Dieciséis
La sede de InnovaPharma en el Paseo de la Castellana era un bloque de cristal y acero que hoy se sentía más gélido que nunca. Al entrar en el despacho principal —el antiguo santuario de Alejandro—, el olor a madera noble y a decisiones de alto nivel me recibió como un bofetón helado.
No estaba sola. Javier ya ocupaba la cabecera de la mesa de juntas, flanqueado por dos abogados de esos que huelen a gomina cara y a minutas astronómicas. En cuanto entré, dejando clara mi postura con la mirada fija en él, soltó una carpeta sobre la mesa y trazó una sonrisa de suficiencia.
—Valeria, no era necesario que vinieras con tanta prisa —dijo. Su voz destilaba una falsa preocupación—. Mis abogados estaban revisando los números. Hay un pequeño… error en el testamento de mi padre.
—No hay ningún error, Javier —respondí, sentándome frente a él—. Hay una voluntad.
—En España, la voluntad tiene límites —intervino uno de los abogados, un hombre de ojos pequeños y astutos—.
Se llama legítima . Como hijo, Javier tiene derecho a un tercio de la herencia de forma estricta y a participar en el tercio de mejora.
Según nuestros cálculos, la adjudicación de acciones de InnovaPharma que Alejandro te ha hecho a ti, como nuera, supera con creces el tercio de libre disposición.
Mi marido se reclinó en la silla, cruzando las manos sobre el regazo.
—Lo que significa, querida, que esa disposición es inoficiosa . Vamos a ejercer una acción de reducción. Esas acciones que crees tuyas van a volver a mis manos para cubrir mi legítima. Es la ley.
Me quedé en silencio, sintiendo el peso de la ley española sobre los hombros. En teoría tenía razón: no puedes dejarle todo a un extraño si tienes hijos. Pero Alejandro no cometía errores de primero de Derecho.
—Es una lástima que tus abogados solo sepan sumar.
La voz grave de Damián resonó desde la puerta.
Apareció con una carpeta bajo el brazo, avanzando con la seguridad de quien guarda un as en la manga. Se colocó a mi lado, apoyando una mano en el respaldo de mi silla. El contraste entre los hermanos era total: uno era el orden impecable; el otro, el caos controlado.
—Damián, esto es un asunto de herederos forzosos —escupió Javier, perdiendo la compostura—. Tú ya tienes tu parte en BioVida. No pintas nada aquí.
—Pinto mucho —lanzó un fajo de documentos sobre la mesa—. Porque yo también soy un heredero forzoso. Y resulta que nuestro padre hizo algo muy inteligente antes de morir: utilizó el tercio de mejora a mi favor, pero con una condición resolutoria.
Javier frunció el ceño. Damián se inclinó sobre la mesa, sosteniéndole la mirada.
—Alejandro valoró su patrimonio global: cuentas en Suiza, propiedades en el extranjero y patentes.
Al dejarme el tercio de mejora y otros activos líquidos, tu legítima estricta queda cubierta con dinero y propiedades inmuebles.
La ley establece que, mientras recibas tu valor económico, el testador puede decidir qué activos específicos entrega a cada uno.
Mis abogados, callados hasta entonces, asintieron.
—Efectivamente —añadió Maite, la abogada que yo había contratado esa misma mañana—.
Alejandro ha dejado a Valeria las acciones de la matriz dentro del tercio de libre disposición, asegurándose de que el valor total del resto de la herencia baste para que no podáis alegar que la legítima ha sido invadida.
Habéis recibido casas y efectivo; ella ha recibido el control.
Javier se puso lívido. Sus abogados empezaron a susurrar entre ellos, ojeando los nuevos documentos.
—Habéis intentado impugnar basándoos en que las acciones valían demasiado —añadió Damián con una sonrisa gélida—, pero habéis olvidado valorar las tierras del norte y la colección de arte. Sumado todo, la parte de Valeria encaja en el tercio legal de libre disposición.
Javier golpeó la mesa con el puño.
—¡Es una trampa! ¡Habéis manipulado las valoraciones!
—Se llama estrategia, hermano —me miró por un instante y, por primera vez, sentí que formábamos equipo—. Nuestro padre te conocía lo suficiente como para prever que intentarías devorarla en cuanto él cerrara los ojos.
Me levanté. El traje que llevaba ya no era una armadura, sino un uniforme de mando.
—La reunión ha terminado. Mis abogados os enviarán el inventario detallado. Ahora, si me disculpas, tengo una empresa que dirigir.
Salimos del despacho, dejando a Javier y a sus tiburones inmersos en un silencio sepulcral. En el pasillo, Damián se detuvo y me clavó la mirada, evaluándome de arriba abajo, haciéndome tragar saliva.
—Has estado bien ahí dentro —admitió, aunque la voz seguía cargada de recelo—. Pero no te equivoques. Mi padre no hizo esto por ti. Lo hizo para obligarme a vigilarte de cerca. El anagrama sigue siendo la clave de lo que de verdad importa.
—Gracias —le dije, pasando por alto la advertencia—. Por lo de la mejora. Podrías haberte quedado callado y dejar que Javier me quitara las acciones.
—Javier no sabe lo que es el honor —respondió, dándome la espalda para empezar a caminar—. Y yo no soporto que los mediocres ganen partidas que no saben jugar.
El aire en la mansión esa noche era tan espeso que se podía cortar con un bisturí. Tras la humillación en la Castellana, mi marido se había esfumado. Sabía que el encuentro era inevitable. No podíamos fingir que no acabábamos de declarar una guerra abierta.
Me quité la chaqueta y la dejé caer sobre la butaca del dormitorio.
Me sentía agotada; cada fibra de mi cuerpo había soportado el peso de la sala de juntas durante horas.
Me acerqué al ventanal para observar la oscuridad del jardín, buscando el aire que me faltaba, pero el reflejo del cristal me devolvió la imagen de Javier.
Estaba de pie en el umbral, con la corbata puesta pero el nudo flojo, y un vaso de cristal en la mano. El tintineo del hielo contra el vidrio era el único sonido de la habitación.
—Has aprendido rápido —rompió el hielo, dando un paso al frente.
Su voz sonaba tranquila, pero bajo la superficie asomaba un rastro oscuro, algo parecido a celos puros—.
No sabía que mi hermano y tú fuerais tan íntimos como para coordinar emboscadas legales.
¿Cuándo ocurrió? ¿Entre partida y partida de ajedrez?
—No fue una emboscada. Fue una defensa —me giré para enfrentarlo y me crucé de brazos—. Intentaste usar la ley para robarme lo que tu padre me confió. Intentaste dejarme fuera de la empresa.
Bebió un sorbo largo y dejó el vaso sobre la cómoda con un golpe sordo. Se acercó, acorralándome con una mezcla de perfume caro y whisky que me revolvió el estómago.
—¿Y qué esperabas? ¿Que me quedara mirando cómo Damián te susurra estrategias para hundirme? —Me agarró por los hombros. No era el tacto frío y posesivo de costumbre; era desesperación—. Me duele, Valeria. Me duele que confíes antes en un hombre que lleva seis años fuera que en tu marido.
Bajé la vista, pero él me obligó a levantar el mentón con un dedo. Sus ojos azules habían perdido el hielo; estaban empañados, vulnerables.
—Sé que parezco un hombre implacable. Sé que no soy dado a grandes demostraciones de afecto —susurró, y la voz se le quebró—. Pero todo lo que hago, incluso ese movimiento legal, es para asegurar nuestra posición. Para que nadie pueda arrebataros lo que os pertenece a ti y a Víctor.
—Javier, intentaste declararme incapaz… —empecé a decir, pero el nudo de la garganta me cerró el paso.
—Porque tengo miedo —me interrumpió. Por primera vez vi una grieta real en su armadura—. Miedo de perderte. Miedo de que este imperio nos devore. Yo… yo te quiero. A mi manera torpe y metódica, pero te quiero. Es la única forma en la que sé hacerlo. No me pidas que cambie mi naturaleza.
Una lágrima traicionera me resbaló por la mejilla.
Recordé los momentos en los que, estando embarazada y muerta de miedo, él aparecía con una manta o una palabra de consuelo.
Recordé que me dio su apellido cuando yo no era nadie.
¿Y si era su retorcida forma de demostrar amor?
¿Y si su torpeza emocional lo hacía parecer más cruel de lo que era en realidad?
—No llores —me secó la lágrima con el pulgar. Esa ternura imprevista me descolocó—. Solo quiero que estemos en el mismo bando. No me obligues a luchar contra ti.
Se inclinó y depositó un beso suave en mi frente, un gesto con sabor a tregua agridulce. Sin decir nada más, salió de la habitación y me dejó allí, temblando bajo la luz tenue.
Me senté en el borde de la cama, hundiendo la cara entre las manos. Por un lado, la lógica de Damián y el acertijo de Alejandro gritaban que mi marido me estaba manipulando; por otro, el corazón recordaba a aquel hombre que se quedó a mi lado cuando el mundo se desmoronaba.
¿Quedaba algo que salvar en nuestro matrimonio? ¿Era capaz de perdonarle la traición si provenía de un retorcido sentido de protección?
Miré el sobre del anagrama que asomaba por mi bolso.