Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Catorce
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Catorce

La noche había sepultado la mansión Blackwood bajo un silencio espeso.

Esperé a que la respiración de Javier se volviera rítmica y pesada antes de deslizarme fuera de las sábanas.

Esta vez no elegí seda. Me puse vaqueros oscuros, un jersey negro y botas de suela fina. Quería fundirme con las sombras.

​Crucé el jardín evitando las luces de seguridad que barrían el césped. El aire frío me golpeó el rostro, pero mi mente estaba fija en el pabellón de piedra que se alzaba al fondo de la propiedad. El contraste entre la arquitectura moderna y aquel vestigio antiguo era casi un susurro del pasado.

​La Torre.

​Subí la escalera de caracol sintiendo el frío de la piedra filtrarse en los huesos. En la cámara superior, el gran telescopio presidía la estancia, apuntando al vacío bajo la cúpula cerrada. En el centro, la mesa de ébano con el tablero de ajedrez incrustado parecía un altar.

​—De acuerdo, Alejandro. Veamos si soy la jugadora que creías —susurré.

​ «Donde la torre toca la luna…»

​Busqué en la base del telescopio. Había una pequeña palanca con un relieve discreto. Al accionarla, el techo se abrió con un estruendo metálico. La luz de la luna llena descendió con precisión quirúrgica, atravesando una mirilla en la pared norte y proyectando un círculo perfecto sobre el suelo.

​El tablero no era el final del recorrido. Era el mecanismo.

​ «…y el alfil protege al rey».

​Tomé el Rey de marfil y lo coloqué en G1.

Luego situé el Alfil en F1. Al encajarlos, un clic seco resonó bajo la mesa.

Tres pequeñas ventanas cuadradas, ocultas en la estructura de la cúpula, se abrieron al mismo tiempo: rendijas mínimas, pero suficientes para dejar entrar tres haces de luz adicionales.

​Con el roce de los engranajes, algo más cobró vida. Una vieja caja de música oculta en las entrañas del tablero empezó a girar. Las notas metálicas y frágiles rompieron el silencio de la torre, desgranando una nana mágica y melancólica.

«Duermen los guardianes de pizarra…»

La melodía inundó la cámara, evocando reyes y caballos que galopan hacia la luna. La canción me envolvió, dándole a la luz y a la piedra un aire de cuento antiguo.

​ «…el camino del caballo revela la llave que buscas».

​Tomé el Caballo negro. El pulso me golpeaba las costillas.

Moví la pieza en forma de L hacia la casilla iluminada y, con cada desplazamiento, los espejos ocultos tras las ventanas pivotaban con un chirrido preciso.

Los rayos comenzaron a rebotar entre sí al compás de la nana, cruzando el aire en una red de hilos plateados.

​Cuando el Caballo alcanzó su posición final, la convergencia de luz señaló una hendidura en el cuerpo de bronce del telescopio. Un panel se deslizó hacia fuera.

​Allí estaba. Un sobre lacrado, amarillento por el tiempo, y un antiguo reloj de bolsillo.

​Alargué la mano, con la respiración entrecortada, cuando una voz profunda y cargada de ironía emergió desde la penumbra.

—Siempre se le dio bien el teatro —dijo Damián.

​Me quedé inmóvil. La mano se detuvo a milímetros del sobre. Me giré despacio hacia la zona más oscura de la torre, donde las sombras absorbían la luz.

​Avanzó con lentitud calculada. No vestía ropa deportiva. Llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas y los botones superiores desabrochados. El verde esmeralda de su mirada me atravesó, reflejando el juego de espejos y secretos que yo acababa de activar.

​—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté. La voz me salió pequeña bajo la bóveda.

—Lo suficiente para confirmar que eres más persistente de lo que imaginaba —respondió.

Se acercó hasta que percibí el aroma amargo de su perfume mezclado con el aire helado de la noche—.

Mi padre te dejó el mapa, pero yo conozco este lugar mejor que nadie.

Pasé madrugadas enteras aquí con él, aprendiendo a leer las estrellas, cuando tú aún no sabías que este apellido existía.

​Dio un paso hasta quedar frente a mí, apoyando la mano en la mesa. Estaba tan cerca que el calor de su piel me erizó el vello. Su presencia me asfixió, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra el metal helado del telescopio.

​—Ese sobre… —bajó la voz hasta convertirla en un susurro vibrante—. ¿Es la recompensa por tus años de lealtad?

La mirada le bajó a mis labios antes de volver a mis ojos. La temperatura pareció elevarse pese al viento que entraba por la cúpula. No solo quería el secreto. Quería medir mis límites.

​—No es asunto tuyo —respondí, tragando saliva para recuperar la firmeza—. Alejandro me lo dejó a mí.

—Todo lo que lleva el sello Blackwood me concierne.

Su mano se estiró hacia el sobre, y el calor de sus nudillos rozó los míos en un desafío mudo.

—Veamos qué clase de reina eres ahora que los espejos te han iluminado.

​Me tensé y bloqueé el compartimento con mi cuerpo. No iba a permitir que me apartara de mi premio.

—Si quieres ver lo que hay dentro, tendrás que dejar de tratarme como una intrusa —le espeté, sosteniéndole el pulso—. Porque ahora mismo soy la única que tiene la llave.

​El aire en el observatorio se volvió denso. Sentía el calor de su cuerpo traspasando mi jersey, un contraste violento con el frío de la piedra. Mis dedos rozaron el sobre amarillento, pero antes de que pudiera sacarlo, su mano cubrió la mía, presionando con fuerza.

​—Suéltame —siseé, aunque el corazón me traicionaba latiendo desbocado contra mis costillas.

—¿Por qué debería? —el murmullo bajó una octava, volviéndose magnético—. ¿Para que sigas jugando a ser la nuera perfecta mientras escondes las cartas del hombre que me detestaba? ¿Qué pieza vas a mover ahora?

​—Él me dejó esta carta a mí —repetí, clavándole la mirada. No entendía sus enigmas. Solo quería comprender por qué Alejandro me había metido en este laberinto.

​Soltó una risa seca, pero no se apartó. Con un movimiento pausado, sacó un papel doblado del bolsillo y lo desplegó con una sola mano, sin dejar de acorralarme contra el telescopio.

​— «Donde la torre toca la luna y el alfil protege al rey…» —empezó a recitar.

​El frío me caló hasta los huesos. Me quedé sin aire, incapaz de articular palabra. Era su voz, pero las palabras eran de mi carta. Las mismas.

​— «…el camino del caballo revela la llave que buscas» —terminó, guardando el papel—. ¿Te suena? Mi padre nos envió el mismo acertijo. Ni una coma de diferencia.

—¿El mismo? —balbuceé. El tablero bajo mis manos se volvió mi único punto de apoyo real.

—No daba puntadas sin hilo. Quería que llegáramos aquí a la vez. Quería obligarnos a coincidir en esta torre.

Retiró la mano de la mía y, casi a regañadientes, me dio espacio.

—Ábrelo. De nada sirve pelear por el botín si no sabemos qué estamos disputando.

​Con los dedos temblorosos, rompí el sello de lacre. Al volcarlo sobre el tablero, no cayeron papeles ni confesiones. Cayeron pequeñas fichas de metal grabadas con letras y números sueltos: «7-B-R-O-N-T-E-L-I-R-2».

​—No entiendo nada —murmuré, sintiéndome inútil de nuevo—. Son solo letras. Se está riendo de nosotros desde su tumba.

​Damián se inclinó sobre el tablero, analizando las fichas. Los ojos se le movían con rapidez, conectando puntos para mí invisibles.

​—No es una broma. Es un anagrama —dijo. La hostilidad había cedido terreno a la curiosidad del estratega—. El nombre de una propiedad antigua en el norte, combinado con una clave de acceso. Sabía que yo reconocería el nombre y que tú tendrías la paciencia para encontrar la ubicación.

​Metió la mano en el sobre vacío y extrajo un trozo de papel pegado al fondo. Lo leyó en silencio y vi cómo apretaba la mandíbula.

—¿Qué dice? —pregunté, dando un paso hacia él.

​Me miró. Ya no había odio en sus ojos, sino una confusión dolorosa. Me tendió el papel.

​ «Damián, el odio es una venda que ciega al mejor de los soldados. Si quieres recuperar tu lugar, confía en ella. Es el corazón que a este linaje le falta y la única que puede ver lo que tú y él habéis olvidado».

​Me quedé sin palabras. Le estaba pidiendo a su hijo que confiara en alguien. ¿En mí? ¿O era mucho suponer?

​Damián suspiró, pasándose la mano por el pelo.

—Javier va a intentar impugnar todo mañana a primera hora —dijo con amargura—. Tiene a los abogados listos para declarar que no eres apta para administrar InnovaPharma. Quiere el control total y te quiere fuera, o bajo su bota.

—No puede hacer eso —dije, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta—. No después de lo que dejó escrito tu padre.

—Puede y lo hará. A menos que… —se giró hacia mí. Su mirada era una propuesta—. A menos que aceptemos esta tregua. Yo necesito lo que hay tras ese anagrama para entender por qué me echaron, y tú necesitas que tu hijo no pierda lo que le corresponde.

​Me quedé mirándolo. Sabía que él seguía pensando que yo escondía algo.

—¿Confías en mí? —pregunté en un susurro.

​Acortó la distancia de nuevo. Apoyó una mano en el telescopio, justo por encima de mi cabeza.

—No —respondió, brutalmente sincero—. Pero confío en el juicio de mi padre. Y si él creía que tú eres la llave, tendré que aprender a jugar con alguien en mi bando… de momento.

​Puse mi mano sobre la suya en un pacto silencioso. El contacto eléctrico me recordó el terreno peligroso que pisaba.

—Mañana empieza el juego de verdad. Intenta dormir algo, porque la próxima pista no tiene nada que ver con el ajedrez.

​Antes de bajar la escalera, se detuvo y me repasó de arriba abajo.

—Y una cosa más… Esa ropa te sienta mejor que cualquier armadura, pero en esta casa el algodón no detiene las balas. Prepárate para lo que viene.

​Desapareció por la escalera de caracol, dejándome sola con el anagrama, la caja de música apagándose lentamente, y la certeza de que mi mayor enemigo acababa de convertirse en mi único aliado.