Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Treinta y uno
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Treinta y uno

El paraíso se desmoronó en cuestión de minutos.

La Malva Real, que apenas unas horas antes olía a libertad y salitre, se transformó en una cuenta atrás asfixiante.

Henry se movía por la casa con precisión militar, cerrando contraventanas y cargando el equipaje en los coches de alquiler que esperaban en la entrada.

El rugido del Atlántico, antes nana, ahora sonaba como una advertencia.

—¡No quiero irme! ¡Mamá, dile que no! —los gritos de Víctor rebotaban en las paredes de piedra del salón.

Estaba agarrado al marco de la puerta de la Suite del Capitán, con el barco de madera apretado contra el pecho. Sus lágrimas eran gruesas, desesperadas. Las de un niño que no entiende de leyes ni de amenazas de secuestro, pero que siente perfectamente cuándo le están arrebatando su hogar.

—Cielo, tenemos que volver… papá nos espera —mentí. La palabra «papá» me supo a ceniza en la lengua.

África y Jasmine ayudaban a Henry en silencio, con los rostros sombríos.

La fiesta había terminado de la forma más cruel posible.

Me refugié en la Suite de l’Océanide para terminar de cerrar mi maleta, pero las manos me fallaron.

Me desplomé sobre el borde de la cama, la misma donde hacía apenas una hora soñaba con una vida que no me pertenecía, y me eché a llorar.

Lágrimas de rabia, impotencia y un miedo atroz a lo que nos esperaba al aterrizar.

Sentí unos pasos cruzar la habitación y, antes de que pudiera taparme la cara, los brazos de Damián me rodearon desde atrás. Me atrajo contra su pecho con fuerza, anclándome a la realidad.

—He sido feliz —sollocé, escondiendo el rostro en su cuello, respirando por última vez su aroma mezclado con el aire de la isla—. Por unas horas, he sido más feliz de lo que jamás pensé que me estaba permitido ser.

No me soltó. Apoyó la barbilla sobre mi cabeza y sentí cómo el pecho le subía y bajaba. Cuando habló, su voz no era la del hombre que bromeaba con Víctor, sino la de alguien que acababa de decidir que el rey ya no tenía poder sobre él.

—Escúchame bien —susurró. Me vibró hasta en los huesos—. Esto no es un recuerdo. Es un adelanto. Javier cree que ha ganado porque nos obliga a subir a ese avión, pero no tiene ni puta idea de lo que hemos encontrado aquí. Ni de lo que estoy dispuesto a hacer.

Me separó lo justo para obligarme a mirarle. Sus ojos verdes estaban encendidos, cargados de una promesa tan oscura como absoluta.

—Vas a ser mía. No en una habitación escondida. Vas a ser mía a la luz del día, sin contratos de por medio. Te juro que voy a hacerte feliz, no por unas horas, sino cada maldito día de tu vida. Voy a sacarte de ese tablero aunque tenga que quemar Madrid entero.

Me acarició la mejilla con el pulgar, secándome una lágrima. Por un segundo, la amenaza de Javier pareció insignificante frente a la voluntad de acero del hombre que tenía delante.

—Ahora límpiate la cara —ordenó con suavidad—. Vamos a volver a casa, vamos a mirar a mi hermano a los ojos y vamos a empezar la demolición.

Bajamos las escaleras juntos. Víctor, más calmado porque Damián le había prometido que la misión secreta continuaba en el avión, nos esperaba en la puerta. Henry nos hizo una señal: era hora de partir.

Al salir al patio, no pude evitar mirar hacia la esquina donde estaba la entrada al foso. Allí abajo, entre el plástico de colores, se quedaban su camiseta y mi ropa interior. Un rastro mudo de nuestra traición, el primer pilar de la nueva vida que me acababa de jurar.

El coche arrancó y, mientras la Malva Real se hacía pequeña en el retrovisor, supe que la Valeria que regresaba a Madrid ya no era la misma que se marchó.

El trayecto de vuelta fue el reverso tenebroso del viaje de ida. Si antes el avión vibraba con risas y descorches, ahora el único sonido era el zumbido monótono de las turbinas. El cielo azul de la Isla de Ré se fue tornando gris asfixiante a medida que nos acercábamos a la capital.

En la cabina, el silencio pesaba toneladas.

Damián se encargó de Víctor desde el primer segundo, sin permitir que el niño viera mis ojos rojos ni el temblor de mis manos.

Se sentó con él al fondo, hablándole en susurros, mostrándole algo en la tablet con una calma casi sobrenatural, dado el odio que yo sabía que le hervía en la sangre.

Víctor, agotado de llorar, acabó quedándose dormido con la cabeza en su regazo.

Jasmine y África se sentaron frente a mí, flanqueándome como dos escudos.

—Burbuja, mírame —susurró África, apretándome la mano—. No estás sola. Javi cree que por ser un Blackwood puede pasar por encima de todo el mundo, pero se olvida de que yo también llevo su sangre.

Tenía la mirada encendida con una mezcla de asco y resolución que nunca le había visto.

—Voy a mover mis contactos, voy a hablar con la prensa si hace falta. Si quiere guerra sucia, le daré fango para que se ahogue. Se va a arrepentir de haberte amenazado.

—Gracias —logré articular con la garganta en carne viva—. Pero esto es distinto. Ha tocado lo único que no debía tocar.

Jasmine asintió, pasándome un pañuelo.

—Relájate. Deja que Damián lleve el timón un rato. Mira cómo lo tiene —señaló hacia el fondo—. Ese hombre no va a dejar que os pase nada.

Cuando las ruedas tocaron la pista privada de Barajas, el aire acondicionado del avión dejó de ser refrescante para volverse puro hielo. Al bajar la escalerilla, el calor abrasador del verano madrileño nos golpeó como una bofetada. Henry ya tenía los coches esperando.

Jasmine y África bajaron conmigo, dispuestas a montar una barricada si Javier aparecía con la policía.

—Nos vamos con vosotros —sentenció Jasmine, agarrando su maleta con firmeza—. No te dejaremos sola con ese desgraciado.

Me detuve frente a la puerta del coche y las miré. Eran mi vida, pero este era un tablero en el que ellas ya no podían jugar.

—No —dije con firmeza, sorprendiéndome a mí misma—. Marchaos a vuestras casas. Descansad. Esto tengo que cerrarlo yo.

—Valeria, por favor… —empezó África.

—Hacedle caso —intervino Damián, bajando del avión con Víctor dormido en brazos—. Henry os llevará a vuestras casas. Estaréis informadas de todo, pero ahora mismo la reina necesita su castillo despejado.

Se despidieron a regañadientes, con abrazos largos. Vi cómo el coche de Henry se alejaba con ellas y me quedé en la pista, bajo el sol implacable. Solo quedábamos nosotros tres.

Damián me miró por encima de la cabeza del niño. Sus ojos no tenían rastro de la ternura de la piscina. Eran puro acero.

—¿Lista para entrar en la boca del lobo? —preguntó.

—El lobo no sabe que nosotros también traemos colmillos —respondí.

Subimos al coche. El trayecto hacia la urbanización fue un desierto de palabras.

El vehículo se detuvo frente a la escalinata de la mansión con un chirrido que cortó la pesadez de la tarde. El sol caía a plomo, pero el frío que emanaba de la puerta principal me congeló los huesos.

Allí estaba él. Javier estaba apoyado contra el marco de madera noble, con una copa de whisky en la mano y una sonrisa triunfal que me revolvió el estómago.

No esperó a que bajáramos. Dio un paso al frente, entornando los ojos con satisfacción sádica.

—Vaya, vaya… la familia al completo —soltó—. ¿Qué tal la isla, Valeria? ¿Te has divertido mucho follándote a mi hermano mientras yo estaba tan preocupado?

El aire se extinguió. Sentí el cuerpo de Víctor tensarse a mi lado. El niño me miró con los ojos muy abiertos, procesando palabras que nunca debería haber escuchado de su propio padre.

—¡Javier! ¡Cállate! —grité, bajando del coche de un salto e interponiéndome entre él y el niño—. No digas eso delante de él.

Damián salió como un resorte. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos parecían piedras.

Dio un zancada hacia su hermano, a un milímetro de arrancarle la cabeza, pero se detuvo en seco cuando Víctor soltó un sollozo ahogado.

Cerró los ojos un segundo, tragándose el odio por el bien del niño.

—No voy a permitir que nos trates así —le espeté a Javier, temblando de rabia—. Se acabó el miedo y se acabaron las putas amenazas. No tienes ni idea de lo que hemos descubierto y no tienes ningún poder sobre nosotros.

—¡Mamá, quiero irme! —Víctor empezó a llorar con fuerza, aferrándose a la pierna de Damián.

Desi apareció corriendo desde el interior de la casa, pálido y con expresión de angustia.

—Señora, por favor… Víctor, ven conmigo —dijo, intentando llevarse al niño lejos del desastre.

—¡No! ¡Por favor, prométeme que no me vas a alejar de ella! —Víctor gritaba, aferrado al pantalón de Damián—. ¡Tío Damián, no me dejes!

Damián se agachó para cogerlo en brazos, dispuesto a sacarlo de allí él mismo, pero el sonido de unos tacones golpeando el mármol del vestíbulo detuvo el tiempo.

Una mujer salió de la penumbra de la casa. Rubia platino, pecho operado asomando por un vestido verde eléctrico, curvas artificiales y un bolso que costaba más que un coche.

Su mirada se clavó directamente en nosotros.

—¡Damián! ¡Cariño! —exclamó con un chillido agudo.

Se lanzó a sus brazos con una familiaridad que me paralizó por completo. Le plantó un beso sonoro en la mejilla mientras él se quedaba petrificado, aún sujetando a mi hijo.

—¡No me dijiste que volvías hoy! —continuó ella, tocándole el pecho—.

He estado esperándote con Javier, nos hemos tomado unas copas…

Estás guapísimo. ¿Verdad que le ha sentado bien el sol, Javi?

Me quedé sin aire. El búnker, la promesa en la habitación, la calidez de su pulgar borrando mis lágrimas, aquel juramento de «vas a ser mía a la luz del día»…

Todo saltó por los aires al escuchar aquel «cariño» y ver las manos de esa desconocida aferradas a su cuerpo.

Miré a Damián, suplicando en silencio que la apartara, que lo negara, pero la conmoción en su rostro fue un golpe letal. La decepción me atravesó el pecho, aguda y asfixiante, rematada por la risa sorda y cruel que Javier soltó desde la puerta.