Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Diecisiete
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Diecisiete

Las semanas siguientes al choque en la oficina fueron un oasis de calma tensa.

Mientras los abogados gestionaban el lento papeleo de los traspasos, me tomé un respiro de la Fundación.

Dejar la bata del laboratorio para asumir el papel administrativo de jefa me exigía una energía que en ese momento no tenía.

Así que me centré en lo único que mantenía mi mundo en pie: Víctor.

Dediqué cada minuto a esperarlo a la salida del colegio, a merendar con él y a escuchar sus historias.

​Y en medio de todo eso estaba Javier. No lo había dejado.

No podía. A pesar de sus sombras, seguía queriéndolo; era el hombre que me dio un nombre cuando el mundo me daba la espalda.

No me veía capaz de liderar una familia rota ni de arrebatarle a mi hijo la estabilidad que yo nunca tuve.

Javier, consciente de mi fragilidad, había estado más atento, casi como si hubiéramos vuelto a los primeros meses de nuestro noviazgo.

​Pero luego estaban los pasillos. Esos encuentros fugaces con Damián. Segundos que duraban una eternidad, donde sus ojos verdes me recordaban que aquella paz era solo una tregua antes del huracán.

​Lo más difícil no era Javier, ni el papeleo. Lo más difícil era ver a Víctor. Mi hijo había encontrado en Damián algo que su padre nunca supo darle: tiempo.

—Mamá, ¿has visto cómo me ha enseñado a chutar? —me susurró una tarde, mientras lo arropaba—. Damián es increíble. Sabe de todo: de estrellas, de fútbol y de ajedrez. Dice que soy el mejor estratega que ha conocido.

​Ver el brillo en los ojos de mi hijo me encogía el corazón de ternura, pero también me aterraba.

Víctor lo adoraba, libre de las herencias y los rencores de los adultos.

Damián se había ganado su confianza paso a paso, jugando en el jardín o tirado en el suelo montando Legos.

Era un vínculo que yo ni podía, ni quería, romper.

​Esa noche, el silencio en la mansión pesaba más de lo habitual.

Javier y yo estábamos en la puerta de nuestro dormitorio.

Lo miré mientras sacaba las llaves del bolsillo.

Era innegable que mi marido era un hombre muy atractivo.

Alto, de cabello rubio perfectamente peinado y unas facciones simétricas que parecían esculpidas para protagonizar revistas de negocios.

Era el prototipo del hombre ideal, el príncipe azul con el que cualquier mujer soñaría.

Y sin embargo, mientras lo miraba, el vacío en mi pecho me recordaba que la perfección física no siempre enciende la sangre.

​Se detuvo, me tomó por la cintura y me dio un beso de buenas noches. No fue un roce de protocolo; fue largo, cálido, cargado de una intención que me hizo recordar por qué seguía a su lado.

—Te quiero, Valeria —murmuró contra mis labios—. Mañana será un buen día.

​Me quedé allí quieta, con el sabor de su beso fresco y el corazón dividido. Me alisé el pijama de seda color perla de tirantes finos, sintiendo el frío del pasillo en las piernas desnudas. Iba a darme la vuelta cuando una sombra se separó de la pared, justo al final del corredor.

​Damián.

Había presenciado el beso. Estaba apoyado en el acceso al pasillo que daba a su zona, con los brazos cruzados y una expresión afilada que me puso en alerta.

Avanzó con pasos lentos, igual que un depredador nocturno.

Su mirada recorrió la seda de mi pijama, deteniéndose un segundo de más en la piel desnuda de mis hombros, hasta clavarse en mis ojos.

​—Una actuación impecable —soltó. Su voz grave rebotó en las paredes vacías—. Casi me creo que ese beso ha significado algo para ti.

—Basta —siseé, mirando de reojo la puerta de mi habitación—. No tienes derecho a decir eso. Es mi marido.

—Tu marido intenta comprar tu silencio con caricias, y tú te dejas —dio un paso más, invadiendo mi espacio hasta que el calor de su cuerpo rivalizó con el frío del pasillo—. ¿Cuándo vamos a hacer el viaje? El anagrama no se va a resolver solo y el tiempo corre en contra.

​Me abracé a mí misma, sintiendo que la tela del pijama de pronto era un escudo inútil.

—No sé cómo puedo hacer un viaje contigo al extranjero sin que mi matrimonio se vaya a pique. Javier está celoso, está intentando arreglar lo nuestro… No puedo esfumarme con su hermano así como así.

​Damián se inclinó hacia mí. Su pecho casi rozó el mío y el rastro amargo de su colonia me inundó los sentidos.

—Tu matrimonio ya está roto. Tú eres la única que se empeña en pegar los trozos —su mirada bajó a mis labios con una lentitud desesperante, deteniéndose allí un instante antes de volver a subir, oscura y cargada de una atracción que me cortó la respiración—.

Pero si te preocupa la etiqueta, invítalos a todos.

Hagamos una excursión familiar. Así Javier podrá vigilarte mientras yo encuentro lo que mi padre nos ocultó.

​Se dio la vuelta sin esperar respuesta, dejándome sola en la penumbra y con un calor traicionero latiendo en mi vientre.

​Entré en la habitación con el pulso acelerado.

Las palabras de Damián y la intensidad de su mirada me quemaban bajo la piel.

Necesitaba apagarlo. Necesitaba anular esa conexión eléctrica del pasillo.

Quería ser la esposa de Javier, la mujer a la que rescató, la madre de su hijo.

Quería que lo nuestro fuera real, aunque tuviera que forzar la maquinaria hasta romperla.

​Javier estaba medio dormido, una sombra bajo las sábanas de hilo.

Me deslicé a su lado, buscando su calor con urgencia.

Empecé a besarlo, a acariciarlo con una desesperación que hacía años que no compartíamos.

Quería recuperar la pasión, prender el fuego que debía existir entre dos personas que compartían una vida.

​—Valeria… ¿qué haces? —murmuró, sorprendido, aunque respondió a mi contacto.

​Al principio pareció funcionar. Sus manos me buscaron y su respiración se acompasó a la mía. Pero cuanto más lo intentaba, más vacía me sentía por dentro. Era mecánico. Un simulacro. Mi mente rebuscaba a ciegas una sensación, un recuerdo al que aferrarme para que el cuerpo reaccionara.

​—Javier… —susurré, deteniéndome un segundo con la voz rota—. ¿Por qué no es como antes? ¿Por qué no siento lo mismo que la primera vez?

​Su cuerpo se tensó bajo el mío. No era tensión de deseo; era rechazo absoluto.

—¿De qué hablas? —preguntó, apartándome de un empujón para sentarse en la cama y encender la luz.

​La claridad me cegó. Me senté frente a él, cubriéndome el pecho con las sábanas, sintiéndome minúscula.

—Esa noche, Javier… la noche que concebimos a Víctor —solté la verdad que llevaba años asfixiándome—.

Recuerdo que fue diferente. Había fuego.

Puro deseo. Una lujuria que me quemaba por dentro y que no he vuelto a sentir contigo.

Intento buscarla ahora, intento que volvamos a conectar, pero no hay nada.

Siento que te has vuelto un extraño para mí.

​El silencio que siguió fue atronador. Me miró y, por primera vez, no vi al marido cariñoso ni al empresario metódico. Vi asco. Un desprecio tan profundo que me hizo encoger los hombros.

​—¿Cómo te atreves? —la voz le salió convertida en un siseo venenoso—.

Te doy una vida, te doy mi apellido, crío a un niño que…

—se calló de golpe, con la mandíbula temblando de furia—.

¡Y vienes aquí, a medianoche, a decirme que no soy suficiente comparado con un recuerdo borroso de hace seis años!

—Javier, solo intento ser sincera. Intento que recuperemos la pasión que tuvimos.

—¡No tuvimos nada! —rugió, poniéndose en pie de un salto.

​Perdió el control. Agarró la lámpara de la mesilla y la estampó contra el suelo. El estruendo del cristal me arrancó un grito. Empezó a tirar todo lo que encontraba a su paso: los libros de la cómoda, el joyero, una jarra de agua que estalló empapando la alfombra.

​—¡Eres una malagradecida! —gritaba, con el rostro desencajado—. ¡Te saqué de la nada! ¡Te lo di todo! ¿Y me pides pasión? ¡Me das náuseas, Valeria!

​Se detuvo frente a mí, jadeando. La mirada de odio me heló la sangre. Nunca lo había visto así. El hombre que lloraba pidiendo perdón había desaparecido; ahora era un extraño violento que me miraba como si fuera basura.

—No vuelvas a tocarme —escupió. Agarró su bata y salió de un portazo que hizo temblar los cuadros.

​Me quedé sola, encogida en medio del desorden y los cristales. Las manos me temblaban. El llanto me subió desde el estómago, un sollozo mudo que me cortaba el aire.

​Fue entonces cuando Noche apareció entre los restos de la jarra, moviéndose con esa cautela felina experta en sortear peligros.

Se enroscó en mi regazo sin hacer ruido, ronroneando contra la seda de mi pantalón.

Le acaricié el lomo, agradeciendo ese calor silencioso.

Pero al levantar la vista, sus ojos verdes me devolvieron una mirada distinta.

Era la misma intensidad esmeralda que me había devorado en el pasillo hacía apenas unos minutos.

​Apreté los párpados, negando con la cabeza.

No entendía qué acababa de ocurrir. Solo había intentado salvar nuestro matrimonio, y Javier me había devuelto un asco imborrable.

Allí estaba yo, rota en mi pijama de seda, asumiendo por fin que la familia perfecta que tanto me esforcé en proteger era un espejismo que acababa de saltar por los aires.