Veintidós
Me quedé paralizada, sintiéndome diminuta bajo el escrutinio de sus ojos. Por el retrovisor, los ojos de Henry se cruzaron con los míos un segundo. Me pregunté si él también podía escuchar el latido desbocado de mi corazón.
—No me des la versión oficial de los Blackwood. No me cuentes el cuento que repites para encajar —su tono, rotundo, crudo y sin filtros, me golpeó igual que una confesión—. Sé distinguir a una mujer salvada de una comprada. Y tú no eres ninguna de las dos. Tú cargas con una deuda de sangre.
Intenté apartar la vista, pero la intensidad de sus pupilas me obligó a sostenerle el pulso. La humillación de esta mañana, el vacío de Javier y el peso de seis años de mentiras estallaron en mi interior. La presa cedió.
Un espasmo me cerró la garganta. Las lágrimas me nublaron la vista.
—Basta… —supliqué en un susurro.
El llanto brotó caliente y amargo, quemándome las mejillas.
Me cubrí la cara con las manos, encogiéndome contra el cuero del asiento.
No lloraba por Javier; lloraba de puro agotamiento.
Damián guardó silencio. No se apartó. Su cuerpo se inclinó hacia el mío y, por primera vez, la dureza desapareció de su rostro, dejando paso a una expresión de compasión tan pura que me desarmó aún más.
—Fui una de las chicas de limpieza en casa de tu padre. No era nadie. Una sombra encargada de quitar el polvo a vuestros trofeos.
No me interrumpió. Por el retrovisor, noté la mandíbula tensa de Henry, aunque mantenía la vista clavada en el asfalto.
—Antes de eso, fui una niña sin nada. Nunca viví entre lujos.
No conocí a mi padre. Solo estábamos mi madre y yo.
Le apasionaban las matemáticas y los juegos de lógica.
A mis cinco años ya jugaba conmigo usando dos tableros de ajedrez.
Convertía los problemas en aventuras. Trabajaba a destajo, ganaba una miseria y el tiempo siempre faltaba, pero esos ratos eran nuestro refugio.
Tomé aire a duras penas. El rostro de Damián se había suavizado, escuchando cada palabra con una atención reverencial.
—Era increíble —una sonrisa triste se abrió paso entre las lágrimas—.
Contable de profesión, una mente brillante atrapada en empleos basura para pagar habitaciones llenas de humedad.
Me enseñó que, en la vida y en el tablero, si no te mueves con estrategia, te devoran.
A mis quince años le diagnosticaron una leucemia agresiva.
Quimioterapia, un trasplante… Luchó con todo lo que tenía.
Pero el día que cumplí diecisiete, su cuerpo dijo basta.
Se me cortó la voz.
—Fue el peor día de mi vida. La enterré completamente sola.
Por suerte, mi madre pagaba un seguro de decesos que se hizo cargo de los trámites; de no ser por eso, no habría podido ni darle sepultura.
Recuerdo que fui al cementerio con un chándal rosa, porque no tenía ni una triste prenda negra que ponerme para despedirme de ella.
Noté cómo Damián apretaba los labios. Una sombra de dolor y ternura cruzó sus ojos verdes, y su mano se movió un milímetro, como si su instinto fuera tocarme para consolarme, aunque se contuvo.
—Como era menor, me aterraba acabar en un centro de acogida.
Así que hui. Ella me había dejado una dirección en Madrid, y yo vivía en Granada.
Me colé en un tren con el miedo taladrándome las costillas.
Pero, al llegar a la dirección indicada, los vecinos me dijeron que allí no vivía nadie desde hacía muchos años.
Toda la esperanza que había puesto en ese trozo de papel se desvaneció. Estaba sola en el mundo.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
—Pasé varias semanas escondiéndome. Nadie me buscaba realmente, pero me aterraba que me vieran sola por la calle y me internaran.
Sobrevivía a base de los comedores sociales.
Un día, mientras comía en la parroquia, alguien que no conocía se sentó a charlar conmigo.
Estoy segura de que me metió algo en el agua o en la comida.
Al salir a la calle, mi cabeza empezó a fallar.
Aquellos tres hombres del callejón lo sabían, me estaban esperando.
Damián cerró las manos en puños sobre sus rodillas. Sus nudillos se volvieron blancos.
—Me acorralaron. No controlaba mi cuerpo.
Todo lo que recuerdo es un borrón de lluvia, el frío y unas manos cálidas sosteniéndome antes del fundido a negro.
Desperté en la mansión, en una cama limpia.
Por la mañana, Javier apareció y me dijo que él me había sacado de aquel callejón justo a tiempo, antes de que pasara nada más.
Al día siguiente, Alejandro se enteró de mi historia y me ofreció trabajo, cama y comida. Un milagro.
Intenté mantener las distancias, seguir adelante y borrar aquella noche. Hasta que se me retrasó la regla. Me hice una prueba. Positivo.
El silencio dentro del coche se volvió espeso, asfixiante. Mi mente seguía atrapada en aquel test de plástico que torció el rumbo de mi miseria hacia un castillo de cristal.
Damián cortó el silencio de cuajo. Igual que una pieza barriendo la defensa del rival.
—Espera —su voz, grave y tajante, me hizo vibrar por dentro—. Has dicho que al principio mantenías las distancias en la casa. Si no os habíais vuelto a cruzar… ¿cuándo fue concebido Víctor?
La pregunta me golpeó en un lugar tan íntimo que un sofoco me abrasó la piel.
—Esa misma noche —susurré, cerrando los ojos para buscar aire—. La noche del callejón.
Algo se rompió dentro de Damián. Una sacudida invisible lo atravesó, como si una verdad insoportable acabara de desplomarse sobre él.
Apretó los dientes con tanta fuerza que temí que se los rompiera.
Sus ojos no transmitían burla ni frialdad, sino una furia herida, una rabia sorda que parecía a punto de hacerlo estallar.
—¿Javier te dijo que él te salvó? —masculló. Las palabras salieron de su boca cargadas de un odio contenido que me asustó.
—Sí. Y no tenía motivos para dudar —respondí en voz baja—. Necesitaba creerlo, Damián. Era mi única tabla de salvación.
Hice una pausa, apretando las manos para ahogar el temblor.
—Al salir el positivo, Alejandro se enteró.
Convenció a Javier de hacer lo correcto.
Tuvimos tres o cuatro citas frías, cenas de compromiso, y en un mes me pidió matrimonio.
Me casé por pura gratitud. Era una cría muerta de miedo y, de un plumazo, obtuvo un apellido y un hogar para su bebé.
Quería amarle… y aún lo quiero, a mi manera. A nuestra manera.
Damián guardó silencio. Se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo, pero su energía seguía devorando el aire. El estratega frío había desaparecido. Quedaba algo mucho más peligroso y desgarrador.
—Tres o cuatro citas para comprar una vida entera —murmuró, soltando una ironía dolorida.
Quise añadir algo, pero el coche se detuvo.
Levanté la vista. Ya estábamos frente a las puertas del colegio.