Veintiuno
Madrid a finales de junio es un horno de piedra y asfalto.
El calor se filtraba por las contraventanas de la mansión, volviendo el aire denso y cargado con el perfume dulzón del jazmín que trepaba por los muros.
Era el último día de colegio, un cierre de ciclo que se sentía como el preludio de una tormenta necesaria.
Me estaba terminando de arreglar para la función de fin de curso de Víctor.
Me puse un vestido de lino blanco, fresco y de corte impecable, buscando borrar de mi cara cualquier rastro de cansancio.
Mi nueva habitación, aunque era de invitados, seguía siendo una estancia imponente, con techos altos y ventanales que daban al jardín trasero.
Sobre el mueble de roble, la flamante televisión que había aparecido por arte de Damián destacaba como un tótem de mi nueva independencia.
Mientras me abrochaba una sandalia, alguien llamó a la puerta con un ritmo pausado. El corazón me dio un vuelco involuntario. En los últimos dos días, ese sonido se había convertido en la señal de una tregua, de una mirada esmeralda o de un comentario mordaz que me hacía sentir viva.
—Adelante —dije, suavizando el tono sin darme cuenta.
La puerta se abrió y la sonrisa que empezaba a dibujarse murió antes de nacer. No era él. Era Javier.
No venía cabizbajo ni derrotado; venía con esa rectitud impecable del hombre que cree que todo tiene una explicación lógica. Se quedó en el umbral, recorriendo la estancia con la mirada, deteniéndose en la maleta a medio hacer y en la televisión que él no había comprado.
—Veo que te has instalado con todas las comodidades —dijo, con la voz desprovista de emoción—. Me han dicho que tus amigas han estado aquí haciendo… ruido.
—Hemos estado descansando. Algo que me hacía falta —respondí, levantándome para enfrentarlo. Mi tono no fue cortante, sino cansado, lleno de una distancia que él no sabía cómo acortar.
—Valeria, lo de la otra noche fue un error.
Ambos estábamos bajo mucha presión —soltó, moviendo el cuello de la camisa como si le apretara—.
No tiene sentido que sigas aquí. Da una imagen pésima al servicio y a Víctor.
Somos un matrimonio, y las familias como la nuestra no se mudan de habitación por una discusión.
Le miré a los ojos, buscando algún rastro del hombre del que creí estar enamorada, pero solo encontré dolor disfrazado de frialdad.
—Quizá lo que da una imagen pésima es que ni siquiera recuerdes por qué discutimos —dije en un susurro—. A veces me pregunto si recuerdas algo de nosotros, Javier. De cómo llegó Víctor, de lo especial que fue aquel milagro… ¿o también has borrado eso de tu memoria para que encaje en tus planes?
Apretó la mandíbula. Una sombra de incomprensión cruzó su rostro, como si mis palabras le hubieran herido de verdad, pero se negara a aceptarlo. Su terquedad era más fuerte que su empatía.
—No empieces con sentimentalismos ahora. Tenemos cosas más importantes que hacer.
—Tienes razón. Espero que no te olvides —dije, pasando por su lado sin girarme.
Bajé las escaleras intentando que el nudo de la garganta no me asfixiara. La ropa me pesaba una tonelada mientras escuchaba los pasos de Javier detrás de mí, rítmicos y apresurados, acompañados por el golpeteo incesante de sus dedos sobre la pantalla del teléfono.
Al llegar al último escalón, él ni siquiera se detuvo. Se dirigió directamente hacia la puerta lateral que comunicaba con el garaje.
—Tengo que salir ya. Esa auditoría no se va a revisar sola y tengo tres llamadas internacionales antes de las seis —dijo, sin levantar la vista del móvil—. No me esperes para cenar.
Me quedé inmóvil en mitad del vestíbulo.
—Javier —le llamé—. ¿No te olvidas de algo?
Se detuvo un segundo, frunciendo el ceño mientras repasaba su agenda.
—No, llevo los documentos y el portátil. ¿Por qué?
—Hoy es la función de Víctor.
Hubo un silencio breve. Suspiró con impaciencia, como si le estuviera reclamando una nimiedad.
—Valeria, por Dios, es una función de primaria. No puedo cancelar una junta por ver a niños disfrazados. Dale un beso de mi parte y me enseñas las fotos luego.
Y sin más, se marchó. El eco del portazo resonó en el mármol vacío.
Me quedé mirando la puerta cerrada, luchando por no dejar que las lágrimas arruinaran el maquillaje. Entonces, una voz profunda rompió el silencio desde la penumbra del gran salón.
—Parece que el GPS de la responsabilidad de mi hermano ha recalculado la ruta hacia su propio ombligo.
Me giré sobresaltada. Apoyado contra la puerta principal, observándome en silencio, estaba Damián. Llevaba una camisa de lino azul oscuro ligeramente remangada y unos pantalones a juego. A su lado, Henry permanecía inmóvil como una sombra de granito.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, parpadeando para despejar la vista.
—He oído que hoy alguien tiene que representar a un temible pirata, y que hay una madre que no debería ir sola a aguantar el aburrimiento de las gradas —dio un paso hacia la luz, y su mirada recorrió mi vestido con una parsimonia que me hizo contener el aliento—.
No esperaba que Javier fuera a cumplir, pero verlo huir de esa manera ha sido… esclarecedor.
—No tienes por qué venir —susurré, aunque el corazón me latía con fuerza—. Es un evento de padres. Habrá murmullos…
Soltó una risa seca, acortando la distancia entre nosotros. Se detuvo a un paso, lo justo para que su perfume me envolviera; ese aroma a vainilla oscura y ámbar que resultaba tan perturbador como magnético.
—Llevo seis años siendo el centro de los murmullos de esta ciudad.
Unos cuantos padres estirados no van a asustarme —se inclinó un poco, manteniendo ese tira y afloja constante que me volvía loca—.
Alguien tiene que asegurarse de que el pequeño pirata reciba los aplausos que se merece.
Y Henry dice que le apetece ver un poco de teatro, ¿verdad?
Henry no movió ni un músculo, pero por la forma en que sus ojos se cruzaron con los míos, supe que estaba allí por lealtad.
—Gracias —dije. Esta vez, la sonrisa no fue forzada.
—No me des las gracias todavía —respondió, dándose la vuelta para abrir la puerta—. Vamos en mi coche. Si Javier no sabe encontrar el camino hacia su propia vida, nosotros le enseñaremos cómo se hace.
Salimos de la casa. Me detuve antes de cruzar la puerta exterior y me giré hacia él.
—Por cierto, no me llames Burbuja —le advertí, intentando que la voz sonara más firme de lo que mis pulmones permitían—. Eso está reservado para mis amigas. No eres una de ellas.
No retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia mí, acortando la distancia de seguridad que yo intentaba mantener. Sus ojos bajaron un segundo a mis labios antes de volver a clavarse en los míos.
—Yes, my lady… —susurró.
Hizo una pausa deliberada. La vibración de su voz, cargada de ese acento que solo afloraba cuando hablaba en inglés, se me enredó en la nuca como una caricia física. Con una media sonrisa que era puro veneno, remató:
—…Queen.
Un escalofrío me bajó hasta la base de la espalda.
Escucharle hablar así, con esa pronunciación perfecta y oscura donde las consonantes parecían rozar mi piel, activó un interruptor en mi cuerpo.
Sabía el efecto que sus palabras tenían en mí; era un jugador experto, y acababa de ganarme la mano sin siquiera esforzarse.
—Vámonos —balbuceé, dándome la vuelta para que no viera cómo me temblaban los dedos al abrir el bolso.
—Ladies first —añadió, invitándome a pasar con un deje de burla seductora que me hizo apretar los dientes.
El Aurelius Sovereign se deslizaba por la autopista con la suavidad de un espectro.
El interior, una cápsula de cuero y silencio, estaba saturado por su perfume.
La vainilla oscura y el ámbar flotaban espesos en el aire, pegándose a mi ropa y empujándome a respirar más profundo de lo que dictaba la prudencia.
En la parte delantera, Henry era una presencia muda tras el panel. Sus manos enguantadas apenas rozaban el volante, dejándonos en una intimidad forzada y cargada de electricidad.
Damián rompió el silencio. Se giró hacia mí, acortando la distancia entre nuestros asientos hasta dejarme sin escapatoria.
—Sabes… —empezó, con la voz aterciopelada—. Tenemos por delante un buen rato de asfalto. Y ahora que estamos aquí… solos… —hizo una pausa, dejando que ese aroma me envolviera—, creo que es el momento perfecto para dejar de lado las formalidades. Conozcámonos, Valeria.
Me pegué un poco más a la ventanilla.
—No creo que haya mucho que contar —mentí, mirando hacia la carretera.
—Oh, lo dudo mucho —murmuró. Sus ojos esmeralda brillaban con una picardía peligrosa—. Let’s play a game. Vamos a jugar. Yo pregunto, tú respondes. Sin filtros.
Tragué saliva. Esa forma de mezclar el inglés con el español me hacía sentir completamente expuesta, como si cada palabra fuera un roce en un lugar prohibido.
—Empieza tú —concedí, intentando sonar valiente.
—Bien. Empecemos por la raíz de este enredo —me atrapó con la mirada y su expresión se volvió analítica, rapaz—. Javier es predecible. Un hombre que compra afecto con contratos. Así que dime, ¿cómo le conociste exactamente?
El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un pinchazo en el pecho. El aire se me escapó de los pulmones. Mi mente voló al callejón oscuro de hacía seis años, al olor a lluvia, a la desesperación y a las manos de un extraño que me tocaron con una urgencia que Javier jamás había mostrado.
Los dedos se me hundieron en el cuero del asiento. El pánico me nubló la vista por un segundo.
—Yo… fue… era del servicio… nos fuimos encontrando —balbuceé, dándome cuenta de lo torpe que sonaba mi excusa.
Damián no se movió, pero noté cómo la mandíbula se le tensaba. Una sonrisa lenta, cargada de sospecha, asomó a sus labios.
—Mientes —sentenció en un susurro.
Se acercó un poco más. Sus ojos se clavaron en los míos, leyendo la mentira. Extendió una mano y la yema de sus dedos acarició la piel desnuda de mi antebrazo. Fue un roce sutil, pero me mandó una descarga eléctrica directa al estómago.
—Dime la verdad, Queen —insistió en voz baja—. ¿Qué pasó realmente hace seis años? ¿Cómo terminó una mujer como tú en las manos de un hombre que no sabe ni cómo mirarte?