Veintinueve
El impacto no llegó contra la piedra fría que esperaba.
Fue otra cosa.
Una marea de plástico cedió bajo nuestro peso con un crujido sordo, casi irreal.
Los pulmones se me vaciaron de golpe mientras nos hundíamos, envueltos por cientos de piezas redondas que rodaban y chocaban entre sí en un estrépito caótico.
Todo era inestable. Móvil. Como caer dentro de un océano seco.
El plástico se deslizaba por mi piel, colándose entre mis brazos y mi cuello, atrapándonos.
Me quedé inmovilizada en el fondo, con el pecho martilleando a mil por hora. Tardé unos segundos en procesar que el suelo era una inmensa piscina llena de pelotas de colores, un amortiguador gigante bajo la trampa del búnker. Pero lo que me robaba el aliento no era la caída.
Era él.
Damián había caído sobre mí. Su peso, rotundo y firme, me anclaba contra el fondo, impidiéndome cualquier escape. La penumbra, rota solo por unas tiras de LED azul cobalto en los muros de hormigón, teñía la escena de un tono eléctrico.
Sentí su respiración entrecortada chocar contra mi cuello. Su rostro estaba a milímetros del mío; notaba el roce de su pelo alborotado y la tensión de su mandíbula. Intenté incorporarme por puro instinto, pero solo conseguí que nos hundiéramos un poco más.
Sus músculos se tensaron sobre los míos. Sentí su pecho subir y bajar, el calor asfixiante que desprendía, y sobre todo, sentí la presión de su erección, dura como una roca, apretándose justo contra mi vientre a través de la ropa.
Una de sus manos estaba clavada junto a mi cabeza para no aplastarme del todo, pero la otra había bajado durante la caída. Ahora reposaba sobre mi muslo desnudo, tras deslizar la tela del vestido hacia arriba. El tacto de sus dedos quemaba sobre mi piel.
—¿Estás viva, Queen? —su voz sonó ronca, un susurro vibrando contra mis clavículas.
—Eso creo —logré articular en un hilo de voz—. Damián, me estás… aplastando.
No se apartó. Al contrario, dejó caer un poco más su peso. Podía sentir cada contracción de su abdomen y la fricción de su dureza contra mi intimidad con cada pequeña ola de las pelotas de colores.
—Admitirás que mi padre tenía un sentido del humor muy retorcido —murmuró. Su aliento me rozó la mejilla—. Esto no es un parque infantil. Es un amortiguador de caída para un búnker de alta seguridad. Y nos ha atrapado a los dos.
Su nariz rozó la mía, un contacto mínimo pero cargado de alto voltaje. La mano en mi muslo subió un par de centímetros, trazando una caricia áspera y posesiva que me desarmó por completo.
—Tenemos que buscar el mensaje —balbuceé, luchando por no volverme loca al sentir cómo su erección pulsaba contra mí.
—El código no se va a mover —sentenció, esbozando una sonrisa depredadora—. Pero nosotros estamos en un lugar donde nadie nos busca. Donde no hay testamentos, ni normas. Solo tú, yo y una piscina de plástico.
La provocación dio paso a una vulnerabilidad cruda en sus ojos.
—¿Alguna vez has jugado a buscar el tesoro en un sitio así? —preguntó.
Bajó el rostro hasta que sus labios acariciaron los míos. Un roce tímido, húmedo, que encendió un reguero de pólvora en mi bajo vientre. Su humedad avivó la mía, empapándome al instante.
Cerré los ojos. Y en un acto de rendición absoluta, rodeé su cuello con los brazos, tirando de él hacia mí.
No hubo sutilezas. El beso fue un choque brutal, la explosión de una tensión acumulada que nos devoraba por dentro.
Sus labios, al principio cautelosos, se volvieron húmedos y exigentes.
Damián soltó un gruñido sordo, un sonido animal que vibró en mi pecho, y profundizó el beso con una urgencia que me cortó el aire.
Sus manos se volvieron salvajes. Una se enredó en mi pelo, obligándome a echar la cabeza hacia atrás para exponer mi cuello; la otra me agarró por la cintura, presionando mi cadera contra la suya para que sintiera lo duro y desesperado que estaba por mí.
Las pelotas de plástico crujían a nuestro alrededor, hundiéndonos más en la marea de colores, pero el frío del material no era rival para el incendio de nuestros cuerpos.
—Valeria… —susurró contra mis labios. Sus ojos me devoraban, oscuros por una voracidad pura y dura—. No hay paredes que nos separen aquí.
No le dejé terminar. Volví a atrapar su boca, mordiendo su labio inferior con una necesidad imperiosa, volviéndome loca por probarle entero. Sentí cómo sus dedos se colaban por el escote del vestido, acariciando la piel de mis pechos con una pasión que me hizo arquear la espalda.
El beso bajó por mi mandíbula hasta la curva de mi cuello. Sus dientes me rozaron la piel, marcando territorio, haciéndome jadear. Éramos dos incendios alimentándose el uno del otro.
—Mírame —ordenó en un susurro ronco, separándose lo justo para que nuestras frentes chocaran.
Le miré, con los labios hinchados y el pecho agitado.
—No hay vuelta atrás —continuó. Su mano acunó mi rostro, el pulgar trazando mi pómulo—. Si seguimos, arderá todo. Y no pienso parar.
—Que arda todo, Damián.
Esa frase destrozó su control.
Me empujó hacia atrás entre el plástico y se colocó sobre mí, aplastándome con un deseo crudo. Su mirada era la de un hombre que llevaba años muriéndose de sed.
—Llevo mucho tiempo sin hacer esto —confesó, con la voz rota—. Llevo años guardándome, esperando este puto momento mientras la rabia me comía por dentro al verte con él. Solo te quiero a ti.
Sus palabras me atravesaron como un rayo. No respondí con frases; levanté la cabeza y le besé con desesperación.
Sus manos bajaron por mis caderas, apartando la tela del vestido hasta encontrar la cinturilla de mis bragas. Me miró, pidiendo un permiso silencioso, con las pupilas dilatadas por el hambre.
Asentí.
Sus dedos se colaron bajo el encaje, directos hacia mi intimidad. Solté un gemido ahogado que rebotó en las paredes de hormigón. Estaba empapada, y él lo supo en el acto. Me llenó allí solo con sus dedos, moviéndose con una pericia experta y un ritmo despiadado que me cortó la respiración.
—Dios… —gemí, cerrando los ojos con fuerza.
—Mírame —exigió, rudo y posesivo—. Quiero verte mientras te deshaces.
Abrí los ojos y le sostuve la mirada mientras su pulgar encontraba mi punto exacto de placer.
Cada capa de guardia que había construido en seis años se disolvió en ese búnker.
Me llevó al límite rápido, sin piedad, y cuando el primer orgasmo me reventó por dentro, ahogué un grito contra su cuello, clavando las uñas en sus hombros.
Él no apartó la vista, como si llevara una vida entera esperando ver esa expresión en mi cara.
Antes de que yo pudiera recuperar el aliento, Damián se deslizó hacia abajo, hundiendo sus piernas en la inestabilidad de las pelotas para hacerse hueco.
Apartó el vestido por completo y bajó mi ropa interior con un tirón seco.
Sus manos me sujetaron los muslos, acomodándolos sobre sus hombros para abrirme sin dudar, y cuando su boca, caliente y experta, se cerró sobre mi sexo, un sonido roto me rasgó la garganta.
No había delicadeza. Había urgencia. Su lengua me saboreaba, trazando líneas húmedas, bebiéndose cada gota de mí.
Me deleitaba con una pasión devoradora. Levantó la vista un segundo, con los labios brillando por mi humedad, mirándome fijo a los ojos mientras me comía.
Verle ahí abajo, encajado entre la marea de colores, venerándome de esa manera, me hizo perder la cabeza por completo, jamás había sentido tanto placer.
El segundo orgasmo llegó como un tsunami. Una ola oscura y salvaje que me obligó a arquear la espalda y enredar las manos en su pelo. Mi cuerpo colapsó, perdiendo cualquier freno, y me derramé sobre él con una fuerza desmedida.
Un chorro abundante y caliente brotó de mi interior, empapándole la cara, la barbilla y el pecho desnudo. Fue una liberación brutal. Un descontrol absoluto.
Damián parpadeó, sorprendido por la cantidad de líquido que le acababa de bañar, pero no retrocedió un milímetro. Al revés. Saboreó el final del orgasmo pasándose la lengua por los labios. Levantó el rostro hacia mí, con la piel brillante y las facciones tensadas por el asombro y el deseo.
—Eres perfecta —murmuró, con la voz áspera y ronca.
Tiré de él hacia arriba, buscando su boca, saboreándome en sus labios. Cuando volvió a colocarse sobre mí, tenía el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Me miró con confusión, con vértigo, como si acabara de darse cuenta del precipicio que acabábamos de saltar.
—No esperaba esto —murmuró.
—¿Hablas del orgasmo o de la pasión? —susurré, sin aire.
—De todo.
Fue entonces cuando noté algo duro clavándose en mi espalda, bajo la marea de pelotas. Me moví un poco, palpando a ciegas.
—Hay algo aquí abajo —dije.
Damián frunció el ceño y apartó un puñado de plástico de colores. Entre las piezas emergió una caja de metal oscura, con el sello grabado de los Blackwood en la tapa. La tomé con las dos manos. Estaba fría. Y, por supuesto, empapada de mi propia esencia tras la sacudida de hace unos segundos.
Los dos la miramos en silencio.
—Tu padre lo había planeado todo —dije al fin, soltando una carcajada rota—. Aunque espero de corazón que no supiera que íbamos a hacer exactamente esto aquí abajo.
Damián soltó una risa ronca, oscura, genuina.
—Hijo de… —murmuró, pasándose una mano por el pelo mojado—. Incluso muerto sigue ganando.
Abrí la tapa de la caja. En el interior, envuelto en tela encerada, había un papel doblado. Una sola línea escrita con la caligrafía de Alejandro:
«El faro no guía al que navega. Guía al que ya sabe adónde va».
A nuestro alrededor, las pelotas de colores se reacomodaban con crujidos leves.
Y yo estaba allí, con los labios hinchados y el cuerpo temblando por el placer, entre los brazos del hombre más peligroso que conocía.
Con una nueva pista en la mano y la certeza absoluta de que no quería escapar de ese agujero.