Treinta y cuatro
Apoyé los codos en la mesa de madera oscura y me froté las sienes.
El olor a soja y jengibre me revolvía el estómago; o quizá era simplemente la bilis acumulada de toda una semana fingiendo que mi vida no estaba saltando en mil pedazos.
Miré a África y a Jasmine. Sus típicas caras de «te lo dijimos» se resquebrajaron para dejar paso a pura preocupación.
—Javier no está jugando —solté, y la voz me sonó más rota de lo que pretendía—.
Me ha dejado claro que, si se me ocurre mencionar la palabra divorcio o intento separarme, me denuncia por intento de secuestro.
Dice que saqué a Víctor del país sin su permiso y que usará eso para quitarme la custodia.
No tengo nada con qué defenderme, chicas.
Solo esa puta amenaza colgando sobre mi cuello como una guillotina.
África pegó un golpe en la mesa, haciendo tintinear las copas de vino.
—¡Eso es una monstruosidad! —exclamó, con los ojos encendidos de rabia—.
No puedes permitirlo. No vas a vivir una vida de mentira, encerrada en esa casa con un hombre que te trata como a su presa.
Buscaremos al mejor penalista del país si hace falta, pero no vas a enterrarte viva por un viaje que él mismo avaló al principio.
Jasmine, más contenida, se inclinó hacia mí. No gritó, pero su tono directo y pragmático me aterrizó en el presente.
—Javier es un problema legal que vamos a resolver, Burbuja —dijo, mirándome fijo—.
Pero hablemos de lo que está pasando fuera.
¿Qué demonios pasa con Damián? Las revistas del corazón arden.
Se ha dejado ver en todos los sitios de moda, en los clubes de Puerta de Hierro no se habla de otra cosa…
Candela va pregonando que lo suyo nunca terminó y que están mejor que nunca.
Bajé la mirada, sintiendo una punzada de humillación quemándome el pecho.
—No sé qué deciros —admití, apretando los cubiertos hasta hacerme daño—.
Me envió un mensaje en clave. Dice que confíe en él, que soy suya y que hará lo que sea por nosotros…
pero joder, chicas, sus actos no tienen nada que ver con sus palabras.
Mientras me jura que me protege, se pasea con esa rubia por todo Madrid.
Me pide que aguante y luego me tira a los leones.
—Es un Blackwood —sentenció Jasmine, cruzándose de brazos—. Esa gente no rescata a nadie, miran por su propio tablero. Si está jugando a dos bandas, te va a arrastrar en su caída.
—O quizás… —intervino África, bajando el tono—. Quizás ese sacrificio del que habla sea real. Quizás necesita que Javi crea que a él no le importas una mierda para poder atacar por la espalda.
—¿Y mientras tanto yo qué? —pregunté, sintiendo que una lágrima de pura impotencia se me escapaba.
África dejó su copa y se acercó tanto que nuestras frentes casi se rozaron. Su mirada me descolocó; irradiaba una certeza absoluta.
—Escúchame bien —susurró, asegurándose de que nadie más oía—. Tengo información de muy buena mano. Fuentes muy cercanas al entorno de seguridad de los Blackwood me han soplado que Damián no está jugando a dos bandas. Ni de coña.
Me quedé helada. Sabía perfectamente a quién se refería. Henry. Si el Muro de Granito le estaba filtrando cosas a África, era porque Damián lo ordenaba o porque la lealtad de Henry hacia nosotros superaba el miedo a Javier.
—Está haciendo lo que tiene que hacer —continuó África, apretándome las manos—. Tienes que confiar, dejar que las cosas sigan su curso. No te rompas la cabeza intentando adivinar cada paso, solo aguanta el tirón.
Al escucharla, toda la tensión acumulada de la semana me reventó por dentro. Apoyé la cara en las manos y empecé a llorar sin remedio en mitad del reservado.
—Es que no lo pilláis —dije entre lágrimas—.
La gala de mi asociación es en unos días.
Voy a tener que estar allí, con la sonrisa plastificada, al lado de Javier…
mientras veo a Damián con esa tía. Voy a tener que soportar verles juntos, ver cómo se tocan, cómo se ríen…
mientras mi marido me aprieta el brazo recordándome que soy su prisionera.
—¿Te refieres a Mojo Jojo? —soltó Jasmine con un desprecio tan genuino que me hizo levantar la cabeza de golpe.
—¿A quién? —pregunté, parpadeando para despejar las lágrimas.
—A Candela —respondió, encogiéndose de hombros y dándole un trago a su vino—.
Mírala bien. Con ese pelo inflado, esos labios inyectados y esa manía de saltar encima de la gente…
es clavada al mono malo de las Supernenas .
A partir de ahora, para nosotras es Mojo Jojo.
Y a los villanos de dibujos animados no se les teme; se les pisotea.
África soltó una carcajada brutal que me arrancó una sonrisa involuntaria a través del llanto.
—Me encanta —sentenció África, limpiándome la lágrima con el pulgar—. Nos vamos de compras. Y no a mirar escaparates. Vamos a buscar el vestido más espectacular, letal y obscenamente caro que haya pisado Madrid. Vas a ir tan imponente que se van a partir el cuello al mirarte.
—Javier se va a creer que me he arreglado para él —murmuré.
—Que se crea lo que le dé la gana —remató Jasmine—. Pero cuando entres en ese salón, Damián se va a olvidar de cómo se respira y Mojo Jojo va a desear no haber salido de su cueva jamás. Vas a reclamar tu sitio. No como la consorte de nadie, sino como la dueña de la fiesta.
Me miré en el reflejo de la cubitera de plata. Tenía los ojos rojos, sí, pero por primera vez en una semana sentí pura adrenalina corriéndome por las venas.
—Está bien —dije, enderezando la espalda—. Tarde de compras.
Diez minutos después salimos del restaurante japonés. Dejamos la comida casi intacta, pero el ánimo estaba blindado. El sol madrileño seguía castigando el asfalto, aunque bajo las gafas oscuras ya no había tristeza, sino una determinación helada.
Nos subimos al Porsche Panamera rosa de África, un misil sobre ruedas que dejaba claro quién mandaba. La música atronaba con un pop potente, sirviendo de banda sonora mientras cruzábamos la Milla de Oro. El habitáculo olía a cuero nuevo y a la victoria inminente.
—¡Operación Reina Absoluta, en marcha! —gritó África sobre la música, guiñándome un ojo por el retrovisor—. Vamos a sacar la artillería pesada.
Aparcamos en Serrano, frente a una de las boutiques más exclusivas. El portero nos abrió con una reverencia y nos dirigieron directas a un reservado VIP en la planta superior. Un salón blanco y minimalista nos recibió con una botella de Dom Pérignon bien fría.
—A ver, Burbuja —empezó Jasmine, sirviendo tres copas generosas—, necesitamos romper esquemas. Eres rubia, tienes la piel clara y unos ojos ámbar que descolocan a cualquiera. Nada de negro, nada de beige aburrido. Exigimos fuerza.
—¿Qué tal este azul noche metálico? —propuse, rozando un diseño de seda brillante.
—De buena chica total —descartó África—. Eso es para la mujer florero, no para la jefa. Piensa en contrastes. Necesitamos un color que te ilumine.
Probamos un vestido rojo carmesí. Espectacular, pero Jasmine arrugó la nariz. «Demasiado previsible», murmuró. Luego un dorado líquido. Elegante, pero África negó rotundamente: «Muy dulce. Queremos que seas letal».
—¡Tengo el color! —exclamó África, corriendo hacia un perchero cubierto. Tiró de la funda negra con teatro.
Era un satén de seda verde esmeralda profundo. Corte asimétrico, espalda descubierta y una raja de infarto en la pierna. El tejido parecía tener vida propia.
Al salir del probador, el silencio se apoderó de la sala. El verde esmeralda resaltaba mi pelo y encendía mis ojos. Era el equilibrio perfecto entre la sofisticación de una reina y la peligrosidad de una villana.
—Hostia puta… —susurró África.
—Damián va a cortocircuitar en cuanto te vea —sentenció Jasmine, chocando su copa con la mía—. Chicas, somos oficialmente las Supernenas en modo demolición.
Brindamos de nuevo, riendo a carcajadas e imaginando la cara que se le iba a quedar a Mojo Jojo. Nos sentíamos invencibles.
Salimos a la calle con el balanceo ligero que da el buen champán y la certeza de llevar tres vestidos capaces de provocar infartos múltiples. El sol rebotaba en los escaparates de Ortega y Gasset, y nosotras caminábamos hacia el Porsche sintiéndonos intocables.
Entonces el aire se vició. Allí estaba ella. Candela.
Plantada en medio de la acera, gesticulando mientras hablaba por un teléfono enorme recubierto de brillantes. El estampado de leopardo de su mono chirriaba demasiado en una calle donde impera el estilo discreto. Al vernos, colgó de un tirón y nos lanzó una sonrisa de plástico puro.
—¡Valeria, querida! —chilló, acercándose con aires de diva barata—. Qué sorpresa. Te veo… apagada. Se nota que la vuelta de Francia ha sido muy accidentada. Damián me comentó que habías pasado una semana difícil… Supongo que gestionar la soledad agota a cualquiera.
Sentí la estocada, pero mantuve la barbilla alta. No iba a darle el gusto de verme sangrar por escuchar ese nombre.
Jasmine tomó el relevo. No atacó de frente; en su lugar, se ajustó las gafas de sol y examinó el conjunto de Candela con curiosidad científica.
—Vaya, qué curioso —murmuró—. Es muy Mojo Jojo, ¿verdad? Esa necesidad imperiosa de acaparar atención con estampados primarios cuando lo que falta es percha.
Candela frunció el ceño, completamente descolocada. Su cerebro de influencer buscó la marca en el catálogo del lujo y, al no encontrarla, se sintió minúscula al instante.
—¿Mojo? ¿Es de la nueva colección de Milán? —preguntó, intentando no quedar mal.
—Exacto —dije yo, permitiéndome la primera sonrisa enorme de la tarde al ver cómo resbalaba hacia la trampa—. Es un estilo súper específico. Muy vanguardista. Requiere una personalidad súper histriónica para llevarlo sin parecer un disfraz.
—Damián dice que me queda bien todo —soltó a la defensiva, buscando recuperar territorio—. De hecho, este fin de semana quiere que le enseñe sitios nuevos… para recuperar el tiempo que estuvo fuera, ya sabéis.
África soltó una carcajada abierta, sin pizca de piedad.
—Seguro que sí, nena —dijo, dándole un par de toques rápidos en el brazo—. El tiempo es lo único que no se puede arreglar en un quirófano, ¿verdad? Cuidado con ese estampado; a la luz del sol te hace un efecto… muy simiesco. ¡Chao! Nos vamos, chicas, que el champán nos espera.
Nos dimos la vuelta a la vez, dejando a Candela congelada en la acera con la boca abierta. Estaba paralizada intentando averiguar si Mojo Jojo era la tendencia del momento o un insulto a su cara.
Subimos al Porsche. En cuanto África giró la llave y el motor rugió, el coche se llenó de unas carcajadas salvajes, de esas que curan el alma.
—¿Mojo? ¿En serio, Jasmine? —dije, llorando de risa en el asiento del copiloto—. Casi me da un parraque cuando ha preguntado por la colección de Milán.
—Ese es el problema de los villanos de caricatura —concluyó Jasmine, acomodándose en el asiento trasero—. Se creen los más listos del barrio hasta que alguien les recuerda que solo son el alivio cómico de la serie.
Mientras nos alejábamos por la Milla de Oro, con el Porsche rosa deslizándose por el asfalto, sentí que las toneladas de presión de esta semana se habían evaporado. Mojo Jojo se quedaba atrás, rumiando un nombre que jamás entendería, y las Supernenas volvíamos a pisar fuerte sobre el tablero.