Dieciocho
Damian
Me quedé inmóvil en la penumbra del pasillo, con los pulmones ardiendo y los puños tan apretados que las uñas se me clavaban en las palmas.
Quería entrar ahí. Quería arrancarle la cabeza a mi hermano y sacarla de esa habitación.
Pero me obligué a quedarme clavado en el sitio.
No debía intervenir. Era su marido. Era su problema.
El estruendo del cristal contra el suelo no fue solo un ruido; fue el sonido de la verdadera cara de Javier chocando contra la realidad.
Cuando regresé a esta casa, lo hice con una idea fija grabada a fuego: Valeria era una arpía.
Una mujer que había sabido leer las debilidades de un hombre mediocre para escalar hasta el trono de los Blackwood.
Me repetía que esa mirada suya de niña perdida era una estrategia, un cálculo perfecto para asegurar el futuro de su hijo.
Pero entonces escuché su sollozo.
No era un llanto teatral. No era una rabieta de niña rica. Era algo más bajo, más primitivo. El sonido de alguien que se está rompiendo por dentro.
Y eso destrozaba la historia que yo me había montado.
Me acerqué a la puerta entreabierta, oculto por la oscuridad. A través de la rendija la vi. Estaba sentada en el borde de la cama, encogida en medio de los escombros. La luz de la luna se enredaba en su pelo rubio, dándole un aire frágil en medio de aquel desastre.
Sentí rabia, sí. Pero no era la rabia fría que me servía de motor. Era un cabreo confuso. Porque si era la manipuladora que yo había imaginado, ¿por qué parecía tan sola? ¿Por qué se veía tan jodidamente rota?
Javier no se la merecía. No merecía su lealtad ni su intento desesperado por salvar un matrimonio que él mismo acababa de dinamitar. Esa parte seguía estando clara. Lo que empezaba a difuminarse era mi certeza sobre ella.
La observé un segundo más. La seda del pijama se pegaba a su piel como la única protección que le quedaba en el mundo. Sus ojos color miel, habitualmente desafiantes, ahora estaban empañados.
No había cálculo en esa mirada.
«Es preciosa». La idea me cruzó la mente antes de que pudiera aplastarla. Inmediatamente después vino la culpa. No debería estar pensando en eso. No con la mujer de mi hermano. No con la mujer que se suponía que era mi enemiga.
Llevaba años convencido de que verla sufrir me daría satisfacción. Pero lo que sentía viéndola llorar no era triunfo. Era inquietud. Porque si ella no era la villana, mi narrativa se desmoronaba. ¿Y si solo estaba intentando sobrevivir dentro de una familia que la juzga antes de escucharla?
Ese instinto protector, oscuro y afilado, apareció antes de que pudiera frenarlo.
Quería cruzar la puerta y sacarla de allí.
Soy un Blackwood; nos crían para desconfiar.
Pero en ese momento, por primera vez, no sabía si estaba defendiendo la verdad o una simple excusa para odiarla. Y esa duda me desarmaba por completo.
Antes de encerrarme en mi propia oscuridad, los pies me llevaron solos hacia la habitación de Víctor. Caminé en silencio, empujé la puerta y entré.
Dormía profundamente, ajeno al terremoto que acababa de arrasar el cuarto de al lado.
Me acerqué y le subí la manta. Sentí un nudo en la garganta al ver esa cara relajada, una copia de la mía a su edad.
Debería haber estado aquí. Debería haberle enseñado a jugar al fútbol mucho antes, haberle comprado su primer ajedrez, haber sido su tío desde el primer día.
Me había perdido cinco años de su vida por culpa del orgullo.
Me senté en el borde del colchón y, casi por instinto, empecé a tararear.
— Duerme el pequeño alfil en su torre de cristal, que la luna de plata te libre del mal… —susurré.
Era la nana que mi padre nos cantaba a Javier y a mí cuando el viento norte azotaba la casa. Ver al niño allí, tan vulnerable y puro, me encogió el pecho. Víctor merecía algo mejor que la podredumbre que nos rodeaba. Merecía luz.
Salí al pasillo y me topé con Henry. Llevaba todo el día a mi sombra, firme, pero las ojeras empezaban a marcarle el rostro. Sabía que no había pegado ojo desde que aterrizamos.
—Vete a descansar. Ya es suficiente por hoy —le dije, dándole dos palmadas en el hombro.
Henry me miró, evaluando si era seguro dejarme solo. Éramos más que jefe y empleado; éramos hermanos de sangre derramada.
—¿Seguro, Damián? Ha sido una noche movida.
—Seguro. Vete a dormir, Henry. Mañana toca guerra otra vez.
Asintió con un gesto de cansancio y se retiró hacia el ala de invitados.
Me quedé solo. Entré en mi cuarto y cerré la puerta, pero el silencio no me trajo paz. Me arranqué la camisa, tirándola sobre una silla, y me quedé mirando a la pared.
Pero no veía la pared; la veía a ella. El rastro de jazmín en el pasillo, sus hombros desnudos bajo los tirantes finos, esos ojos ámbar clavados en mí.
Sentí un calor súbito que me tensó el bajo vientre.
Una excitación prohibida, sucia y desesperante me recorrió la espina dorsal.
Me estaba poniendo jodidamente cachondo pensando en la mujer de mi hermano.
La misma a la que él acababa de humillar.
Y la culpa por desearla no apagaba el fuego; solo lo alimentaba.
—Maldita sea —gruñí, frotándome la cara con las dos manos.
Fui hasta el escritorio y agarré el móvil. Necesitaba hacer algo útil antes de perder la cabeza y volver a su habitación para romperle la cara a Javier. Busqué el contacto de mi prima y tecleé rápido:
«Primita, tu amiga tiene una emergencia emocional. Javier acaba de montar un número y la ha dejado destrozada. No debería estar sola.»
Lancé el teléfono sobre la cama. Me irritaba sobremanera que me importara tanto que estuviera llorando entre cristales rotos. Se suponía que era el objetivo a batir.
Me metí en el baño y abrí el grifo de la ducha, girando el mando hasta que el agua salió helada.
Necesitaba que el frío me adormeciera los sentidos, que lavara esa obsesión repentina.
El impacto de las gotas frías contra mis hombros fue brutal, pero en mi mente el fuego de su mirada seguía ardiendo.
Fue inútil. El hielo no apagó el deseo; lo enquistó, convirtiéndolo en un latido doloroso entre las piernas.
Giré el grifo de un golpe, buscando el contraste de un calor abrasador.
El vapor empezó a llenar la cabina, envolviéndome en una niebla espesa que me aisló con mis propios demonios. Cerré los ojos. Y allí estaba de nuevo.
Empecé a acariciarme el pecho, lento, imaginando que no eran mis manos.
La seda pegada a su cuerpo, diseñada para torturarme.
La suavidad de su mejilla. Ese aroma a peligro y promesa.
El agua caliente corría por mi espalda, pero en mi cabeza eran sus dedos trazando el mapa de mis cicatrices.
Imaginé su respiración entrecortada junto a mi oído y el calor húmedo de su boca buscándome en la oscuridad de la ducha.
Una oleada de pura necesidad me recorrió el cuerpo, tensando cada músculo.
Agarré mi miembro, duro como una roca. La rabia por quererla luchaba contra el hambre feroz de reclamar cada centímetro de su piel, de descubrir ese territorio prohibido.
Llevaba años creyendo que ella era mi ruina, y ahora solo pensaba en hundirme en ella hasta perder la cabeza.
Me apoyé contra la pared de azulejos, buscando un anclaje, pero el deseo no daba tregua. Solo existían sus ojos ámbar mezclando miedo y desafío. Solo escuchaba mi nombre en su voz rota por el placer. El roce imaginario de su piel desnuda contra la mía me llevó al límite.
Fue una rendición rápida y sucia. Una ola que me golpeó desde las entrañas, una explosión contenida que me dejó sin aliento, arrancándome un gemido sordo que murió bajo el estruendo del agua.
Un orgasmo intenso, culpable, demorado en el tiempo.
Durante un instante eterno no hubo testamentos, ni odios, ni Javier.
Solo existió Valeria en la oscuridad de mi mente.
Cuando abrí los ojos, el vapor empezaba a disiparse. Me quedé allí quieto, apoyando la frente en el cristal, con el corazón bombeando furia y deseo a partes iguales.
Javier la había roto esta noche. Pero yo acababa de descubrir que estaba dispuesto a recoger cada puto cristal del suelo, aunque me cortara las manos en el proceso.