Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Diecinueve
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Diecinueve

La luz del sol se filtró por los ventanales haciéndome daño en los ojos. Me dolía todo: la cabeza por el llanto, el cuerpo por la tensión y el alma por las palabras que me habían escupido antes del portazo de anoche. Al moverme, sentí un peso cálido a mi lado. Mi amiga estaba allí.

​Su llegada a mitad de la madrugada había sido un alivio mudo.

No me detuve a preguntar cómo lo había sabido; simplemente le abrí la puerta y me refugié en su abrazo.

Nos habíamos quedado dormidas en medio del desastre, entre los restos de la lámpara rota y el eco de una violencia difícil de asimilar.

​—Buenos días, Burbuja —murmuró África, acariciándome el pelo—. Damián se ha encargado de todo. Ha llevado a Víctor al colegio temprano para que no viera este desastre. Estás a salvo.

​Me incorporé despacio, mirando el hueco vacío en la mesilla.

Pensé en mi hijo. Siempre había sido un niño observador, demasiado consciente del silencio de su padre.

Javier nunca fue de los que se tiran al suelo a jugar o dan besos de buenas noches espontáneos; su afecto funcionaba igual que su agenda: programado y escaso.

Por eso, la conexión inmediata de Víctor con su tío Damián me resultaba tan inquietante y, a la vez, tan dulce.

​—Sé lo que estás pensando —dijo África con voz suave—.

Javi es mi primo y le quiero, pero las cosas como son: no sabe hacer bien las cosas.

No creo que lo haga con maldad, es su forma de ser y de procesar todo lo que está pasando.

.. pero no puedes seguir manteniendo este teatro por un hombre que ni siquiera sabe ser padre.

Os está hundiendo, y lo de anoche fue el límite. Estaríais mejor separados.

​—No es tan fácil —susurré, frotándome los ojos—. Los Blackwood son todo lo que tengo. Si me voy, ¿qué le queda a mi hijo?

—Le quedas tú. Y nos tienes a nosotras.

​Me levanté y caminé hacia el vestidor. Empecé a meter ropa en una maleta pequeña, moviéndome por inercia.

No iba a irme de la casa todavía para no darle armas legales en mi contra, pero tampoco pensaba pasar una noche más en esa cama.

Me mudé a la habitación del final del pasillo, un cuarto de invitados con una buena cerradura que pensaba usar.

​Justo cuando dejaba el neceser en el baño de mi nueva habitación, la puerta se abrió de golpe. Jasmine entró con la melena azabache recogida en un moño alto y una caja de donuts en las manos, pisando fuerte.

​—He aparcado el coche en mitad de la entrada principal.

Me da igual si Javier se pone histérico cuando vuelva —anunció, analizándome con esa mirada afilada que siempre sabía detectar mis puntos débiles—.

Lo he cruzado hace un rato saliendo con el coche.

Tenía cara de perro. Es un imbécil, Burbuja. Lo sabemos todas.

​—Por favor, no grites —pedí. La cabeza me seguía punzando de dolor, pero tenerlas allí me hizo sentir, por primera vez en horas, que no iba a desmoronarme.

​Nos sentamos las tres en el suelo de la nueva habitación, rodeadas de maletas a medio vaciar y azúcar glas. Por un momento, las paredes de la mansión y todo su peso desaparecieron.

​—Esta mudanza es el primer paso —sentenció Jasmine, apuntándome con un donut de chocolate—. Tienes que dejar de ser la chica agradecida. Ese ataque de ira de anoche no fue por amor herido; fue puro pánico a perder el control sobre ti.

—No entiendo cómo os enterasteis tan rápido —dije de pronto, mirando a África—. No recuerdo haberte escrito anoche.

​Mis amigas intercambiaron una mirada fugaz.

—Recibimos un aviso —contestó Jasmine, encogiéndose de hombros—. De alguien que se ha preocupado por ti, pese a todo, y que sabía que esto iba a estallar. Lo importante es que estamos aquí.

​—¿Quién? —insistí, frunciendo el ceño—. ¿Fue Desi?

—No importa el quién, Burbuja. Importa el para qué —cortó África, apretándome la mano—. Estamos aquí para recordarte que esta habitación es tu fuerte. A partir de ahora, tú decides quién entra y quién se queda fuera.

​La conversación derivó en planes y risas flojas, de esas que solo afloran después de un pico de tensión insoportable. Durante todo el fin de semana no salimos de ese cuarto. Era nuestro refugio, una burbuja donde el apellido Blackwood no tenía jurisdicción.

​Nos olvidamos del protocolo y de los modales. Jasmine sacó el móvil y, en un acto de rebeldía absoluta contra las cocinas de la mansión, pidió tres pizzas familiares y un arsenal de helado. Cuando el repartidor llegó a la verja, fue Desi quien subió los cartones discretamente hasta nuestra puerta.

​—Esto es vida —suspiró Jasmine, con una mascarilla verde oscuro cubriéndole la cara y una rodaja de pepino en la mano—. Si Javier supiera que estamos montando una fiesta de pijamas en su ala de invitados, le daría un parraque.

—En realidad es mi ala de invitados. La casa es mía, ¿recuerdas? —puntualicé, arrancando una carcajada a las dos.

—Que le den —añadió África, concentrada en aplicarme una capa de crema hidratante—. Hoy solo existimos nosotras. Y esa tele de catorce pulgadas que hemos rescatado del desván.

​Encendimos el pequeño televisor. La imagen era borrosa y a veces saltaban chispitas grises en la pantalla, pero daba igual. Pusimos una comedia romántica predecible para no tener que pensar en nada más.

​Sin embargo, el silencio no duró mucho. Jasmine, fiel a su estilo directo, dejó la porción de pizza a un lado y me miró con una ceja arqueada tras los parches de colágeno.

​—Vale, ya he llorado lo suficiente por el hermano soso —soltó—. Ahora hablemos de lo que de verdad importa. Hablemos de Damián.

​Sentí un vuelco en el estómago. Intenté concentrarme en la pantalla, que justo en ese momento decidió fallar mostrando pura estática, pero África me dio un toquecito en la nariz.

​—Venga, Burbuja. Confiesa. Lo tienes a diez metros de aquí, en el otro pasillo. ¿Cómo es de cerca? ¿Tan intenso como parece?

Suspiré, dándome por vencida. El calor me subió a las mejillas.

—Es… complicado —empecé.

—No nos des el discurso moral —me cortó Jasmine con un gesto impaciente—. Danos los detalles. ¿Es verdad que tiene esos ojos que parecen escanearte el alma?

​—Son esmeralda —confesé en un susurro. Mis amigas soltaron un gritito ahogado—.

Pero no es solo el color. Es todo lo que transmite cuando te clava la mirada.

Puedes ver dolor, inquietud, odio... y deseo.

Es una mezcla de sentimientos que no logro entender muy bien, pero te atrapa.

Como si supiera exactamente qué estás pensando y le diera igual. Y… bueno…

—¿Y? —insistieron a la vez, inclinándose hacia mí.

​—Y la otra noche, en la cocina… no llevaba camisa —solté de golpe, escondiendo la cara entre las manos—.

Chicas, es ilegal. Tiene un físico increíble, de los que quitan el hipo incluso cuando solo está respirando.

Me perdí un poco, lo reconozco. Entre esa mirada y todo lo demás, se me olvidó hasta mi propio nombre por un segundo.

​—¡Lo sabía! —exclamó Jasmine, chocando los cinco con África—. Sabía que el desterrado venía pisando fuerte.

—Es otro nivel —añadió África, más seria—. Javi es ordenado. Pero Damián es como un incendio forestal. Te atrae, pero sabes que si te acercas demasiado, te vas a quemar.

​—Pues yo quiero fuego —sentenció Jasmine con una sonrisa maliciosa—. Burbuja, si ese hombre te está protegiendo desde las sombras, es por algo. Los Blackwood no hacen nada gratis. Disfruta de las vistas mientras dure, porque un hombre así no se ve todos los días por estos pasillos.

​Le dio un mordisco dramático a su pizza y se recostó contra la pared.

—Bueno, ahora que hemos establecido que el hermano equivocado es el interesante… —dijo con la boca medio llena—, ¿qué más nos ocultas?

​Suspiré. Había evitado el tema toda la mañana, pero no tenía sentido seguir guardándomelo.

—Hay algo más —dije, jugueteando con el borde de cartón de la pizza—. Algo que tiene que ver con el testamento.

Mis amigas dejaron de moverse casi al mismo tiempo.

—Eso suena serio —murmuró África.

—Lo es.

​Tragué saliva. Decirlo en voz alta hacía que todo pareciera aún más irreal.

—Tengo que ir a una propiedad de los Blackwood… a otro país.

—¿A otro país? ¿Dónde? —preguntó Jasmine.

Negué con la cabeza.

—No lo sé exactamente. Y forma parte de un acertijo que dejó Alejandro.

​El silencio que siguió fue corto, pero intenso.

—Vale —dijo Jasmine al fin, limpiándose las manos en una servilleta—. Me gusta. Misterio, herencias raras y viajes improvisados. Muy Agatha Christie.

—No es un juego —repliqué—. No sé si debería ir. Y no tengo ni idea de cómo moverme sin que Javier lo convierta en un problema legal.

​África inclinó la cabeza, pensativa.

—Entonces no se lo diremos.

—¿Perdón?

​Jasmine sonrió despacio; esa sonrisa de advertencia que siempre asomaba cuando se le ocurría una locura.

—Burbuja, cariño, acabas de describir el inicio de una operación secreta. Y nosotras somos excelentes en operaciones secretas.

—No necesitamos todos los detalles todavía —añadió África con calma—. Solo necesitamos saber una cosa: ¿tienes que ir?

Asentí.

—Sí.

​—Entonces iremos —sentenció Jasmine.

—No he dicho que vengáis.

—Ni falta que hace —respondió, dándole el último trago a su refresco—. Ya estamos dentro.

​África apoyó el codo en la rodilla y me miró con suavidad.

—Primero solucionamos lo inmediato: tu seguridad, tu hijo y este circo legal en el que te ha metido Javier. Después pensamos en cómo llegar al lugar sin que nadie pueda usarlo en tu contra.

​Jasmine levantó su lata vacía como si brindara con champán.

—Operación Huida —declaró—. Aún no sabemos el plan… pero vamos a improvisarlo de forma gloriosa.