Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Treinta y cinco
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Treinta y cinco

El Palacio de Cibeles brillaba bajo la luna madrileña, pero la verdadera joya de la noche era yo.

Me miré por última vez en el espejo antes de salir del coche: el vestido verde esmeralda que mis amigas me habían obligado a comprar parecía estar fundido con mi piel.

Hacía que mi pelo rubio pareciera oro hilado y encendía mis ojos con un destello peligroso y letal.

Javier bajó primero, impecable en su esmoquin, y me tendió la mano con esa arrogancia marca de la casa que me revolvía las tripas.

Se detuvo en la puerta del vehículo y me repasó de arriba abajo.

No había admiración en su gesto; era la mirada del coleccionista evaluando su mejor obra antes de exponerla.

—Estás espectacular —susurró, con un tono gélido, rodeando mi cintura con el brazo y apretándome con fuerza posesiva—. Me gusta que recuerdes quién manda aquí y que asumas tu papel de anfitriona.

Me obligué a sonreír. Ajusté mi máscara de reina intocable y avancé. Los flashes de los fotógrafos me cegaron en la alfombra roja, pero caminé sin rastro de duda, sintiendo el crujido de la seda esmeralda a cada paso. El murmullo de expectación al entrar en el salón principal fue atronador.

Saludé a patrocinadores, políticos y damas del circuito benéfico.

Mis labios pronunciaban agradecimientos vacíos y frases hechas, pero mi mente estaba muy lejos de allí.

Mi cabeza seguía anclada en el recuerdo de un búnker oscuro, en la amenaza de divorcio de Javier y, sobre todo, en la ausencia imperdonable de Damián.

Hasta que el oxígeno desapareció de la sala.

Un coche negro frenó en la entrada. Damián y Candela aparecieron, congelando las conversaciones del resto de los invitados.

Candela iba hecha un cuadro: lentejuelas doradas a punto de reventar, un escote vulgar y su clásico pavoneo insufrible.

Mojo Jojo en estado puro, marcando un territorio que no le pertenecía. Pero yo ni siquiera me fijé en ella.

Miraba a Damián.

Oscuro, letal y devastadoramente atractivo en un esmoquin negro que le sentaba como a un puto villano de cine.

Al cruzar el umbral, sus ojos verdes —exactamente del mismo tono que mi vestido— chocaron contra los míos.

El mundo entero se apagó. No había gala, ni fotógrafos, ni Javier.

Solo estábamos él y yo, conectados por una corriente eléctrica a punto de reventar el Palacio de Cibeles.

Se acercaron, y la temperatura del salón subió diez grados de golpe. Candela se colgó de su brazo con una posesividad enfermiza, restregando su cara contra el hombro del esmoquin.

—¡Valeria, nena! ¡Estás… muy verde! —soltó una risita estridente, ignorando la forma en que Damián me estaba devorando con la vista—. Qué elección tan arriesgada. Damián y yo vamos a juego con el oro, ¿verdad, amor?

Él ni le contestó. Seguía clavado en mí, como si yo fuera la única mujer respirando en aquel edificio.

Sus pupilas se dilataron al recorrer el satén verde que se pegaba a mis curvas.

Por un microsegundo, su máscara de frialdad se hizo añicos.

En sus ojos había hambre pura y primitiva.

Una mezcla tóxica de rabia y deseo que me mandó una sacudida directa a la entrepierna.

La bilis me subió a la garganta. Si él podía jugar a ser el cínico dejándose sobar por esa Barbie operada, yo podía jugar a la esposa perfecta y sumisa. No iba a verme temblar.

—Hacemos lo que podemos, Candela —mentí, ensayando una sonrisa angelical.

Me volví hacia Javier con lentitud premeditada. Le agarré la mano, entrelazando mis dedos con los suyos, y me incliné hacia él.

—Estás magnífico esta noche, cariño —dije, elevando la voz lo justo para que Damián me escuchara con claridad. Y entonces, besé a mi marido en los labios.

No fue un beso apasionado. Fue una estocada. Un marcaje de territorio asqueroso. Un jaque mate.

Javier parpadeó, sorprendido por mi sumisión pública, pero enseguida ensanchó su sonrisa, feliz de creer que me había domado y que yo aceptaba las reglas de su chantaje.

Frente a nosotros, el cuerpo de Damián se convirtió en granito puro.

Irradiaba una furia ciega, oliendo a alcohol caro y a pura pólvora a punto de prender.

Apretó los dientes hasta marcar el hueso de la mandíbula y sus puños se cerraron bajo la tela de la chaqueta.

P-G4. El peón se sacrifica para proteger, pero el peón también se quema vivo.

—Bueno, si nos disculpáis, tenemos a mucha gente importante a la que saludar antes de la cena —anunció Javier, pletórico y victorioso, empujándome suavemente para alejarme de la tensión letal que Damián proyectaba.

Pasé la cena conteniendo el aire, sintiendo la mirada de Damián perforándome la nuca cada vez que yo le sonreía a un invitado. No aguantaba más. Las bragas me rozaban húmedas y la rabia me nublaba la mente. Al terminar el postre, me disculpé con Javier con la excusa de ir al baño.

Afortunadamente, Henry no estaba vigilando el pasillo correcto.

Me alejé hacia un corredor de servicio, buscando escapar del ruido. Antes de alcanzar la puerta del tocador, una mano gigante me agarró por la muñeca. Un tirón brusco, salvajemente posesivo, me arrancó el aire de los pulmones. Me arrastró hacia una puerta lateral y la cerró de una patada.

Era un cuarto de limpieza diminuto. El olor a desinfectante industrial chocó contra el aroma dulzón de su perfume masculino.

Me estampó contra la pared de madera. Su cuerpo enorme me aprisionó, rodeándome con los brazos como un animal a punto de devorar a su presa.

La escasa luz del pasillo se colaba por la rendija, iluminando sus ojos verdes inyectados en una furia cruda que nacía directamente del beso que le había dado a Javier frente a su cara.

—¿Te estás divirtiendo? —siseó. Su voz ronca vibró contra mi boca—. ¿Te gusta el puto juego? Te pedí que confiaras en el peón. Te dije que te quedaras quieta.

—Javier me respira en la nuca cada segundo del día —me revolví contra él, soltando una carcajada rota y amarga—. Todo Madrid sabe que te estás follando a ese experimento fallido de quirófano… ¿y tienes los santos huevos de venir a decirme cómo debo gestionar mi matrimonio de pega? Cariño…

Damián perdió el control. Me agarró un puñado de pelo por la nuca y tiró hacia atrás, obligándome a arquear el cuello y a sostenerle la mirada. Golpeó la pared con el puño justo al lado de mi oreja. El estruendo retumbó en todo el cuarto.

—¡No te atrevas a besarlo así delante de mí! —bramó, con la voz rota por la rabia ciega—. Me importa una mierda lo que él te amenace. Te advertí que no jugaras conmigo. No me tientes… porque vas a acabar quemándote tú sola.

Me estremecí bajo su agarre. El miedo se entrelazó con una excitación oscura y prohibida que me empapó por completo.

—¿Y a solas sí puedo, Damián? —le desafié en un susurro, rozando su barbilla con mi nariz—. ¿A solas sí puedo besarle? ¿Puedo follar con…?

Las palabras murieron en mi garganta.

Su boca chocó contra la mía con una violencia salvaje, castigándome por llevarle al límite. No pidió permiso. Fue un choque de dientes, de lenguas y de necesidad cruda. Aplastó su cuerpo contra el mío, aplastando mis pechos contra su torso duro, borrando cualquier milímetro de distancia.

Le respondí con la misma fiereza. Mis manos volaron a su nuca, tirando de su pelo corto mientras el mundo se reducía a ese escobero estrecho.

—Eres mía —gruñó contra mis labios, más como una bestia reclamando territorio que como un hombre.

Sus manos bajaron por mi espalda, firmes y despiadadas, apretándome contra él.

La respiración se me quebró cuando, en un movimiento rápido, me levantó en vilo agarrándome por el culo.

Por puro instinto, rodeé su cintura con las piernas.

La seda de mi vestido resbaló y sentí la dureza brutal de su erección pulsando contra mi intimidad, separados únicamente por la tela de su pantalón y el encaje de mis bragas.

Solté un gemido ahogado.

—Damián…

Pero la rabia seguía ahí. En cuanto cruzáramos esa puerta, él volvería a pavonearse con Candela y yo a mi cárcel de hielo con Javier.

Estaba tan caliente como cabreada.

La contradicción me reventó por dentro y, sin pensarlo, le mordí el labio inferior con saña. Tiré con fuerza hasta que probé el sabor salado y metálico de su sangre. Se tensó de golpe, soltando un jadeo denso y ronco, pero no dejó de devorarme la boca, engullendo su propia sangre y mi saliva.

Entonces decidí cambiar las putas reglas.

Apoyé los pies en el suelo, soltándome de su cintura, y con un empujón cargado de rabia, lo estampé a él contra la pared. Se dejó hacer, parpadeando sorprendido, observándome con una intensidad voraz.

Apoyé mis manos en su pecho, clavándole en el muro. Por primera vez, el control lo tenía yo.

Con una seguridad aplastante, me arrodillé lentamente frente a él.

Mis dedos deslizaron la cremallera de su pantalón de traje, bajándola con una lentitud desesperante. Escuché su respiración acelerarse. Sentí la tensión de sus músculos bajo mis manos.

Levanté la mirada hacia él y sonreí, lamiéndome los labios.

La expresión de Damián había mutado. Ya no era el depredador enfurecido. En sus ojos había una vulnerabilidad cruda, casi dolorosa, mezclada con una lujuria desatada.

Liberé su erección. Estaba ardiendo y dura como el mármol.

Recordé el búnker. Recordé cómo me había llevado al límite hasta hacerme temblar, cómo me había venerado entre el plástico. Y me dejé llevar.

Cerré los labios a su alrededor y me lo tragué entero. No pensé en las manchas, ni en el vestido de seda, ni en Javier esperando fuera. Solo me concentré en devorarle, explorando cada centímetro con la lengua, marcando el ritmo con mi boca mientras él ahogaba los gemidos contra la pared.

Sus manos se clavaron en mi pelo, guiando mis movimientos.

Me chupé los dedos, los usé, le saboreé con pura ansia.

Cuando su agarre se volvió desesperado y su voz ronca quiso avisarme de que iba a correrse, lo ignoré por completo.

Aceleré el ritmo, tragando profundo, tomándole hasta el final mientras él colapsaba contra el muro soltando un gemido ronco, vaciándose en mi boca.

Me levanté despacio, tragando con orgullo y limpiándome la comisura de los labios con el pulgar.

Damián me sostuvo el rostro con ambas manos. Estaban temblando ligeramente. Me besó, mezclando el sabor de su propio orgasmo con mi saliva, sin rastro de asco, solo con una adoración animal.

Ya no había rabia. No había lucha. Sus dedos acariciaron mi nuca y mi pelo revuelto con una suavidad extrema, casi protectora. Nos quedamos allí, respirando el mismo aire viciado, resguardados del mundo.

Su voz rompió el silencio, ronca y baja.

—Sé que no es el momento, pero tengo que preguntártelo… ¿cómo está Víctor?

Se me encogió el corazón al instante.

—Te echa muchísimo de menos. Todas las noches se duerme abrazado al barco de madera que le compraste en Francia. Y me pregunta por ti sin parar.

Vi cómo la máscara de Damián se quebraba por completo.

—Joder… necesito verle —susurró, cerrando los ojos con dolor—. Llevarle al cine, jugar a los legos … estar con él.

En su voz ya no quedaba ni rastro del estratega o del hombre peligroso. Solo había pura frustración. La necesidad rota y real de un hombre que se estaba muriendo por volver con su familia.