Treinta y tres
Me quedé petrificada, con la mano aún sobre el ratón del ordenador.
El corazón me golpeaba contra las costillas como un pájaro enjaulado.
Me ajusté las gafas, usándolas como un escudo ridículo contra la intensidad de su mirada, y me obligué a sostenerle el pulso.
Estaba impecable. Llevaba un traje gris marengo que acentuaba su porte y esa seguridad insolente que parecía no haberse desgastado ni un ápice tras una semana de juergas y escándalos en las revistas de sociedad.
Cerró la puerta a sus espaldas con un clic seco que retumbó en el silencio del despacho. No se movió de la entrada; simplemente clavó la vista en mí, observándome con un descaro que me hizo sentir desnuda a pesar del traje de ejecutiva que llevaba puesto.
—¿Qué haces aquí? —logré articular—. La junta no empieza hasta las once. Y que yo sepa, tu agenda de esta semana estaba… muy ocupada fuera de la oficina.
No pude morderte la lengua. Verlo allí, tan físico, tan real, después de haber pasado días imaginándolo enredado en los brazos de Candela, era una tortura.
Dio un paso hacia la mesa, ignorando por completo mi sarcasmo. Me recorrió el rostro, deteniéndose en las ojeras que el corrector no lograba tapar y en el brillo vidrioso de mis ojos.
—P-G4 —susurró. Su voz bajó a una frecuencia que me hizo vibrar hasta la médula—. Te dije que el peón se sacrificaba por la partida. No te dije que fuera a ser agradable de ver.
—¿Agradable? —solté una risa amarga y me puse en pie de golpe para encararlo—. Has estado desaparecido una puta semana. Te has dejado ver en cada club de Madrid con esa mujer… mientras yo intentaba que mi hijo no se rompiera a pedazos cada vez que preguntaba por ti.
Hice una pausa para coger aire, sintiendo que la rabia me quemaba la garganta.
—Mientras Javier me recordaba cada maldita hora que solo fui un pasatiempo para ti.
Un puto entretenimiento de un viaje en el que arriesgué mi vida entera solo por ti.
Y ni siquiera nos acostamos del todo, Damián.
Ha sido todo una gran obra de teatro por un par de besos y un poco de sexo oral en una piscina de plástico. Eres un charlatán.
Se tensó de arriba abajo. La mandíbula se le apretó tanto que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas de acero. Dio dos zancadas, invadiendo mi espacio por completo, obligándome a echar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada.
—¡No entiendes una mierda! —bramó, con la voz oscura por la frustración—. Hay demasiadas cosas en juego y no puedes verlas.
Me alejé un paso, negando con la cabeza, riendo con puro desprecio.
—Claro. Porque soy una estúpida que no sabe gestionar las cosas. Y tú eres el puto maestro del tablero, ¿verdad?
Pegó un puñetazo en la mesa de caoba que hizo temblar los bolígrafos. Di un salto hacia atrás, con el pulso desbocado.
—Yo jamás miento ni rompo una puta promesa —sentenció, con una calma repentina que resultaba mil veces más aterradora que sus gritos.
—«Vas a ser mía… vamos a enfrentarnos a Javier juntos» —le cité, escupiéndole las palabras a la cara—. A la hora de la verdad, me dejaste sola en este nido de víboras. Eres un cobarde.
Fue visto y no visto. Me agarró por la cintura con una fuerza brutal y me estampó contra la pared del despacho. La espalda se resintió por el golpe, arrancándome un jadeo.
Se pegó a mí, aplastándome con su cuerpo, respirando fuego contra mi boca.
—Ahí tienes razón… ahí mentí —gruñó, con los ojos inyectados en una intensidad salvaje—. No vas a ser mía. Eres mía. Siempre lo has sido.
Me sentí acorralada, aterrada y, para mi propia desgracia, jodidamente excitada.
Ese hombre había roto mi vida en dos. Había destrozado mis esquemas y luego me había abandonado, dejándome sola con un puto mensaje en clave.
Quería que confiara ciegamente en él, pero no hacía más que darme motivos para dudar.
Y, encima, esa actitud posesiva, en lugar de provocarme asco, me encendía por dentro.
La rabia pura tomó el control.
—¡No! —grité, empujándole el pecho con las dos manos—. ¡Estoy casada y jamás voy a ser nada tuyo! ¡Solo tu cuñada!
Pronuncié cada sílaba de esa última palabra con saña, intentando herirle. Le di varios golpes en el pecho, pero era golpear un muro de piedra. No se inmutó.
Esperaba que me devolviera el grito. En cambio, soltó una risa ronca, oscura, cargada de una sensualidad que me cortó la respiración. Me sujetó las muñecas con una sola mano y las inmovilizó sobre mi cabeza, pegando su cadera a la mía de forma explícita.
—Grita, pégame, haz lo que te dé la puta gana —susurró contra mis labios—. Pero en el fondo sabes que me perteneces por completo.
Me soltó de golpe, apartándose bruscamente. Casi me caigo al perder mi único punto de apoyo.
Las lágrimas amenazaron con desbordarse. Tenía razón y eso era lo que más me dolía. Muy en el fondo, sentía que estaba tatuado en mi alma. No sabía por qué, pero era como si lo conociera de otra vida, de otra oscuridad que la mente no lograba recordar.
—Te odio —le dije, temblando.
—Ódiame —respondió, abrochándose la chaqueta con firmeza—. Nunca te he dicho que fuera un buen hombre. Pero sí soy el hombre que bajaría al infierno para protegeros a ti y a Víctor. Y eso es exactamente lo que estoy haciendo ahora mismo.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró y me clavó la vista.
—No te equivoques, Valeria: no dudaré en hacer lo que sea necesario. Porque voy a conseguir lo que quiero.
Me estremecí cuando la puerta se cerró. Sabía que decía la pura verdad.
Necesitaba aire fresco antes de la reunión, así que bajé a la cafetería para despejarme.
Y allí estaba ella: Candela. En mitad del hall de mármol, brillando bajo los focos con un modelito que gritaba «dinero nuevo» y una sonrisa que me produjo náuseas.
En cuanto me vio, se acercó balanceando las caderas, con esa amabilidad falsa que dominan a la perfección las hienas de Madrid.
—¡Ay, Valeria! ¡Qué alegría verte! —exclamó, como si no se me hubiera restregado en la cara días atrás en mi propio salón—. Tenemos que organizar algo, de verdad. Una cena los cuatro: Javier, tú, Damián y yo. Sería ideal, ¿no crees?
Me puse la máscara de ejecutiva de hielo.
—Claro, Candela. Suena… encantador —mentí, sintiendo bilis en la garganta.
—Es que, no sé si lo sabías, pero Damián y yo…
bueno, salimos de jovencitos —soltó una risita boba, enrollándose un mechón rubio platino en el dedo—.
Fuimos novios antes de que se largara a Boston.
Tuvimos una historia muy intensa. Y ahora que ha vuelto, tengo muchísimas esperanzas en que retomemos lo nuestro. Él siempre ha sido tan… apasionado.
La miré sin pestañear. Cada una de sus palabras era un dardo envenenado buscando la herida de la Isla de Ré. Siguió hablando, regodeándose en su victoria territorial, hasta que cambió de tema con naturalidad aterradora.
—Por cierto, supongo que nos veremos en la gala benéfica de la semana que viene, ¿no? En la de tu fundación.
Me quedé en blanco. Entre los papeles de BioVida, el chantaje de Javier y las desapariciones de Damián, el cerebro me había borrado de un plumazo la agenda social.
—¿La gala? —repetí, estúpida.
Candela soltó una carcajada estridente que atrajo las miradas de un par de oficinistas.
—Jo, Valeria… ¿Cómo no te vas a acordar de algo tan importante?
¡Si es el evento del año de tu propia asociación!
—me lanzó el cuchillo con precisión cirujana—.
Supongo que estar tan pendiente de los negocios de tu marido te está haciendo perder el norte sobre lo que de verdad importa.
A ver si te vas a quedar sin silla en tu propio tablero por estar tan distraída…
Esa mañana, las paredes de cristal de la oficina amenazaban con aplastarme. No aguantaba más. El código de la caja, el secuestro emocional de Javier, el recuerdo crudo del búnker francés y la imagen de esa rubia restregándose contra Damián eran demasiadas piezas moviéndose a la vez.
Pero lo que más me estaba asfixiando era el silencio. Llevaba una puta semana ignorando las llamadas de las únicas personas que arderían en el infierno conmigo.
Había reservado una mesa en el rincón más oscuro de un restaurante japonés. Un lugar donde no había ecos. Cuando llegué, África y Jasmine ya estaban allí, con las copas de vino a la mitad y rostros que cruzaban la frontera entre la preocupación y el cabreo monumental.
El silencio al sentarme fue siberiano.
—Vaya —empezó Jasmine, dejando su copa en la mesa con una exactitud escalofriante—. Parece que la reina ha decidido salir de su búnker. Empezábamos a pensar que te habías empadronado en el despacho… o que Javier te había cortado la lengua.
—Chicas, he estado… —intenté justificarme.
—No empieces con la mierda de «he estado ocupada» —me cortó África en seco—.
Llevamos una semana viendo las fotos de mi primo Damián con esa Barbie de plástico en todas las revistas.
Hemos visto a Javi paseándose por Madrid como si acabara de ganar la lotería.
Y tú, desaparecida. Ni un mensaje. Ni una señal de vida.
Me quité las gafas de sol, dejando al descubierto mis ojeras y mis ojos irritados. El cansancio me venció de golpe y bajé la guardia por completo.