Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Treinta y dos
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Treinta y dos

El aire en el vestíbulo de la mansión se volvió irrespirable, una mezcla tóxica de perfume caro, whisky y traición.

Me quedé clavada en el suelo, con los brazos caídos y la mente en blanco, viendo cómo la intrusa arrastraba a Damián hacia el salón.

Se reía, soltando una carcajada estridente que me cortaba como cristal roto, susurrándole algo al oído con una cercanía que me revolvió el estómago.

Damián no reía, pero tampoco la apartaba. Estaba allí, estático, con esa máscara de mármol que yo creía haber destrozado en la piscina del búnker.

Sentí un escalofrío cuando Javier se colocó a mi lado. Su presencia era una sombra devorándolo todo. Se inclinó hacia mí, tan cerca que pude oler el alcohol en su aliento. Su voz bajó a un susurro cargado de veneno.

—¿De verdad pensabas que te quería para algo más que un revolcón?

—soltó una risa seca, disfrutando de mi parálisis—.

Damián siempre ha sido igual. Desde niños ha querido lo que es mío: mis juguetes, mi atención…

y ahora, mi mujer. La usa, se divierte y la tira.

Lo ha hecho contigo, y te aseguro que hará lo mismo con Víctor y con las empresas si se lo permites.

No pude articular palabra. Las promesas de la isla —«Vas a ser mía»— resonaban en mi cabeza como una burla grotesca. ¿Había sido todo parte de su estrategia para golpear a Javier?

Antes de que pudiera reaccionar, mi marido me rodeó con los brazos. Fue un abrazo posesivo, una demostración de poder delante de todos. Me estrechó contra su traje impecable, fingiendo una compasión que me asfixiaba.

—Te perdono, cariño —me susurró al oído—. Sé que te has dejado confundir. Pero que no vuelva a haber una próxima vez. No me obligues a ser el malo de esta historia.

Las lágrimas me quemaron los ojos. Me sentía diminuta, sucia y, sobre todo, estúpida.

Justo entonces, Candela regresó del brazo de Damián.

La conocía de sobra. Era la clásica amiga de la infancia de las familias bien de Madrid; rubia, escandalosa y siempre dispuesta a ser el centro de atención en las obras benéficas.

Nunca nos habíamos caído bien; ella me miraba como a una intrusa de clase baja, y yo a ella como a una depredadora social de manual.

Damián caminaba a su lado. Serio, distante, con una actitud que me heló la sangre. Ni siquiera me miraba.

—¡Vaya, Valeria! —exclamó Candela, repasándome de arriba abajo, deteniéndose en mi pelo despeinado y en la ropa arrugada del vuelo—. No sabía que habías vuelto tan pronto de tu retiro. Se nota que el viaje ha sido… intenso.

Se aferró al brazo de Damián con unas uñas pintadas de rojo putón y me dedicó una sonrisa completamente falsa.

—Damián me ha estado contando lo que ha hecho en Estados Unidos —continuó con malicia—. Pero ahora que ha vuelto a Madrid, creo que debería dejar el pasado atrás y venirse unos días a mi casa…

Le busqué la mirada. Ansiaba ver una señal, una mínima grieta en su armadura, pero los ojos de Damián estaban clavados en un punto ciego de la pared.

El hombre que me había prometido arrasar Madrid para protegerme acababa de desaparecer, dejando en su lugar a un extraño que permitía que Candela lo exhibiera como un puto trofeo.

—Desi —dije, recuperando la voz por puro instinto maternal—. Lleva a Víctor arriba. Ahora mismo.

Víctor, que seguía sollozando y mirando la escena aterrado, se dejó guiar por el guardaespaldas. Antes de subir las escaleras, Desi se giró hacia mí. Sus ojos oscuros me lanzaron una mirada silenciosa, casi imperceptible, pidiéndome que mantuviera la calma y confiara. Pero era imposible.

Me quedé sola en medio del salón, atrapada entre el perdón manipulador de mi marido y la indiferencia brutal del hombre al que le acababa de entregar el alma.

Cuando los demás se alejaron hacia el comedor, el aire se volvió aún más pesado. Me apoyé contra la pared, intentando ordenar el caos de mi cabeza, pero la voz de Javier cortó el silencio.

—Valeria —dijo, saliendo de la sombra con una sonrisa tensa—. ¿Creías que podías traicionarme gratis?

En sus manos sostenía unos papeles que reconocí al instante. El corazón se me detuvo. El frío me recorrió la espalda. Eran mis copias de seguridad, los documentos que probaban los desvíos de la matriz y que me permitirían enfrentarlo legalmente si intentaba dañar a Víctor. Y él los tenía.

—Si decides irte… —continuó, acortando la distancia—, cada hoja que creías a salvo se convertirá en tu peor pesadilla. La policía, los abogados… todo se volverá en tu contra. Y no solo tú caerás. También tu hijo.

Quise gritarle, llamarle monstruo, pero la rabia se me atascó en la garganta. Me sentí acorralada, como si todas las horas de luz en la isla se hubieran esfumado.

—Así que piénsalo bien —remató, dejándome a solas con la amenaza—. No hay salida si juegas mal tus cartas.

Subí las escaleras con la garganta en llamas y el corazón hecho trizas. Al entrar en mi cuarto de invitados, me dejé caer en la silla junto a la ventana. Víctor, que me estaba esperando, corrió a subirse a mi regazo.

—Mamá… —susurró. Esa vocecita temblorosa era capaz de romperme cualquier coraza—. ¿Por qué lloras?

Me sentía ridícula. Estúpida por haberme dejado encantar, por haberme creído sus palabras, por olvidar que mi prioridad absoluta era proteger a mi hijo. Me reproché haber dejado que el deseo pusiera a Víctor en medio de este puto infierno.

—Mamá… —repitió, apoyando la cabecita en mi pecho e intentando abarcarme con sus bracitos—. No llores. El capitán te protege. Todo va a salir bien.

Su inocencia me partió en dos. Intenté forzar una sonrisa rota.

—Víctor… —susurré entre sollozos, apretándolo contra mí—. A veces hago cosas que no debería. Me dejo llevar… y luego me doy cuenta de lo mucho que me he equivocado.

Me miró con esos ojos enormes, entendiendo que algo se había roto aunque no supiera el qué. Me apretó las manos con fuerza.

—Yo estoy aquí. No pasa nada —dijo firme—. Te quiero, mamá. Aunque a veces estés triste.

El pecho se me llenó de culpa y alivio a partes iguales.

No podía arreglar el desastre, pero el abrazo de mi hijo era mi única ancla.

Mientras lo acunaba, me juré a mí misma que encontraría la forma de recomponer el tablero, de protegerle y de neutralizar a Javier antes de que usara esos papeles en mi contra.

Entonces, el móvil me vibró en el bolsillo.

Lo saqué con los dedos temblando, esperando otra amenaza. Pero el remitente era un número oculto. Al abrirlo, solo había una línea de texto, escueta y cruda, que me dejó el corazón en un puño:

P-G4. Bloqueo. No muevas la dama. Confía en el peón.

Miré la pantalla, asimilando las palabras hasta que el aire volvió a entrar en mis pulmones. P-G4. Un movimiento de peón agresivo. Una distracción suicida para cubrir a la pieza más valiosa de la partida.

A la mañana siguiente, me puse el traje de chaqueta como si fuera una armadura de kevlar.

No había tiempo para llantos ni para llorar por fantasías rotas.

Me fui a la oficina, a la torre de cristal desde donde dirigía dos farmacéuticas y la fundación.

Cada paso por los pasillos resonaba como un recordatorio de que allí, yo era la que mandaba.

Me atrincheré en el trabajo. Los informes, las reuniones y las decisiones estratégicas se convirtieron en un muro para bloquear el dolor. Cada contrato firmado era un escudo para que nadie pudiera volver a tocarme.

Entraba la primera y salía la última. Tenía un volumen de trabajo monumental con el traspaso de la empresa, pero el verdadero infierno era BioVida. Yo era la accionista mayoritaria… y, por tanto, mi socio directo era Damián.

El mismo Damián que había prometido quemar Madrid por mí, que había jurado que nada nos haría daño… y que ahora llevaba casi una semana desaparecido del mapa, dejándose ver por la ciudad con la rubia de bote de Candela. Como si la isla, el búnker y sus promesas no hubieran existido.

El vacío que sentía no lo llenaba ningún balance financiero. Entre contratos y gráficos, la realidad me aplastaba: el vértigo de creer que podía ser feliz con él se había desvanecido como el humo. Y ahí estaba yo, sola en el centro del tablero, sin poder usar la pieza en la que más confiaba.

Escondí las ojeras tras unas gafas de pasta. Tenía los ojos irritados de tanto llorar a solas en el despacho. Víctor sufría; preguntaba por su tío a todas horas, pero yo no podía obligarle a ver a un hombre que nos había dejado tirados.

Hasta que, seis días después de nuestra vuelta de Francia, una sombra ocupó el marco de la puerta de mi despacho.

—¿Se puede, directora? —esa voz grave me golpeó la nuca y casi doy un salto en la silla de cuero.

Me giré muy despacio. El pulso se me disparó entre el pánico y la rabia. Allí estaba él, apoyado en el marco, con una actitud que rozaba la arrogancia y que, muy a mi pesar, volvía a ponerme a sus pies aunque la cabeza me gritara que lo mandara a la mierda.