Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Veintiocho
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Veintiocho

Comimos en la misma orilla, con los pies enterrados en la arena y el sabor del salitre todavía en los labios.

Henry había organizado un despliegue de productos locales que parecían sacados de una revista: baguettes recién horneadas, quesos de la zona y fruta fresca.

Fue un almuerzo sin protocolos, donde las risas de Víctor y las bromas de las chicas le ganaron la partida al silencio asfixiante que solía reinar en las comidas de Madrid.

​El sol de la tarde empezó a apretar y el cansancio del viaje, sumado al baño y al vino, nos pasó factura a todos.

Regresamos a la Malva Real buscando el frescor de los techos altos.

El gran salón, con sus inmensos sofás de lino y la brisa colándose por los ventanales, se convirtió en nuestro refugio.

​Víctor fue el primero en caer. Se quedó frito a mitad de una frase, pero no buscó su cama, sino el pecho de su tío.

Ver a Damián —el mismo hombre que horas antes destilaba peligro— quedarse completamente quieto para no despertarlo, terminó de desarmarme.

Se acomodó en el sofá, dejando que el niño se hundiera contra él y, sin pedir permiso, apoyó su cabeza sobre mis piernas.

Me quedé petrificada un segundo, sintiendo el peso de su cuerpo y la suavidad de su pelo contra mi piel.

No hubo palabras. Solo el sonido de sus respiraciones mezclándose con el rumor del mar.

Le acaricié el cabello por inercia, perdiendo los dedos entre las ondas oscuras.

Damián cerró los ojos y soltó un suspiro hondo.

No era descanso; era rendición absoluta.

​Cuando despertamos de aquella siesta suspendida en el tiempo, la luz ya se había vuelto dorada. Decidimos salir a explorar. Nos perdimos por las callejuelas del pueblo cercano, un laberinto de casas blancas con contraventanas verde oscuro y malvas reales creciendo en cada esquina.

​Damián caminaba con las manos en los bolsillos, relajado, mientras Víctor corría de un escaparate a otro.

Compramos sombreros de paja, dulces típicos y un pequeño barco de madera que mi hijo se negó a soltar.

Ver a Damián regatear en un francés impecable y bromear con los tenderos le quitaba esa coraza de hombre de negocios despiadado.

Lo hacía accesible. Peligrosamente cercano a algo normal.

​Terminamos cenando en una terraza colgada sobre el puerto. El menú fue sencillo: pescado del día, vino blanco y el espectáculo del sol hundiéndose en el Atlántico, tiñendo el cielo de violetas y naranjas.

Mis amigas reían al otro lado de la mesa con Henry, que por fin se había quitado las gafas de sol y parecía estar bajando la guardia. Damián, sentado a mi lado, deslizó su mano bajo la mesa y rozó la mía. Sus dedos se entrelazaron con los míos en un gesto posesivo y caliente.

—Relájate —murmuró cerca de mi oído, rozándome con la mirada—. Ya estamos aquí.

​Al volver a la mansión, el cansancio infantil volvió a pasar factura. Víctor apenas podía mantener los ojos abiertos mientras subíamos la escalera de piedra.

—Yo me encargo —dijo Damián, cogiéndolo en brazos con una soltura que me seguía sorprendiendo—. Ve con tus amigas, tómate esa copa que llevas deseando desde el postre. La reina necesita un respiro.

Le di un beso en la frente a mi hijo y me quedé en el pasillo, observando cómo se alejaban. Damián empezó a susurrarle algo al niño. Agucé el oído y reconocí la melodía:

— Duerme el pequeño alfil en su torre de cristal… que la luna de plata te libre del mal…

La nana de los Blackwood. Escucharle cantarla con esa voz ronca y protectora me provocó un nudo doloroso en la garganta.

​Bajé a la terraza de la piscina, donde Jasmine y África ya habían servido tres copas de un tinto francés. Me senté con ellas, dejando que la brisa me despejara la cabeza.

—Bueno… —empezó Jasmine, dándole un buen trago a su copa y mirándome fijamente—. ¿Vamos a hablar de la estampa familiar de la siesta en el sofá o seguimos fingiendo que no tienes una boda real montándose en tu cabeza?

—No hay ninguna boda —reí, aunque el corazón me latía demasiado deprisa—. Solo… es agradable. Por primera vez en años no siento que tenga que vigilar mi espalda cada puto segundo.

—Se le cae la baba con el niño, Burbuja —añadió África, mirando las estrellas—. Y contigo… contigo parece que está intentando abrir una caja fuerte.

—Totalmente —remató Jasmine con una sonrisa maliciosa—. Solo digo una cosa: si no te lo tiras tú, me lo tiro yo. Ese hombre es un delito internacional y está claro que se muere por tus huesos.

​Brindamos entre risas, pero mi mirada se escapaba a la planta de arriba. Sabía que la calma del día era solo un espejismo y que el verdadero tablero nos esperaba en el despacho.

Media hora después, Henry se acercó a la zona de las tumbonas.

—Damián dice que el perímetro es seguro y las alarmas están conectadas —informó, sentándose en el borde de una hamaca con una rigidez que empezó a ceder bajo la mirada clavada de África.

Ella no perdió el tiempo. Le ofreció una copa con una sonrisa que ya no dejaba lugar a dudas.

Me levanté, sabiendo que era el momento de dejarlos a solas y de afrontar lo que me esperaba arriba.

—Os dejo con el Muro de Granito —bromeé, ganándome una mirada cómplice de mis amigas.

​Subí las escaleras notando el frío del pasamanos. La planta superior estaba en penumbra. Al pasar por la Suite del Capitán , vi la puerta entornada. Me asomé. Víctor dormía abrazado a su barco de madera, bien arropado. Damián ya no estaba allí, pero su rastro se percibía en el aire.

​Fui hacia la biblioteca.

Estaba de pie, junto al gran ventanal, mirando la negrura del océano.

—Se ha quedado frito en dos minutos —dijo sin girarse—. Cree que mañana los barcos del puerto vendrán a escoltar su fuerte de arena.

—Gracias —susurré, acortando la distancia hasta la mesa central—. Por hoy. Por él. Por todo.

​Se giró muy despacio. La luz del faro de las Ballenas entraba a intervalos regulares, iluminando sus facciones por ráfagas: la mandíbula tensa, los ojos oscuros y esa boca que me estaba volviendo loca.

—No me des las gracias todavía. La noche es muy larga.

Se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre la madera, acorralándome contra el borde sin llegar a tocarme. Ese milímetro de aire entre su cuerpo y el mío quemaba más que el fuego directo.

​—Ya hemos cumplido con la parte familiar. Ahora toca el negocio.

Saqué la carta de Alejandro y los apuntes que había cruzado con Desi.

—El acceso al servidor está vinculado a los planos de esta casa —expliqué, obligándome a no mirar sus labios—. Desi encontró una coordenada en el registro de la propiedad… pero la fecha no encaja con los números.

​Damián se inclinó sobre mí. El olor a vainilla y salitre me inundó los sentidos. Tuve el impulso irracional de agarrarle por la camiseta y devorarle la boca ahí mismo, pero me contuve clavando las uñas en la madera.

—Porque estás usando el sistema equivocado —murmuró a un centímetro de mi oreja, rozándome el lóbulo con su respiración—. Mi padre no pensaba en líneas rectas. Pensaba en mareas.

​El aire de la biblioteca se volvió asfixiante.

—Valeria… —su voz era pura provocación—. Podemos buscar ese puto código toda la noche… o admitir que estamos buscando algo mucho más complicado que una contraseña.

Me quedé quieta, atrapada en su mirada.

—No confundas las cosas.

—No —respondió, y esa sílaba fue una sentencia—. Tú no quieres confundirlas. Pero te mueres de ganas.

​Señaló el papel, y el roce fugaz de sus nudillos contra mi mano provocó un cortocircuito en todo mi sistema nervioso.

—Esto es una coordenada ajustada por la pleamar. Si aplicas el ciclo lunar de la fecha…

—Obtendré la clave —terminé yo, intentando que no me temblara la voz.

—Exacto. —Hizo una pausa, devorándome con los ojos—. ¿Y el segundo tablero?

Esta vez no retrocedió.

​—No está en los papeles.

Levanté la vista hacia él. Fue un fallo táctico. Al cruzarme con ese verde intenso, todas mis defensas cayeron.

—Eres tú —susurró, con los labios a punto de rozar los míos—. Y aún no sé si estás jugando conmigo… o si vas a dejarte ganar.

​La luz del faro barrió la estancia de nuevo. Y entonces, mi cerebro conectó las dos ideas: la coordenada y el foco de luz del faro.

—Eso es…

Me zafé de su encierro y rodeé la mesa. Fui directa hacia la pared este, palpando los paneles de roble a oscuras, guiada por la intuición y la trayectoria de la luz. Tenía que estar ahí.

Toqué una superficie lisa y fría escondida tras una moldura. Una pantalla táctil.

​Sentí a Damián a mi espalda. Su cuerpo presionó contra el mío, encerrándome entre él y la pared. El calor de su pecho irradiaba a través de mi ropa y su aliento me quemó la nuca. Estaba temblando.

—Dime el código —exigí en un susurro entrecortado.

Me siseó los números al oído.

Los tecleé rápido.

Un segundo de silencio.

​Y después, todo se apagó.

Sonó un golpe seco bajo nuestros pies.

El suelo desapareció.

El estómago me dio un vuelco brutal. Estábamos cayendo a plomo en la oscuridad. Apenas tuve tiempo de soltar un grito ahogado cuando los brazos de Damián me rodearon la cintura, aplastándome contra él con una fuerza salvaje.

El mundo se convirtió en vértigo, caída y oscuridad.

Y en medio de ese vacío, él era lo único que me sostenía.