Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Quince
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Quince

Cerré la puerta de la habitación despacio, conteniendo la respiración hasta que el pestillo encajó sin hacer ruido. El silencio del dormitorio solo se veía roto por un sonido que, en ese momento, me resultó insoportable: el ronquido rítmico, profundo y despreocupado de mi marido.

​Me quedé quieta, apoyada contra la madera, con el corazón todavía galopando por el encuentro en el observatorio. En mi bolsillo, las fichas del anagrama pesaban como si fueran de plomo.

Me quité la ropa a oscuras, dejando los vaqueros y el jersey sobre una silla, y me deslicé bajo las sábanas en ropa interior, intentando no mover el colchón.

Javier ni siquiera se inmutó; se limitó a cambiar de postura y darme la espalda.

Me quedé mirando el techo, donde las sombras de las cortinas parecían dedos largos queriendo atraparme.

​¿Por qué seguía aquí?

​Esa pregunta me golpeó con la fuerza de un naufragio.

Miré la nuca de Javier. Llevábamos años casados, habíamos construido una vida —o al menos, la maqueta de una—, y sin embargo me sentía como una extraña en mi propia cama.

Nunca había sentido amor verdadero por él, no de esa forma abrasadora que te quema por dentro; lo mío fue pura supervivencia y agradecimiento.

Pero lo que Damián me había revelado en la torre lo cambiaba todo.

​ «Javier va a intentar impugnar todo mañana… quiere el control total».

​Me giré hacia el ventanal, apretando las mantas contra el pecho.

No lo entendía. El hombre que me regalaba joyas cada aniversario, que me trataba con una cortesía milimétrica, estaba planeando destruirme por la espalda.

¿Cómo podía alguien dormir así de tranquilo mientras preparaba una trampa para la madre de su hijo?

​Me sentí estúpida. Javier no me veía como su compañera; para él, yo era una anomalía en el testamento de su padre, un error administrativo que debía ser corregido. Su amabilidad era el barniz de quien espera su momento para reclamar lo que considera suyo por derecho de sangre.

​La rabia desplazó al miedo. Recordé la nota de Alejandro: «Confía en ella» . Mi suegro sabía que su propio hijo me traicionaría. Sabía que Javier no tenía corazón para liderar.

​No podía separarme de él, no todavía. Legalmente era un suicidio y, socialmente, los Blackwood me destruirían antes de que pudiera decir «divorcio». Estaba atrapada en una jaula de oro cuyas llaves ahora pertenecían a Damián.

​Cerré los ojos. La imagen que apareció no fue la de mi marido, sino la de Damián bajo la luz de la luna, con su mano sobre la mía y esa mirada esmeralda que parecía leer mis pecados antes de que yo los cometiera.

Él era peligroso, sí, pero al menos su odio era honesto.

Javier, con sus ronquidos y su agenda de sexo una vez al mes, era una mentira envuelta en seda.

​—Mañana no —susurré para mis adentros mientras el primer rayo de luz empezaba a clarear tras las cortinas—. Mañana no voy a ser la ficha que tú muevas.

​Me obligué a cerrar los ojos, sabiendo que en unas horas tendría que bajar a desayunar, ponerme la sonrisa de esposa perfecta y prepararme para la emboscada legal que mi propio marido me había tendido.

Pero esta vez no iría sola al matadero. Tenía un anagrama, una carta y, por primera vez, un aliado que Javier no esperaba.

​La luz de la mañana entró con una crueldad innecesaria por los ventanales del comedor, iluminando cada mota de polvo y cada mentira que flotaba en el aire de la mansión. Me había pasado horas frente al espejo, construyendo una armadura que nadie pudiera atravesar.

​Me miré una última vez antes de bajar. Elegí un traje de chaqueta color crema, de corte impecable y hombreras marcadas que me daban la estructura de la que mis ánimos carecían.

Debajo, una blusa de seda ocultaba los latidos frenéticos de mi corazón.

Me recogí el pelo hacia atrás, tirante, sin un solo mechón fuera de lugar, y apliqué un labial en tono tierra.

No era la esposa de Javier; hoy era la heredera de Alejandro Blackwood.

​Antes de entrar al comedor, el móvil vibró en mi mano. El grupo de «Las Supernenas» ardía.

​ Burbuja: Entrando al foso de los leones. Deseadme suerte. 🦁

Cactus: Burbuja, recuerda: no eres una pieza, eres la jugadora. Si te miran por encima del hombro, dales con el testamento en la cara. ¡Estás espectacular! 🔥👠

Pétalo: Respira, Val. Tienes la fuerza de Alejandro contigo y a nosotras en el bolsillo. No dejes que Javier huela tu miedo. ¡A por ellos! 💪✨

​Guardé el teléfono con una sonrisa que se desvaneció al cruzar el umbral.

​La mesa del desayuno parecía inmensa. En un extremo, Javier leía la prensa en su tablet mientras bebía café negro, impecable como siempre en su traje de tres piezas.

En el otro, Damián se servía fruta sin prisa, vestido con una camisa gris oscuro que resaltaba el verde de sus ojos.

Detrás de él estaba Henry, su jefe de seguridad.

Se mantenía a un par de pasos, erguido, escaneando la habitación con la frialdad de un soldado.

Su presencia era silenciosa e inamovible, proyectando una amenaza muda incluso a primera hora de la mañana. Me pregunté si alguna vez dormía.

​Me senté en el centro, el lugar que le correspondía a Alejandro. El silencio era tan denso que el tintineo de mi cucharilla contra la porcelana sonó como un disparo.

​—Buenos días —dije, proyectando una calma fingida.

—Buenos días, querida —respondió Javier sin levantar la vista—. Estás muy elegante hoy. ¿Tienes alguna reunión importante en la Fundación?

​Su tono era tan meloso, tan perfectamente ensayado, que me recorrió un escalofrío. Sabía, gracias a Damián, que ese hombre estaba a punto de intentar arrebatarme todo en una sala de juntas, y aun así, tenía la desfachatez de llamarme «querida» mientras tomaba su tostada.

​—Tengo varias gestiones, sí —respondí, manteniendo el contacto visual cuando él al fin levantó la vista—. Asuntos de patrimonio que Alejandro dejó pendientes.

​La mandíbula de Javier se tensó apenas un milímetro.

Al otro lado de la mesa, Damián soltó el tenedor.

Por un segundo, sus ojos esmeralda se cruzaron con los míos.

Sin sonrisa ni gesto de complicidad, pero sentí la tregua de la torre vibrando entre nosotros.

Sabía lo que yo sabía. Éramos dos sombras aliadas contra la luz falsa de Javier.

​—El patrimonio de mi padre es complejo —intervino Damián, rompiendo la fachada con su voz grave—. A veces, quien cree tener todas las cartas olvida que la baraja siempre esconde un comodín.

​Javier dejó la tablet sobre la mesa con un golpe seco.

—El único comodín en esta familia es la legalidad. Y la ley dice que InnovaPharma necesita un liderazgo sólido, no experimentos sentimentales.

​Me llevé la taza a los labios para ocultar un temblor. La batalla ya no era subterránea; los dardos volaban libres sobre los cruasanes y la mermelada.

—Estoy de acuerdo —sentencié, bajando la taza con firmeza—. Por eso hoy voy a ejercer mis derechos como accionista mayoritaria. Espero que tus abogados estén tan preparados como los míos.

​Javier se quedó mudo. La sorpresa le congeló las facciones al comprender que su trofeo acababa de hablar con voz propia. Al otro extremo de la mesa, Damián se reclinó en la silla, observando la escena con fascinación oscura.

​La guerra ya no era solo entre hermanos. Ahora, la reina que ambos subestimaban acababa de declarar el primer jaque de la mañana.