Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Veintiséis
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Veintiséis

El aterrizaje en el pequeño aeródromo de La Rochelle fue solo el preludio.

En cuanto los coches que Henry había alquilado cruzaron el puente hacia la Isla de Ré, el aire cambió por completo.

Ya no era la asfixia del asfalto madrileño; era una brisa marina y cargada de salitre que obligaba a cerrar los ojos y aspirar a fondo.

Pasamos por campos de malvas y casitas de contraventanas verdes hasta que, detrás de una duna, apareció el Domaine de la Malva Real.

La mansión se alzaba como una joya de piedra blanca frente al Atlántico, completamente abierta al océano, con un sonido rítmico de olas que parecía barrer años de polvo y secretos.

Mientras Henry descargaba las maletas sin pronunciar palabra, Jasmine tomó el mando. Había encontrado un manojo de llaves con borlas de colores sobre la consola del vestíbulo y empezó a repartirlas como si fueran cartas de póquer.

—¡Atención! —exclamó, agitando el metal—. Esto es una democracia, pero como yo he llegado primero, yo reparto. África, tú y yo nos vamos a las casitas del jardín. Tienen hamacas y están a diez pasos del borde de la piscina.

—Me parece un plan perfecto —rió África, agarrando su llave—. Así no molestaremos con nuestros brindis nocturnos.

Me quedé en el centro del gran salón, observando a Víctor correr fascinado por el pasillo en busca de un antiguo catalejo de latón.

—Víctor se queda en la Suite del Capitán —anunció Damián, acercándose.

Su presencia en este entorno relajado resultaba aún más magnética—.

Es la habitación con las mejores vistas al faro.

Yo me instalo en la de al lado, que tiene el balcón compartido.

Y Henry ocupa la habitación del final del pasillo.

Así cubrimos el ala este por si hay que vigilar el horizonte.

Jasmine arqueó una ceja, lanzándole una mirada descarada al guardaespaldas.

—Oye, eso es discriminación. El Muro de Granito debería venirse a la zona de casitas con nosotras. Prometemos no morder… mucho.

Henry no movió ni un músculo de la cara, pero juraría que la comisura de sus labios tembló antes de agarrar su bolsa de viaje y desaparecer escaleras arriba.

Víctor dio un salto de alegría y se agarró a la mano de Damián.

—¡Sí! ¡Dormimos juntos, tío Damián!

Me quedé mirando a mi hijo, sintiendo un pellizco de nostalgia en el pecho.

—Vaya… ¿ya no quieres dormir con mamá? —pregunté, esforzándome por sonar divertida, aunque me sentía algo desplazada.

Damián me miró de reojo con una media sonrisa, disfrutando del momento. Pero fueron mis amigas las que encendieron la mecha.

—Bueno, Burbuja, no te pongas celosa —soltó Jasmine con pura malicia—. A lo mejor Víctor no quiere dormir contigo, pero estoy segura de que Damián no tendría problema en ocupar su lugar en la Suite de l’Océanide.

La sangre me subió a las mejillas. Balbuceé una excusa barata, intentando esquivar el cruce de miradas.

Damián soltó una carcajada profunda que me hizo vibrar el estómago. Se inclinó hacia mí, aprovechando el caos, y bajó el volumen de su voz justo lo suficiente para que la broma pareciera una confidencia, aunque las chicas podían escucharle perfectamente.

—Cuidado, Jasmine, que Valeria es capaz de cerrar la puerta con siete llaves si le das ideas —dijo, guiñándome un ojo—. Aunque… la Suite de l’Océanide tiene una cama inmensa, y en Francia siempre se duerme mejor acompañado. Pero tranquilos, hoy dejaré que la reina disfrute de su soledad.

Fingí un interés repentino por el horizonte a través de los ventanales mientras escuchaba las risas de mis amigas y los pasos de Damián alejándose con Víctor hacia las escaleras.

En cuanto desaparecieron, me giré hacia ellas, cruzándome de brazos en un intento de recuperar mi rol de mujer sensata.

—Por favor, parad ya —empecé—. Estoy casada. Javier es mi marido y, por si a alguna se le olvida, Damián es su hermano. Lo que acabáis de decir es una locura.

Jasmine dejó su llave sobre la encimera de mármol y se acercó con su habitual expresión directa.

—Burbuja, por favor. Sabes de sobra que ese matrimonio es un contrato congelado en una notaría de Madrid. Te vas a divorciar, lo sabemos nosotras y lo sabe hasta el apuntador. Déjate de frenos morales.

—Exacto —añadió África, apoyándose en la isla de la cocina—.

Valeria, me duele decirlo porque Javi es mi primo y le tengo cariño, pero como marido y padre es un puto desastre.

Abre los ojos. Este chico es increíble. Está para comérselo y, lo más importante: mira cómo trata a tu hijo.

Le ha dedicado más tiempo en un vuelo de dos horas que Javier en seis años.

Una punzada de culpabilidad me atravesó el pecho. Tenían razón, pero el miedo me tenía paralizada.

—No —insistí, negando con la cabeza—. No conocemos a ese hombre de nada. Hace cuatro días me trataba como a escoria y ahora es el tío perfecto. ¿No os parece sospechoso? A lo mejor es un manipulador profesional y estamos cayendo en su trampa para que controle la herencia.

Jasmine resopló, desesperada.

—Lo mejor que puedes hacer es mandar a ese patán a la mierda y empezar a vivir. Si Damián es un manipulador, al menos es uno que se tira al suelo a jugar con Víctor y que te mira como si quisiera devorarte. Javier ni siquiera sabe de qué color llevas el vestido hoy.

—No es tan sencillo —balbuceé, sintiéndome acorralada—. No puedo lanzarme al vacío con él. Sería el mayor escándalo de la historia de los Blackwood.

—Burbuja —dijo África con suavidad—, el verdadero escándalo es que sigas desperdiciando tu vida con un hombre que no te ve, mientras tienes a ese volcán americano durmiendo en la habitación de al lado.

—Id a vuestras habitaciones —pedí, superada por la situación—. Necesito deshacer la maleta y pensar.

—Vale, vale —rió Jasmine, guiñándome un ojo mientras arrastraba a África hacia el jardín—. Pero recuerda que aquí las paredes son de piedra, pero las puertas tienen pestillo. Tú decides si lo echas o no.

Las vi alejarse y me quedé sola en la inmensidad de la Malva Real. El corazón me latía a toda velocidad. Por mucho que intentara autoconvencerme de que era el enemigo, la imagen de él riendo con Víctor en el avión se había instalado en mi cabeza.

Subí a la Suite de l’Océanide con el eco de sus risas persiguiéndome.

Al entrar, me quedé sin aire. Era una estancia espectacular, decorada con maderas lavadas por el mar y telas de lino claro.

Los ventanales daban a una terraza privada orientada al Faro de las Ballenas, que ya empezaba a parpadear en la oscuridad.

Debería estar feliz. Estaba en el paraíso, con mi hijo a salvo y mis amigas al lado. Pero las palabras de Jasmine escocían: Te mira como si quisiera devorarte.

—Es un Blackwood —me recordé a mí misma, apretando los puños—. Y los Blackwood siempre juegan a ganar.

A medianoche, la cabeza me daba demasiadas vueltas para dormir. Analizaba cada movimiento desde el aterrizaje. ¿Y si era verdad mi teoría? ¿Y si nos estaba seduciendo a todos para asegurarse el control absoluto?

Bajé a la cocina descalza, evitando las losas sueltas. Al entrar en el gran salón, vi la luz de la isla encendida.

Allí estaba él.

Damián no llevaba camisa. Vestía solo unos pantalones oscuros de chándal que le colgaban bajos en la cadera.

Estaba de espaldas a mí, sirviéndose un vaso de agua.

La luz cenital marcaba los surcos de su espalda, delineando músculos y cicatrices que hablaban de años construyendo una vida muy lejos de la Castellana.

Me quedé clavada en el umbral, debatiéndome entre huir o avanzar.

—El agua aquí tiene un sabor mineral, pero está helada —dijo sin girarse.

Di un respingo. Maldito instinto de Henry; se lo había pegado todo.

—No podía dormir —admití, dando un paso hacia la luz e intentando clavar mi mirada en su nuca en lugar de recorrerle la columna—. Demasiado silencio para alguien acostumbrada a Madrid.

Se giró despacio, apoyando la cadera contra la encimera. Sus ojos verdes bajaron por la seda de mi camisón, deteniéndose justo donde el tejido marcaba mi respiración agitada.

—O demasiadas preguntas sin respuesta —dio un sorbo al agua, sin dejar de mirarme—. Te he oído hablar con tus amigas antes. Tienes una voz muy clara cuando intentas autoconvencerte de mentiras.

El pulso me saltó en la garganta.

—¿Nos estabas espiando?

—No necesito espiarte para saber que sigues viéndome como al enemigo —dejó el vaso sobre el mármol—. Crees que estoy usando a Víctor o manipulándote a ti para quedarme con la herencia.

—Es la opción más lógica —me defendí, cruzándome de brazos para crear una barrera física.

—¿Lógica? —la voz se le volvió áspera—. ¿Y qué tiene de lógico lo que está pasando ahora mismo?

Me desarmó.

—Eres un Blackwood —susurré, sintiendo el peso de todos esos años de engaños—. Creí que tu hermano me quería y solo fui un trofeo. Alejandro actuó como un salvador y resultó que yo era un simple peón en su guerra particular. ¿Por qué vas a ser tú distinto?

Damián cruzó la cocina en dos zancadas. Acortó la distancia tan rápido que me obligó a retroceder hasta chocar con el frío acero de la nevera.

Se detuvo a un milímetro de mi cuerpo. Me apoyó las dos manos a los lados de la cabeza, encerrándome, obligándome a levantar la vista. Su respiración chocó contra mis labios.

—Porque yo no soy ellos —siseó. La mirada le brillaba con una ferocidad salvaje—. Te he visto de verdad, Valeria. Incluso cuando intentabas ser invisible. Para mí no eres un puto peón. Eres la reina de este tablero. Y te juro que seré el único que juegue siempre en tu bando.

El mundo se redujo a la fuerza de su mirada y a los centímetros de aire que separaban nuestras bocas.

—No me digas que lo que sientes cuando te miro es lógico —murmuró, rozando mi mandíbula con los nudillos, enviando descargas directas a mi bajo vientre—. Lo que hay entre nosotros es oscuro, irracional… y muy real.

Estábamos en el abismo. Podía sentir la dureza de su pecho rozando la seda de mi camisón con cada respiración. En mitad de la cocina, rodeados por el silencio de la isla, la desconfianza acababa de la partida ante un deseo imparable .