Doce
Cuando llegué, África ya agitaba la mano desde la mesa.
A su lado, Jasmine revolvía el té, perdida en sus pensamientos.
Era una artista nata; de rasgos asiáticos y cabello azabache.
Destilaba ese bohemio desaliño que solo quienes han crecido rodeados de privilegios pueden permitirse de verdad.
La conocí a través de África y, desde entonces, formó el equilibrio perfecto del grupo: África era la alegría, Jasmine la crítica mordaz y yo… yo intentaba mantenerme a flote.
—¡Por fin, burbuja! —exclamó África—. En el chat pareces a punto de un ataque de nervios. Desembucha.
Me dejé caer en la silla. El aroma a pan tostado y café logró destensar un poco mis hombros. Había demasiadas cosas fuera de mi control y muchas otras que creía no merecer, pero ellas eran la excepción. Llegaron a mi vida por elección propia; conocían mis sombras, el pasado y los miedos.
—Es Damián —solté sin rodeos—. Es agotador. Con Víctor es un encanto. Juegan al ajedrez, ríen. El niño está feliz. Pero a mí me mira como a una criminal. Me juzga por estar en esa casa, convencido de que soy una cazafortunas que le ha robado el sitio. Siento que me odia a muerte.
África dejó la taza sobre la mesa.
—Val, tienes que entender que el Damián que tú ves no se parece al que yo recuerdo. De pequeños era el alma de esa casa. Un chico amable. Me ayudaba con los deberes y no dudaba en enfrentarse a quien hiciera falta para defenderme. Fuerte, sí, pero protector. Verlo así me rompe el corazón.
Jasmine dejó de dibujar en la servilleta y fue al grano:
—Vale, olvidemos por un momento si es un santo o un demonio. Responde a una sola pregunta, Val: ¿está bueno?
La pregunta me pilló con la guardia baja. La imagen de Damián en la cocina, con la camiseta húmeda y los ojos esmeralda bajo la luz tenue, asaltó mi cabeza. El calor me subió por el cuello hasta quemarme las mejillas.
—Yo… bueno… no es feo —balbuceé, intentando mantener la compostura.
África y Jasmine soltaron una carcajada sonora; varias mesas se giraron.
—¡Te has puesto roja! —se burló Jasmine, dándome un codazo—. ¡Te pone tu cuñado! ¡El colmo del drama Blackwood!
—¡No me pone! —protesté, traicionada por el rubor—. Es arrogante, oscuro y me hace la vida imposible.
—Pero está buenísimo —sentenció Jasmine, satisfecha.
Las risas se apagaron pronto. África me tomó la mano por encima de la mesa, seria.
—Val… tengo que contarte algo. Ayer quedé con él.
Me quedé rígida.
—¿Con Damián?
—Sí. Necesitaba verle. Lo quiero un montón, es casi un hermano para mí.
Sigue siendo el mismo en muchas cosas, pero hay una parte bloqueada a la que no me deja acceder.
No sabía que nosotras somos amigas, así que intenté tantear el terreno.
Al salir tu nombre, se cerró en banda. Se negó a hablar de ti, le incomodaba.
—¿Y qué te dijo? —pregunté, con un nudo en el estómago.
—Nada de su marcha. Le pregunté por qué mi tío le prohibió volver, pero evitó la respuesta.
Cambiaba de tema. Lo que sí hizo —hizo una pausa— fue acribillarme a preguntas sobre Víctor.
Quería saberlo todo: sus gustos, su carácter, si se parece a Javier…
Da la sensación de estar muy pendiente del niño. Pero sobre ti, silencio absoluto.
Dejé la taza sobre el plato, asimilando la información.
—Tiene sentido —deduje en voz alta—. Viendo la guerra que tiene con Javier, a lo mejor Víctor es la última familia de sangre a la que puede aferrarse. Bueno, os tiene a tu familia y a ti, pero ya me entiendes…
—Gracias por decírmelo, África —murmuré.
—Para eso están las Supernenas —terció Jasmine, alzando su taza—. Para sobrevivir a herencias trampas y tíos demasiado intensos.
Salí de la cafetería algo más aliviada, aunque con una inquietud nueva arañándome el pecho.
Damián no encajaba en la imagen de monstruo pintada por Javier, ni se correspondía con el niño bondadoso de África.
Se trataba de un enigma. Su interés por Víctor empezaba a preocuparme tanto como su hostilidad hacia mí.
El trayecto de vuelta se me hizo corto. Las risas y los consejos de mis amigas actuaban como un barniz de valentía, uno que se evaporó nada más cruzar el umbral de los Blackwood.
Nada más entrar, me topé con Javier en el gran vestíbulo de mármol. Me detuve en seco; nunca estaba en casa a esas horas.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Es mi casa, Valeria —respondió, estirando las palabras con una lentitud calculada para crisparme—. Me refiero a que sueles estar trabajando.
—Hoy necesitaba descansar.
Dio un paso hacia mí, escudriñándome con esos ojos azules tan fríos.
—¿Recuerdas lo que nos dijo la terapeuta?
La pregunta se me clavó en las costillas como un alfiler. Una incomodidad física me trepó por la columna vertebral. De pronto, el lujo del vestíbulo me asfixiaba. Mi cabeza viajó, sin permiso, al día en que todo aquello se había formalizado.