Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Treinta y seis
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Treinta y seis

El aire frío del salón principal me golpeó en la cara, pero no logró bajar la fiebre que el rastro de las manos de Damián había dejado en mi piel.

Me ajusté el satén verde esmeralda con dedos temblorosos, asegurándome de que ni un solo mechón delatara la barbaridad que acabábamos de hacer a escasos metros de la cubertería de plata y los fotógrafos.

Me apoyé un segundo en una columna, forzando a mis pulmones a coger ritmo.

Lo del escobero no había sido solo un arrebato de rabia ni un revolcón rápido; había sido una colisión frontal.

Sentía el pulso martilleándome en la base del cuello.

Por primera vez, mi miedo no iba dirigido hacia Javier ni hacia su asquerosa amenaza de secuestro.

Me daba pánico lo que estaba empezando a sentir por Damián.

Era un monstruo demasiado intenso, un deseo que se escapaba de mi control y amenazaba con devorar la poca cordura que me quedaba.

Estaba cayendo al vacío y lo peor era que no quería que nadie me sujetara.

El murmullo de los invitados cambió de tono cuando el subastador subió al estrado y las luces se atenuaron.

Era el momento de actuar, de ponerme la máscara de la anfitriona intocable, pero mis sentidos seguían atrapados entre cubos de fregar, olor a desinfectante y el sabor de su orgasmo en mi boca.

—Vaya, vaya… parece que la jefa por fin hace acto de presencia.

Me giré y sentí un alivio inmediato. Las Supernenas acababan de entrar en el salón, listas para la subasta y saltándose la tediosa cena oficial.

África estaba espectacular con un vestido de seda rosa chicle que marcaba cada curva.

Al pasar junto a la puerta, vi cómo Henry —siempre de piedra— le dedicaba una mirada que cruzó la línea de la profesionalidad con creces.

A su lado, Jasmine era la definición de la frialdad sofisticada: azul cobalto, moño tirante y una actitud felina que lo escaneaba todo.

—¿Cómo ha ido la cena? —me susurró al oído.

El rubor me calentó las mejillas. Bajé la mirada, incapaz de sostener la agudeza de sus ojos.

—No queréis saberlo… ahora mismo no —logré decir, abanicándome con la mano.

África soltó una risita cómplice, pero antes de que pudieran interrogarme, el ambiente se pudrió.

Candela avanzaba hacia nosotras con su armadura de lentejuelas doradas, balanceando un bolso diminuto como si fuera un arma y con esa actitud de «marco territorio» que ya me sabía de memoria.

—¡Valeria, nena! ¡Pero si estás aquí! —exclamó, ignorando a mis amigas por completo—. Te he buscado por todas partes. Damián también ha desaparecido un rato, ¿sabes? Parece que con el champán le ha dado por caminar.

Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mi escote con una mueca de superioridad barata.

—A ver si ahora que empieza la subasta te centras un poco, que como anfitriona dejas bastante que desear…

África dio un paso al frente. Se ajustó el vestido con una lentitud que convirtió el conjunto dorado de Candela en chatarra instantánea.

—Candela, nena —empezó. Su voz era seda envolviendo una cuchilla—. Qué ternura me das. Te preocupas tanto por los paseítos de Damián… Deberías saber que cuando un hombre como él necesita salir a tomar el aire, suele ser después de pasar demasiado tiempo en una habitación oliendo a… poliéster.

Sonrió con pura malicia.

—Si yo fuera tú, me preocuparía más por ver si esa capa de estuco aguanta los focos. Porque el oro… parece que se te está empezando a cuartear en las comisuras.

Jasmine soltó una carcajada seca y breve. Candela se quedó paralizada, abriendo la boca sin que saliera sonido alguno.

Sin darle opción a réplica, nos dimos la vuelta y avanzamos hacia las mesas de primera fila.

—Brutal —murmuró Jasmine por lo bajo—. Se ha quedado buscando el extintor.

—Se lo merece —respondí, aún con el pulso a mil—. Gracias, chicas.

Las luces del Palacio de Cibeles se apagaron y un foco iluminó el estrado central. El subastador pidió silencio. La gala había comenzado de verdad.

—Señoras y señores —anunció el hombre por el micrófono—, pasamos al lote estrella de la noche. Una pieza única donada de forma anónima, recuperada de la colección privada de la familia real británica: El Suspiro de Hera.

Henry y otro guardia de seguridad aparecieron custodiando un busto de terciopelo negro. Bajo el cristal de seguridad, unos pendientes y un collar de platino repletos de diamantes talla lágrima brillaron con una luz cegadora.

A mi derecha, Javier se enderezó en la silla. Sus ojos reflejaban algo mucho más oscuro que el simple interés estético: pura codicia.

—Empezamos la puja en dos millones de euros.

Las paletas se alzaron rápidamente. Javier subió a dos y medio. El padre de Candela saltó a tres. Damián, sentado en la mesa de enfrente junto a ella, observaba el espectáculo en silencio absoluto.

Entonces, desde uno de los reservados VIP, una voz grave con acento estadounidense cortó la dinámica del salón:

—Cinco millones.

Un murmullo tenso recorrió las mesas. Era Marcus Thorne, el CEO de Apex Biopharma, el tiburón americano al que todos los empresarios de la sala querían lamerle las botas.

Javier apretó la mandíbula.

—Seis millones —respondió con agresividad, clavándome los dedos en el muslo bajo la mesa.

—Siete millones —replicó Thorne, aburrido.

Busqué a Damián con la mirada. Estaba reclinado en su silla, tranquilo, casi divertido. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, tuve la certeza de que él estaba orquestando algo que el resto de los mortales allí presentes ignorábamos.

La cifra escaló rápido y superó los diez millones. Once. Doce. Javier estaba cada vez más tenso.

Me incliné hacia mi marido.

—Basta —susurré, manteniendo mi sonrisa fija para las cámaras—. No tienes ese dinero.

—Cállate la puta boca. No me avergüences aquí.

—Te estás avergonzando tú solo —le repliqué, apretándole el brazo—.

Tu padre te dejó diez millones líquidos.

El resto está bloqueado o pertenece a la matriz de BioVida.

Si sigues pujando, tendrás que vender patrimonio personal…

o intentar tocar los fondos de la empresa.

Y BioVida no es tuya. Es mía y de Damián.

Me miró de reojo. Por un segundo, vi el miedo asomar tras su fachada.

—Haré lo que haga falta para ganar a ese americano.

—Veinte millones —anunció Thorne por el micrófono.

—Veintiuno —replicó Javier, perdiendo los nervios.

—Treinta millones —subió el americano, como quien pide otro café.

—¡Treinta y uno!

El sudor frío me recorrió la nuca.

—Javier, esto es un puto suicidio financiero —insistí.

Me apartó de un empujón bajo la mesa.

—Cincuenta millones —sentenció Thorne con una calma devastadora.

El silencio en el Palacio de Cibeles fue sepulcral.

—No… por favor, para. Piensa en Víctor —le supliqué.

Javier se puso en pie.

—¡Cincuenta y un millones!

Thorne sonrió, dejó su paleta de pujas sobre la mesa y alzó las manos en señal de rendición.

—Todo suyo, señor Blackwood.

El subastador tragó saliva, casi temblando.

—¡A la de una! ¡A la de dos! ¡Adjudicado por cincuenta y un millones de euros al señor Javier Blackwood!

Javier se dejó caer en la silla, hinchando el pecho y sonriendo a las cámaras, creyéndose el rey del mundo, mientras Candela aplaudía como una posesa desde la otra mesa.

Pero entonces vi a Damián levantarse.

Caminó hacia nuestra mesa con paso firme, ignorando los flashes que estallaban a su paso. Se detuvo justo frente a su hermano.

—Felicidades —dijo. Su voz era baja, vibrante, cargada de una victoria que Javier aún no lograba comprender—. Una compra impresionante para el ego. El problema es que la casa de subastas exige el pago inmediato cuando se trata de donaciones privadas a través de intermediarios como Apex Biopharma.

Javier frunció el ceño.

—Lo pagaré mañana. No me molestes con tecnicismos ahora —espetó, todavía borracho de protagonismo.

—Ese es el punto, Javi —Damián se inclinó hacia delante, apoyando las dos manos sobre el mantel de nuestra mesa—.

Apex Biopharma no es una corporación americana cualquiera.

Apex es mía. Y yo soy el dueño anónimo de esas joyas.

Las he donado esta noche para ver hasta dónde llegaba tu estupidez, y me acabas de dar exactamente la cifra que necesitaba.

Javier se quedó petrificado. La copa de champán le tembló en la mano.

—Me debes cincuenta y un millones de euros —continuó Damián, despacio, para que cada palabra se le clavara—.

O, mejor dicho, se los debes a la fundación de Valeria.

El dinero debe transferirse a Apex para liquidar la pieza, y mi empresa donará el importe íntegro a la asociación de tu mujer, asegurándonos de que no haya desfalcos.

Un dinero que no tienes en efectivo porque nuestro padre solo te dejó las putas migajas.

Tragué saliva, horrorizada por el baño de sangre financiero, pero absolutamente fascinada por la mente de Damián. El peón no se había sacrificado; había construido una jaula de oro macizo de cincuenta millones y Javier acababa de ponerle el puto candado por dentro.

—Mañana a primera hora, cuando el banco te exija el aval para esta broma y vean que no tienes liquidez, entrarás en quiebra técnica automática —remató Damián—.

Me acabas de entregar tu cabeza en una bandeja de plata por un collar que, por cierto, le queda mil veces mejor a mi cuñada que a tu cuenta corriente.

El salón entero quedó suspendido en el tiempo. Copas a medio alzar, susurros cortados, sonrisas congeladas. Javier parpadeó. Una vez. Dos. Como si su cerebro no pudiera asimilar que el suelo había desaparecido bajo sus pies.

—¿Qué… qué estupidez estás diciendo? —la voz le salió rota, lejísimos de la del hombre que acababa de gritar una cifra obscena delante de toda la élite de Madrid.

Damián no se inmutó. Era la calma absoluta de quien ya ha dado el mate pastor antes de que el rival toque una sola pieza.

—Has oído perfectamente. Pago inmediato. Transferencia directa a Apex. Es una subasta benéfica vinculada a una empresa americana, no una de tus compritas a crédito en la Moraleja.

El murmullo de las mesas cercanas empezó a crecer. Bajo. Peligroso. Como el crujido del hielo a punto de romperse.

Javier soltó una risa forzada, mirando a su alrededor.

—Estás de broma. Esto es un circo para la prensa. Nadie exige cincuenta millones de euros en el acto en una gala.

Damián ladeó la cabeza ligeramente.

—Apex sí lo exige.

Silencio.

Con lentitud deliberada, Damián sacó el móvil del bolsillo interior de su esmoquin y lo dejó caer sobre la mesa, frente a su hermano.

—Puedes llamar a tu banco ahora mismo. Te ahorrará la humillación de mañana.

Javier no tocó el teléfono. Los dedos le temblaban de forma visible.

Lo vi en su cara. Ese instante terrorífico en el que el ego colapsa y deja a la vista el pánico más crudo e infantil.

—No tienes los fondos —siguió Damián, implacable—. Y tampoco tienes margen de maniobra. Todo lo que creías que era tuyo… no lo es. BioVida no va a cubrirte las deudas personales.

Me miró un solo segundo antes de dar la estocada final.

—Porque BioVida no te pertenece.

Javier se levantó de golpe. Tiró la silla hacia atrás con un chirrido violento que rasgó la tensión del salón.

—¡Esto es una trampa! —rugió, perdiendo los papeles por completo, mirando a las cámaras y a los invitados como un animal acorralado—. ¡Es una maldita emboscada!

—No —le corrigió Damián, con una elegancia destructiva—. Esto es solo una consecuencia.

En la mesa de enfrente, Candela empezó a palidecer hasta perder el bronceado falso. La sonrisa se le deshizo por completo.

—Javi… —murmuró, levantándose a medias—. Esto no va en serio… ¿verdad?

Javier se giró hacia ella con los ojos inyectados en sangre.

—¡Cállate!

En ese mínimo segundo de caos y humillación pública, todo cambió para siempre. Javier dejó de ser el hombre intocable, el dueño del tablero y el dueño de mi vida.

Miré a Damián otra vez. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, no había solo una victoria empresarial. Había algo más. Una posesividad oscura que me erizó el vello de la nuca.

Entendí, con una claridad incómoda, que el juego no había terminado.

Esto solo acababa de empezar.