Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Veinticinco
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Veinticinco

Dos horas después, la realidad era radicalmente distinta.

El rugido de los motores del avión privado de los Blackwood no era solo ruido mecánico; era el sonido puro de la libertad.

Nada más subir, Jasmine y África habían descorchado una botella de champán, llenando la cabina de burbujas y de una energía que yo no sentía desde hacía años.

​—¡A vuestra salud, hienas de Madrid! —gritó Jasmine, alzando su copa hacia la ventanilla mientras ganábamos altura—. ¡Burbuja, oficialmente eres mi heroína!

Se arrellanó en el asiento de cuero, con una sonrisa de incredulidad.

—Tienes que repetirlo —dijo, soltando una carcajada—. ¿De verdad le has dicho a la cara que te ibas de viaje y el tío ni siquiera ha levantado la vista de la tablet?

—Ni un milímetro —respondí. El champán me hacía cosquillas en la garganta—. Le he dicho: «Me iré con Víctor esta tarde, no me esperes para cenar. Me voy a una propiedad aquí cerca». Y su respuesta ha sido un «Vale, no hay problema» mientras seguía leyendo un puto informe.

​—Es patético y brillante a la vez —añadió África, negando con la cabeza—. Te ha dejado plantada en tu propia huida. Eres invisible para él. Lo cual, sinceramente, es lo mejor que nos podía pasar para cruzar la frontera sin dramas, pero… ¡vaya tela!

—Es lo que tiene vivir con un bloque de mármol —murmuré, viendo cómo el paisaje de España se convertía en un borrón lejano—. Le da igual si estoy en el salón o en otro país, siempre y cuando no interrumpa su agenda. Su pasotismo ha sido el mejor salvoconducto.

​Damián, que hasta ese momento había permanecido en silencio observando la escena con una pierna cruzada, dejó su copa sobre la mesa plegable. Clavó los ojos en mí y el peso de su voz cortó el aire festivo de las chicas.

—Ese es el mayor error de mi hermano —sentenció—. Javier cree que es el dueño de la partida porque tiene todas las piezas sobre el tablero. Es tan arrogante que no se da cuenta de cuándo la reina decide abandonar el juego.

​El vuelo hacia el aeropuerto de La Rochelle se convirtió en un festival de risas y ligereza que casi me hizo olvidar que volábamos hacia un acertijo ciego. Pero lo que mantenía a mis amigas soltando miraditas y codazos disimulados era la escena que ocurría unos asientos más allá.

Damián había abandonado su butaca. Se había tumbado en la alfombra central con Víctor, jugando a hacerle llaves de lucha libre y provocándole carcajadas que resonaban en toda la cabina. Era una imagen tan natural, tan alejada del despacho y de las corbatas, que no podía apartar la vista.

​—Ficha eso, Burbuja —susurró África, dándome un codazo mientras fingía hojear una revista—. Mira cómo le mira Víctor. Está hipnotizado.

—Es… inesperado —admití. Intentaba controlar el pulso, pero cada risa del niño rebotando contra la voz grave de Damián me provocaba un vuelco en el estómago.

—No, Valeria —dijo Jasmine, bajándose las gafas de sol para evaluar al objetivo—. Es un peligro público. Ese hombre es un tiburón devorador en los negocios y un peluche gigante con tu hijo. Esa combinación es la kriptonita de cualquier madre.

​Sentí el calor subirme por el cuello hasta quemarme las mejillas.

Intenté fingir desinterés, pero era imposible.

Bastaba un gesto de su cabeza o un movimiento de sus hombros para desordenarme por dentro.

Damián levantó la vista desde la alfombra y me cazó mirándolo.

Su media sonrisa pícara dejó claro que sabía el efecto que provocaba.

Me giré hacia la ventanilla. No servía de nada; el avión no era lo único que estaba ganando altura.

​A mitad del vuelo, los nervios y la tensión acumulada me obligaron a levantarme. Me dirigí al baño buscando un respiro.

Me mojé la cara con agua fría y me apoyé en el mármol, intentando estabilizar la respiración. Los ojos me brillaban con una chispa peligrosa. Me sequé, giré el pomo y salí al pasillo.

Choqué de bruces contra un muro sólido.

​Damián estaba apoyado contra la pared, bloqueándome el paso de regreso a la cabina. La cercanía me golpeó de lleno: el aroma a vainilla oscura y ámbar, el calor que desprendía su pecho y esa mirada que no dejaba rincón sin escanear.

—¿Te escondes, Queen ? —susurró con un tono ronco.

​—Solo necesitaba lavarme la cara —respondí, obligándome a no retroceder.

Apoyó una mano en el marco de la puerta, justo a la altura de mi hombro, cerrando la trampa.

Su mirada bajó a mi boca y luego volvió a clavarse en mis ojos.

No había humor en su gesto. Todo el sarcasmo y el cachondeo del suelo con Víctor habían desaparecido; ahora solo quedaba un instinto puro y oscuro.

​—El silencio es peligroso —murmuró. Se inclinó hacia mí hasta que su respiración chocó contra la mía—. Te obliga a escuchar cosas que no quieres admitir… como que deseas que este avión nunca aterrice. O que yo no quite este brazo de la puerta.

​El corazón empezó a bombearme sangre a una velocidad de vértigo. Cada fibra de mi cuerpo me pedía que cerrara la maldita distancia que nos separaba. Sentía el calor de sus labios a milímetros de los míos. Estábamos a un solo roce de cruzar la línea.

Tragué saliva, buscando el control que las enseñanzas de Alejandro me habían dejado. Apoyé una mano plana contra su pecho duro; no para atraerlo, sino para ganar oxígeno.

​—No tan rápido —dije. La voz me salió firme, aunque las rodillas me temblaban—. Hace dos días me mirabas con asco. Para ti era una extraña, un problema que solucionar. ¿Dónde han quedado todas esas sospechas?

​Él no retrocedió. La presión de mi mano en su pecho solo logró que se inclinara un poco más. La oscuridad de sus pupilas devoró el verde esmeralda.

—Me equivoqué —confesó, y la palabra sonó a rendición—. Pensé que eras el puto problema de esta familia… pero eres el enigma más fascinante que he tenido delante. Quizá me estaba haciendo las preguntas equivocadas.

​La otra mano bajó acariciando mi cintura. No fue un roce accidental. Sus dedos se hundieron con firmeza en mi costado, arrancándome un suspiro que me traicionó por completo.

Estábamos en un punto ciego. Un equilibrio suicida entre la desconfianza del testamento y una atracción salvaje imposible de ignorar. Mis labios se entreabrieron, buscando su boca de manera instintiva, y él cerró los ojos un segundo, luchando contra su propio control.

​—Sigo sin confiar en ti —mentí en un hilo de voz.

—Lo sé. Y eso me pone aún más —susurró contra mis labios, rozándolos, rozando la frontera sin llegar a cruzarla. Era una tortura calculada—. El miedo mantiene la mente despierta. Y el cuerpo alerta.

—Vuelve a tu asiento —logré articular, tirando de la última reserva de voluntad que me quedaba.

— As you wish —respondió.

​Antes de separarse del todo, giró la cabeza y dejó un beso húmedo, lento y eléctrico en el hueco de mi cuello. La piel se me erizó por completo.

—En la isla no habrá paredes que nos detengan —me susurró al oído—. Sin el ruido de la mansión ni los abogados de Javier, no tendrás excusas para evitar lo que los dos estamos deseando hacer desde la noche en la cocina.

​Dio un paso atrás y caminó hacia la cabina con una calma insultante, dejándome apoyada contra el marco del baño con la respiración rota.

Me pasé la mano por el cuello. La piel seguía ardiendo. El tira y afloja se había transformado en un juego de caza. Y él ya había admitido, sin decirlo, que estaba dispuesto a perderlo todo con tal de ganarme.

​Cuando volví a mi asiento, Jasmine y África me lanzaron miradas interrogantes. Me limité a pedir que me rellenaran la copa de champán. Me giré hacia la ventanilla y observé las nubes grises dando paso a la costa francesa.

El Domaine de la Malva Real nos esperaba. Un tablero nuevo donde las reglas no existían. Y el deseo iba a ser letal.