Trece
Siempre había imaginado una boda como en las películas, con flores silvestres, brisa suave y promesas eternas.
La realidad resultó distinta. Nos casamos en una sala fría y elegante del Ayuntamiento de Madrid.
Llevaba un traje blanco carísimo, una seda rígida que apenas me permitía moverme por la barriga incipiente de pocos meses.
Alejandro estaba a mi lado, impecable, sonriendo con una satisfacción que Javier no lograba igualar.
En poco tiempo, Alejandro se había convertido en lo más cercano a un padre que jamás habría soñado.
Cuando Javier le contó lo del embarazo, Alejandro no solo se alegró.
Nos impulsó a estar juntos, a formar un frente unido.
Me instaló en la habitación principal, organizó citas para nosotros y, en la cuarta, Javier me pidió matrimonio.
Cinco meses después firmábamos frente a un alto cargo, oficializando mi salto al vacío: de huérfana solitaria a heredera del imperio Blackwood.
Nunca me ha importado el dinero; lo que valoraba era haber ganado una familia.
El presente me devolvió a la realidad con la mirada fija de Javier.
No era un mal marido en el sentido estricto.
No me gritaba, me hacía regalos y era educado.
Pero recordé el día, hacía dos años, en que me derrumbé.
Estaba en el salón, Víctor dormía en mi regazo y Alejandro leía cerca.
Empecé a llorar sin consuelo. Tenía estudios, dinero, un trabajo en la fundación y, aun así, un vacío me devoraba.
Alejandro, siempre atento, nos recomendó terapia de pareja. Fueron meses de sesiones tensas, donde una de las normas de la terapeuta se convirtió en mi mayor carga: «Los matrimonios necesitan intimidad física al menos una vez al mes para no desconectarse».
Javier, tan metódico, tan Blackwood, lo asumió como una cláusula contractual.
Lo tenía anotado en el calendario, igual que una revisión del coche o una junta de accionistas.
Y ahora estaba allí, en la entrada, con esa mirada sin pasión pero cargada de expectativa, esperando algo de mí que mi cuerpo se negaba a ofrecer.
—Es hoy, ¿verdad? —murmuré. La libertad del desayuno se deshizo por completo.
Javier no respondió. Su silencio y la forma en que bloqueaba el paso hacia la escalera fueron respuesta suficiente.
El trayecto hacia la habitación se sentía como una condena, pero jamás me oponía; era el tributo a pagar, lo único que me quedaba por aportar a ese matrimonio.
Una vez allí, Javier dobló su ropa con una pulcritud asfixiante mientras yo me preparaba para mi parte del trato.
Bajo las sábanas, el ritual era idéntico al de siempre: sus manos recorrían mi cuerpo de forma mecánica antes de acomodarse entre mis piernas ya dispuestas.
Mientras él se movía por pura inercia, desvié la vista y dejé que mi mente escapara, refugiándose en el recuerdo de aquella primera noche.
Casi no la recordaba. Cualquiera podría pensar que, después del trauma de ser drogada y casi agredida en un callejón con solo diecisiete años, todo lo que llegó después fue consecuencia del shock.
Yo misma lo había creído mucho tiempo. Pero había algo dentro de mí que no entendía y me avergonzaba: mi mente volvía a ese momento una y otra vez, y mi cuerpo reaccionaba de una forma imposible de explicar.
Estaba muerta de miedo. Desde que salí del comedor social había intentado pasar desapercibida, mimetizarme con las sombras, pero me encontraba mal.
Al llegar a un callejón conocido, que me había servido de refugio alguna noche, mi visión empezó a nublarse.
Y entonces ocurrió. Tres hombres. Tres cuerpos riéndose y hablando de lo que iban a hacerme antes de terminar.
Mis lágrimas caían en cascada; lo único que siempre me había salvado —mi cerebro— estaba embotado y no respondía.
Sentí unas manos frías intentando bajarme los pantalones. Quería resistirme, quería gritar, pero no podía. Era como estar atrapada en una cárcel sabiendo que van a acabar contigo.
De pronto, no sentí nada. Solo ruidos sordos, como sacos de arena cayendo al suelo. Alguien me cogió.
Era el fin.
Pero sus manos no eran frías ni daban asco. Eran cálidas. Acogedoras. Su olor era increíble y, sin saber aún quién me sostenía, mi corazón se rindió, sabiendo que estaba a salvo.
Volví a la realidad cuando Javier me penetró. Había aprovechado mi lapsus para ponerse el condón y usar lubricante; pura rutina. Su ritmo era calculado, aburrido. Mi mente volvió a volar.
Al despertar, me hallé junto a mi salvador.
Mi cabeza no lograba procesar aquella habitación de esencia puramente masculina, pero mi cuerpo parecía tener memoria propia; en cuanto su aroma me alcanzó, reaccionó sin pedir permiso.
Jamás había experimentado una excitación tan voraz; una necesidad física, insoportable, de ser tocada y besada.
Entonces, su voz rompió el silencio:
—Aléjate.
Era un tono profundo, una vibración tan masculina que me provocó un escalofrío. Lejos de obedecer, busqué el refugio de su piel.
—Por favor —supliqué.
Mi voz sonó genuina, desgarradora. Mis ojos apenas enfocaban, pero mis dedos encontraron la tentación de su carne tersa.
Entre destellos de sombras verdes y negras, probé su saliva dulce: por fin, me estaba besando.
Me aferré a él desesperada, sintiendo cómo cada roce prendía una hoguera entre nosotros.
Cuando sus manos empezaron a recorrerme, los gemidos escaparon de mi garganta sin freno.
—Dime que pare —sentenció, pero yo solo quería más.
Mi cuerpo era un incendio y él, la lluvia ansiada. Lo sentía en cada poro: sus mordiscos en mi cuello enviaban descargas directas a mi entrepierna, y el dolor ahogado en mis pezones me empujaba al borde de un clímax desconocido. Un territorio inexplorado.
Mi deseo era insaciable; mi interior reclamaba ser invadido. Cuando ocurrió, el impacto fue brusco. Una embestida que me llenó por completo. Mi cuerpo estaba listo. Lo sentí enorme, firme y fuerte, una fuerza de la naturaleza reclamándome como suya.
Con cada estocada, mi estructura se desmoronaba; una destrucción gloriosa haciéndome tocar el cielo. Las sábanas se empaparon pronto, testigos de la intensidad de mis orgasmos, mientras las lágrimas de un placer doloroso asomaban a mis ojos.
Mi voz me había abandonado. De mi garganta, rota por la agitación, solo brotó una única súplica instintiva:
—Más…
Una sacudida brusca me devolvió de golpe al presente. Javier terminó y, como de costumbre, se retiró sin decir palabra, dejando a mi lado un hueco gélido, un abismo. Me plantó un beso rápido en la frente —un gesto de protocolo— y se marchó directo a la ducha.
Me quedé allí, escuchando el sonido del agua.
Solté un suspiro que me quemaba el pecho.
Con el eco de aquel recuerdo vibrando en mis sienes y el deseo de algo que nunca había tenido del todo quemándome por dentro, cerré los ojos.
Busqué en la soledad de mi propia intimidad el consuelo que él ya no sabía, o no quería, darme.
Desperté con un dolor punzante en las sienes y una desorientación que me nublaba la vista. Solo cuando logré enfocarme, recordé la carta de Alejandro. El papel seguía en mi bolso. Me levanté de golpe, lo saqué y lo alisé sobre la mesa.
Su letra —firme, elegante y reconocible al instante— me devolvió un eco de su presencia. Volví a leer las líneas, dejando que las palabras calaran:
«Donde la torre toca la luna
Y el alfil protege al rey,
El camino del caballo
Revela la llave que buscas.»
Fruncí el ceño, repitiendo el acertijo en un susurro.
Alejandro nunca hacía nada al azar; el ajedrez siempre había sido nuestro código secreto.
Recordé aquellas noches en las que Víctor dormitaba en el salón y Javier se perdía en su trabajo; eran los momentos en los que Alejandro y yo nos enfrentábamos sobre el tablero, comunicándonos mediante piezas y estrategias.
A él le fascinaba la lógica, los desafíos que obligaban a mirar más allá de lo evidente.
—La torre toca la luna… —murmuré, desviando la vista hacia la ventana.
Desde mi posición se alcanzaba a ver el jardín, la fuente y, al fondo, el pabellón de piedra que llamábamos «la torre».
No era una construcción medieval, sino un antiguo observatorio con una cúpula metálica que Alejandro había restaurado años atrás.
Un lugar diseñado para mirar al cielo, para alcanzar la luna.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No eran metáforas. Eran instrucciones precisas.
Mi mente empezó a atar cabos a toda velocidad. Por primera vez en todo el día, una sonrisa asomó a mis labios. Doblé la carta con una reverencia casi sagrada; desde su muerte, el peso del dolor dejaba espacio por fin a la curiosidad.
—De acuerdo, Alejandro. Veamos qué tienes para mí.