Veinticuatro
Me desperté antes de que el sol lograra atravesar las pesadas cortinas. La mansión seguía dormida, pero mi cabeza ya iba a mil por hora.
Bajé a la cocina moviéndome como una sombra y allí estaba Desi, esperándome. Llevaba días investigando por su cuenta, ayudándome a tirar del hilo que Alejandro nos había dejado. Me entregó un sobre grueso y discreto con una pequeña sonrisa cómplice antes de marcharse a preparar el coche.
Subí a mi habitación, cerré con pestillo y vacié el contenido sobre la colcha. No eran simples papeles. Eran las llaves de mi libertad.
Desi había dado con el clavo. Había conseguido el dossier de la propiedad que Alejandro me había dejado en herencia: el Domaine de la Malva Real.
Miré asombrada los planos y las fotografías.
No estaba en España; el anagrama apuntaba directamente a la Isla de Ré, en la costa atlántica de Francia.
Era una mansión espectacular de piedra blanca, un refugio de catorce habitaciones con una piscina infinita que parecía fundirse con el océano.
Mis dedos recorrieron la imagen de la Suite de l’Océanide, mi futuro dormitorio, con sus textiles de lino y vistas al faro de Saint-Clément-des-Baleines.
El grupo de WhatsApp empezó a vibrar.
Cactus: ¿Esas fotos son reales? Dime que no es un render. ¡Burbuja, eso es el paraíso! 🏝️
Pétalo: He visto que hay un Pool Bar. Repito: POOL BAR. Id preparando el protector solar porque pienso pasarme el día en remojo. ¿Va el “Muro de Granito” (Henry)? Necesito saberlo para elegir el modelo de bikini. 👙
Burbuja: Es real. Mañana salimos. Preparadlo todo. Nos vamos a Francia.
Estaba tan absorta repasando el mapa náutico que no oí la puerta abrirse.
—Isla de Ré… —su voz grave, a mis espaldas, me hizo dar un respingo—. Un gusto exquisito para esconderse del mundo. Mi padre siempre tuvo buen ojo para los refugios.
Me giré de golpe, intentando cubrir los planos, pero ya era tarde. Damián estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome con fijeza.
—¡Es la del acertijo! —dije, tratando de recuperar la compostura—. ¿Tú ya has estado allí?
Avanzó hacia la mesa, acortando la distancia. Sus ojos esmeralda recorrieron las fotos de las dunas y la piscina infinita de la Malva Real.
—He pasado algunos veranos allí cuando era un crío —murmuró. Por una fracción de segundo, la dureza de sus facciones se ablandó—. Cuando mi madre estaba viva. Era su casa de vacaciones preferida; siempre íbamos allí.
Pero la nostalgia desapareció tan rápido como había llegado. El aliado serio del colegio se esfumó, dejando paso al Damián más oscuro y provocador. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Así que… vacaciones en la costa francesa. Sol, brisa marina y mucho tiempo libre.
Se inclinó un poco más, invadiendo mi espacio personal. Mi cuerpo reaccionó al instante, tensándose como la cuerda de un arco.
—Me pregunto si tu colección de bikinis estará a la altura de esa suite de lujo, Queen —susurró, con un tono cargado de doble intención—. Tengo la ligera sospecha de que este viaje nos permitirá conocernos de una forma… mucho más interesante.
La sangre me empezó a latir con fuerza en los oídos. El juego acababa de cambiar.
—Damián, esto es un viaje de negocios para resolver el testamento —le recordé, aunque mi pulso estaba completamente desbocado.
—Claro, negocios —rió por lo bajo, enderezándose sin apartar la mirada—. Pero incluso los socios más estrictos acaban rompiendo sus reglas.
Dio un último paso, acorralándome contra el borde de la mesa.
—Prepárate. En Francia no habrá rincones donde esconderse… solo el mar, la noche… y todo lo que estás evitando.
Salió de la habitación, dejando la puerta entornada y una electricidad en el aire que me erizaba la piel. Me quedé quieta unos segundos, mirando los planos extendidos, aunque ya no veía nada.
Hacía apenas unos días, él era una incógnita peligrosa. Seguía habiendo una sombra en él, algo afilado y hostil, pero cada vez que me miraba, no veía a la intrusa ni a la oportunista. Me veía a mí. Y esa cercanía era puro fuego.
Solté el aire y me dejé caer sobre el borde de la cama. No podía perder el control ahora. Francia no era una escapada. Era una jugada.
Bajé a la cocina con el corazón latiendo como un tambor desbocado. Javier estaba allí, de pie frente a la cafetera, repasando unos informes en su tablet con el ceño fruncido. Ni siquiera levantó la vista cuando entré. Para él, yo era tan previsible como el jarrón de la entrada.
—Me iré con Víctor esta tarde —dije, intentando que la voz sonara casual, aburrida—. No me esperes para cenar. Me iré con las chicas, vamos a hacer un pequeño viaje a una propiedad aquí cerca.
Javier soltó un gruñido distraído, sin dejar de leer.
—Vale, no hay problema. Yo tengo una videoconferencia con Hong Kong a las diez. Que os divirtáis.
Me quedé un instante mirando su nuca. Era surrealista: le estaba dando la noticia de mi salida y él simplemente la archivaba mentalmente, como un dato sin importancia.
—Hasta luego, Javier —susurré.
Subí a mi habitación y cerré la puerta. Las maletas estaban sobre la cama, a medio hacer.
Ropa ligera para la Malva Real, protectores solares, documentos de viaje, el itinerario de vuelos privados, los menús para Víctor y los detalles de seguridad que Henry revisaría.
Cada objeto que tocaba era un paso más hacia algo que ya no tenía vuelta atrás.
Tomé el móvil y empecé a confirmar los últimos detalles. Francia no esperaría. Y yo tampoco.