Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Veintisiete
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Veintisiete

La luz del Atlántico entró a raudales por los inmensos ventanales de la suite, recordándome que ya no estaba bajo el cielo gris y asfixiante de Madrid.

Sin embargo, mi cabeza no estaba para paisajes de revista.

Había pasado la noche dando vueltas en la cama, reviviendo cada puto segundo del encuentro en la cocina.

El contraste del acero frío en mi espalda y el cuerpo de Damián a milímetros del mío era un cortocircuito que mi lado racional no lograba procesar.

​Bajé las escaleras despacio, con el pelo alborotado y los ojos pesados, esperando encontrar el silencio habitual de los domingos en la mansión. En su lugar, me golpeó un olor a café recién hecho, bacon crujiente y masa dulce que llenaba todo el pasillo.

Me quedé clavada en el umbral de la cocina.

Damián estaba frente a los fogones, moviéndose con una soltura que me dejó seca.

Llevaba una camiseta gris de algodón que se le pegaba a la espalda y manejaba dos sartenes a la vez como si llevara haciéndolo toda la vida.

Se notaba que sus años en el extranjero le habían enseñado a sobrevivir sin criados.

​—¡Mamá, mira! —gritó Víctor desde la isla de la cocina. Llevaba puesto un delantal que le arrastraba por el suelo—. ¡Damián está haciendo tortitas americanas! ¡Tienen arándanos dentro!

Damián se giró al oírme. Sus ojos verdes hicieron un escaneo rápido, deteniéndose lo justo en mis ojeras, antes de esbozar una sonrisa de superioridad.

—Buenos días, Queen . Veo que el aire del Atlántico no te ha dejado pegar ojo —dijo, con un tono burlón y provocativo—. Siéntate. El café está listo y las tortitas, en su punto de caramelización.

​Justo entonces entraron Jasmine y África arrastrando los pies. Si yo estaba cansada, ellas parecían haber sobrevivido a un naufragio. Llevaban gafas de sol dentro de casa y se movían en cámara lenta, sufriendo los daños colaterales de la bodega de la Malva Real.

—Por favor… menos luz y más cafeína —balbuceó Jasmine, dejándose caer sobre la encimera como un fardo de ropa vieja—. ¿Quién ha encendido el sol tan fuerte hoy?

—Ha sido el Muro de Granito, seguro —añadió África, levantando las gafas para señalar el jardín, donde Henry ya patrullaba la zona—. Un momento... ¿mi primito está cocinando? Decidme que no es un espejismo por culpa de la resaca.

​—No es un espejismo, Pétalo —rió Damián, sirviendo un plato de tortitas humeantes frente a Víctor—. Fuera de la burbuja Blackwood aprendes que, si quieres comer bien y no morir de inanición, tienes que mancharte las manos.

La estampa me descolocaba por completo. Ver a Damián limpiándole la cara a Víctor con una servilleta de papel, bromeando con su prima y cocinando, convertía aquella cocina en un hogar de verdad. Algo que en Madrid jamás tuvimos.

​—Damián —intervine, intentando recuperar mi rol de estratega—. Hoy tenemos que ponernos a trabajar. He traído los planos y los documentos de Alejandro. Hay que encontrar el código de acceso al servidor. No hemos volado hasta Francia para comer tortitas.

Dejó la espátula, apoyó las manos en la encimera y me clavó la vista. La burla desapareció, dejando paso a una atención que me paralizó el pulso.

—Relájate. Víctor quiere playa —respondió, bajando la voz—. Y tus amigas necesitan salitre para recuperar la dignidad.

—¡Oye! —protestó Jasmine detrás de sus gafas oscuras, sin levantar la cabeza.

​Damián dio un paso hacia mí, lo justo para que nadie más escuchara.

—Tenemos tiempo —continuó—. La luz del día está para disfrutarla. Los secretos de mi padre… —se inclinó unos centímetros, enviando un escalofrío directo a mi nuca— se descubren mejor por la noche. Cuando no hay nadie más.

Me quedé con la taza de café a medio camino de la boca, incapaz de apartar la vista mientras el rubor me calentaba la cara.

​—Nos vamos a la playa —sentenció en voz alta, dándole una palmada en el hombro a mi hijo—. Henry ya ha montado las sombrillas. Valeria, ponte el bikini. Es una orden directa de tu socio.

Salió hacia el jardín con Víctor colgado del brazo.

Dejó la cocina llena de su olor y de una electricidad palpable.

En ese segundo tuve claro que el verdadero reto en la Isla de Ré no sería encontrar el maldito código.

Sería sobrevivirle a él, y a esa forma de hacerme sentir devorada, a salvo y fuera de control al mismo tiempo.

​Bajamos a la playa privada por un sendero de madera blanca.

Henry ya nos esperaba. Verle en bañador resultaba tan impactante como extraño; los shorts oscuros dejaban al descubierto un cuerpo esculpido a base de pura disciplina militar, cruzado por un par de cicatrices que imponían respeto.

Aunque Damián le había dicho que estuviera libre, seguía con sus gafas tácticas y la espalda rígida, escaneando el horizonte.

​África se derretía por él, y ni siquiera se molestaba en disimular.

Se acercaba cada dos por tres con excusas baratas: le ofrecía agua, le preguntaba por la temperatura del mar o si le molestaba la arena.

Henry se mantenía firme en su rol profesional, pero noté cómo tragaba saliva y tensaba los abdominales cada vez que ella se inclinaba para sonreírle.

Estaban atrapados en su propio pulso silencioso.

​Cuando alcancé el último tramo del sendero, me desanudé el pareo de lino y lo dejé caer en la arena. Llevaba un bikini color teja que realzaba la piel clara que traía de Madrid.

El ruido de las olas pareció silenciarse por un segundo.

​Damián, que estaba clavando el palo de la sombrilla, se quedó congelado.

Sus ojos verdes bajaron desde mi cuello, recorriendo la curva del escote, bajando por mi vientre y deteniéndose en mis caderas, antes de subir lentamente hasta mis ojos.

Fue un repaso físico, descarado, cargado de un deseo puro y duro que me provocó una sacudida entre las piernas.

Literalmente se me estaba comiendo con la mirada.

​—¡Mamá, corre! ¡El agua está genial! —gritó Víctor, rompiendo la tensión mientras corría hacia la orilla con su cubo de plástico.

Damián parpadeó, sacudiendo la cabeza, y caminó hacia mí. Sus ojos seguían ardiendo de lujuria.

—Si los apuntes de mi padre decían que este lugar tenía las mejores vistas, se quedaron muy cortos, Queen —murmuró al pasar a mi lado, rozando mi brazo—. Estás… jodidamente espectacular.

​Me quedé sin aire. Él ya estaba guiando a Víctor hacia las olas.

Corrí y me lancé al agua helada con ellos.

Fue un paréntesis de paz absoluta: él levantando al niño por encima de la espuma, yo riendo a carcajadas mientras los salpicaba, sintiendo que toda la pesadilla de la familia Blackwood se había ahogado en el océano.

Parecíamos una familia. De las que se quieren.

​Al rato, Víctor decidió salir y le exigió a Jasmine que fuera su ingeniera jefa para construir un fuerte gigante en la arena.

—¡Yo me encargo de él, Burbuja! —gritó Jasmine desde su toalla, agitando una revista—. ¡Damián, llévatela un rato antes de que el crío empiece a pedirme cálculos de estructura!

​Me retiré a mi hamaca buscando sombra. Estaba agotada. Me tumbé boca abajo y dejé que la brisa me refrescara la piel. De pronto, el sol se oscureció sobre mí y sentí el chorro frío de la crema solar en la espalda.

—Déjame a mí —dijo su voz, justo encima.

Antes de poder protestar, sus manos grandes y ásperas se apoyaron en mis omóplatos.

Empezó a extender la loción bajando por mi columna vertebral con lentitud exasperante.

No había nada de inocencia en su tacto; cada pase de sus palmas era posesivo.

El contacto de sus dedos desnudos fundiéndose con mi piel me hizo apretar los dientes para no soltar un suspiro. Estaba a su merced.

​—¿Cómo lo haces? —pregunté, con la voz amortiguada contra la toalla, buscando distraer la cabeza del incendio que estaba provocando en mi cuerpo.

—¿El qué? —susurró. Sus pulgares acariciaron la curva estrecha de mi cintura baja, deteniéndose justo en el borde de la tela del bikini.

—Llevarte tan bien con él. Víctor te adora. Me choca, siendo tú tan de ir por libre siempre.

Detuvo sus manos. El peso del colchón se hundió a mi lado. Se había sentado en el borde de mi hamaca.

​—Siempre he querido tener un hijo —confesó, y esta vez no había filtros en su voz—. Después del desastre de mi familia, necesitaba que algo fuera mío. Algo para proteger, no para heredar por cojones. Tener a mi sobrino cerca… me está curando cosas que ni sabía que estaban rotas.

Giró la cabeza hacia la orilla, observando a Víctor pelear con la arena húmeda.

—Lo quiero, Valeria.

​Sentí un nudo doloroso en la garganta. Las lágrimas acudieron a mis ojos sin permiso y se perdieron en el tejido de la toalla.

No hay escudo para una madre cuando alguien ama a su hijo de forma limpia, sin esperar nada a cambio.

En ese instante, dejé de ver a Damián como un peligro constante; empecé a verlo como un refugio.

​—Me siento como un puto fantasma casi siempre —continuó, ronco—. Como si jugara en un tablero donde todas las piezas son de cristal intocable, y yo soy el único al que no le importa sangrar porque ya estoy hecho pedazos.

​Me giré despacio sobre la espalda y le busqué la mirada. Lo que encontré fue una soledad abrumadora. Levanté la mano y le acaricié la mejilla con la yema de los pulgares. Se tensó al sentir mi piel.

—No estás solo —afirmé—. Nunca más lo vas a estar. Víctor te necesita, y yo… —tragué saliva, asumiendo la verdad de mis propias palabras— no pienso dejar que te vuelvas a perder.

​Su respiración se cortó. Se inclinó sobre mí, atrapando mi mano contra su cara, cerrando los ojos para saborear una caricia que ya no era juego, ni estrategia, ni provocación. Era necesidad pura.

El aliento cálido me rozó la clavícula.

—No jures cosas que no sabes si podrás cumplir —murmuró contra mi piel—. En mi mundo, las promesas se cobran caras.

Algo dentro de mí cedió por completo.

—No es una promesa —susurré, clavando mis ojos en los suyos—. Es una decisión.

​Abrió los párpados de golpe. El verde oscuro de sus pupilas brillaba ahora con una advertencia brutal, a medio camino entre la advertencia y el hambre.

—Entonces piénsatelo bien —advirtió, soltando mi mano despacio y apartándose apenas unos centímetros—. Porque yo no soy un sitio seguro, Valeria. Aunque a veces lo parezca.

​El viento marino se coló de golpe entre nosotros, enfriando el aire ahí donde, un segundo antes, ardía la pólvora. A lo lejos, Víctor gritó celebrando que el foso de su castillo resistía las olas. El hechizo se rompió.

Damián se puso de pie, recuperando su habitual presencia de hierro. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme. Ya no había rastro de juego; solo un desafío directo.

—Vamos, Queen —ordenó, con una media sonrisa afilada—. Tu hijo está construyendo un imperio y creo que necesita que la reina pase revista a las tropas.

​Le di mi mano y él tiró de mí con firmeza. Al sentir su fuerza, lo tuve más claro que nunca: el verdadero peligro no era Damián.

Era lo jodidamente fácil que empezaba a resultarme confiarle mi vida entera.