Veinte
Víctor estuvo con nosotras un buen rato, saltando en la cama y robándonos trozos de pizza mientras Jasmine le enseñaba a poner caras de guerrero frente al espejo. Verlo reír a carcajadas era un bálsamo que me quitó gran parte del peso que llevaba encima.
El verdadero giro ocurrió a las ocho de la tarde. Un golpe seco sonó en la puerta. Pensé que sería Javier viniendo a aguar la fiesta, pero al abrir, me encontré con dos empleados cargando una caja enorme. Una televisión de cincuenta pulgadas, flamante y lista para instalar.
Detrás de ellos, apoyado en el marco del pasillo con las manos en los bolsillos, estaba Damián.
—He pensado que esa tele de juguete os iba a dejar ciegas —soltó.
Su voz profunda resonó en el pasillo, pero al bajar la mirada hacia Víctor, su tono perdió la arrogancia habitual.
Hubo un titubeo casi imperceptible, un destello de vulnerabilidad—.
Y… que a lo mejor preferías ver una película de acción en pantalla grande…
o, no sé, venir conmigo al cine a ver el último estreno de superhéroes. Y luego cenar por ahí.
Víctor pegó un salto de alegría y me miró suplicante.
—¿Puedo, mamá? ¡Por fa, por fa!
Lo miré. Damián no solo le estaba haciendo un favor al niño; era un regalo para mí. Me estaba dando espacio con mis amigas y alejando a Víctor de cualquier tensión si Javier regresaba de mal humor.
—Vete, pequeño alfil —le dije a mi hijo, revolviéndole el pelo—. Abrígate.
Damián me dedicó una media sonrisa, una rápida y privada que me encogió el estómago, y se llevó a Víctor de la mano. Al cerrar la puerta, África y Jasmine se abalanzaron sobre la caja como si fuera oro puro.
—Vale, oficialmente me caso con tu cuñado —sentenció Jasmine mientras conectaba los cables con agilidad—. Entre la pedazo de tele y que se lleva al niño para que podamos rajar tranquilas… este hombre es un diez.
Instalamos la pantalla frente a la cama y, por enésima vez en nuestras vidas, pusimos Buffy, la cazavampiros desde el primer capítulo.
Era nuestro ritual. Ver a Buffy patear culos nos hacía sentir que nosotras también podíamos con los monstruos de nuestra vida, aunque los nuestros vistieran traje y corbata.
La pizza se acabó, las mascarillas empezaron a endurecerse en nuestras caras y en la pantalla Spike acababa de soltar uno de sus sarcasmos. Jasmine bajó el volumen y nos miró con los ojos brillantes.
—Vale, basta de vampiros por hoy. Vamos a jugar a algo real. ¿Verdad o Reto? —propuso, apartando los cartones vacíos.
—Verdad —me pedí de inmediato. No estaba para retos físicos después del desgaste de estos últimos días.
—Perfecto, Burbuja. Suéltalo todo —se inclinó hacia delante, señalándome con un dedo acusador—.
Tienes al desterrado viviendo en el ala de al lado.
Ya nos confesaste que lo viste sin camisa y casi hiperventilas.
Ahora la pregunta del millón: ¿Te lo tirarías?
¿Te liarías con él sabiendo que es el hombre que puede dinamitar tu matrimonio?
El calor me abrasó las mejillas. Intenté buscar una respuesta diplomática, pero con ellas era perder el tiempo.
—Chicas… es el hermano de Javier —balbuceé.
—Eso no es un «no» —puntualizó África con una sonrisa pícara.
—Está muy bueno, vale —confesé, tapándome media cara con un cojín para ocultar el sonrojo—.
Tiene esos putos ojos que te desmontan, y cuando habla con esa voz tan grave…
me pone a mil. Es que es puro morbo. Si no fuera quien es, y si yo no estuviera metida en este infierno legal, me perdería en esos abdominales sin dudarlo.
—¡Lo sabía! —exclamó Jasmine—. El lobo malo tiene a la ovejita completamente revolucionada.
—Pero ojo, que no es el único que está para hacerle un monumento —continuó, cambiando el foco y señalando a África—. ¿Qué me decís del que va siempre pegado a él como una sombra? El tal Henry.
—Ese juega en otra liga —añadí, agradecida de desviar la atención—.
Exmilitar de élite estadounidense. Es una máquina silenciosa.
Creo que nunca le he oído pronunciar más de tres palabras seguidas, pero cuando entra en una habitación, el aire pesa.
Es pura tensión sexual no resuelta en formato traje negro.
—Bah, no es para tanto —soltó África, fingiendo un desinterés muy poco creíble—. Demasiado serio. Los tipos que no hablan me aburren. Parece un robot enganchado a las pesas.
—¿Ah, sí? —Jasmine se acercó a ella, entrecerrando los ojos—. Pues te estás poniendo roja, Pétalo.
—Es el calor de la habitación —replicó África, abanicándose con la mano.
—Claro, el calor —me reí, dándole un codazo—. Admítelo. Te mueres de curiosidad por saber si el soldadito también tiene acero debajo del uniforme.
—Te pone, confiesa —insistió Jasmine—. Te hemos visto cómo le miras por el retrovisor cuando nos movemos por aquí.
África resopló intentando mantener su máscara de indiferencia, pero la sonrisa en la comisura de sus labios nos dio la respuesta. Entre risas, picos de azúcar y confesiones inconfesables, la noche avanzó hasta que caímos rendidas.
Por primera vez en años, no me sentía la señora Blackwood. Era solo Valeria con sus amigas, permitiéndome el lujo de fantasear con lo prohibido mientras la realidad esperaba al otro lado de la puerta.
La mañana amaneció silenciosa. Mis amigas se habían marchado temprano para no coincidir con Javier. Salí al jardín a respirar hondo y me detuve al ver la escena en el porche.
Damián estaba sentado en los escalones de piedra con su café. Víctor, recién llegado de su salida nocturna, corría de un lado a otro con un balón nuevo. Al verme, soltó la pelota y se me echó a los brazos.
—¡Mamá! ¡El tío me compró el cubo de palomitas más gigante del mundo! ¡Y me ha enseñado a chutar con efecto!
Damián se puso en pie, clavando sus ojos verdes en mí en un repaso visual silencioso que me hizo enderezar la espalda. Víctor seguía hablando maravillas de él, repitiendo que “el tío es muchísimo más divertido que papá”.
Me acerqué cuando el niño se alejó un poco para seguir chutando.
—Gracias por lo de ayer. Por la tele y por sacar a Víctor de en medio. Se nota que… le encantas.
—Es un buen chico —respondió, acortando la distancia—. Tiene tu determinación. Y tú… pareces otra hoy. Más firme.
—He confirmado la mudanza. A partir de ahora duermo en el ala de invitados, y mi puerta tiene llave.
Arqueó una ceja. Por primera vez vi un destello de respeto puro en su mirada, sin rastro de ironía.
—Es un buen movimiento estratégico, Burbuja —dijo, usando el apodo con una lentitud que me erizó la piel. Seguramente escuchó a Jasmine gritarlo la noche anterior—. Javier no va a saber cómo encajar el golpe. El control es su oxígeno; si le quitas la llave, empezará a ahogarse.
—No lo hago por castigarle, lo hago por mi propia paz. Y sobre el viaje del acertijo… he decidido que iremos todos. Las chicas vienen conmigo. Si Javier quiere montar el teatro de la familia perfecta y del matrimonio feliz, que lo haga frente a testigos.
Damián soltó una risa seca, oscura, que escondía cierta admiración.
—Me gusta tu plan. Las tres mosqueteras y el desterrado contra el heredero oficial. Va a ser un viaje digno de verse.
—Prepárate —le advertí—. Porque en cuanto Javier procese que su cama está vacía definitivamente, la guerra fría se va a calentar.
Damián dio un último paso, rozando mi brazo al pasar por mi lado.
—Llevo seis años preparándome para esta guerra —susurró junto a mi oído—. Lo que Javier no sabe es que esta vez, la reina ha cambiado de bando.