Veintitrés
Cerré la puerta del coche. El ruido sonó demasiado fuerte en el silencio del aparcamiento privado.
Me pasé la mano por el vestido de lino intentando alisar arrugas que no existían, mientras Damián se colocaba a mi lado.
Henry, a tres pasos de nosotros, era un recordatorio constante de que ya no jugábamos bajo las reglas habituales.
En cuanto cruzamos el umbral del patio principal, el aire cambió. No era el calor; era el juicio.
Las conversaciones se detuvieron en seco. Decenas de cabezas se giraron al unísono, como si hubiéramos interrumpido un rito sagrado. Las madres de bien, escudadas tras sus bolsos de piel de cocodrilo y sus sonrisas de porcelana, empezaron a ametrallarnos con la mirada.
Damián caminó a mi lado. No me tocó, pero su cercanía era una declaración de intenciones. Avanzamos por el patio y el silencio cayó a plomo, transformándose enseguida en un siseo constante.
—Mira eso —susurró una mujer a mi derecha, de las que llevan el bótox como uniforme—. ¿Esa no es la protegida de Alejandro? Qué rápido ha encontrado consuelo ahora que el viejo no está para vigilarla.
—Dicen que Javier ya ha firmado el divorcio —respondió otra, ocultando los ojos tras unas gafas de sol inmensas—. Normal. Siempre fue una trepa. Se comenta que se ha quedado con una fortuna que no le corresponde y ahora se pasea con un novio nuevo para restregárselo a la familia.
Me encogí. En ese patio volvía a ser la cría de dieciocho años que limpiaba el polvo, la que no tenía nada. Me crucé de brazos, intentando desaparecer, pero Damián notó mi cambio de postura al instante.
—Ni se te ocurra —murmuró. Su voz, baja y autoritaria, me obligó a enderezar la espalda—. No bajes la mirada ante mujeres que necesitan el dinero de sus maridos para sentirse vivas. Tienes más cerebro en un dedo que todas ellas juntas.
Se detuvo frente a un grupo que nos observaba sin pudor. No hizo ningún gesto brusco; se quedó ahí, imponente, barriéndolas con una mirada tan helada que se dispersaron igual que si hubieran visto a un lobo.
—¿Buscáis algo o habéis olvidado cómo se saluda a un Blackwood? —preguntó.
No gritó. No hizo falta. El peso de su presencia bastó para asesinar los cuchicheos en el acto.
—Valeria, por aquí —la voz de Jasmine nos sacó del centro del huracán.
Ella y África nos esperaban cerca de la entrada del salón de actos. África estaba más callada de lo habitual, mirando de reojo a Henry, que se había quedado apostado junto a la puerta como una barrera de hierro. Jasmine, en cambio, no perdió el tiempo.
—Madre mía, Burbuja… el patio está ardiendo —dijo al llegar, bajando la voz lo justo para que Damián también pudiera oírla—.
Dicen de todo. Que si el testamento de Alejandro es íntegro para ti, que si Javier te ha echado de casa, que si este hombre —señaló a Damián con la barbilla— es un gigoló. Las hienas esperan a que sangres.
—Pues se van a quedar con hambre —respondió Damián.
Colocó su mano desnuda en la parte baja de mi espalda. El contacto directo contra la fina tela del vestido me abrasó la piel. Fue un gesto sutil, pero salvajemente posesivo. Un escalofrío me bajó hasta el coxis.
—Vamos a ver a Víctor.
Entramos en el salón y nos sentamos en la fila que mis amigas habían reservado.
En la penumbra, rodeada de gente que me odiaba o me envidiaba, sentí que la confesión del coche seguía viva entre nosotros.
Ya no me miraba como a una oportunista; me miraba con un respeto crudo, reconociendo en mí a una superviviente que había pasado por el mismo fango que él.
Víctor apareció en el escenario. Buscó su sitio habitual, donde debería estar su padre. Al no verlo, su expresión decayó un segundo… hasta que vio a Damián.
Se quedó quieto. Y sonrió.
Una sonrisa inmensa, pura, ajena a herencias o guerras de adultos. Hizo un gesto rápido con la mano, un saludo secreto que solo ellos compartían.
En ese instante, las mentiras del patio y el vacío de Javier dejaron de importar.
—¿Lo ves? —susurró Damián, inclinándose hacia mí hasta que su aliento rozó mi oreja—. Al pequeño alfil no le importa el apellido. Le importa quién se queda a ver la partida.
La función terminó entre aplausos enlatados y el aroma denso a laca de las madres de primera fila. Víctor bajó del escenario corriendo, todavía con restos de maquillaje, y se lanzó directo a los brazos de Damián antes que a los míos.
Ver a ese hombre, el mismo que hacía apenas una hora me estaba abriendo en canal con preguntas sobre mi pasado, cargando a mi hijo en hombros mientras Henry vigilaba la salida, me hizo sentir que el tablero de mi vida acababa de dar un giro definitivo.
—Nada de volver a la casa todavía —sentenció mientras caminábamos hacia el aparcamiento, ignorando las miradas venenosas de los padres que se quedaban al cóctel de despedida—. Ese mármol es muy frío para celebrar un éxito de taquilla, ¿verdad, pequeño alfil?
Víctor asintió entusiasmado.
Después de despedirnos de las chicas, acabamos sentados en la terraza de un hotel de lujo cerca del Retiro.
Era un espacio abierto, rodeado de vegetación, con un aire mucho más limpio que el veneno respirado en el colegio.
Henry eligió una mesa apartada, de espaldas a la pared y con un café delante, dándonos intimidad sin perder el control del perímetro.
Nosotros tres ocupamos una mesa circular.
—Pide lo que quieras —le dijo Damián a Víctor, pasándole la carta con un guiño—. Hoy invito yo.
Mientras el niño se debatía entre un batido gigante o una hamburguesa, el silencio entre los dos se volvió espeso.
La mesa era pequeña. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo y ese aroma inconfundible a vainilla oscura y ámbar, mezclado con el frescor de las plantas, que me despertaba instintos que llevaba años reprimiendo.
—Estás muy callada —murmuró. Se inclinó sobre la mesa, acortando el espacio hasta clavar sus ojos verdes en los míos. La intensidad de su mirada no dejaba margen de fuga—. Te ha sentado bien salir de ese nido de víboras.
—Todavía estoy procesando que hayas venido —admití, jugando nerviosa con la servilleta—. Y todo lo que te he contado. No suelo ser tan abierta.
—Ya no somos desconocidos, Queen —respondió, trazando una sonrisa lenta que mandó una punzada directa a mi vientre—. Digamos que ahora somos socios.
Víctor interrumpió el cruce de miradas, eufórico, relatando cada detalle de su actuación. Damián lo escuchaba con una atención inédita por parte de su padre. Le hacía preguntas sobre el escenario usando términos adultos, haciéndole sentir mayor e importante.
—You did great, kid —dijo, revolviéndole el pelo—. Has sido el alma de la obra.
Los observé en silencio. Era una estampa perfecta, pero peligrosa. Por un instante olvidé que éramos tres personas unidas por mentiras y un testamento trampa. Me sentía normal. Todo encajaba.
Hasta que el móvil vibró sobre la mesa.
Un mensaje de Javier: «¿Cómo ha ido? Sigo en la oficina. Cenad sin mí».
La realidad regresó como un bofetón helado.
Levanté la vista hacia Damián y supe, al verle apretar la mandíbula, que también lo había leído. La dureza sustituyó al encanto en sus facciones.
—Cenaremos sin él —sentenció. Sus ojos devoraron los míos—. Pero no porque él lo diga. Porque nosotros tenemos algo mejor que celebrar.
Henry se levantó de su mesa y nos lanzó un leve gesto con la cabeza. Era hora de moverse antes de que los últimos rezagados del colegio empezaran a invadir la zona.
El tira y afloja seguía ahí.
Latente y peligroso.