidos y una adoración casi religiosa.

—¿Dónde… está…? —consiguió articular Valeria, apretando débilmente los dedos de Damián.

No necesitó terminar la frase. Me miró fijamente. Yo asentí de inmediato. Sabía que era el momento.

Salí al pasillo, donde Jasmine caminaba de un lado a otro con Víctor. El niño estaba muy callado, con su barco de madera apretado contra el pecho. Le hice una seña y Jasmine me lo entregó con un suspiro de alivio absoluto.

—Víctor, cariño —le dije, agachándome para quedar a su altura—. Mamá ha despertado de su siesta larga. ¿Quieres entrar a darle un beso? Pero hay que ser muy suave, como si fuera de cristal.

El niño asintió, abriendo mucho los ojos. Lo llevé de la mano hasta la puerta. Al entrar, Valeria hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporarse un poco más. Damián la ayudó, colocándole las almohadas con una delicadeza que volvió a ponerme un nudo en el estómago.

—¡Mamá! —el grito de Víctor fue un susurro lleno de alegría contenida.

Me quedé un segundo más, lo justo para ver cómo se subía con cuidado a la cama y se acurrucaba en el hueco del brazo de Valeria, mientras Damián los rodeaba a ambos. En ese momento, las Supernenas ya no hacíamos falta allí dentro. La familia estaba completa.

Jasmine me estaba esperando justo al cruzar el umbral. Me tendió un vaso de café humeante, me dio un beso rápido en la mejilla y me dedicó una de esas sonrisas de «lo hemos logrado» que solo ella sabe dar.

—Me voy un momento al baño. Avísame si pasa algo —susurró antes de alejarse por el pasillo.

Me quedé sola frente al cristal, abrazando el calor del vaso de cartón.

O eso creía, hasta que una sombra inconfundible se materializó a mi lado.

Henry apareció con su habitual silencio, luciendo ese traje oscuro impecable y manteniendo la mirada fija en el interior de la habitación.

No dijo nada, pero sentí su alivio, aunque fuera una milésima parte del mío.

A través del cristal de la UCI, las voces nos llegaban amortiguadas pero lo suficientemente claras.

Víctor estaba sentado en el borde de la cama, acariciando la vía en la mano de Valeria. De repente, levantó la vista hacia Damián, que lo observaba con una devoción enorme.

—Damián… —dijo con esa vocecita que aún conservaba la inocencia a pesar de todo el infierno vivido—. Gracias.

—¿Gracias por qué, capitán?

—Gracias por ser el superhéroe que salvó a mi mamá.

Vi cómo la armadura de hielo de mi primo se terminaba de derretir en ese preciso instante.

Bajó la cabeza y dejó escapar un sollozo ahogado mientras abrazaba a Víctor con una fuerza desesperada.

Valeria, desde la almohada, esbozó una sonrisa débil pero radiante, una luz que iluminó toda la habitación.

Era la primera vez en seis años que esa sonrisa era real, sin la sombra de mentiras acechando detrás.

Me giré hacia Henry, sintiendo una oleada de optimismo que me quemaba el pecho.

—Bueno, Henry, parece que por fin todo ha terminado —le dije, intentando bromear un poco para quitar tensión—.

Se merecen ser felices de una vez, ¿no crees?

Mira a Víctor… va a aceptar que Damián es su padre mucho antes de lo que pensábamos.

Ya puede ir preparando la boda, porque esta vez sí que va a ser de verdad.

Esperaba que soltara uno de sus gruñidos de aprobación o, al menos, una de esas medias sonrisas suyas. Pero su rostro seguía terriblemente serio, más tenso de lo habitual.

—Ojalá fuera así, África —dijo. Su tono de voz me heló el café en las manos.

Sin apartar la vista del cristal, metió la mano en la chaqueta de su traje y sacó un sobre de papel grueso, de un material excesivamente caro. Tenía un sello de lacre negro y el nombre de Damián escrito con una caligrafía perfecta que gritaba peligro.

—¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo que el pánico me subía por la garganta de golpe.

—Abra —ordenó.

Lo abrí con los dedos temblando. Dentro solo había una tarjeta con un mensaje breve y una fotografía polaroid de la puerta de nuestro hospital, tomada hacía apenas diez minutos.

«La sangre de los Blackwood siempre tiene un precio. La reina ha despertado, pero la partida de verdad solo acaba de empezar. Nos vemos en el funeral».

Se me cayó el alma a los pies. Miré a Henry, rezando para que dijera que era una broma macabra de algún paparazzi.

—Henry… dime que esto es una puta broma —susurré, con la voz temblando sin control—. Dime que no es en serio.

Me miró por primera vez en toda la mañana, y vi en sus ojos la misma frialdad letal que tenía la noche de la nave industrial.

—Yo nunca bromeo con la seguridad de la familia, señorita —sentenció, arrebatándome la tarjeta para guardarla de nuevo—. Candela solo era un peón desquiciado. El verdadero Rey todavía no ha movido su primera pieza.

Me quedé paralizada frente al cristal, viendo a Valeria y Damián abrazarse, sonriendo, ajenos al terror. Sin saber que, mientras ellos celebraban la vida, alguien en las sombras ya estaba planeando su muerte.