Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Treinta
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Treinta

Por fin teníamos lo que nos había hecho recorrer miles de kilómetros y acabar en aquel embrollo.

—¿Cómo salimos de aquí? —pregunté, todavía recuperando el aliento.

—Hay un botón rojo, por allí —dijo, señalando una esquina con una sonrisa torcida.

—¿Y ahora me lo dices? —protesté.

—Antes no habría tenido gracia —respondió. Su tono de voz me provocaba unas ganas irremediables de golpearle y de reírme a la vez.

Le di un pequeño golpe en el brazo, pero no pareció molestarle. Con agilidad, logró alcanzar el botón y una puerta se abrió, absorbiendo con ella todas las pelotas de plástico.

El mecanismo hidráulico se cerró a nuestra espalda con un siseo apenas perceptible, dejándonos a solas con el rugido del Atlántico y el parpadeo lejano del faro. Nos sentamos en el borde de mármol de la piscina infinita, dejando que el agua helada nos lamiera los pies.

Fue en ese silencio, bajo la claridad despiadada de la luna francesa, cuando la realidad me golpeó con la fuerza de una resaca.

Me miré las manos, todavía temblorosas, y luego bajé la vista hacia mis piernas.

El rastro de lo que acababa de ocurrir en el búnker me provocó un vuelco en el estómago.

Un rubor diferente me subió por el cuello: no era deseo, era una vergüenza repentina, casi infantil.

Me había entregado de una forma tan cruda, tan animal, que me costaba reconocer a la Valeria experta en controlar cada milímetro de su vida.

—He dejado mis bragas ahí abajo —susurré, incapaz de mirarle a los ojos. La voz me salió en un susurro frágil, rota por todo lo que acabábamos de hacer.

Damián soltó una risa suave, cargada de ternura, y me rodeó los hombros con un brazo. Él también estaba a medio vestir, con el pecho descubierto y el pelo alborotado.

—Y yo mi camiseta —respondió, dándole importancia cero al hecho de que nuestra ropa formara ahora parte del tesoro oculto—. Si alguien baja, va a toparse con el hallazgo más divertido de todo el búnker.

—No tiene gracia —le di un empujón suave, aunque terminé apoyando la cabeza en su hombro—. Si alguien ve eso…

—Nadie va a bajar. Solo nosotros tenemos el código —me interrumpió, volviéndose serio de golpe. Sacó la nota y la releyó—. Este mensaje no es para cualquiera. Está pensado solo para nosotros.

Lo abracé por impulso. Tenía mil preguntas, pero no me salía nada más que mantenerlo junto a mí. Entonces me acordé de la caja. Sin separarme de él, la tomé entre mis manos y la abrí. Dentro del papel solo había un código:

«N6YLTFTNY»

Lo leyó en silencio y sus facciones se relajaron. Para cualquier otro, no significaría nada. Pero para él, cada letra y cada número parecía tener sentido.

—¿Qué significa? —pregunté, con la vista clavada en el papel.

Me miró sin articular palabra. Su silencio era pesado, absoluto. No había atisbo de respuesta en el verde de sus pupilas. Era como si el código existiera solo para él, y yo no tuviera derecho a saberlo todavía.

—No tengo ni idea —respondió al fin. Su tono mezclaba seriedad y burla, obligándome a desconfiar de él—. Pero lo descubriremos juntos.

Asentí, intentando creerle, aunque una parte de mí sabía que me ocultaba piezas del puzle. Quise protestar, pero se acercó, rozando mi hombro con la palma de la mano. Su cercanía era un imán imposible de ignorar.

—Mañana será otro día —murmuró—. Ahora deberíamos dormir.

—Dormir… —repetí, levantando una ceja—. Solo dormir, ¿eh?

Sonrió, ladeando la cabeza.

—Prometido —dijo en un murmullo, con un brillo travieso en los ojos—. Solo dormir.

Nos quedamos un instante mirándonos. La tensión flotaba en el aire antes de que me dejara guiar hacia la cama.

El calor de su brazo rozando el mío mientras nos acomodábamos, el olor de su piel y esa promesa susurrada hicieron que el cuerpo se me rebelara.

No entendía el código, no entendía lo que él sabía, pero sí entendía que la noche que venía era un juego compartido.

Respirábamos en silencio, su latido apenas perceptible contra mi espalda. La tensión no desaparecía, pero ahora era diferente: cómoda, cercana, un juego de polos opuestos atrayéndose sin que ocurriera nada más.

Mientras cerraba los ojos, no pude evitar sonreír.

La primera luz de la Isla de Ré se filtró por las cortinas de lino de la Suite de l’Océanide, tiñendo la habitación de un dorado pálido. Aquí, el único reloj era el ritmo constante del Atlántico rompiendo contra las dunas.

Me removí entre las sábanas de seda, sintiendo un peso cálido y reconfortante a mi espalda. Por primera vez en años, no me desperté sola.

Tenía un brazo pasado por mi cintura, sujetándome como si temiera que fuera a evaporarme con el amanecer. Sentir su respiración pausada contra mi nuca y el calor de su pecho desnudo contra mi espalda me provocó una punzada de felicidad intensa.

Me giré despacio para mirarle. Incluso dormido, desprendía un magnetismo puro. Le aparté un mechón de pelo oscuro de la frente. Los ojos esmeralda se abrieron, enfocándose en mis pupilas sin rastro de sueño.

—Buenos días, Queen —murmuró con esa voz ronca del primer despertar—. ¿Has soñado con el búnker de colores o conmigo?

—Con el búnker no, desde luego —reí por lo bajo, dándole un pequeño beso en la punta de la nariz—. Aunque sigo pensando en que mis bragas son ahora propiedad oficial de los Blackwood.

—Es un sacrificio necesario por la causa —bromeó.

Se giró sobre el colchón, atrapándome bajo su cuerpo.

Sus labios buscaron los míos en un beso lento, profundo, cargado de una pereza caliente que me hizo olvidar que el sol ya había salido.

Sus manos desnudas trazaron la curva de mi cadera, subiendo por mis costillas, erizándome la piel.

Le devolví el beso, enredando los dedos en su pelo oscuro, dispuesta a arrastrarlo de nuevo bajo las sábanas.

Nos quedamos un buen rato atrapados en ese rincón del mundo, entre caricias provocativas, roces húmedos y una intimidad que no necesitaba de planes maestros.

¡Toc, toc!

Tres golpes rápidos y enérgicos en la puerta nos hicieron saltar. Damián reaccionó con agilidad, cubriéndose hasta la cintura con el edredón mientras yo me sentaba de golpe, intentando domar mi pelo.

—¡Mamá! ¿Estás despierta? ¡He encontrado un cangrejo gigante en el jardín! —la voz de Víctor llegó nítida desde el pasillo.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. Mi hijo entró como un torbellino y frenó en seco al ver a Damián ocupando el otro lado de la cama.

—¿Tío Damián? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Por qué estás en la cama de mamá? ¿Te has vuelto a perder buscando el baño?

Miré a Damián, esperando su máscara de frialdad, pero su reacción me desarmó. Me guiñó un ojo y puso una expresión de fingida vergüenza.

—Pues verás, Víctor… —empezó con total aplomo—, es que anoche hubo un ruido muy raro fuera, como un monstruo de las dunas, y me dio un poco de miedo. Así que vine a pedirle ayuda a tu madre, que es mucho más valiente que yo. ¿Me dejas quedarme un rato más?

Víctor soltó una carcajada limpia y saltó directo al centro de la cama, aterrizando entre los dos.

—¡El tío Damián es un miedica! —gritó, hundiéndose entre las almohadas—. No pasa nada, nosotros te protegemos. Mamá es la jefa, ella no le tiene miedo a nada.

Me quedé mirando la escena: mi hijo riendo a carcajadas mientras Damián le hacía cosquillas, los tres bajo las sábanas en una suite de lujo frente al mar.

—Bueno, pues si el capitán nos protege, creo que podemos dormir cinco minutos más —dije, abrazando a Víctor, mientras la mano de Damián pasaba por encima de los dos, cerrando el círculo.

La burbuja de paz estalló sin previo aviso. No fue un ruido exterior ni una alarma, sino el sonido de la puerta abriéndose de golpe y los pasos apresurados de África cruzando la habitación.

No pidió permiso. Entró con el rostro pálido, los ojos muy abiertos y sujetando mi teléfono como si fuera una granada a punto de estallar.

En ese instante me di cuenta de mi error de principiante: en mitad de la adrenalina del búnker y la intensidad del amanecer, me había olvidado de que el mundo exterior seguía su curso.

Y de que ese mundo tenía un dueño llamado Javier.

—Valeria… —susurró África, con la voz temblorosa—. Tienes que ver esto. No para de llamar. Y los mensajes… Dios mío, los mensajes son horribles.

Damián, que todavía estaba apoyado contra el cabecero con Víctor echado encima de él, se puso rígido al instante. La calidez que emanaba de su cuerpo hace solo un minuto se transformó en hielo puro. Me tendió el teléfono y, antes de que pudiera leer la primera línea, el aparato volvió a vibrar.

Javier.

Con los dedos entumecidos, deslicé la pantalla para descolgar. Antes de articular palabra, su voz me golpeó como un latigazo.

—¿Te crees muy lista, Valeria? —era veneno puro—. ¿Pensabas que podías sacar a mi hijo de España sin mi consentimiento y que yo me quedaría sentado esperando?

—Javier, escúchame… —empecé.

—No, escúchame tú. He hablado con mis abogados.

He denunciado la sustracción de un menor.

En este preciso momento, estás cometiendo un secuestro.

O vuelves con Víctor en el próximo vuelo que salga de La Rochelle, o te juro por el nombre de los Blackwood que pasarás los próximos años viendo a tu hijo a través del cristal de una sala de visitas.

Te voy a hundir, Valeria. A ti y a quien sea que te esté ayudando.

El silencio que siguió fue atronador. Miré a Damián.

Estaba inmóvil, pero con la mandíbula tan apretada que temí que se partiera los dientes.

Sus ojos, que hasta hace un rato me miraban con una ternura que me había costado años merecer, eran ahora dos brasas de odio dirigidas al vacío.

Los nudillos, blancos, apretaban la sábana.

La furia que desprendía era física, una presión letal que llenaba toda la suite.

—Mamá… ¿quién es? —preguntó Víctor, notando que el ambiente se había vuelto de plomo.

No supe contestar. Javier cortó la comunicación, dejándome con el pitido final resonando en el oído y el peso de una amenaza capaz de destruirlo todo.

Miré a África. Luego a Damián.

El peón ya no estaba protegiendo a la reina en un juego de sombras. El rey acababa de mover su pieza más sucia, y Damián, envuelto en su silencio de hielo, parecía estar calculando con exactitud cómo iba a quemar todo el tablero para evitar que su hermano nos pusiera un dedo encima.